La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

En otra parte de Nueva York, en un apartamento que podría caber completo en el vestidor de Thiago Calloway, Zoe Brooks estaba terminando su rutina de yoga matutina cuando su teléfono comenzó a sonar.

Su piso en Queens era pequeño pero acogedor, con plantas en cada superficie disponible y una vista decente del vecindario si ignorabas la escalera de incendios oxidada.

Las paredes estaban cubiertas de certificados y diplomas. Licenciatura en Fisioterapia por la Universidad de Nueva York, certificaciones en técnicas especializadas, y una foto de ella con el equipo de Rugby con el que había trabajado el año pasado.

Zoe se secó el sudor de la frente con una toalla mientras miraba el número desconocido. Normalmente no contestaría, pero algo (tal vez el aburrimiento de estar entre mil trabajos, tal vez el destino siendo una perra caprichosa) la hizo deslizar el dedo para responder.

—¿Diga?

—¿Señorita Brooks? ¿Zoe Brooks? —La voz al otro lado sonaba desesperada, como alguien que había estado haciendo la misma llamada muchas veces sin éxito.

—Sí, soy yo. ¿Quién es?

—Soy Tessa Thompson, directora de Recursos Humanos de Calloway Industries. Me han... esto... me han encomendado encontrar un fisioterapeuta para el señor Calloway y su nombre apareció en nuestra búsqueda.

Zoe frunció el ceño.

Calloway Industries.

Incluso ella, que evitaba las noticias de negocios como la peste, conocía ese nombre.

—¿Thiago Calloway? ¿El dueño? —Hizo una pausa—. Leí que tuvo un accidente de esquí.

—Sí, así es. —Tessa sonaba como si estuviera eligiendo sus palabras con pinzas—. Necesita rehabilitación intensiva y estamos buscando al profesional adecuado.

—Ajá. —Zoe se sentó en su sofá de segunda mano, que había comprado en uno de esos mercadillos de muebles que solían poner en los barrios, pero que era sorprendentemente cómodo, y cogió de la mesa auxiliar el termo de té verde—.

¿Y cuántos profesionales han entrevistado hasta ahora? —Zoe se olía que a muchos.

Hubo un silencio incómodo.

—Algunos —respondió Tessa vagamente.

—Señora Thompson, trabajo con veteranos de guerra y atletas profesionales. He visto de todo. Puede ser honesta conmigo. ¿Cuántos?

Un suspiro derrotado llegó a través de la línea.

—Siete. Siete en dos semanas. El último ha salido corriendo hace una hora jurando que demandaría por discriminación contra los… —La mujer carraspeó. Sentía vergüenza ajena—... contra los bigotes.

Zoe casi escupió el té que estaba bebiendo.

—¿Discriminación contra los bigotes? —repitió, con las cejas arrugadas—. Eso ni siquiera es real.

—Aparentemente el señor Calloway tiene... opiniones muy particulares... sobre el vello facial. —La mujer volvió a carraspear.

—Ya veo. —Zoe se mordió el labio para no echarse a reír—. ¿Y aun así quiere contratarme? ¿Después de que siete personas huyeran?

—Señorita Brooks, seré completamente honesta con usted.

—La voz de Tessa adquirió un tono de súplica—.

He revisado docenas de currículums. Usted tiene experiencia con casos difíciles.

Trabajó con ese marine que todos decían que nunca volvería a caminar y ahora corre maratones.

Rehabilitó a ese jugador de baloncesto después de que tres especialistas se rindieran.

Si alguien puede manejar a Thiago Calloway, es usted.

—¿Manejar? —Zoe arqueó una ceja, aunque nadie pudiera verla—. Los pacientes no se «manejan», señora Thompson. Se les ayuda.

—Por supuesto, disculpe. Es solo que... —Otra pausa—. Mire, el sueldo es excepcional. Estamos hablando de cinco veces la tarifa estándar. Alojamiento en la mansión si lo desea, todos los gastos cubiertos, acceso a un equipo médico de última generación...

—¿Está intentando sobornarme para que acepte trabajar con un hombre que aparentemente hace llorar a fisioterapeutas con décadas de experiencia?

—Sí —admitió Tessa sin rodeos—. Claro que sí.

