La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Unos meses después

La mansión Calloway en Upper East Side de Manhattan era el tipo de propiedad que hacía que los agentes inmobiliarios babearan.

Tres pisos de piedra caliza, ventanales que parecían robados de una catedral gótica, y un jardín trasero donde Thiago cultivaba su ego junto con orquídeas que costaban un riñón.

Pero aquel día, toda aquella opulencia se sentía más como una prisión de lujo.

Una muy cara prisión donde el prisionero principal estaba tendido en una cama médica de último modelo en lo que solía ser uno de los estudios, rodeado de máquinas de rehabilitación que había comprado específicamente una vez que le habían quitado la escayola de la pierna.

—¡Harold! —rugió Thiago. Su voz reverberó por los pasillos de mármol—. ¿Dónde diablos está el candidato número... qué? ¿Siete? ¿Ocho? ¡He perdido la cuenta!

Harold Whitman, mayordomo británico de sesenta y dos años con más paciencia que un santo y mejores modales que la reina de Inglaterra, apareció en la puerta con la calma de alguien que había sobrevivido a treinta y dos años de berrinches de Thiago Calloway.

—El candidato número siete, señor, llegará en quince minutos —anunció con su impecable acento de Oxford—. Aunque debo mencionar que el candidato número seis acaba de salir por la puerta. Murmuraba algo sobre «demandar por acoso laboral» y que había un «ambiente hostil en el trabajo».

—¿Hostil? —Thiago intentó incorporarse y una punzada de dolor le recordó por qué eso era una idea terrible—. ¡Yo no soy hostil! ¡Soy... exigente!

Harold arqueó una ceja con elegancia británica, esa expresión que decía «por supuesto, señor» pero que lo que realmente significaba era: «eres un grano en el culo, pero me pagas demasiado bien para decírtelo».

—Por supuesto, señor. ¿Debo preparar el salón para la entrevista o prefiere continuar con su... estrategia actual de recibir a los candidatos aquí mientras está con pijama de seda y expresión asesina?

Thiago bajó la mirada hacia su pijama de rayas azul marino. Costaba ochocientos dólares y lo hacía verse como un paciente de un hospital muy caro. Perfecto.

—Tráelo aquí —decidió, acomodándose entre las almohadas de plumas de ganso—. Quiero que vean exactamente con qué están lidiando desde el primer momento. Sin sorpresas.

—Muy considerado de su parte, señor.

Harold desapareció con ese andar silencioso que había perfeccionado para no despertar a Thiago después de sus interminables noches de juerga. Aunque esos días parecían tan lejanos ahora, como su capacidad para caminar sin ayuda.

«Dos semanas —pensó Thiago con amargura, mirando el desfile de medicamentos en su mesilla de noche—. Dos malditas semanas desde que me han quitado la escayola y sigo sin poder dar más de tres pasos sin que mi pierna amenace con desintegrarse.»

La puerta se abrió nuevamente, pero en aquella ocasión no era Harold. Victoria entró con esa actitud decidida que hacía que sus tacones sonaran como ametralladoras sobre el suelo de mármol.

Tenía treinta años, con el tipo de belleza afilada que podría cortar diamantes y una eficiencia que haría llorar a un robot. Su traje de Chanel color beige probablemente costaba más que el salario mensual de la mayoría de la gente, pero en Victoria parecía una armadura de batalla.

Sus ojos marrones, en ese momento brillaban con la frialdad del acero.

Su cabello negro azabache, siempre recogido en un moño impecable, no tenía ni un pelo fuera de lugar a pesar de que probablemente llevaba despierta desde las cinco de la madrugada, manejando el desastre que la ausencia de Thiago había creado en la empresa.

—Necesitamos hablar —anunció sin preámbulos.

Su tablet estaba en una mano y lo que parecía ser su quinto vaso de café del día en la otra.

—Buenos días para ti también. —Thiago intentó esbozar su sonrisa más encantadora. La misma que hacía que inversoras con años de experiencia se ruborizaran como colegialas (y hasta algún inversor)—. ¿Vienes a alegrar mi día con buenas noticias?

—Vengo a informarte de que el candidato número seis acaba de enviar un email a Recursos Humanos describiendo con lujo de detalles por qué trabajar para ti es, y cito textualmente, «como hacer fisioterapia con el Diablo».

—Qué dramático. —Thiago agitó en el aire una mano desdeñosamente—. Solo le lancé una almohada. Una pequeña. De plumas.

—Era una almohada mediana. —Victoria consultó su tablet—. Y según su testimonio, se la lanzaste a la cara mientras gritabas que era un «incompetente con título».

—Bueno, ¿y mentí? Joder, su técnica era terrible. Pretendía manipular mi pierna como si fuera un trozo de madera.

Victoria cerró los ojos y contó hasta diez en chino mandarín, un hábito que había desarrollado específicamente para lidiar con Thiago.

—El primer candidato —comenzó, leyendo de su lista— duró exactamente 47 minutos antes de huir. Literalmente huir. Las cámaras de seguridad lo captaron corriendo por Park Avenue.

—Tenía las manos frías —se defendió Thiago.

—Le gritaste que sus manos eran como los «tentáculos de un pulpo congelado» y que preferirías que un veterinario te tratara.

—Punto para mí.

—La segunda candidata, la doctora Patricia Hendricks, con 20 años de experiencia y un doctorado de Johns Hopkins, lloró. Lloró, Thiago —enfatizó Victoria—. Una mujer que ha trabajado con veteranos de guerra amputados, lloró después de una hora contigo.

