La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La cocina de la mansión Calloway era, como todo en esa casa, opulenta.

Encimeras de mármol que brillaban como espejos, electrodomésticos que parecían sacados de un programa de cocina profesional, y una isla central del tamaño de un apartamento pequeño en Queens.

Pero a las ocho de la noche, con el aroma del sofrito de María flotando en el aire y el personal reunido alrededor de la mesa de roble macizo, parecía casi... hogareña.

Zoe llevaba unos leggins negros que habían visto mejores días, y una camiseta gris con el logo descolorido de los Kansas City Chiefs, el equipo de rugby del novio de Taylor Swift. El pelo lo tenía suelto, cayendo en ondas castañas con reflejos rubios sobre los hombros.

Sin pensárselo dos veces, aceptó el plato humeante que María le puso enfrente con una sonrisa agradecida.

—Arroz con gandules —anunció la cocinera con orgullo—. Mi receta especial. La misma que le hacía a mi abuela en Puerto Rico.

—Huele muy bien. —Zoe inhaló profundamente—. En mi apartamento, la cena especial es ramen instantáneo con un huevo.

María se persignó rápidamente.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó—. ¿Ramen? ¿Eso es lo que comes? No, no, no. Mientras estés aquí, comerás comida de verdad. Nada de ramen ni esas cosas raras…

—No te resistas —le aconsejó Harold desde su lugar en la cabecera de la mesa—. María considera alimentar a la gente como una vocación sagrada. Y tiene razón.

El grupo alrededor de la mesa era un microcosmos ecléctico de Nueva York.

Además de Harold y María, estaban Sandra, la chica del servicio; James, el guardia de seguridad afroamericano que parecía un armario de tres puertas, y sin embargo coleccionaba figuras de anime; Thomas, el jardinero irlandés pelirrojo y con pecas; y Pavel, el chofer ruso que hablaba poco, pero sonreía mucho.

—Entonces —Sandra se inclinó hacia adelante con un destello de curiosidad en los ojos—, ¿cómo sobreviviste un día completo con el jefe? ¿Cuál es tu secreto?

Zoe masticó pensativamente su arroz, saboreando las especias. Estaba riquísimo.

—No tengo ningún secreto —respondió—. Pero no me dejo intimidar por hombres que actúan como niños malcriados.

—¡Ese es el truco! —Sandra chocó su vaso de agua contra el de Zoe—. Los hombres ricos piensan que el dinero les da derecho a todo.

—El señor Calloway no siempre ha sido así —intervino Thomas. Su acento irlandés suavizando las palabras—. Cuando empecé aquí era diferente. Exigente, sí. Perfeccionista, absolutamente. Pero no... cruel.

—Siempre ha sido muy caprichoso —intervino Harold.

—Sí, pero el accidente le ha puesto peor. Se ha vuelto el doble de terco y el triple de insoportable —añadió Pavel en su inglés cuidadosamente pronunciado—. Antes, controlaba todo. Ahora... —Se encogió de hombros.

—Perder el control es lo peor para alguien como él. —Zoe pinchó un gandule con su tenedor—. He visto esto antes. Cuanto más poderosos son, más duro caen. Literalmente, en su caso.

—¿Has trabajado con muchos millonarios testarudos? —preguntó María, sirviendo más agua en los vasos.

—Con algunos. —Zoe sonrió.

—En el caso del señor Calloway hay más que eso.

—Harold dejó su tenedor. Su expresión se volvió reflexiva—.

Ha estado lidiando con pérdidas desde muy joven.

Su padre murió cuando él tenía quince años.

Un infarto fulminante. Una noche estaban cenando juntos, hablando sobre una fiesta en la casa de unos amigos a la que quería ir Thiago, y a la mañana siguiente... —Hizo una mueca con la boca.

El silencio que siguió fue pesado.

—Dios —murmuró Zoe—. Eso es...

—Devastador —completó María—. El señor Calloway padre era un buen hombre. Adoraba a sus hijos, especialmente a Thiago. Era su ojito derecho. Solían hacer todo juntos: esquiar, navegar, incluso trabajar en el garaje restaurando coches clásicos.

—¿El señor Calloway manchándose las manos con aceite? —Zoe no pudo ocultar su sorpresa. La imagen no terminaba de llegar a su mente.

—Oh, sí… —James sonrió con tristeza—. Hay un Mustang del 67 en el garaje que estuvieron restaurando juntos, aunque nunca llegaron a arreglarlo del todo. El señor Calloway no lo ha tocado desde que su padre murió. Está cubierto con una lona, como un fantasma.

—Nunca tuvo oportunidad de despedirse —continuó Harold—. Su padre simplemente... se fue. Un día estaba enseñándole a Thiago cosas sobre los negocios, planeando su futuro juntos, y al siguiente había desaparecido. Sin aviso, sin últimas palabras, sin despedida, sin cierre.

Zoe escuchaba con suma atención.

—¿Y su madre? —preguntó en tono suave.

—La señora Calloway... —María suspiró—. Es una buena mujer, pero el dolor la cambió.

Se volcó completamente en sus hijos, especialmente en Thiago, que fue el que peor llevó la muerte de su padre.

Lo mimó, lo protegió, tal vez demasiado —opinó—.

Creo que intentaba compensar la pérdida del padre dándole todo lo que pedía.

—Y él aprendió que el dolor se maneja con control —concluyó Zoe. Algunas piezas parecían ir encajando—. Si controlas todo, nadie puede herirte. Si eres lo suficientemente fuerte, lo suficientemente poderoso, lo suficientemente rico...

