CAPÍTULO 9 #2
—Tengo que cogerlo, es de la oficina —dijo, al tiempo que descolgaba y se lo llevaba a la oreja—. Dime, Victoria.
Zoe se alejó de él para no escuchar la conversación. Momento que aprovechó Ginger para acercarse a ella.
—En serio —dijo bajando un poco la voz, mientras Francesca se distraía reorganizando (otra vez) las flores—. Eres nuestra última esperanza. Los otros fisioterapeutas... digamos que no han tenido tu paciencia.
—O tu sentido del humor —añadió Francesca, demostrando que había estado escuchando—. Es bueno escuchar a Thiago reír, aunque lo haga de manera sarcástica. No lo había escuchado desde...
—Desde el accidente —terminó de decir Ginger.
—Hago mi mejor esfuerzo —dijo Zoe—. Aunque su hijo no siempre lo pone fácil.
—Nunca lo ha puesto fácil. A nadie —suspiró Francesca—. Ni cuando era un bebé. Nació dos semanas antes de tiempo, como si ya entonces quisiera hacer las cosas a su manera.
—¿Vamos a compartir historias vergonzosas de mi infancia ahora? —Thiago miró al techo como pidiendo paciencia divina, mientras dejaba el móvil encima de la mesita—. Porque si es así, necesito morfina. Mucha morfina.
—Tengo mejores historias que mamá —ofreció Ginger con una sonrisa maliciosa.
Thiago la taladró con los ojos.
—¡Úrsula! —advirtió entre dientes, utilizando su nombre de pila.
Ginger levantó las palmas de las manos.
—Está bien —dijo—. Pero como pista diré que se enamoró de su profesora de francés con doce años.
Zoe alzó las cejas.
—Y aquello me enseñó que el amor es una pérdida de tiempo y de energía, un tiempo y una energía que es mejor invertir en bolsa —dijo Thiago en tono seco.
—Qué romántico —murmuró Zoe—. Me sorprende que no tenga una fila de mujeres esperando a la puerta.
Thiago la miró de reojo, pero ella no se inmutó. Empezaba a acostumbrarse a ese tipo de miradas.
—Las tenía —intervino Francesca—. Antes del accidente salía con una modelo diferente cada semana. ¿Cómo se llamaba la última? ¿Svetlana? ¿Katerina?
—Natasha —corrigió Ginger—. Una tía que coleccionaba minerales y juraba que podía leer las auras.
—Decía que mi aura era «conflictivamente púrpura» —recordó Thiago—. Nunca supe qué significaba eso.
—Probablemente que estás emocionalmente cerrado —sugirió Ginger con mordacidad.
—Muy graciosa. ¿No tienes que trabajar o algo? —contestó Thiago.
El momento fue interrumpido por el teléfono de Francesca.
—Oh, Dios —miró la pantalla—. Es el comité de la gala benéfica. Si no contesto, enviarán un equipo de búsqueda. —Miró a su hijo con ojos suplicantes—. Cariño, sobre la gala del mes que viene...
—No —la cortó Thiago—. Ni lo pienses. No voy a ir a ninguna gala en silla de ruedas.
—Pero es por la fundación de papá —dijo Ginger—. Los becarios esperan conocerte.
El silencio que siguió fue denso, pesado.
Zoe notó el cambio que hubo en el ambiente y la tensión repentina en los músculos de Thiago bajo sus manos.
—He dicho que no. —Su voz era puro hielo.
Francesca parecía querer discutir, pero Ginger la tomó del brazo.
—Vamos, mamá. Tu comité espera. Y yo tengo una cita con mi jet lag. Mañana viajo a París.
Se despidieron en medio de besos al aire (Francesca), abrazos genuinos (Ginger a Zoe), y promesas de volver pronto (recibidas con un gruñido de Thiago).
—Ha sido un placer conocerte, Zoe —dijo Francesca en la puerta de la habitación—. Por favor, cuida de mi hijo. Es más frágil de lo que aparenta.
—¡Estoy aquí! —ladró Thiago.
—Sí, cariño, por eso lo he dicho en voz alta. —Francesca le lanzó un beso—. Para que lo escuches.
Y con aquellas palabras, el tornado Calloway salió tal como entró, dejando un extraño vacío a su paso.
Zoe y Thiago se quedaron en silencio durante un rato.
—Bueno —dijo ella finalmente—. Ha sido…
—¿Agotador? ¿Mortificante? ¿La razón por la que necesito terapia psicológica además de fisioterapia?
—Iba a decir genial. —Zoe volvió a los ejercicios—. Su madre y su hermana son muy majas.
—«Muy majas» —repitió Thiago—. Qué forma tan educada de decir «locas».
—No están locas. —Zoe presionó su pierna, haciéndolo concentrarse en el ejercicio—. Solo le quieren y quieren lo mejor para usted.
—Me tratan como un inválido —se quejó Thiago.
—No —corrigió Zoe—. Le tratan como a alguien que aman y que casi pierden.
Thiago la miró unos segundos.
—¿Siempre eres tan sabia o es solo los martes?
—Es jueves.
—Entonces debe ser tu estado natural. Qué agotador.
—No más agotador que su constante negatividad y sus constantes gruñidos —contraatacó Zoe. No iba a callarse con él—. Ahora, cinco repeticiones más y terminamos por hoy.
—Sádica.
—Halagador —sonrió—. Pero guarde los cumplidos para cuando realmente le haga sufrir. Esto es solo el principio.
Mientras Thiago gruñía por el esfuerzo que suponía esas últimas repeticiones, Zoe no pudo evitar pensar en su madre y en su hermana. Y en la gala de la fundación de su padre que claramente era un tema delicado.
«Cada familia tiene sus fantasmas —pensó, recordando su propia foto guardada bajo llave—. Solo que algunos los disfrazan mejor que otros.»
—¿En qué piensas? —preguntó Thiago de repente—. Tienes esa expresión de estar analizando algo.
—En que necesita trabajar más la flexibilidad —mintió Zoe, intentando sonar convincente—. Mañana traeré las bandas de resistencia.
—Genial —gimió Thiago—. Más instrumentos de tortura.
—Es por su bien.
—Eso dicen todos los torturadores —dijo Thiago. Pero había algo más ligero en su tono.
«Vamos progresando —pensó Zoe mientras lo ayudaba a volver a su silla—. Lento, doloroso, pero progreso al fin.»
Y si ignoraba la forma en que su mano se sentía sobre la de él mientras lo ayudaba, si no pensaba en cómo sonaba su risa, si mantenía todo estrictamente profesional...
«Tienes que ser profesional —se recordó firmemente.»
Thiago Calloway estaba condenadamente bueno y tenía una sonrisa que era deslumbrante (cuando la mostraba), pero eso no lo tenía que saber nadie.
Y mientras Thiago murmuraba quejas sobre las bandas de resistencia y el sadismo en general, con esa media sonrisa que estaba empezando a ser un poco más habitual, Zoe tuvo la sensación de que mantenerse estrictamente profesional iba a ser más difícil de lo que había pensado.
Especialmente cuando él la miraba así, como si fuera un rompecabezas que estaba decidido a resolver.
«Mierda.»