CAPÍTULO 11
La terraza privada de la habitación de Thiago era enorme. Ciento cincuenta metros cuadrados de mármol, bordeada por una barandilla de hierro forjado.
Macetas de terracota del tamaño de bañeras albergaban olivos importados de la Toscana, como si los árboles locales no fueran lo suficientemente sofisticados.
El mobiliario exterior, sofás de mimbre con cojines impermeables de color negro, podría sobrevivir a un huracán y seguir pareciendo recién salidos de una revista de diseño.
Y en medio de todo ese pequeño jardín de lujo, Thiago Calloway se sentía como una mierda absoluta.
Eran las ocho de la tarde, y el sol de octubre pintaba Manhattan en unos tonos dorados que habrían sido de postal si él estuviera de humor para apreciarlos.
Pero no lo estaba.
Llevaba dos horas en la terraza, mirando la ciudad que una vez había conquistado, ahora reducido a observarla desde su trono con ruedas.
Aquella situación le producía tanta impotencia.
La silla de ruedas (porque se negaba a llamarla «su» silla, ya que eso implicaría permanencia) estaba posicionada estratégicamente para proporcionarle las mejores vistas.
El parque se extendía como una alfombra verde entre los edificios, con los árboles comenzando su transición otoñal. En días mejores, habría estado corriendo por esos senderos, conquistando kilómetros como conquistaba mercados.
Ahora ni siquiera podía conquistar su propio orgullo lo suficiente para disculparse con la única persona que intentaba ayudarlo.
—Mierda —murmuró al aire frío, hundiendo más la barbilla en el cuello de su jersey negro.
Llevaba pantalones de chándal grises de Armani, y las zapatillas deportivas más caras que el dinero podía comprar y que probablemente nunca usaría para su propósito original.
Su cabello negro estaba más desordenado que de costumbre, señal clara de las múltiples veces que había pasado las manos por él con frustración.
El suave golpe en la puerta corrediza lo sacó de su espiral de autocompasión.
—Adelante, Harold —dijo sin volverse. Solo Harold tocaba con esa combinación particular de respeto y determinación.
El mayordomo entró con su habitual elegancia silenciosa, llevando una bandeja con té y esas galletas de mantequilla escocesas que Thiago fingía no adorar pero que siempre desaparecían misteriosamente.
—Pensé que podría necesitar algo de sustento. —Harold colocó la bandeja en la mesa auxiliar con precisión milimétrica —. Ha estado aquí fuera mucho tiempo.
—No tengo hambre —dijo Thiago.
—Por supuesto que no —Harold sirvió el té de todas formas—. Los multimillonarios malhumorados se alimentan exclusivamente de arrepentimiento y terquedad. Lo había olvidado.
Thiago lo fulminó con la mirada, pero era difícil mantener cualquier tipo de intimidación cuando Harold lo había visto en pañales. Literalmente. Había fotos.
—No estoy de humor para tus comentarios ingeniosos —soltó.
—¿Cuándo lo está? —Harold se sentó en la silla adyacente sin invitación, algo que solo él podía hacer—. ¿Vamos a hablar de lo que ha pasado esta mañana o vamos a fingir que contemplar el horizonte resolverá mágicamente sus problemas?
—Prefiero la opción dos.
—Qué pena. —Harold cruzó las piernas a la altura de los tobillos con elegancia británica—. Porque yo prefiero la opción donde no ahuyenta a la única fisioterapeuta competente en quinientos kilómetros a la redonda.
—No la he ahuyentado —protestó Thiago—. Le dije que se fuera. Es totalmente diferente.
—Ah, sí —Harold asintió con expresión sabia en el rostro—. La sutil diferencia entre dispararse en el pie derecho o en el izquierdo. Ambos te van a dejar cojo, pero los matices son importantes.
—¿Adónde quieres llegar con esta conversación?
—A varios sitios, en realidad —dijo Harold—. Primero, es un idiota. Segundo, la señorita Brooks es exactamente lo que necesita, y es por eso precisamente por lo que está tratando de alejarla. Tercero, si la deja ir, será el error más grande de su vida.
—¿Tú crees? —murmuró Thiago a la defensiva.
