CAPÍTULO 5
Estaba vestida con el uniforme de fisioterapeuta, un traje formado por un pantalón y una camiseta de color verde oscuro.
El pelo medio rubio lo llevaba recogido en un moño desordenado que desafiaba las leyes de la física, y que la hacía parecer más una universitaria camino de sus prácticas que una profesional médica.
Lo cual, por supuesto, era exactamente la idea. Nada intimidaba más a los pacientes ricos que verse obligados a interactuar con alguien que claramente no se impresionaba con su dinero.
—Buenos días, señor Calloway —canturreó al entrar, cargando una bolsa de lona que parecía pesar lo mismo que un niño pequeño—. Espero que haya dormido bien, porque hoy vamos a trabajar.
Desde su cama médica de cinco mil dólares, Thiago Calloway la fulminó con una mirada que podría haber derretido acero. Su pelo negro estaba perfectamente peinado, y se había afeitado, dejando solo una sombra de barba cuidadosamente calculada.
Llevaba una camiseta gris de algodón y unos pantalones cortos negros que revelaban las cicatrices aún rojizas de sus cirugías.
—Son las 7:45 —gruñó. Su voz sonaba ronca por el sueño—. Dijiste a las ocho.
—Es que quería tener tiempo para reorganizar este desastre antes de empezar —dijo Zoe. Dejó caer su bolsa con un ruido sordo y miró alrededor con ojo crítico—. ¿En serio? ¿Una sala de rehabilitación con una chimenea de mármol y estanterías de caoba? Es como intentar hacer ejercicio en un museo.
—Es mi estudio —defendió Thiago—. Era mi estudio. Antes de que mi vida se fuera al infierno.
—Bueno, ahora es donde va a sudar, quejarse y posiblemente llorar. —Zoe se dirigió hacia una estantería llena de lo que parecían ser trofeos y medallas—. Todo esto no es necesario.
—No toques eso —le advirtió Thiago cuando ella alcanzó un trofeo grande—. Es del Campeonato de Esquí de Aspen 2019.
—¿Este trozo de metal dorado con forma de esquiador? —Zoe lo levantó, examinándolo con diversión—. Qué bonito. ¿Dónde lo pongo? ¿En el armario o directamente en una caja?
—¡Es un premio que está bañado en oro! —Thiago intentó incorporarse, pero el dolor lo hizo recostarse de nuevo con un siseo.
—Genial, entonces podrá venderlo cuando necesite pagar la terapia extra por ser un paciente imposible —dijo Zoe.
—Tengo millones para eso —aseveró Thiago.
Zoe lo colocó sin ceremonia en una caja que Harold le había proporcionado específicamente para ese propósito—. Siguiente.
Durante los siguientes quince minutos, Thiago observó con horror cómo Zoe desmontaba su santuario del ego (porque parecía estar montado para engordar su ego). Trofeos de esquí, placas de reconocimiento empresarial, fotos enmarcadas de él con celebridades y políticos. Todo fue a parar a cajas.
—Esa es una foto con el presidente —protestó débilmente, cuando ella la quitó de encima de una cómoda que esperaba poner al otro lado de la habitación.
—Qué bien. Estoy segura de que le encantará saber que la tiene colocada en la cabecera de la cómoda. —Zoe ni siquiera lo miró mientras la metía en la caja.
—Eres imposible —murmuró Thiago.
—Soy eficiente —corrigió Zoe, empujando un sillón de cuero que parecía pesar una tonelada—. Hay una diferencia. Muy grande.
Con una fuerza que desmentía su pequeña estatura, Zoe reorganizó los muebles hasta crear un espacio abierto en el centro de la habitación.
La alfombra persa fue enrollada y apartada con la ayuda de Harold, que la bajó al sótano. El escritorio de ébano lo empujó contra la pared y las cortinas de terciopelo las ató para dejar entrar la luz natural («La vitamina D es gratis, tenemos que aprovecharla»).
Thiago se preguntó para sus adentros si aquella chica tenía respuestas para todo.
—Listo —anunció Zoe finalmente, sacudiéndose las manos—. Ahora sí parece un lugar donde alguien podría, no sé, ¿rehabilitarse?
Thiago observó su amado estudio, ahora irreconocible. Donde antes había elegancia y poder, ahora había... espacio. Espacio vacío y amenazador donde tendría que enfrentar su nueva realidad.
—Lo odio —afirmó.
—Perfecto. —Zoe sonrió de forma radiante—. El odio es una excelente motivación. Ahora, a la camilla.
Señaló hacia la camilla de fisioterapia que había sido instalada la semana anterior y que Thiago había estado ignorando de todas las maneras posibles.
—¿Cómo se supone que voy a llegar hasta allí? —preguntó con sarcasmo—. ¿Volando?
—Podría intentar usar esa silla de ruedas de la NASA que tiene —sugirió Zoe—. O puedo arrastrarle. Es su elección.
Murmurando maldiciones en tres idiomas (italiano de su madre, español de sus viajes de negocios, y francés porque sonaba más elegante), Thiago maniobró su silla hacia la camilla. Cada movimiento enviaba punzadas de dolor por su columna, pero se negó a dejar que se le notara.
—Bien… —Zoe se frotó las manos—. Ahora viene la parte divertida. Necesito que se suba a la camilla.
Thiago la miró como si hubiera sugerido que se lanzara por la ventana.
—¿Subirme? ¿Cómo exactamente?
—Bueno, normalmente usaría sus piernas. —Zoe se acercó—. Pero como estamos trabajando en ellas, voy a ayudarle. ¿Puede apoyar algo de su peso en la pierna izquierda?
—No lo sé —admitió Thiago a regañadientes—. No lo he intentado.
