CAPÍTULO 6
En la cocina de la mansión, el personal se había reunido para su descanso de media mañana.
María, la cocinera, una mujer fuerte de cincuenta años con acento latinoamericano, servía café mientras los demás cotilleaban.
—¿Cuánto creéis que va a durar la nueva? —preguntó—. Apuesto cincuenta dólares a que no pasa de la semana.
—Yo digo tres días —añadió Sandra, una de las asistentas—. ¿Visteis cómo salió el del bigote? Parecía que había visto un fantasma.
—Un fantasma con muy mal genio —rio Thomas, el jardinero—. El señor Calloway tiene talento para traumatizar a la gente. Mucho talento.
—Esta es diferente. —La voz de Harold cortó la conversación. El mayordomo entró en la cocina con su andar medido—. La señorita Brooks no se deja intimidar. No es como los anteriores.
—¿En serio? —María arqueó una ceja—. ¿Cuánto ha durado la sesión?
—Una hora completa. —Harold aceptó la taza de café que María le ofreció—. Y salió caminando de la sala tranquilamente, no corriendo. Ni gritando. Ni tirándose del pelo.
Un murmullo de asombro recorrió el grupo.
—¿Una hora? —Thomas silbó—. Eso es todo un récord.
—Hay más. —Harold tomó un sorbo de café—. Lo ha hecho reír.
Aquella vez, el silencio fue absoluto.
—¿Reír? —Sandra finalmente encontró su voz—. ¿El señor Calloway? ¿Nuestro señor Calloway que no ha sonreído desde el accidente?
—El mismo —confirmó Harold—. Fue breve, pero fue una risa.
—Imposible. —Thomas sacudió la cabeza—. Debes de haber escuchado mal.
—Mi oído está perfectamente, gracias —dijo Harold, dejando su taza en la mesa—. Y hay algo más. Ha reorganizado completamente el estudio. Ha guardado todos sus trofeos, ha movido los muebles, incluso ha quitado la alfombra persa. Ahora descansa en el sótano.
—¿Y él la ha dejado? —María parecía a punto de desmayarse.
—No solo la ha dejado. —Harold sonrió ligeramente—. Se ha quejado, por supuesto, pero no la ha detenido. Reconozco que es... refrescante, y divertido, ver a alguien que no se deja intimidar por sus berrinches.
—¿Cómo es esa chica? —preguntó Sandra con curiosidad—. La nueva fisioterapeuta.
—Menuda —respondió Harold—. Metro sesenta y cinco como mucho. Cabello castaño claro tirando a rubio, ojos de color miel. Da la sensación de que podría ser derribada por una brisa fuerte. Pero tiene una voluntad de hierro y una lengua más afilada que los cuchillos de María.
—Me cae bien —afirmó María—. Cualquiera que pueda manejar al señor Calloway en su peor momento merece respeto.
—¿Deberíamos cambiar las apuestas? —preguntó María.
—Yo subo mi apuesta —anunció Harold, sorprendiendo a todos—. Cien dólares a que se queda hasta el final de la rehabilitación.
Pero para sus adentros pensó que quizá se quedara «para siempre».
—¿Hasta el final de la rehabilitación? —María casi se atragantó con su café—. Harold, ¿estás bien? ¿Necesitas sentarte?
—Claro que estoy bien. —Harold se alisó su ya impecable chaqueta—. Simplemente reconozco potencial cuando lo veo. La señorita Brooks tiene algo que los otros no tenían.
—¿Qué? —preguntó Sandra.
—Agallas —respondió Harold—. Y la habilidad de ver a través de las tonterías del señor Calloway. Creo que es exactamente lo que necesita.
María volvió a llenar las tazas de café.
—Entonces brindemos por la señorita Brooks. Para que tenga la fuerza y la paciencia de santa Rita, patrona de los imposibles.
—Amén —murmuraron todos, levantando sus tazas.
—Y que Dios la ayude —añadió Harold en voz baja—. La va a necesitar.
Desde el intercomunicador en la pared, llegó la voz de Thiago:
—¡Harold! ¡Necesito ayuda para volver a la cama! ¡Y trae hielo! ¡Esa mujer demoníaca me ha destrozado!
Harold suspiró, pero había un brillo de diversión en sus ojos.
—El deber me llama —anunció, dirigiéndose hacia la puerta—. Pero acordaos de mis palabras: esta podría durar.
Mientras subía las escaleras, Harold no pudo evitar sonreír.
Por primera vez en semanas, había vida en la voz de Thiago. Furia, frustración, dolor, sí. Pero vida, al fin y al cabo. Y no solo la apatía que lo acompañaba constantemente.
Zoe Brooks podría ser exactamente lo que el médico le había recomendado.
«Sí —pensó Harold mientras entraba en la sala—. Esta podría durar.