—Ajá. —Harold tomó aire—. Señor, permítame ser directo. He estado con su familia desde antes de que naciera. Lo vi dar sus primeros pasos, decir sus primeras palabras —que fueron «no» y «mío», para sorpresa de todos— y lo apoyé después de perder a su padre.
Thiago se tensó ante la mención, pero Harold continuó implacable.
—He visto desfilar fisioterapeutas, médicos y especialistas por esta casa. Todos competentes. Todos huyendo por sus berrinches. Pero la señorita Brooks es diferente.
—¿Porque es irritantemente optimista? —intervino Thiago.
—Porque no le tiene miedo —corrigió Harold—. Lo trata como a un ser humano, no como a un rey frágil que podría romperse. ¿Sabe lo raro que es eso? ¿Cuánta gente en su vida lo trata solo como Thiago y no como el señor Calloway, el CEO?
Thiago no contestó, lo cual era respuesta suficiente.
—Ella lo ve —continuó Harold en tono ligero—.
No la imagen, no el dinero, no el poder.
Lo ve a usted. Al hombre terco, orgulloso y sí, dañado, al que le aterroriza mostrar debilidad porque la última vez que fue vulnerable tenía quince años y estaba viendo cómo bajaban el ataúd de su padre a una tumba.
—Harold... —La voz de Thiago era una advertencia.
—Y en lugar de apreciar ese regalo raro. —Harold se levantó—, la aleja. Porque es más fácil estar solo con su dolor que arriesgarse a que alguien más lo vea sangrar.
—¿Has terminado? —Thiago se aferró a los reposabrazos de la silla hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Casi. —Harold se alisó su impecable chaqueta—.
Solo una cosa más. Su padre estaría orgulloso de muchas cosas que ha logrado.
El imperio que ha construido, las vidas que ha cambiado, el legado que ha continuado.
Pero no estaría orgulloso de verlo elegir el orgullo sobre la recuperación.
Eligiendo la soledad. Eligiendo el miedo.
Un silencio espeso gravitó sobre sus cabezas.
Thiago miraba fijamente el horizonte, con la mandíbula apretada como un puño.
—Es solo mi fisioterapeuta, Harold —dijo finalmente a modo de recordatorio—. No estamos hablando de una historia de amor.
—No —dijo Harold, dirigiéndose hacia la puerta—. Pero podríamos estar hablando de una amistad. O al menos de respeto mutuo. Y en su estado actual, señor, me atrevería a decir que necesita ambos, más que otra adquisición empresarial.
Se detuvo en la puerta.
—La señorita Brooks ha comido en la cocina hoy.
María le ha contado algunas historias sobre usted.
No las glamurosas. Las reales. Las del niño que construyó un fuerte en el ático y se negó a bajar durante tres días después del funeral de su padre.
Las del adolescente que trabajaba en el garaje con su padre restaurando el Mustang.
Thiago cerró los ojos.
—¿Y sabe qué dijo ella? —Harold sonrió ligeramente—. Dijo: «Eso explica mucho. Es más fácil entender la armadura cuando conoces las heridas que protege».
—Harold...
—No la haga huir, señor —lo cortó Harold—. Sería estúpido, y usted no ha construido un imperio siendo estúpido
El mayordomo salió, pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
Solo.
Thiago se quedó solo con sus pensamientos.
El té enfriándose, las galletas sin tocar.
Las palabras de Harold resonando como campanas en su cabeza.
«No le tiene miedo.»
Era verdad. Zoe Brooks, con su uniforme y su lengua afilada, no le tenía miedo. Lo había visto en su peor momento (llorando de dolor, vulnerable, roto) y no había huido. No hasta que él la echó.
Un sonido lo sacó de su espiral filosófica.
Música.
No, corrección: RUIDO. Viniendo de...
La habitación de Zoe estaba justo sobre la suya, ahora que lo pensaba.
Al principio era solo un bajo rítmico que hacía vibrar las ventanas. Luego llegaron las voces. Femeninas. Chillonas, tuneadas hasta el punto de lo irreconocible.
—¿Qué demonios...? —murmuró, presionándose las sienes.
Y por encima del estruendo electrónico, otra voz. Desafinada, entusiasta, y definitivamente perteneciente a cierta fisioterapeuta que aparentemente no tenía consideración por los demás habitantes de la casa.
—Tiene que estar bromeando —gruñó Thiago.
