La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—¿Cuándo se rompió el brazo lloró así? —Zoe continuó el ejercicio implacablemente—. Porque he trabajado con niños de cinco años menos quejicas.

Thiago la fulminó con la mirada, pero perdió efecto considerando que estaba rojo como un tomate y sudando como un cerdo.

—No me conoces —ladró.

—Un poco, sí —dijo Zoe.

Finalmente le dio un respiro.

—Te odio —dijo Thiago.

—Únase al club. —Zoe comenzó con la pierna izquierda—. Tenemos camisetas. Dicen «Sobreviví a la terapia con Zoe Brooks y solo lloré un poquito.»

Thiago bufó. Pero a pesar de sí mismo, notó que la comisura de su boca se contraía.

No era una sonrisa.

Definitivamente no.

Solo un espasmo muscular.

—¿Siempre eres así de irritante? —preguntó mientras ella manipulaba su tobillo.

—Solo con los pacientes que no me obedecen. —Zoe lo miró—. Los pacientes normales me encuentran encantadora.

—Dudo que alguien te encuentre encantadora —dijo Thiago.

—Mi abuela piensa que soy adorable. —Zoe presionó a propósito un punto en su pantorrilla que lo hizo saltar.

—¡Joder! —exclamó Thiago.

Aquella tía era una auténtica sádica, o una cabrona. O las dos cosas.

—Pero ella también piensa que Elvis sigue vivo, así que su juicio es cuestionable —continuó Zoe.

Esa vez, Thiago no pudo evitarlo. Una pequeña risa escapó antes de que pudiera detenerla. Zoe fingió una sorpresa exagerada.

—¿Qué ha sido eso? ¿Una risa? ¿Del gran y gruñón Thiago Calloway? Si estuviéramos en Navidad, diría que es un milagro navideño.

—Oh, por favor, cállate —dijo Thiago, pero no había veneno real en sus palabras.

—Es difícil que yo me calle. —Zoe continuó trabajando—. Parte de mi encanto es mi brillante conversación.

—El mío también —comentó Thiago con mordacidad—. Pregúntele a cualquiera.

—¿Qué tal a los siete fisioterapeutas que hizo huir? —lanzó Zoe, comenzando a masajear los músculos tensos de su muslo.

—Ellos no cuentan. No apreciaban mi sentido del humor.

Zoe no pudo evitar mover la cabeza.

El masaje estaba resultando increíble, aunque Thiago no fuera a admitirlo.

Las manos de Zoe eran fuertes pero suaves. Una mezcla de ambas cosas que encontraba nudos de tensión que ni siquiera sabía que tenía.

—Tienes buenas manos —murmuró antes de poder detenerse.

Zoe se detuvo una fracción de segundo antes de continuar.

—Es el resultado de años estrangulando a pacientes difíciles —respondió—. Terminas desarrollando fuerza.

Cuando terminó con sus piernas, Zoe se movió hacia su espalda. Thiago tuvo que sentarse, lo cual requirió otra humillante sesión de ayuda y casi-caídas.

—Su postura es terrible —observó ella, presionando entre sus omóplatos—. ¿Siempre se sienta como si fuera una gárgola?

—Es la silla —defendió Thiago—. No está diseñada para...

—¿Para sentarse correctamente? —Zoe lo interrumpió—. Qué conveniente. Una silla carísima, pero que no sirve para su propósito básico. Muy de millonarios. —Puso los ojos en blanco.

Durante los siguientes minutos trabajó en silencio, y Thiago se descubrió relajándose a pesar de que no quería.

Había algo en la forma en que Zoe trabajaba (competente, segura, sin rastro de la lástima que había visto en los otros) que lo hacía sentir casi... normal.

—¿Por qué fisioterapeuta? —preguntó de repente, sorprendiéndose a sí mismo. Básicamente porque a Thiago Calloway nunca le interesaba la vida de los demás, solo la suya.

—¿Por qué CEO megalómano? —preguntó Zoe a su vez.

— Touché . —Thiago giró un poco la cabeza para mirarla—. Pero en serio. Con tu... personalidad... podrías haber sido sargento de instrucción. O domadora de leones.

—Los leones son más fáciles de entrenar. —Zoe siguió con su trabajo—. Tienen menos ego.

