La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Era viernes por la mañana cuando el equilibrio cuidadosamente construido de la rutina de rehabilitación voló por los aires con el repiqueteo de unos tacones de aguja sobre el mármol.

Zoe estaba preparando el equipo en la sala de rehabilitación (las nuevas bandas de resistencia prometidas, una pelota de estabilidad que Thiago había mirado como si fuera un instrumento medieval de tortura, y otros utensilios diseñados para hacer sufrir a millonarios testarudos) cuando ese sonido característico resonó por el pasillo.

Tac. Tac. Tac.

Era el tipo de sonido que anunciaba problemas.

O poder.

O ambos.

—¿Espera a alguien? —preguntó Zoe a Thiago, que estaba en su silla haciendo su mejor imitación de adolescente malhumorado.

—No que yo... —comenzó, pero su expresión cambió cuando una figura apareció en la puerta.

Zoe pensó que aquella mujer que entró en la habitación era todo lo que ella no era.

Alta, con el tipo de cuerpo que sugería muchas horas de gimnasio y ensaladas de quinoa.

Su pelo negro estaba recogido en una coleta alta, tan perfecta que no había ni un solo mechón fuera de lugar.

El traje sastre rojo parecía haber sido cosido directamente sobre ella, acentuando curvas que definitivamente no estaban ahí de comer pizza los viernes por la noche tirada en el sofá.

Pero fueron sus ojos los que hicieron que Zoe instintivamente se pusiera en guardia. Fríos como el hielo, barriendo la habitación con la eficiencia de un escáner láser.

Se detuvieron un momento en Zoe (evaluando, catalogando, descartando) antes de fijarse en Thiago con una calidez que parecía tan irreal como un billete de tres dólares.

—Thiago. —Su voz era miel con un toque de veneno—. Te ves... —una pausa calculada mientras lo estudiaba—… mejor.

«Mentirosa», pensó Zoe.

Thiago se veía exactamente igual que todos los días: despeinado a propósito, con barba de tres días, y esa mezcla de orgullo herido y dolor mal disimulado que era su expresión por defecto.

—Hola, Victoria. —Thiago enderezó ligeramente su postura, y algo en ese gesto hizo que Zoe sintiera una punzada extraña en el estómago—. No esperaba verte hoy.

—Los negocios no esperan. —Victoria se deslizó hacia él con la gracia de una pantera cazando—. Tengo documentos que necesitan tu firma urgentemente. La adquisición de Shanghái no puede retrasarse más.

Fue en ese momento cuando pareció notar a Zoe, aunque ella sospechaba que había sido hiperconsciente de su presencia desde el primer segundo que había entrado.

—Oh —dijo con falsa sorpresa—. Debes de ser la nueva fisioterapeuta. La número... ocho, ¿no?

—Zoe Brooks —se presentó, manteniendo un tono neutral mientras extendía la mano.

Victoria la estrechó con la fuerza justa para dejar claro que era ella la que mandaba.

Su apretón de manos decía «sé quién soy, sé quién eres, y sé exactamente dónde estás en la cadena alimenticia».

—Victoria Chamberlain —respondió, aunque claramente esperaba que Zoe ya supiera quién era—. Asistente ejecutiva de Thiago Calloway. —Hizo una pausa elocuente—. Y vieja amiga.

La forma en que dijo «amiga» sugería mucho más que amistad. O al menos quería que lo sugiriera.

—Un placer —mintió Zoe. Y mintió porque aquella tía no le caía bien. Tanta chulería, tanta prepotencia como se gastaba—. Si nos disculpa, estábamos a punto de comenzar una nueva ronda de ejercicios del señor Calloway.

—Oh, no te preocupes por mí. —Victoria ya había sacado una carpeta de su bolso de Gucci—. Estoy acostumbrada a trabajar adaptándome... —Miró a Thiago con algo que podría haber sido preocupación, si no fuera por lo perfectamente teatralizado que estaba—… al nuevo estado de Thiago.

Se sentó en el sillón más cercano a la camilla, cruzando las piernas de una forma que hacía que su falda se subiera estratégicamente por encima de la rodilla.

Zoe notó que Thiago lo vio. Por supuesto que lo vio.

—¿Podemos dejarlo para más tarde? —preguntó Thiago, pero ya estaba extendiendo la mano hacia los documentos—. Estoy a punto de ser torturado oficialmente.

—Siempre tan dramático. —Victoria se rio. Un sonido como campanillas de cristal que hizo que Zoe quisiera romper algo—. Recuerdo cuando te quejabas igual en Harvard. «El profesor Morrison es un sádico, Vic». «Los exámenes son una tortura, Vic».

Vic.

Ahí había una historia. Una historia que incluía apodos, pensó Zoe.

—Eso era diferente —dijo Thiago, hojeando los documentos—. Morrison realmente era un puto sádico. ¿Recuerdas el examen final de Economía Avanzada?

—¿El que terminaste en cuarenta minutos y sacaste la nota más alta de la clase? —Victoria se inclinó hacia él, su perfume (algo francés y caro que probablemente se llamaba Superioridad Nº 5) llenó el espacio entre ellos—. Siempre fuiste brillante bajo presión.

—Hablando de presión —intervino Zoe, tal vez con más vehemencia de la necesaria—, necesitamos comenzar si queremos completar la rutina de hoy. Los músculos del señor Calloway se enfrían si esperamos demasiado.

Victoria la miró con una sonrisa extraña.

