La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 1
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La caída del Titán (Devils 2)

La caída del Titán (Devils 2)

Por Andrea Adrich

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El sol brillaba con la intensidad engañosa que solo existe en las cumbres de los Alpes suizos, donde el aire es tan puro que duele respirarlo y el dinero fluye como el champán en las fiestas de año nuevo.

Thiago Calloway, con sus gafas de esquí de edición limitada que costaban más que el salario anual de un profesor, contemplaba la pista Harakiri (un nombre muy apropiado, hay que decir) desde la cima, como un guerrero observando su próximo territorio a conquistar.

—Señor Calloway —el instructor de esquí, un suizo fornido llamado Hans, carraspeó nervioso—. Esta pista está cerrada hoy. Las condiciones son extremadamente peligrosas. La nevada de anoche...

—¿Perdón? —Thiago se giró lentamente, con esa sonrisa torcida que hacía temblar a los ejecutivos en las salas de juntas—. ¿Dijiste cerrada? Es curioso, porque yo he pagado para que el resort entero estuviera a mi disposición.

Hans tragó saliva.

—Es por su seguridad, señor. El riesgo de caídas es...

—El riesgo es mi especialidad. —Thiago ajustó sus guantes Hermès de esquí. Cada movimiento parecía calculado para irradiar superioridad—. Por eso dirijo un imperio de treinta mil millones mientras tú... bueno, tú me dices dónde puedo o no esquiar.

«Aunque yo no te haga caso», pensó Thiago con cierta satisfacción perversa.

Pero así era como funcionaba el mundo: los lobos no pedían permiso a las ovejas.

Se impulsó hacia adelante antes de que Hans pudiera añadir otra palabra.

El viento cortaba su rostro como finas cuchillas, mientras descendía por la pendiente a una velocidad suicida.

La pista Harakiri no era para aficionados: con una inclinación de 78 grados y rocas que sobresalían como dientes en una boca hambrienta, se había cobrado más vidas que cualquier otra pista en Europa.

«Perfecto —pensó Thiago, sintiendo la adrenalina explotar en sus venas—. Justo como me gusta todo en la vida: peligroso, exclusivo y completamente bajo mi control.»

Sus esquís Kästle, hechos a medida por supuesto, se abrían paso en la nieve con precisión. Cada giro era una declaración de dominio, cada salto una peineta al destino. Los árboles pasaban como manchas borrosas a su lado.

Más rápido.

Siempre más rápido.

Fue entonces cuando lo vio: una grieta en la nieve, casi imperceptible, como una sonrisa en el rostro de la muerte.

«Mierda.»

El tiempo se ralentizó de esa manera cruel que tiene cuando sabes que la has cagado monumentalmente.

El esquí derecho se enganchó. Su cuerpo, ese templo de gimnasio y dietas orgánicas, salió despedido como un muñeco de trapo lanzado por un niño enfadado. El mundo se convirtió en un caleidoscopio de blanco, azul y negro.

El primer impacto le robó el aire de los pulmones. El segundo hizo que viera las estrellas. Para el tercero, ya había perdido la cuenta, porque su cuerpo había decidido convertirse en una pelota de pinball humana, rebotando contra rocas y árboles sin freno.

Cuando finalmente se detuvo, estaba boca abajo en un barranco, con la cara enterrada en la nieve que sabía a sangre y arrepentimiento.

Su pierna derecha estaba doblada en un ángulo que definitivamente no enseñaban en las clases de yoga, y el dolor era tan intenso que trascendía la mera sensación física para convertirse en una experiencia casi religiosa.

«Joder», fue su último pensamiento coherente antes de que la oscuridad lo reclamara.

Las voces iban y venían como olas en una playa lejana. Alemán. Francés… ¿Inglés?

Thiago intentó abrir los ojos, pero sus párpados pesaban como si alguien hubiera puesto sacos de arena sobre ellos.

—... pérdida de sangre...

—... fractura expuesta...

—... vértebras L3 y L4 comprometidas...