—No has respondido mi pregunta.

Zoe suspiró.

Sus manos se quedaron un momento quietas sobre la espalda de Thiago.

—Alguien me ayudó una vez cuando lo necesitaba —contestó finalmente con voz más suave—. Decidí devolver el favor a la gente.

Thiago esperó en silencio a que Zoe diera una explicación, pero ella no lo hizo. En cambio, volvió a su modo profesional.

—Bien, vamos a intentar una cosa —anunció—. Quiero que se ponga de pie.

—¿Otra vez? —Thiago gimió—. ¿No he sufrido suficiente por hoy?

—Me temo que no. —Zoe sonrió dulcemente—. Apenas estamos empezando. Arriba.

Con mucho esfuerzo y un millón de maldiciones, Thiago logró ponerse de pie con la ayuda de Zoe. En aquella ocasión se sentía más estable.

—Vale —dijo ella, pasando el brazo por su cintura—. Ahora quiero que dé un paso. Solo uno. Yo le sostendré.

—No puedo. —El pánico volvió a la voz de Thiago—. La pierna no...

—No estoy pidiendo que eche a correr —dijo Zoe, ajustando su brazo alrededor de la cintura de Thiago—. Solo un paso. Puede volver a odiarme después.

Thiago respiró profundamente.

Un paso.

Podía dar un paso.

Era dueño de una empresa multimillonaria. Había cerrado tratos imposibles, conquistado a inversionistas reacios, sobrevivido a juntas directivas hostiles. Seguro que podía dar un maldito paso.

Movió su pierna izquierda hacia adelante. Hasta ahí, bien. Cambió su peso...

Y su pierna derecha cedió completamente.

—¡Mierda! —gritó, cayendo hacia adelante.

Pero Zoe estaba ahí, agarrándolo, sosteniéndolo.

Thiago se encontró aferrado a ella como si su vida dependiera de ello, con su rostro enterrado en su hombro, respirando ese maldito aroma a lavanda.

—Le tengo —repitió ella. Su voz sonaba calmada a pesar de estar soportando la mayor parte de sus ochenta y tantos kilos—. Respire. Solo respire.

—No puedo hacerlo —murmuró Thiago. Las palabras salieron ahogadas contra su hombro—. No puedo...

—Hey… —Zoe de alguna manera maniobró con él y lo dejó en la camilla—. Míreme.

Reacio, Thiago levantó la cabeza. Los ojos de color miel de Zoe estaban serios, pero no había lástima en ellos. Nunca había lástima.

—Roma no se construyó en un día —dijo—. Y Thiago Calloway no va a caminar en uno día tampoco. Pero lo hará. ¿Sabe por qué lo sé?

—Ilumíname con tu sabiduría infinita. —Él intentó decirlo con sarcasmo, pero salió débil.

—Porque es demasiado terco para no hacerlo. —Zoe sonrió—. Y porque yo soy demasiado terca para dejar que se rinda. Somos el dúo perfecto.

—Si tú lo dices.

Y sin que Thiago se diera cuenta, Zoe había logrado distraerlo del pánico, del dolor, del miedo.

Joder, era irritante lo buena que era en su trabajo.

—Entonces —dijo Zoe mientras terminaba de recoger sus cosas—. ¿Prefiere volver al hospital donde le tratarán como a un inválido, o confiar en mí para recuperarse?

Thiago la observó.

Era pequeña, mandona, y sarcástica hasta el punto de ser insultante. Era casi peor que él. Pero también competente, fuerte, y la primera persona en semanas que no lo miraba como si fuera algo roto.

—Solo por hoy —cedió finalmente—. Mañana podría cambiar de opinión.

—Estoy segura de que lo hará. —Zoe se dirigió a la puerta. Empezaba a conocer un poco a Thiago Calloway—. Nos vemos mañana a la misma hora. Y señor Calloway… Buen trabajo hoy.

—¿Buen trabajo? —repitió él, incrédulo—. Apenas he podido levantarme y casi me caigo intentando dar un paso.

—Pero lo ha intentado —dijo Zoe, deteniéndose en la puerta—. Eso es más de lo que ha hecho en dos semanas desde que le quitaron la escayola. Es un comienzo.

Y diciendo eso último, se fue.