—Por supuesto. No queremos que sus músculos estén fríos. —Se volvió hacia Thiago—. Es fantástico que finalmente hayas encontrado una fisioterapeuta que... dure. Empezábamos a preocuparnos en la oficina.

—¿Empezábamos? —Thiago firmó una página con más fuerza de la que debería.

—La junta directiva está... inquieta. —Victoria puso una mano sobre su brazo—. Tres meses es mucho tiempo para estar ausente, Thiago. La empresa te necesita.

—La empresa está bien —gruñó, pasando a la siguiente página—. A menos que esté rodeado de inútiles e incompetentes, debería funcionar sin problemas —dijo con dureza.

—Sabes que eso no es completamente cierto —insistió Victoria—. Sí, los números están estables, pero las decisiones importantes se están acumulando. La expansión a Europa, la reestructuración del departamento de tecnología, la gala de la fundación...

Thiago se tensó ante la mención de la gala.

—Ya he dicho que no voy a ir ninguna gala.

—Es la fundación de tu padre. Los inversionistas esperan verte. Tu ausencia está enviando el mensaje equivocado.

—¿Qué mensaje? —preguntó Thiago, lanzando a Victoria una mirada desafiante—. ¿Que soy humano? ¿Que puedo romperme una pierna como cualquier otra persona?

—Que eres débil. —Las palabras cayeron en la habitación como piedras—. Y sabes que en nuestro mundo la debilidad es sangre en el agua. Sangre que huelen los tiburones.

¿Qué estaba diciendo aquella tía?, se preguntó Zoe.

En silencio observó cómo las palabras golpeaban a Thiago como balas. Vio su mandíbula apretarse, sus nudillos blancos mientras sostenía el bolígrafo. Y sintió una ira irracional hacia aquella bruja de Wall Street con su traje inmaculado y sus palabras perfectamente calculadas para herir.

¿Quién cojones se creía que era?

—El señor Calloway no es una persona débil —soltó antes de poder detenerse, de morderse la lengua—. Está recuperándose de una grave caída. Nada más.

Victoria giró la cabeza hacia ella con la velocidad de una serpiente. De hecho, lo parecía. Miraba a Zoe igual que lo haría una pitón.

—Disculpa, ¿has dicho algo?

Si aquella mujer pensaba que Zoe iba a quedarse callada o a recular, lo llevaba claro.

—He dicho que la recuperación después de una caída como la que ha tenido el señor Calloway no es debilidad —Zoe mantuvo su mirada fija en Victoria.

¿Creía que la iba a acobardar? Si no la acobardaba Thiago Calloway, mucho menos iba a hacerlo ella—.

Cualquier atleta o deportista de élite le diría lo mismo.

El cuerpo necesita tiempo para sanar correctamente, o el daño puede ser permanente.

Victoria sonrió con condescendencia.

—Pero el mundo de los negocios no es un campo de juego. No hay tiempos muertos —dijo.

—No, solo hay ejecutivos que se queman antes de los cuarenta y terminan con úlceras o ataques cardíacos —replicó Zoe, que no se iba a callar de ninguna de las maneras—. Pero supongo que eso es preferible a mostrar vulnerabilidad.

El silencio que siguió fue eléctrico.

Thiago miraba entre las dos mujeres como si estuviera viendo un partido de tenis. Victoria había entrecerrado los ojos peligrosamente.

—Eres nueva —dijo—. Así que te lo dejaré pasar. Pero deberías saber que Thiago Calloway no ha llegado donde está siendo «vulnerable». ¿Verdad, Thiago?

Todos los ojos se volvieron hacia él. Durante unos segundos, Zoe pensó que la defendería. Que diría algo, cualquier cosa, para apoyar su opinión. Era lo lógico.

En cambio, Thiago terminó de firmar los papeles con movimientos bruscos.

—Victoria tiene razón —dijo sin mirar a Zoe—. El sentimentalismo no construye imperios.

Victoria sonrió triunfante mientras recogía los documentos.

—Exacto. —Se levantó con un movimiento fluido—. Bueno, os dejo con la... rehabilitación. Thiago, piensa en lo que he dicho sobre la gala. Sería una pena que todo el trabajo de tu padre se viera empañado por tu ausencia.

Menudo golpe bajo.

Zoe vio cómo Thiago contraía la mandíbula.

—Y Zoe… —Victoria se detuvo en la puerta—. Es alentador ver que alguien finalmente está... aguantando. Aunque debo advertirte, Thiago puede ser... muy exigente. Los otros fisioterapeutas lo descubrieron por las malas.

—Estoy segura de que podré manejarlo —respondió Zoe con calma.

—Mmmm… —Victoria la evaluó una vez más, y esa vez Zoe supo que estaba catalogando cada detalle de ella: el uniforme, la coleta, la completa falta de maquillaje—. Bueno, ya veremos. Thiago siempre ha sido... bastante selectivo con las personas que permite entrar en su espacio personal.

—Yo solo soy la fisioterapeuta. Mi estancia aquí es temporal.

—Ya… —masculló Victoria.

Y salió, con sus tacones repiqueteando su retirada triunfal.

El silencio que dejó tras ella era denso e incómodo.

—Parece encantadora —dijo Zoe, y el sarcasmo goteaba de las palabras—. Muy... cálida.

—No necesita ser cálida. Necesita ser eficiente —afirmó Thiago.

—Claro, la eficiencia por encima de todo. —Zoe no pudo evitar comentar mientras lo ayudaba a trasladarse a la camilla—. Es bueno rodearse de amigos que sobre todo sean eficientes.