La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

—He visto a un hombre levantar su pierna cinco centímetros cuando hace dos semanas no podía moverla en absoluto, ¿no es así? —dijo Zoe—. Eso no es ser un inútil. Es progreso.

Thiago parpadeó, no esperaba esa respuesta.

—Cinco centímetros no van a hacer que camine —murmuró a regañadientes.

—No, pero es un comienzo. —Zoe volvió a ponerse en cuclillas frente a él—. Y mañana serán seis centímetros. Y pasado mañana siete. Y antes de que se dé cuenta, estará persiguiendo a fisioterapeutas por Park Avenue, en lugar de ellos estar huyendo de usted.

Por primera vez desde que llegó, Zoe vio algo que no era ira o sarcasmo en el rostro de Thiago Calloway. Era un gesto pequeño, apenas un destello, pero ahí estaba: esperanza.

—¿Realmente crees que volveré a caminar con normalidad? —La pregunta salió tan baja que Zoe casi no la escuchó.

—Creo que usted puede hacer cualquier cosa que se proponga, señor Calloway —respondió ella con sinceridad—. El problema es que tiene que proponérselo primero. Y dejar de sabotearse con berrinches dignos de un niño malcriado.

—No son berrinches —protestó Thiago de forma automática.

—¿Cómo llamaría a hacer llorar a una fisioterapeuta con dos décadas de experiencia?

—Un día muy productivo. —La respuesta fue tan inesperada que Zoe soltó una pequeña carcajada.

—Dios, es usted… terrible —sacudió la cabeza, pero estaba sonriendo.

—Es parte de mi encanto. —Thiago la miró—. ¿Entonces? ¿Vas a quedarte? ¿O esto ha sido solo una evaluación antes de salir corriendo como los demás?

Zoe se levantó.

—Señor Calloway, puede quejarse todo lo que quiera. Puede insultarme, gritarme, incluso lanzarme almohadas si eso lo hace sentir mejor. Pero le prometo una cosa: conmigo hará los ejercicios. Cada uno de ellos. Aunque tenga que arrastrarlo porque esté pataleando y gritando.

—Nadie me arrastra a ningún lado —le advirtió Thiago.

—Técnicamente, con esa silla de ruedas, sería más empujar que arrastrar —dijo Zoe, recogiendo su bolso—. Pero entiendo el sentimiento.

Se miraron fijamente.

Azul ártico contra miel dorado.

Voluntad contra voluntad.

Era el tipo de mirada que precedía a las grandes batallas o a las grandes alianzas. Posiblemente a ambas.

—Empezamos mañana a las ocho —anunció Zoe sin ni siquiera preguntar si le venía bien—. En punto. Y señor Calloway… Use pantalones cortos. Los de seda no son apropiados para la fisioterapia.

—¿Mis pijamas de ochocientos dólares no son apropiados? —Thiago puso una mano sobre su pecho fingiendo burlonamente estar ofendido—. ¿Qué vendrá después? ¿Me dirás que mi café de cien dólares la libra es excesivo?

—El café puede quedarse —concedió Zoe—. Voy a necesitar cafeína para lidiar con usted.

Harold, que había estado observando todo el intercambio con fascinación (pero fascinación de verdad), se aclaró la garganta.

—¿Debo preparar la habitación de invitados, señorita Brooks?

—Por favor. —Zoe asintió—. Y Harold, tal vez debería esconder las almohadas. Por si acaso.

—Ya lo había considerado —respondió el mayordomo con seriedad británica—. También he alertado al personal sobre posibles objetos voladores durante las sesiones de terapia.

—¡Solo lancé una almohada, joder! —protestó Thiago—. Y se lo merecía. ¿Vais a estar recordándomelo siempre?

—Sí —contestaron Zoe y Harold al unísono.

Se miraron y compartieron una sonrisa de complicidad que no pasó desapercibida para Thiago.

—Genial —murmuró—. Ahora sois un equipo. Justo lo que necesitaba.

—Lo que necesita —dijo Zoe, dirigiéndose hacia la puerta— es alguien que no le tenga miedo. Afortunadamente para usted, hice mis prácticas universitarias en un equipo de rugby. Sé lidiar con niños grandes que se hacen los duros.

—¡No soy un niño! —gritó Thiago a su espalda.

—¡Demuéstrelo mañana a las ocho! —respondió Zoe sin volverse—. ¡Y aféitese! ¡Parece Tom Hanks en Náufrago!

La puerta se cerró detrás de ella antes de que Thiago pudiera responder.

Harold observó a su jefe, que estaba mirando la puerta con una expresión que el mayordomo no había visto en años. No era ira, ni frustración, ni siquiera irritación. Era… otra cosa.

—Es diferente —comentó por casualidad.

—Es irritante —corrigió Thiago.

—Mientras ella ha estado aquí no ha pedido su té de la tarde. —Harold se movió para recoger algunas cosas—. Ni ha revisado su teléfono. Ni ha mencionado el dolor en su pierna…

Thiago parpadeó, dándose cuenta de que era verdad.

—¿Adónde quieres llegar?

—A que la señorita Brooks lo ha distraído lo suficiente como para olvidar ser un miserable. —Harold se dirigió a la puerta—. Es la primera que no sale corriendo, señor. Tal vez debería considerar no ahuyentarla.

—No prometo nada —murmuró Thiago.

Pero mientras Harold salía, Thiago se encontró mirando el reloj.

Ocho de la mañana.

Catorce horas y treinta y siete minutos para volver a ver a esa mujer de metro sesena y cinco y una lengua más afiliada que un bisturí.

—Zoe Brooks —masculló, frotándose inconscientemente la pierna donde ella la había tocado—. Veamos si toda esa actitud está respaldada por habilidad.»

Estaba convencido de que no. De que no aguantaría ni siquiera una semana. E iba a ser interesante verla salir corriendo.