La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 4
4%

CAPÍTULO 4

El Bentley negro que Calloway Industries había enviado se deslizaba por las calles de Manhattan como un elegante tiburón navegando entre peces más pequeños.

Zoe Brooks, apretujada en el asiento de cuero, observaba cómo los edificios se volvían progresivamente más ostentosos a medida que se acercaban a Upper East Side.

«De Queens a la tierra de los millonarios en treinta minutos», pensó, ajustando nerviosa la correa de su maleta.

Era una Samsonite básica que había comprado en oferta, nada que ver con el equipaje Louis Vuitton que probablemente usaba la gente en ese vecindario.

Pero contenía todo lo que necesitaba: su equipo de fisioterapia, ropa para una semana (por si acaso duraba tanto), y su arma secreta: una paciencia casi infinita forjada en el fuego de tratar con marines gruñones y atletas con egos inflados.

El coche se detuvo frente a una mansión que parecía haber sido sacada directamente de la Edad Dorada.

Tres pisos de piedra caliza que gritaban «lujo» por todas partes.

Las ventanas eran tan grandes que probablemente necesitaban su propio equipo de limpieza, y el jardín delantero (porque por supuesto tenía un jardín en medio de Manhattan) estaba tan perfectamente cuidado que las flores probablemente tendían miedo de crecer torcidas.

—Hemos llegado, señorita —anunció el chofer, un hombre de mediana edad con acento de Rusia y un uniforme perfecto, que parecía tan fuera de lugar en aquel coche lujoso como ella.

—Gracias. —Zoe respiró hondo, agarró su maleta y su bolso, y salió del coche.

La puerta principal era una monstruosidad de roble macizo con herrajes de bronce que parecían poder sobrevivir al mismísimo apocalipsis.

Antes de que pudiera tocar el timbre, la puerta se abrió.

El hombre que apareció era la personificación misma de la elegancia británica. Sesenta y tantos años, cabello plateado peinado hacia atrás con precisión militar, y un traje negro que le quedaba como si hubiera nacido con él.

Sus ojos grises la evaluaron con la eficiencia de alguien acostumbrado a juzgar el carácter de una persona en unos pocos segundos.

—¿Señorita Brooks? —Su acento era tan británico que prácticamente destilaba té y galletas en cada palabra—. Soy Harold Worthington, el mayordomo. La estábamos esperando.

—Un placer, señor Worthington. —Zoe le ofreció la mano, y él la estrechó con sorprendente calidez.

—Solo Harold, por favor. —Tomó su maleta antes de que ella pudiera protestar—. Permítame llevarla hasta el señor Calloway. Aunque primero... —bajó la voz mientras cerraba la puerta—, ¿puedo darle un consejo?

—Por supuesto.

Zoe lo siguió por un vestíbulo que parecía un museo. Mármol en el suelo, una araña de cristal que pesaba lo mismo que un coche pequeño, y arte en las paredes que seguramente estaba asegurado en millones.

—El señor Calloway no está... —Harold buscaba las palabras correctas mientras subían una escalera curva que parecía sacada de Lo que el viento se llevó —… llevando bien su convalecencia —dijo—. Está acostumbrado a tener el control absoluto de todo, y esta situación lo tiene... frustrado.

—¿Frustrado? —Zoe casi se rio—. La directora de Recursos Humanos mencionó que hizo llorar a una fisioterapeuta con veinte años de experiencia.

—Ah, sí. La doctora Hendricks. —Harold hizo una mueca—. Pobre mujer. Aunque en su defensa, el señor Calloway estaba teniendo un día particularmente difícil. Solo había comparado su técnica con la de un carnicero medieval tres veces antes de que ella rompiera a llorar.

«Joder», pensó Zoe.

Llegaron al segundo piso, donde el pasillo se extendía en ambas direcciones como un hotel de cinco estrellas. Harold giró a la derecha, pasando puertas que probablemente llevaban a habitaciones más grandes que todo el apartamento de Zoe.

—¿Algún otro consejo? —preguntó Zoe, notando cómo sus zapatillas deportivas Reebok no hacían ningún ruido en el suelo, a diferencia de los zapatos de vestir de Harold que marcaban un ritmo constante.

Harold se detuvo frente a una puerta doble y se giró hacia ella. Por primera vez, su expresión profesional se suavizó.

—El señor Calloway es... complicado. Brillante, sí.

Exitoso, indudablemente. Pero también es un hombre que ha construido muros muy altos alrededor de sí mismo.

El accidente no solo rompió su pierna, señorita Brooks.

Rompió su imagen de invencibilidad. Y eso, para alguien como él, es peor que cualquier dolor físico.

—Entiendo. —Zoe asintió—. He trabajado con ese tipo de personas antes.

—Con todo respeto —Harold sonrió levemente—, dudo que haya trabajado con alguien como Thiago Calloway.

Pero... —la miró evaluadoramente— hay algo en usted.

Tal vez sea la forma en que no se ha inmutado cuando he mencionado lo de la doctora Hendricks.

O tal vez es que es la primera candidata que no ha llegado como si fuera a una entrevista de trabajo en Wall Street.

Sea lo que sea, tengo un buen presentimiento.

—No se emocione demasiado. —Zoe ajustó su cola de caballo—. Aún no he conocido al dragón en su guarida.

Harold rio, un sonido sorprendentemente cálido.