Estoy desesperada. Mi superior está desesperado.

Toda la empresa está al borde del colapso sin él, por más insoportable que sea.

Por favor, señorita Brooks. Al menos vaya a conocerlo.

Si después de eso quiere salir corriendo como los demás, no la culparé.

Zoe miró a su alrededor.

Las facturas se acumulaban en la mesa auxiliar. Su nevera tenía sobras de comida china del día anterior y un montón de esperanzas marchitas. El trabajo independiente era gratificante, pero no exactamente rentable.

Sin embargo, más allá del dinero, había algo en la desesperación de aquella mujer que despertó su curiosidad. Y Zoe siempre había tenido debilidad por los casos imposibles.

«Probablemente me arrepentiré», pensó.

—¿Cuándo quieren que vaya? —preguntó en voz alta.

—¿Qué tal... ahora? —Tessa sonó esperanzada—. Puedo enviar un coche a su casa en quince minutos.

—Dame treinta. —Zoe ya se estaba levantando—. Y señora Thompson... no hago promesas. Si el señor Calloway es tan difícil como sugiere, puede que yo también termine siendo el número ocho en su lista de rechazos.

Tessa rio sin humor.

—Si dura más de un día, ya será un récord —dijo—. El coche estará en la dirección que aparece en su currículum en treinta minutos.

Zoe colgó y se quedó mirando su reflejo en el espejo del pasillo.

Veintiséis años, cabello castaño claro tirando a rubio, recogido en una cola de caballo alta y práctica, ojos color miel que la gente decía que se veían dorados cuando se enfadaba.

No era exactamente intimidante con su metro sesenta y cinco, pero había aprendido hacía mucho que la verdadera fuerza no venía del tamaño.

—Bueno, Zoe —se dijo a sí misma mientras se dirigía a ducharse—. Querías un desafío. Parece que el universo te ha escuchado.

«Thiago Calloway», pensó mientras el agua caliente caía sobre ella.

Había visto fotos suyas en revistas: alto, moreno, guapo de esa manera que hacía que las mujeres suspiraran y los hombres se sintieran incómodos. Ojos azules que parecían ver a través de las personas como si fueran rayos X. Y una sonrisa que podía ser encantadora o cruel dependiendo de su humor.

Y aparentemente, tenía el temperamento de un niño de dos años con una cuenta bancaria con muchos ceros.

«Esto va a ser interesante», se dijo, mientras se preparaba para conocer al hombre que había hecho huir a siete profesionales en tiempo récord.

O sería su mayor éxito profesional, o terminaría siendo una anécdota más en la lista de fisioterapeutas traumatizados por Thiago Calloway.

Solo el tiempo lo diría.

Thiago miraba el techo con expresión sombría.

—¿Señor? —Harold apareció con una bandeja de medicamentos—. Es hora de su dosis de la tarde.

—Genial. —Thiago tomó las pastillas sin mirar—. Más químicos para recordarme lo patético que soy ahora.

—Si me permite decirlo, señor —Harold acomodó las almohadas—, la autocompasión no le sienta bien.

—¿Desde cuándo das consejos no solicitados?

—Desde que se comporta como un tirano con personas que intentan ayudarlo. —Harold lo miró directamente—. Su padre estaría decepcionado.

Eso le dolió a Thiago más que cualquier hueso roto.

—Mi padre está muerto —dijo en voz baja.

—Precisamente por eso puede estar decepcionado con más libertad. —Harold recogió la bandeja—. Él salió adelante en esta ciudad desde cero después de llegar de un pequeño pueblo sin nada más que determinación. ¿Y usted? Usted está dejando que un accidente lo convierta en esto.

—¿Esto?

—Un amargado.

Thiago lo miró de reojo y lo fulminó con los ojos. Harold lo ignoró y se dirigió a la puerta.

—Por cierto, el candidato número ocho llegará pronto. Intente no hacerlo llorar. Se me están acabando los pañuelos de papel.

Y con ese baño de verdad, el mayordomo británico salió, dejando a Thiago solo con sus pensamientos y su orgullo herido.

—Número ocho —murmuró—. ¿Quién será la próxima víctima?

Thiago no tenía ni idea de que Zoe Brooks estaba a punto de entrar en su vida como un huracán.