La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Zoe estaba en plena sesión con Thiago, que permanecía tumbado en la camilla de fisioterapia con la misma gracia que un gato al que intentan bañar, cuando Harold apareció en la puerta con expresión de alguien que anuncia la llegada inminente del apocalipsis.

—Señor, su madre y su hermana han llegado —dijo en tono neutro, pero que no lograba ocultar cierto reparo.

—¡No! —Thiago intentó incorporarse tan rápido que casi se cayó de la camilla—. Diles que estoy muerto. O en coma. O que me fui al Tíbet a encontrarme a mí mismo.

—Me temo que ya están subiendo las escaleras. —Harold hizo una pausa dramática—. Su madre trae flores. Muchas flores.

—Mierda —masculló Thiago. Miró a Zoe con pánico—. Rápido, ayúdame a llegar a mi habitación. Podemos fingir que hemos terminado la sesión de hoy.

—Ni hablar. —Zoe presionó su hombro para mantenerlo acostado—. Estamos en mitad del ejercicio de fortalecimiento de cuádriceps. Su familia puede esperar o mirar, es su elección.

—No conoces a mi familia —murmuró Thiago—. Son como... como...

—¿Como qué? —Zoe arqueó una ceja mientras manipulaba su pierna.

—Como un huracán de afecto que nadie ha solicitado y comentarios pasivo-agresivos —completó justo cuando la puerta se abrió de par en par.

Francesca Calloway entró como una fuerza de la naturaleza envuelta en Chanel.

A sus cincuenta y ocho años, era el tipo de mujer que hacía que el término «bien conservada» pareciera un insulto.

Pelo castaño oscuro perfectamente peinado en un corte bob que desafiaba la humedad de Nueva York, ojos azules idénticos a los de su hijo, pero con arruguitas alrededor de ellos, que Thiago claramente no tendría jamás por lo poco que parecía reír, y un traje rosa pálido que le sentaba genial.

Llevaba, efectivamente, un ramo de peonías del tamaño de un arbusto pequeño.

Detrás de ella, Úrsula «Ginger» Calloway era todo lo que su hermano no era.

Donde Thiago era oscuro y angular, Ginger era suave y luminosa.

Treinta años, cabello rojizo que explicaba su apodo, cortado en un pixie cut que solo alguien con su estructura ósea perfecta podía llevar.

Vestía de manera completamente opuesta a su madre: jeans rotos estratégicamente, una camiseta vintage de los Rolling Stones y botas del Doctor Martens que habían visto mejores días.

El único indicio de su riqueza era el bolso Hermès que colgaba de su hombro.

—¡Mi amor! —Francesca se precipitó hacia la camilla, mientras las flores amenazaban con golpear todo a su paso—. ¿Cómo estás? Te ves pálido. ¿Estás comiendo bien? —Se volvió hacia el mayordomo—. Harold, ¿está comiendo bien? Pareces un oso hibernando, cariño —le dijo a su hijo.

—Mamá. —Thiago cerró los ojos como si eso pudiera hacerla desaparecer—. Estoy en medio de la terapia.

—Oh, no te preocupes por nosotras. —Francesca ya estaba buscando un jarrón inexistente para las flores—. Continuad, continuad. Fingid que no estamos aquí.

—Algo difícil cuando estás reorganizando la habitación —murmuró Thiago.

Ginger, mientras tanto, se había acercado a Zoe con la curiosidad de un gato que ha encontrado algo interesante.

—Tú debes ser la nueva fisioterapeuta —extendió la mano con una sonrisa—. Soy Ginger, la hermana que fue lo suficientemente inteligente para ver a su hermano lo menos posible —bromeó.

Zoe tuvo que apretar los labios para no echarse a reír.

—Zoe Brooks —se presentó. Estrechó su mano, notando los anillos de plata y el esmalte negro ligeramente descascarillado de las uñas—. Encantada de conocerte.

—Igualmente. —La sonrisa de Ginger se amplió en su rostro—. Pero dime... —bajó la voz a un tono confidencial—… ¿cómo lo soportas?

—Con mucha paciencia y alguna que otra amenaza — respondió Zoe, continuando con los ejercicios de Thiago a pesar del caos.

—Si no funciona, prueba a ponerte tapones en los oídos —dijo Ginger en broma.

—¡Estoy aquí! —protestó Thiago—. Puedo oíros perfectamente.

—Eso es lo que pretendemos, cariño. —Francesca había encontrado un jarrón (¿Dónde? Nadie lo sabe) y estaba arreglando las flores con la concentración de un cirujano—. La comunicación abierta es clave para la sanación. Lo leí en Goop, la empresa fundada por Gwyneth Paltrow.

Thiago puso los ojos en blanco.

—Por favor, no nombres a Gwyneth Paltrow en mi presencia —gimió—. Es demasiado temprano para hablar de pseudociencia.

—No es pseudociencia. —Francesca se giró hacia él con las manos en las caderas—. Es bienestar mental. Y claramente lo necesitas. Mírate, todo tenso y gruñón. ¿Cuándo fue la última vez que meditaste?

—Medito cada noche sobre las múltiples formas en que mi vida se ha ido a la mierda —respondió Thiago secamente.

—Eso no es meditar, es rumiar. —Francesca se volvió hacia Zoe—. ¿Verdad, querida? Tú pareces una chica sensata. Dile que necesita meditar.

Zoe, que estaba doblando la rodilla de Thiago en un ángulo que lo hacía sisear, mantuvo su expresión profesional.

