CAPÍTULO 8
La habitación de invitados que le habían asignado a Zoe era, como todo en esa casa, excesiva.
Una cama de matrimonio enorme con dosel, que parecía sacada de un cuento de hadas, ventanas francesas que daban a un balcón privado y un baño propio que era más grande que su apartamento en Queens.
Había llevado solo una maleta (su confiable Samsonite de oferta) y una mochila. No tenía sentido mudarse a la mansión de Thiago Calloway cuando aquel trabajo iba a ser algo temporal, y siempre podría ir a por lo que necesitara a su piso.
Estaba sacando la ropa y doblándola en los cajones de la cómoda antigua, cuando sus dedos rozaron el marco de fotos envuelto en un jersey.
Se quedó inmóvil unos segundos, luego sacó la foto con cuidado. La miró durante un rato. Su expresión se suavizó con una mezcla de amor y dolor que transformó su rostro.
En la foto se veía una versión más joven de Zoe. Sonreía de una forma radiante a la cámara. Su pelo estaba más largo, cayendo casi hasta la cintura. Pero no era ella quien hacía que su corazón se apretara cada vez que miraba la imagen.
Eran la mujer y el hombre que había a su lado.
La mujer era guapa, elegante, risueña (como ella), el hombre era alto, rubio, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro.
Llevaba un traje de chaqueta muy bien puesto, y su brazo se encontraba alrededor de los hombros de Zoe, mirándola como si fuera el sol, la luna y todas las estrellas juntas.
En la esquina de la foto, apenas visible, estaba escrito en tinta desvaída: «Te querré siempre».
«Siempre resultó ser mucho menos tiempo del que pensábamos», pensó Zoe con amargura.
El sonido de la silla de ruedas en el pasillo la sacó de su ensimismamiento. Rápidamente, volvió la foto boca abajo y la deslizó en el cajón.
Pero no fue lo suficientemente rápido.
—¿Ya te estás instalando? —La voz de Thiago desde la puerta la hizo saltar.
Se giró para encontrarlo en el umbral, observándola con esos malditos ojos azules que parecían ver demasiado. Había cambiado la ropa de ejercicio por un pantalón de pijama negro y una camiseta gris que se pegaba a su torso de una manera que Zoe definitivamente no estaba mirando.
O sí.
—Sí —respondió, tal vez demasiado rápido—. Estoy... terminando de organizar algunas cosas.
Los ojos de Thiago se movieron hacia el cajón que acababa de cerrar, luego volvieron a su rostro. Durante un momento, Zoe temió que fuera a preguntar.
Y así fue.
Los hombres como Thiago Calloway no se quedaban con las ganas de preguntar.
—¿Familia? —dijo finalmente en un tono más suave de lo que ella había escuchado hasta ese momento, señalando con la barbilla el cajón de la cómoda.
Zoe se tensó, cuadrando sus hombros involuntariamente.
—Algo así —respondió cortante.
El silencio se extendió entre ellos.
Zoe podía ver la curiosidad ardiendo en los ojos de Thiago, la necesidad de saber, de controlar, de entender. Pensó que iba a presionarla para que le dijera algo, aunque no tuviera ningún derecho a hacerlo.
Pero entonces algo cambió en su expresión.
Tal vez reconoció el dolor cuidadosamente guardado en sus ojos porque él tenía su propio dolor escondido. Tal vez simplemente decidió que no era su problema. Cualquiera que fuera la razón, le hizo retroceder ligeramente con su silla.
—Bueno —dijo, volviendo a su voz normal—. Solo venía a... Harold mencionó que estabas aquí arriba. Quería asegurarme de que la habitación fuera... adecuada para ti.
—Es perfecta. —Zoe forzó una sonrisa—. Aunque la cama es tan grande que podría perderme en ella.
—Hay un botón del pánico en la mesita de noche. —Thiago lo señaló con un gesto de la mano—. Por si acaso.
—Por si acaso ¿qué? ¿La cama cobra vida y trata de comerme?
—Con lo que costó, debería al menos ofrecer ese servicio —dijo Thiago—. Pero no. Es por si necesitas algo durante la noche. Va directo a la habitación de Harold.
—Pobre Harold. —Zoe sacudió la cabeza—. ¿Nunca descansa?
—Duerme de pie, como los caballos. —Thiago respondió con total seriedad—. Es parte del entrenamiento como mayordomo británico.
—Por supuesto. —Zoe se encontró sonriendo a pesar de la tensión del momento anterior.
Thiago comenzó a girar su silla.
—Bueno, te dejo descansar. Hasta mañana a las ocho —dijo.
—En punto —confirmó Zoe—. Y prepárese para sufrir.
—¿Es una promesa o una amenaza?
—Sí —respondió ella simplemente.
Thiago resopló (quizás podría haber sido una risa), salió al pasillo y se dirigió a su habitación.
Zoe esperó hasta que el sonido de la silla se desvaneció antes de cerrar la puerta y apoyarse contra ella.
Con manos temblorosas, abrió el cajón y sacó la foto. En aquella ocasión la colocó cuidadosamente en el cajón con llave de la cómoda, junto con otras cosas que no podía soportar mirar, pero que tampoco podía tirar. A pesar de todo.
«No es asunto suyo —se dijo firmemente—. Estás aquí para hacer un trabajo. Nada más. No para para darle explicaciones de tu vida personal.»
Pero mientras se preparaba para dormir en esa cama ridículamente grande, no pudo evitar preguntarse qué había visto Thiago en su rostro que lo había hecho retroceder.
Y por qué, durante un instante, le había parecido que él entendía perfectamente lo que se sentía al guardar fantasmas en cajones con llave.
«No importa —decidió, apagando la luz—. Mañana volveremos a ser fisioterapeuta y paciente. Profesional. Distante. Sin preguntas personales.»
Sin embargo, en la oscuridad de aquella habitación demasiado grande, con el fantasma de una foto guardada bajo llave y el recuerdo de unos ojos azules demasiado perceptivos, Zoe tuvo la inquietante sensación de que mantener las cosas profesionales con Thiago Calloway iba a ser mucho más difícil de lo que había esperado.
En el pasillo de abajo, Thiago se detuvo frente a la puerta de su dormitorio, y giró el rostro por encima del hombro, mirando hacia el techo, hacia la habitación de Zoe. Había visto suficiente dolor en su vida para reconocerlo en otros, sin importar qué bien o mal lo escondieran.
«Algo así », había dicho ella.
Las mismas palabras que él usaba cuando alguien preguntaba por su padre.
—No es tu problema —murmuró para sí mismo, entrando en su habitación.
Pero mientras se preparaba para otra noche de sueño inquieto y dolor constante, no pudo evitar preguntarse quién era el hombre de la foto (ya que había alcanzado a verlo de refilón). Y por qué alguien tan fuerte como Zoe Brooks parecía romperse un poco al mirarlo.
«No es tu problema —se repitió—. Además, ¿desde cuándo te han interesado a ti las cosas de los demás?»
Pero Thiago Calloway siempre había sido muy malo siguiendo sus propios consejos.