¿K-pop? ¿En serio? ¿No lo torturaba suficiente ya físicamente? ¿Ahora encima tenía que soportar una tortura auditiva también?
La canción era todo lo que odiaba en la música moderna: repetitiva, superficial, diseñada para adolescentes con déficit de atención y demasiado tiempo libre.
Y Zoe estaba... ¿cantando? No, más bien masacrando la canción con un entusiasmo que debería ser ilegal.
—¡Harold! —gritó, pero por supuesto el mayordomo había elegido aquel momento para hacerse el sordo.
Rodó la silla hacia dentro de la habitación, pero la música lo seguía.
Las paredes de su mansión multimillonaria no estaban diseñadas para bloquear... lo que sea que eso fuera. ¿Blackpink? ¿BTS? ¿Algún otro acrónimo sin sentido?
Tomó su teléfono, listo para enviarle un mensaje furioso a Harold para que hiciera algo al respecto. Pero se detuvo.
Si se quejaba, Harold le daría otro sermón sobre alejar a la gente. Además, técnicamente no se habían establecido reglas sobre la música. Y después de cómo había tratado a Zoe aquella mañana...
—Maldición —guardó el teléfono.
La música cambió a otra canción, igual de irritante. Aquella vez pudo escuchar a Zoe intentando alcanzar una nota alta que por supuesto estaba fuera de su rango. El resultado fue tan espectacularmente horrible que Thiago hizo una mueca de dolor.
¿Cómo alguien podía disfrutar eso?
Era como si alguien hubiera metido gatos en una licuadora y decidiera grabar el resultado.
Y el bajo... Dios, el bajo retumbaba en su cráneo como un taladro.
Pero entonces notó algo. Por primera vez en horas, no estaba pensando en Victoria. O en la empresa. O en la gala. O en su pierna inútil. O en el hecho de que había hecho enfadar a la única persona que intentaba ayudarle.
Estaba pensando en lo molesta que era la música de Zoe Brooks.
Lo cual era... diferente. No mejor, necesariamente. Pero diferente.
La música se detuvo abruptamente, como si Zoe hubiera recordado de repente que había otras personas en la casa.
El silencio que siguió fue casi... ¿decepcionante? No, eso no podía ser.
Estaba aliviado. Sí, definitivamente estaba aliviado.
Miró hacia el techo, imaginándola allí arriba. Probablemente mortificada de que alguien pudiera haberla escuchado. Probablemente preguntándose si su jefe cascarrabias iría a quejarse.
Su teléfono vibró. Victoria. Por supuesto.
«¿Has pensado en lo de la gala? Muchos de los inversores han confirmado su asistencia. Sería el momento perfecto para empezar a crear conexiones.»
Thiago miró el mensaje durante un largo rato. Luego miró hacia el techo otra vez.
Bloqueó el teléfono sin responder.
Arriba, la música había vuelto. Más suave en aquella ocasión, pero igual de artificial. Una balada, parecía. Al menos Zoe no estaba cantando, solo... tarareando.
Y desafinando
Era... terrible. Absolutamente terrible.
Pero también era una prueba de que ella seguía ahí. Que no había empaquetado sus cosas. Que mañana tendría otra oportunidad de no ser un completo imbécil.
Si sobrevivía a la noche con esa música del diablo, claro.
Thiago tomó una galleta de mantequilla y mordió con fuerza, como si masticar fuerte pudiera bloquear el sonido.
No funcionó.
Pero por alguna razón que no quería examinar demasiado, tampoco llamó a Harold para quejarse.
Mañana.
Mañana encontraría una forma de disculparse. De empezar de nuevo. De ser mejor.
Y quizá de invertir en paredes insonorizadas.
Arriba, Zoe cambió a otra canción energética que sonaba exactamente igual que las anteriores, y aquella vez Thiago pudo jurar que la escuchó saltar. El techo vibró ligeramente.
—Por el amor de... —murmuró, pero había algo casi... ¿cariñoso? en su exasperación.
No. Definitivamente no. Era irritación. Pura irritación.
Completamente.
Aunque tal vez, cuando ella intentó mancillar de nuevo la canción, las comisuras de su boca se movieron en un gesto que casi podría haber sido el fantasma de una sonrisa.
(Casi).
Mierda.