—¿En dos semanas no ha intentado levantarse? —Zoe arqueó una ceja—. ¿Y qué ha estado haciendo?
—He estado ocupado —espetó Thiago—. Dirigiendo un imperio desde la cama, lidiando con fisioterapeutas incompetentes...
—Sintiendo lástima por sí mismo —añadió Zoe—. No olvide esa parte. Probablemente consume mucho tiempo.
—¿Sabes qué? Olvídalo —Thiago comenzó a girar su silla—. Puedo encontrar otro fisioterapeuta. Uno que no sea una pesadilla con forma de duende.
—¿Duende? —Zoe se cruzó de brazos—. Eso es nuevo. Normalmente me comparan con un pitbull. Pequeño pero tenaz.
—Los pitbulls al menos fingen ser amigables antes de morder.
—¡Ay! —Zoe puso una mano sobre su corazón—. Eso me ha dolido. Ahora he decidido que vamos a hacer el doble de repeticiones en los ejercicios.
Antes de que Thiago pudiera protestar, Zoe se movió con la eficiencia de alguien que había hecho aquello mil veces. Bloqueó las ruedas de la silla, se posicionó a su lado, y deslizó un brazo bajo sus hombros.
—A la cuenta de tres —indicó—. Uno...
—Espera, no estoy...
—Dos...
—¡He dicho que esperes!
Zoe lo ignoró.
—Tres.
Con un movimiento ágil, Zoe lo ayudó a levantarse. Durante un instante, Thiago estuvo de pie (realmente de pie) por primera vez en semanas.
El mundo se tambaleó, su pierna derecha gritó en protesta, pero ahí estaba. Vertical. Como un ser humano normal.
Entonces su rodilla cedió.
—¡Mierda! —jadeó, agarrándose a lo primero que encontró, que resultó ser Zoe.
Ella lo sostuvo con una fuerza sorprendente. Su cuerpo pequeño pero sólido soportaba gran parte de su peso. Y lo hacía sin problema.
Se quedaron peligrosamente cerca.
Lo suficiente para que Thiago percibiera que Zoe olía a jabón de lavanda y café, una combinación extrañamente reconfortante.
Lo suficiente para ver que sus ojos color miel tenían motas doradas en el iris cuando la luz los daba de pleno.
Lo suficiente para sentir su respiración cálida contra su cuello.
—Le tengo —murmuró Zoe. Su voz había perdido su filo sarcástico—. No le voy a dejar caer.
—No... no puedo. —Thiago odiaba lo vulnerable que sonaba su voz. Lo vulnerable que se sentía—. La pierna...
—Lo sé. —Zoe ajustó su sujeción—. Por eso estoy aquí. ¿Confía en mí lo suficiente para llegar a la camilla? Son solo dos pasos —dijo.
Thiago la miró.
Aquella chica jodidamente irritante que había invadido su espacio, que había reorganizado su mundo, y lo había llamado niño mimado; aquella extraña prometía no dejarlo caer.
—Puedo intentarlo —cedió a regañadientes—, pero solo esta vez.
—Es todo lo que pido. —Zoe sonrió, y su sonrisa no fue sarcástica ni burlona. Fue... cálida—. El primer paso tiene que ser con la pierna izquierda primero.
Juntos, con Thiago apoyándose pesadamente en ella, lograron avanzar los dos pasos más largos de su vida. Cuando llegó a la camilla, estaba sudando como si hubiera estado haciendo ejercicio todo el día.
—Ahora siéntese —le pidió Zoe, ayudándolo a bajar—. Y recuéstese.
—Esto es humillante —murmuró Thiago mientras se apoyaba poco a poco.
—No, humillante sería caerse de bruces porque fue demasiado orgulloso para aceptar ayuda —dijo Zoe, comenzando a examinar su pierna derecha con manos expertas—. Esto es solo rehabilitación.
—Para ti es fácil decirlo. —Thiago hizo una mueca cuando ella presionó un punto sensible—. Tú no eres la que está aquí como un pedazo de carne en exhibición.
—No, soy la que tiene que lidiar con pedazos de carne que no dejan de quejarse. —Zoe movió su pierna en pequeños círculos—. Y déjeme decirle que he trabajado con bistecs más cooperativos que usted.
—¿Me acabas de comparar con un bistec?
—Oh, no, los bistecs no se quejan. —Zoe aumentó ligeramente el ángulo de movimiento, ignorando el siseo de dolor de Thiago.
Él gruñó.
—¿Eso es un gruñido de «me rindo» o un gruñido de «te odio»? —le preguntó Zoe.
Thiago giró el rostro hacia ella y la taladró con la mirada. Zoe se limitó a encogerse levemente de hombros.
—Necesito distinguirlos para hacer la evaluación —dijo.
Thiago dejó caer la cabeza. Dios, no podía ser más irritante. Aquella mujer no podía ser más irritante.
Durante los siguientes treinta minutos, Zoe lo guio a través de una serie de ejercicios que parecían diseñados por el mismísimo Satanás.
Elevaciones de pierna que lo hacían sudar balas.
Rotaciones de tobillo que enviaban descargas eléctricas por su sistema nervioso.
Flexiones de rodilla que lo hacían cuestionarse si realmente necesitaba caminar algún día.
—¡Joder! —gritó cuando ella empujó su rodilla un poco más allá de su zona de confort—. ¿Estás tratando de matarme?
—Si quisiera matarle, habría métodos más eficaces. —Zoe ni siquiera parpadeó—. Esto es terapia, no tortura.
—¡Yo no estoy muy seguro de eso! —Thiago agarró los bordes de la camilla con las manos—. ¡Esto es peor que cuando me rompí el brazo con once años!