—Exacto —confirmó Harold—. Pero después vino el accidente, y de repente no podía controlar ni su propio cuerpo.

—Eso lo tiene frustrado —comentó María.

—¿Tiene hermanos? —preguntó Zoe, recordando que James había mencionado «hijos» en plural.

—Una hermana —respondió Sandra—. Ginger. Dos años menor. Es diseñadora de interiores. Tiene mucho talento.

—Ella es todo lo que el señor Calloway no es —explicó María—. Es libre, creativa, emocional. Se fue de casa a los dieciocho años y comenzó a hacer su vida de forma independiente. No se pasa mucho por la casa. Creo que le recuerda demasiado a cómo eran las cosas antes.

—La señora Calloway viene todas las semanas a verlo —añadió Thomas—. Intenta ayudar, pero el señor Calloway... No es fácil ver a tu hijo así. Especialmente cuando siempre ha sido el fuerte, el que ha cuidado de todos después de que su padre muriera.

—Se convirtió en el hombre de la casa a los quince años —murmuró Zoe—. Eso es mucha presión para un adolescente.

—Y nunca se permitió ser débil. —Harold retomó su cena—. Ni siquiera en el funeral de su padre. Fue quien consoló a todos, quien se encargó de los arreglos, quien mantuvo a la familia unida. Pero nunca lo vi llorar. Ni una sola vez.

—Es un círculo vicioso. —Zoe empujó los últimos granos de arroz en su plato—. Tiene miedo de perder el control porque perdió a su padre sin aviso, pero ese mismo miedo al descontrol lo está destruyendo.

—Vaya… —James silbó bajo—. ¿Eres fisioterapeuta o psicóloga?

Zoe sonrió débilmente

—Un poco de ambas, viene con la profesión —dijo—. No puedes sanar el cuerpo si la mente está rota.

—Bueno —María comenzó a recoger los platos—, ahora entiendes un poco mejor con quién estás tratando. No es solo un millonario malcriado. Es un hombre que no ha gestionado bien la pérdida más grande de su vida y ahora está pagando el precio.

—La señora Calloway vendrá mañana —mencionó Harold—. Tal vez deberías conocerla. Es una mujer encantadora, aunque tiende a... revolotear.

—¿Revolotear?

—Como una mariposa ansiosa —explicó Sandra—. Quiere ayudar, pero no sabe cómo. Así que trae flores, reorganiza cosas que no necesitan ser reorganizadas, y generalmente pone más nervioso al señor Calloway.

—Suena a situación familiar complicada. —Zoe se levantó para ayudar con los platos.

—Todas las familias son complicadas —dijo María sabiamente—. Solo que algunas tienen mucho dinero para complicarlas aún más.

—Amén a eso —murmuró Thomas.

Sandra se giró hacia Zoe con expresión conspiratoria.

—¿Quieres algunos consejos para manejar mejor al jefe? —dijo.

—Soy toda oídos. —Zoe se reclinó en la silla, disfrutando de la calidez de la cocina y de la compañía—. Cualquier información es bienvenida.

—Le gusta escuchar música clásica cuando está estresado. Si escuchas a Vivaldi a todo volumen, mejor no lo interrumpas.

—¿Y si es Wagner? —preguntó Zoe.

—Entonces corre —dijeron todos al unísono.

Zoe dejó escapar una risilla.

Harold tomó la palabra.

—Cuando empieza a citar a Sun Tzu o a Maquiavelo, es que está a punto de hacer algo desagradable. Es su forma de justificar que se va a comportar como un patán.

—«El Arte de la Guerra» como excusa para ser grosero. —Zoe sacudió la cabeza—. Clásico.

El ambiente en la mesa cambió sutilmente, volviéndose más sombrío.

—No le nombres a su abuelo —le advirtió María.

—¿Por qué?

—Murió el año pasado. —María comenzó a recoger los platos—. Era el único que podía hacerlo entrar en razón, después de su padre. Sin él... —Se encogió de hombros.

—Ah, y un consejo más —añadió Harold mientras Zoe se levantaba de la silla—. Si alguna vez ves al señor Calloway cerca del garaje, mirando hacia donde está el Mustang... déjalo estar. No le digas nada. Es lo más cerca que llega a estar de la tumba de su padre.

—Gracias —dijo sinceramente—. Por la cena y por... todo esto. Me ayuda a entender mejor al señor Calloway.

Zoe absorbió toda la información que le habían dado mientras ayudaba a limpiar la mesa.

Thiago Calloway, el tirano en silla de ruedas, tenía más capas de las que había imaginado. Como una cebolla muy caprichosa y malhumorada.

—Solo ten paciencia con él —le pidió María, dándole un abrazo maternal—. Bajo toda esa armadura hay un corazón que nunca ha sanado correctamente. Tal vez tú puedas ayudarlo con eso también.

—Soy fisioterapeuta, no hago milagros —protestó Zoe.

—A veces —dijo Harold con una pequeña sonrisa—, no hay mucha diferencia.

Mientras Zoe ascendía por las escaleras camino de su habitación, pensó en toda la nueva información que le habían dado.

Thiago Calloway ya no era solo el CEO gruñón que hacía llorar a los fisioterapeutas. Era un hijo que nunca se había despedido, un hermano que se convirtió en padre sustituto demasiado joven, un hombre que confundía control con fortaleza y vulnerabilidad con debilidad.