—Dragón. Sí, es una descripción acertada. Aunque los dragones al menos tienen la excusa de escupir fuego por naturaleza. El señor Calloway lo hace por elección.

Tocó suavemente a la puerta.

—¡¿Qué?! —La voz del otro lado sonaba como si el dueño estuviera masticando clavos oxidados.

—El candidato número ocho ha llegado, señor —anunció Harold con calma.

—¿Candidato? —murmuró Zoe—. ¿Así es como me llaman? —preguntó.

—Es mejor que algunas de las otras cosas que ha estado llamando a los fisioterapeutas —dijo Harold, y abrió la puerta—. Después de usted, señorita Brooks. Y recuerde: no es personal. Solo está asustado.

—Los asustados son los que muerden más fuerte —murmuró Zoe, enderezando los hombros y entrando en la habitación.

Lo primero que la golpeó fue el tamaño. La habitación era más bien una suite presidencial. Ventanales del suelo al techo con vistas al jardín, sol a raudales, y suficiente equipo médico para montar una clínica pequeña.

¡Por todos los Dioses!

Pero todo eso palideció en comparación con el hombre que se encontraba en el centro de la estancia.

Thiago Calloway estaba sentado en una silla de ruedas que parecía haber sido diseñada por la NASA: negra, elegante, y probablemente con más tecnología que el teléfono de Zoe.

Incluso sentado, era obvio que era alto.

Metro ochenta y cinco al menos, con unos hombros anchos que el pijama de seda azul marino no podía ocultar.

Su pelo negro estaba despeinado de una manera que probablemente era estudiada, y una barba de varios días cubría una mandíbula que parecía haber sido cincelada por un escultor con mucho talento. Mucho mucho talento.

Pero fueron sus ojos los que casi la hicieron tropezar. Azules como el océano Ártico, fríos como el mismo Polo Norte, y en aquel momento clavados en ella con la intensidad de un láser. Era el tipo de ojos que podían hacer que una mujer olvidara su propio nombre (y el de toda su familia).

«Maldita sea —pensó Zoe—. Las fotos no le hacen justicia.»

—¿Y bien? —La voz de Thiago cortó el aire como un bisturí—. ¿Vas a quedarte ahí parada como una estatua o vas a entrar para que pueda despedirte como es debido?

Zoe parpadeó, luego sonrió. No su sonrisa profesional y amable, sino la que reservaba para los pacientes particularmente difíciles. La que decía «buen intento, pero he lidiado con peores que tú».

—Soy Zoe Brooks. —Echó a andar y se acercó con pasos seguros, extendiendo la mano—. Soy su nueva fisioterapeuta.

Thiago miró su mano como si fuera una serpiente venenosa.

— Nueva fisioterapeuta —repitió, saboreando las palabras como si fueran vino agrio—. Qué optimista. ¿Sabes cuántos nuevos fisioterapeutas he tenido en las últimas dos semanas?

—Siete —respondió Zoe, que mantuvo la mano extendida—. La directora de Recursos Humanos ha sido muy clara sobre su... récord.

—¿Y aun así has venido? —Thiago arqueó una ceja perfectamente esculpida—. ¿Eres valiente o estúpida?

—Soy profesional. —Zoe movió ligeramente su mano—. ¿Va a estrecharla o tengo que mantenerla extendida hasta que se me duerma el brazo?

Durante un momento, algo brilló en los ojos árticos de Thiago Calloway. ¿Diversión? ¿Respeto? Fue tan rápido que Zoe no pudo estar segura.

Finalmente, Thiago extendió su mano y estrechó la de ella.

Su apretón era firme, cálido, y Zoe tuvo que ignorar activamente la pequeña descarga eléctrica que sintió al contacto.

«Profesional —se recordó—. Mantente profesional.»

—Me pregunto cuánto durarás —dijo Thiago, soltando su mano como si quemara—. El récord está en dos días y medio. Aunque técnicamente, el que huyó corriendo por Park Avenue solo duró 47 minutos, así que tal vez deberías intentar superar eso primero.

—El tiempo que sea necesario, señor Calloway. —Zoe retrocedió un paso, evaluándolo con ojo clínico—. No soy de las que huyen.

—Eso dijeron todos. —Thiago se reclinó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho—. Justo antes de salir llorando, maldiciendo, o en un memorable caso, amenazando con demandarme por trauma emocional.

—Ese debe haber sido el del bigote. —Zoe no pudo evitar el comentario. Salió de sus labios sin pretenderlo.

Thiago parpadeó, claramente sorprendido.

—¿Te lo han contado?

—Solo que tiene opiniones muy particulares sobre el vello facial. —Zoe dejó su bolso en una silla cercana y comenzó a quitarse la chaqueta—. Lo cual es irónico, considerando su actual situación de barba de náufrago.

—¿Disculpa? —Los ojos de Thiago se entrecerraron peligrosamente—. ¿Acabas de criticar mi apariencia?

—Es una observación, no una crítica. —Zoe se remangó metódicamente—. Aunque si quiere mi opinión profesional, el look de «no me he afeitado porque estoy demasiado deprimido para importarme» no le favorece. Pero eso no es asunto mío. Mi trabajo es su cuerpo, no su vanidad.

Harold, que había estado observando desde la puerta, tuvo que disimular una tos que sospechosamente sonaba como una risa ahogada.