La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—No durarás ni una semana —predijo Thiago, bajando su tono de voz a un gruñido—. Te lo garantizo.

—Eso dijeron en mi último trabajo. —Zoe se acercó a él, sacando una libreta de su bolso—.

Un marine que había perdido la sensibilidad en las piernas después de una explosión.

Los médicos dijeron que nunca volvería a caminar.

Los primeros tres fisioterapeutas se rindieron.

Yo estuve hasta que, no solo caminó, sino que corrió la maratón de Nueva York el año pasado.

—Qué conmovedor —Thiago puso los ojos en blanco—. ¿Se supone que debo aplaudir? ¿Llorar de emoción? ¿Nominar tu historia para una película de HBO?

—Se supone que debe entender que no me impresionan sus berrinches.

—Zoe comenzó a caminar alrededor de su silla, observando su postura, la forma en que se inclinaba ligeramente hacia el lado izquierdo, la tensión en sus hombros—.

He trabajado con soldados que podrían comerle de desayuno, atletas olímpicos con egos del tamaño de Texas, y niños de cinco años. ¿Sabe qué tienen todos en común?

—Ilústrame —dijo Thiago. Su voz destilaba sarcasmo.

—Todos pensaban que ser difíciles los haría parecer fuertes. —Zoe se detuvo frente a él, mirándolo directamente a los ojos—. Cuando en realidad, solo los hacía parecer asustados.

El silencio que se instaló en la habitación fue tan denso que se podría haber cortado con uno de esos cuchillos japoneses carísimos que seguramente Thiago Calloway tenía en su cocina para preparar sushi.

—No estoy asustado —dijo él a la defensiva. Sin embargo algo en su voz se había quebrado ligeramente.

—Por supuesto que no. —Zoe abrió su libreta—.

Los hombres que hacen llorar a profesionales y discriminan a alguien por su bigote nunca están asustados.

Ahora, ¿me va a dejar ver su expediente médico o tengo que adivinarlo?

Aunque por la forma en que está sentado, diría que las vértebras L3 y L4 son las más afectadas, probablemente con daño en los ligamentos de la rodilla derecha, y hay tensión compensatoria en el lado izquierdo por favorecer demasiado el derecho.

Thiago la miró como si acabara de bajar de un platillo volante. Frunció el ceño.

—¿Cómo...?

—Es mi trabajo. —Zoe se encogió de hombros—. Así como el suyo es, supongo, dirigir un imperio empresarial y ser insoportable. Todos tenemos nuestros talentos.

Harold se estaba riendo, riendo de verdad, aunque lo disimulaba tosiendo en su puño.

—Los expedientes están en el escritorio —señaló Thiago con un gesto brusco hacia una mesa situada en el extremo de la habitación—. Aunque dudo que te digan algo que tu aparente visión de rayos X no haya detectado ya.

Zoe caminó hacia el escritorio, notando cómo los ojos de Thiago la seguían. No de manera lasciva, sino evaluadora. La estudiaban, como si estuviera tratando de descifrar un acertijo difícil y… fastidioso. Molesto.

—Tiene razón —dijo ella después de hojear rápidamente los informes—. Esto no me dice nada que no supiera ya. Excepto... —frunció el ceño— ¿rechazó la cirugía que le recomendaron para la rodilla?

—No necesito más cortes —gruñó Thiago—. Ya parezco un experimento de Frankenstein.

—No, parece alguien que tuvo un accidente grave y tiene suerte de estar vivo. —Zoe cerró la carpeta—. Pero evitar esa cirugía significa el doble de trabajo en rehabilitación. ¿Está preparado para eso?

—Estoy preparado para lo que sea necesario con tal de salir de esta maldita silla, o de la maldita cama. —Thiago escupió las palabras como veneno.

—Bien. —Zoe se acercó de nuevo—. Entonces empecemos. Necesito evaluar su rango de movimiento actual.

—¿Ahora? —Thiago parecía sorprendido—. ¿No quieres... no sé, instalarte primero? ¿Conocer la casa? ¿Huir despavorida como los demás?

—¿Para qué perder tiempo? —Zoe se puso en cuclillas frente a él—. Además, cuanto más pronto empecemos, más pronto podrá volver a esquiar por pistas suicidas y probar que tiene más temeridad que sentido común.

—No me conoces para hacer esas afirmaciones —la acusó Thiago.

—Señor Calloway, usted es un libro abierto.

—Zoe tomó su pie derecho con cuidado, notando cómo se tensaba—.

Millonario que se hizo a sí mismo, lo que significa que es obsesivo y controlador.

Accidente de esquí en una pista peligrosa, lo que significa que es temerario y probablemente tiene complejo de inmortalidad.

Siete fisioterapeutas despedidos en dos semanas, lo que significa que el miedo a la vulnerabilidad es más fuerte que el deseo de mejorar. ¿Me equivoco en algo?

Comenzó a mover suavemente su pie, probando la flexibilidad del tobillo. Thiago siseó de dolor, pero no la detuvo.

—Te equivocas en una cosa —dijo entre dientes—. No los despedí a todos. La mayoría huyeron por su propia voluntad.

—Porque usted los ahuyentó. —Zoe movió el pie en la otra dirección, tomando notas mentalmente—. Es más fácil que admitir que necesita ayuda, ¿verdad?

—No necesito psicoanálisis de una fisioterapeuta que parece recién salida de la universidad —espetó Thiago.

—Tengo 26 años y cuatro de experiencia. Me saqué la carrera en dos años y medio. —Zoe pasó al otro pie—. Pero gracias por el cumplido sobre mi cutis juvenil. Es el protector solar. Debería probarlo alguna vez, cuando vuelva a ver el sol, claro.

Harold estaba disfrutando como nunca. Como nunca.

Santo Dios, ¿de dónde había salido aquella chica? Era lo mejor que les había pasado en mucho tiempo en aquella casa.

Rezó en silencio para que se quedara.

—Muy graciosa. —Thiago apretó los reposabrazos de su silla con las manos cuando ella presionó un punto particularmente sensible—. ¿Todos tus pacientes tienen que soportar tu sentido del humor amateur?

—Solo los que se portan como divas. —Zoe se incorporó—. Ahora, necesito que intente levantar la pierna derecha. Solo unos centímetros.

—No puedo. —La respuesta de Thiago fue inmediata.

—¿No puede o no quiere intentarlo? —Zoe cruzó los brazos—. Porque el informe médico dice que hay función muscular residual.

—Dije que no puedo. —Thiago la fulminó con la mirada.

Zoe lo observó durante un largo rato, luego se encogió de hombros.

—Está bien. Si no puede, no puede. Supongo que no todo el mundo es suficientemente valiente para dejarse ayudar.

—¿Me estás llamando cobarde? —Thiago se inclinó hacia adelante, furioso.

—Tómeselo como quiera —fue lo único que dijo Zoe, sin cortarse un pelo.

—Eres una... —comenzó Thiago. Pero se calló, apretando los dientes, y respirando pesadamente—. Está bien. Vale. ¿Quieres ver cómo fallo? Perfecto —dijo enfadado.

Con un esfuerzo que claramente le costó más de lo que admitiría, Thiago intentó levantar su pierna derecha. Tembló, su rostro se contrajo de dolor, pero logró elevarla unos cinco centímetros antes de que cayera de nuevo.

—¿Ves? —jadeó—. Soy un inútil.