«Genial —pensó con la parte de su cerebro que aún funcionaba—. Suena jodidamente chungo».

El helicóptero vibraba a su alrededor.

«Santo Dios.»

Alguien le había puesto una máscara de oxígeno que olía a plástico. Intentó quitársela porque, joder, Thiago Calloway no necesitaba ayuda para respirar, pero sus brazos no respondían a las órdenes de su cerebro.

—Quieto, campeón —le habló una voz femenina con acento—. Has tenido un encuentro con la gravedad y ella ha ganado. Te ha noqueado por completo.

Si hubiera podido, Thiago habría sonreído. Le gustaba la gente con sentido del humor negro, como el suyo. Eran los únicos que valían la pena.

El Hospital Privado Clinique La Prairie era el tipo de lugar donde los millonarios iban a pagar sus osadías y temeridades.

Paredes blancas que costaban más por metro cuadrado que un apartamento en Manhattan, ventanas con vistas a los Alpes que parecían postales retocadas con Photoshop, y médicos que hablaban en ese tono suave y condescendiente reservado para los niños pequeños y los ricos muy jodidos.

Como él.

—Señor Calloway —el doctor Harrington, con su bata blanca inmaculada y su expresión de «esto te va a costar una fortuna por chulo», se ajustó las gafas—. Ha tenido usted mucha suerte.

—¿Suerte? —Thiago intentó incorporarse y un dolor punzante le atravesó la columna como si alguien hubiera decidido hacer un kebab con sus vértebras—. ¡Joder! ¿A esto le llama suerte?

—Está vivo. —El médico consultó su tablet con parsimonia—. Considerando la altura de la caída y la velocidad del impacto, es prácticamente un milagro. Aunque...

Siempre había un «aunque». Pero en la vida de Thiago, los «aunque» costaban millones.

—Su pierna derecha ha sufrido una fractura.

Hemos tenido que insertar placas de titanio y tornillos.

Las vértebras L3 y L4 están comprometidas, con fisuras que requerirán un monitoreo constante.

Los ligamentos de la rodilla... bueno, digamos que parecían espagueti después de que un niño de cinco años jugara con ellos, y la tibia…

«Qué gracioso es este hombre», pensó Thiago con mordacidad.

—Hábleme en cristiano, doctor —lo interrumpió, impaciente—. ¿Cuándo podré volver a caminar con normalidad?

El doctor Harrington hizo esa pausa que los médicos hacen cuando están a punto de arruinar tu día, tu semana y posiblemente tu año entero.

—Con rehabilitación intensiva, estimamos entre seis y ocho meses para recuperar la movilidad básica. Para volver a su nivel anterior de actividad... —Se encogió de hombros—… Tal vez un año. Tal vez más.

El silencio que siguió fue tan denso que podría haberse cortado con uno de esos bisturís excesivamente caros que sin duda usaban en este hospital de lujo.

Thiago tenía que haber escuchado mal.

—¿Perdón? —Su voz salió peligrosamente baja. Esa voz que hacía que los CEOs de empresas de Fortune 500 sudaran en sus trajes de Armani—. ¿Está diciéndome que yo, Thiago Calloway, voy a estar... incapacitado... durante meses?

—Prefiero el término «en recuperación», pero...

—¡No me importa qué término prefiera! —Thiago explotó, y el monitor cardíaco junto a su cama empezó a pitar como un detector de mentiras—. ¡Tengo una empresa que dirigir! ¡Tengo reuniones en Múnich la próxima semana! ¡Tengo una vida que no incluye estar tirado en una cama como un vegetal!

—Señor Calloway, debe calmarse o...

—¿O qué? —Thiago intentó señalar al médico, pero el movimiento envió otra oleada de dolor por su cuerpo. Cerró los ojos con fuerza y contrajo la mandíbula—. ¿Me va a cobrar extra por el berrinche? Porque créame, puedo permitírmelo.

Una enfermera entró corriendo con una jeringuilla que probablemente contenía suficiente sedante para dormir a un elefante rabioso. O a un millonario con complejo de Dios.