—Lo que el señor Calloway necesita ahora mismo es concentrarse en fortalecer su cuádriceps femoral —dijo diplomáticamente—. La meditación puede esperar hasta que pueda sentarse en posición de loto sin gritar.

—¿Ves? —Thiago miró a su madre, triunfal—. La profesional está de acuerdo conmigo.

—No exactamente. —Zoe ajustó el ángulo, haciéndolo gemir—. Dije que puede esperar, no que no la necesite. Sinceramente, un poco de zen no le vendría mal.

Ginger soltó una carcajada.

—Me cae bien —dijo—. ¿Cuánto te paga mi hermano? Te doblo el salario si vienes a mi casa y me ayudas con mi postura. Años inclinada sobre mesas de diseño me están matando.

—¡No vas a llevarte a mi fisioterapeuta! —Thiago intentó sentarse, pero Zoe lo mantuvo firmemente en su lugar—. Apenas la empiezo a… tolerar.

—Qué halago —murmuró Zoe.

«Lo pondré en mi currículum —pensó para sus adentros—. Tolerada por Thiago Calloway durante más de 48 horas.»

—Es un logro significativo —intervino Harold desde la puerta, donde había estado observando todo con una diversión mal disimulada.

Thiago movió un poco la cabeza para verlo.

—¿De qué lado estás? —dijo.

—Del lado del sentido común, señor —respondió Harold con tranquilidad—. Que casualmente parece estar con la señorita Brooks.

Francesca había terminado con las flores y ahora examinaba a Zoe con ojo maternal.

—Eres muy joven —observó—. ¿Cuántos años tienes, querida?

—Veintiséis —respondió Zoe, pasando al otro conjunto de ejercicios—. Y antes de que pregunte, sí, estoy cualificada. Y sí, tengo experiencia con casos difíciles.

—Iba a preguntar si estabas soltera —dijo Francesca—. Tengo un sobrino encantador...

—¡Mamá! —Thiago y Ginger gritaron al unísono.

—¿Qué? —Francesca parpadeó con falsa inocencia—. Solo pregunto. Una chica tan guapa…

—Está aquí para arreglar mi pierna, no para que juegues con ella a Cupido. —Thiago fulminó a su madre con la mirada—. Además, seguramente ya tiene... —Se detuvo, recordando la foto de la noche anterior.

Un silencio incómodo cayó sobre la habitación.

Zoe mantuvo su expresión neutral, pero sus manos se tensaron ligeramente sobre la pierna de Thiago.

—Mi vida personal no es relevante para mi trabajo. No aporta nada —respondió finalmente—. Ahora, si me permiten, necesito que el señor Calloway se concentre en el próximo ejercicio. Es muy importante para recuperar la estabilidad.

—Por supuesto, querida. —Francesca retrocedió, pero no sin antes lanzarle una mirada significativa a su hija.

Durante los siguientes veinte minutos, Zoe navegó hábilmente entre los ejercicios de Thiago y las interrupciones constantes de su madre.

Francesca no podía evitar revolotear, ajustando almohadas que no necesitaban ajuste, sugiriendo técnicas que había visto en Instagram, y generalmente haciendo que Thiago se tensara aún más con cada comentario bienintencionado.

Ginger, por su parte, se había sentado en el alféizar de la ventana y observaba todo con ojos divertidos, ocasionalmente tomando fotos con su teléfono «para la posteridad» según decía, ignorando las protestas de su hermano.

—¿Siempre son así? —murmuró Zoe a Thiago, cuando Francesca decidió que las cortinas necesitaban ser reajustadas para tener una mejor «energía lumínica».

—Hoy está en la versión moderada —respondió él entre dientes—. Deberías verlas en Navidad. Es como ser atacado por un par de elfos con sobredosis de azúcar.

—Suena... intenso.

—La palabra que buscas es «infernal». —Thiago hizo una mueca cuando ella presionó un punto tenso.

Zoe sonrió.

—Debe dejar de hacerme reír mientras trabajo —lo regañó—. Se supone que debe estar sufriendo.

—Créeme, estoy sufriendo. —Thiago miró hacia donde se encontraba su madre, que estaba discutiendo con Harold sobre la temperatura ideal de la habitación.

—¡Thiago! —Francesca se giró repentinamente—. ¿Por qué no me dijiste que Harold mantiene esta habitación como un congelador? No es bueno para tus músculos.

—Mis músculos están bien, mamá.

—No según WebMD —sacó su teléfono—. Aquí dice que la temperatura óptima para la recuperación es...

—Si sigues nombrando páginas de bienestar, juro que me va a dar algo —amenazó Thiago.

—No bromees con eso —dijo Francesca, guardando el teléfono en el bolso. Su rostro se llenó de preocupación—. Ya he tenido suficientes sustos contigo este año.

El momento de vulnerabilidad fue breve pero suficientemente poderoso.

Durante un segundo, Zoe vio a Francesca aterrorizada bajo la fachada de socialité que no dejaba de revolotear alrededor de su hijo. Percibió el amor de madre, la preocupación, el dolor de ver a su hijo invencible reducido a una silla de ruedas.

Thiago también debió verlo porque su expresión se suavizó y dejó escapar una especie de suspiro de resignación.

—Estoy bien, mamá —dijo—. O lo estaré. Zoe es... muy competente.

—Buen elogio viniendo de ti. —Ginger se bajó del alféizar—. Normalmente a estas alturas ya le habrías hecho llorar.

—El día es joven —murmuró Zoe, ganándose otra risa de Ginger.

En aquel instante, sonó el teléfono de Thiago. Alargó el brazo, lo cogió de una mesita que había al lado de la camilla y miró la pantalla.