—Era demasiado... alegre. —Thiago hizo una mueca—. Nadie debería sonreír tanto mientras tortura a otro ser humano. Es de psicópatas.

—El tercer candidato...

—Oh, ese fue mi favorito. —Thiago sonrió con malicia—. El culturista que parecía que podría levantar un coche con el meñique, pero no sabía la diferencia entre un ligamento y un tendón.

—Se fue murmurando algo sobre «millonarios mimados» lo suficientemente alto para que todo el edificio lo escuchara. —Victoria se sirvió más café de la jarra que alguien había dejado estratégicamente en la mesa auxiliar—. El cuarto candidato aguantó dos días.

—Dos días y medio —corrigió Thiago con orgullo.

—Antes de enviarnos una factura por «daño emocional y sufrimiento psicológico». Su abogado llamó esta mañana.

—¿En serio? Qué generación de cristal. En mis tiempos...

—Tienes 32 años, no 80. —Victoria lo interrumpió—. Y en «tus tiempos», que fueron solo hace unos meses, podías caminar. Así que tal vez podrías considerar ser menos... tú... con estos profesionales que intentan ayudarte.

Thiago la miró fijamente.

Victoria era una de las pocas personas en el mundo que podía hablarle así y conservar su trabajo. Principalmente porque era muy buena en lo que hacía, pero también porque, en el fondo, muy en el fondo, donde Thiago guardaba los sentimientos que negaba tener, la respetaba.

—¿Cuántos hemos perdido en total? —preguntó. Su voz perdió algo de su sarcasmo habitual.

—Seis en dos semanas. —Victoria tecleó algo en su tablet—. Es todo un récord. Incluso para ti. Y eso incluye aquella vez que hiciste llorar a tres asistentes personales en un día porque el café no estaba a la temperatura correcta.

—El café es importante —murmuró Thiago, pero incluso él sabía que sonaba patético.

Un golpe en la puerta interrumpió lo que prometía ser otro round de Victoria contra Thiago. Pero Harold asomó su cabeza.

—El candidato número siete ha llegado, señor. ¿Lo hago pasar?

—¿Por qué no? —Thiago se acomodó en lo que esperaba fuera una pose intimidante pero que probablemente lo hacía ver como un niño enfurruñado en pijama—. Veamos cuánto dura este.

Victoria lo fulminó con la mirada, pero Thiago no la hizo el menor caso.

El candidato número siete resultó ser un hombre de mediana edad con cara de haber chupado un limón agrio. El doctor Raymond Pritchett tenía un bigote tan poblado que le cubría los labios.

—Señor Calloway —comenzó con voz nasal—, he revisado su expediente médico y debo decir que su caso presenta desafíos interesantes...

—Fascinante —lo interrumpió Thiago—. Dígame, doctor Pritchett, ¿ese bigote es una elección estética o perdió una apuesta?

Victoria hundió la cara en las manos.

El doctor Pritchett parpadeó como un búho confundido.

—¿Disculpe?

—Es que me distrae —continuó Thiago—. Es como si un gato hubiera decidido echarse a dormir la siesta en su labio superior, y por si fuera poco le tapa toda la boca. ¿Cómo espera que me concentre en los ejercicios con esa... cosa... mirándome?

—¡Señor Calloway! —El hombre se puso rojo como un tomate—. Mi apariencia física no tiene nada que ver con mis capacidades profesionales.

—¿No? —Thiago ladeó la cabeza—. Porque yo creo que alguien que toma tan malas decisiones estéticas probablemente también tome malas decisiones médicas. Es simple lógica.

—¡Esto es... esto es...! —El doctor Pritchett parecía estar teniendo un pequeño derrame cerebral—. ¡Discriminación!

—No es verdad. —Thiago miró a Victoria—. ¿Es discriminación? —le preguntó.

Victoria no sabía dónde meterse.

—Me voy —anunció el hombre, recogiendo su maletín con dignidad—. Y para su información, a mi esposa le encanta mi bigote.

—Su esposa necesita gafas —gritó Thiago mientras el hombre salía a zancadas de la habitación—. ¡O terapia! ¡O ambas cosas!

La puerta se cerró con un golpe que probablemente se escuchó hasta en el otro lado de la ciudad.

—Siete —dijo Victoria en voz baja—. Siete fisioterapeutas has espantado. Es casi admirable, de una manera retorcida y autodestructiva.

—No eran los correctos. —Thiago cruzó los brazos como un niño petulante—. Ninguno de ellos. Muy blandos, muy alegres, muy... incompetentes.

—Muy humanos, querrás decir. —Victoria se levantó, alisando su falda—. Thiago, necesitas ayuda. Ayuda real. No puedes seguir así.

—Puedo y lo haré.

—La junta directiva está preguntando por ti. Los alemanes están nerviosos. El acuerdo de Múnich pende de un hilo y...

—Y tú lo manejarás. —Thiago la interrumpió—. Para eso te pago una fortuna, ¿no?

Victoria lo miró durante un largo rato, y Thiago juró ver algo más que frustración profesional en sus ojos. ¿Decepción? ¿Preocupación? ¿Lástima? No, Victoria nunca sentía lástima.

—Sí —respondió finalmente—. Para eso me pagas. Entre otras cosas.

Y con eso, salió de la habitación, con los tacones resonando como clavos.