—Esto no puede estar pasando —murmuró Thiago mientras la enfermera inyectaba el contenido en su vía—. Yo no... yo no hago... debilidad...

Pero sus párpados ya pesaban otra vez, y la última cosa que vio antes de que los medicamentos hicieran efecto fue su reflejo en el metal pulido del equipo médico: pálido, vulnerable, roto.

Patético.

Cuando despertó horas después, el sol se ponía tras los Alpes, tiñendo las cumbres nevadas de rosa y naranja como en una de esas postales que compran los turistas.

Su teléfono (que alguien había tenido la consideración de llevarle su iPhone de última generación) tenía 47 llamadas perdidas, 132 mensajes y probablemente suficientes emails para colapsar un servidor pequeño.

Con dedos que se sentían como salchichas hinchadas, marcó el número de Victoria Chamberlain, su asistente ejecutiva desde hacía cinco años.

—¡Thiago! —La voz generalmente controlada de Victoria sonaba preocupada—. ¿Dónde diablos has estado? La junta está histérica, los alemanes amenazan con cancelar el acuerdo, y alguien ha filtrado a la prensa que estás muerto.

—Claramente exageraron mi muerte. —Thiago hizo una mueca al intentar acomodarse—. Aunque no por mucho. Victoria, necesito que hagas algo por mí.

—Lo que sea. —La rapidez de su respuesta le recordó por qué la pagaba seis cifras al año.

—Búscame al mejor fisioterapeuta del país. No, del mundo. Me importa una mierda lo que cueste o dónde esté. Lo quiero aquí en... ¿dónde coño estoy?

—Suiza, según el GPS de tu teléfono. Thiago, ¿qué ha pasado?

—Tuve un desacuerdo con la gravedad —admitió a regañadientes—. Ella ganó. Temporalmente. Pero necesito estar de vuelta en Nueva York lo antes posible y caminar como si nada hubiera pasado.

—¿Te has caído?

—Me temo que sí.

—Supongo que haciendo alguna de tus locuras —comentó Victoria.

—Ya me conoces —respondió él sin darle mayor importancia.

—Thiago... —Victoria vaciló, algo raro en ella—. ¿Cómo es de grave?

Él miró su pierna escayolada, los moratones, las máquinas que monitoreaban sus signos vitales, la bolsa de morfina que goteaba continuamente en su vena como un barman muy generoso.

—Nada que el dinero no pueda arreglar —mintió con la facilidad de alguien que había convertido el engaño en arte—. Solo... encuentra a ese fisioterapeuta, ¿vale? Y Victoria... que sea alguien que no se asuste fácilmente.

—¿Por qué? ¿Planeas ponérselo difícil? —Había un toque de humor en su voz.

—Yo no planeo ponérselo difícil. —Thiago cerró los ojos, sintiendo el peso de su nueva realidad aplastándolo más que esas malditas vértebras. Lo había jodido todo—. Yo soy difícil. Es parte de mi encanto.

Colgó antes de que ella pudiera responder y se quedó mirando el techo blanco de la habitación.

De seis a ocho meses.

Un año tal vez.

Tal vez completamente nunca.

—No —se dijo, con la terquedad que lo había llevado a ser uno de los hombres más ricos del mundo—. Voy a caminar en un mes. Dos como máximo, después de que me quiten la escayola. Y voy a hacerlo aunque tenga que despedir a cada fisioterapeuta incompetente del hemisferio norte.

Fuera, los Alpes se oscurecían, indiferentes a las promesas de hombres orgullosos que se creían los dueños del mundo.

La montaña siempre gana al final.

Pero Thiago Calloway nunca había sido bueno aceptando la derrota.

—Que empiece el juego —pensó mientras la morfina lo arrastraba de vuelta al sueño—. Veamos quién se rompe primero: mi cuerpo o mi terquedad.

Era una apuesta estúpida.

Pero Thiago siempre había sido bueno haciendo apuestas estúpidas.

Hasta ahora.