CAPÍTULO 18
La segunda misión conjunta surgió de la necesidad, no de la elección —un informante de Malakai reportó movimiento sospechoso en uno de los antiguos lugares operacionales listados en el expediente original, el mismo tipo de lugar que Sera había encontrado vacío semanas atrás, pero que ahora, según los reportes, mostraba señales de actividad reciente.
—Puede ser Voss preparando algo —dijo Malakai, encontrándola en el punto acordado, la tensión visible en cada línea de su cuerpo—. O puede ser alguien intentando destruir evidencias que todavía quedan de la operación original, antes de que logremos reunir pruebas suficientes.
—Solo hay un modo de descubrirlo.
El lugar, cuando finalmente llegaron, resultó ser un complejo subterráneo mucho más grande de lo que sugería cualquier informe —túneles extendiéndose más allá del alcance de cualquier luz que llevaran, el aire pesado con un olor que Sera reconoció, con un escalofrío helado, como la misma firma energética que había sentido en el pequeño altar del puerto abandonado.
—Alguien está aquí —murmuró Malakai, la sombra alrededor de él espesándose en respuesta a alguna amenaza que Sera todavía no lograba identificar del todo.
Avanzaron juntos, cada paso calculado, cada sentido aguzado al máximo, hasta que el túnel se abrió en un salón amplio donde media docena de subordinados de Voss trabajaban febrilmente, cargando cajones y quemando documentos en una hoguera improvisada que ya consumía buena parte de lo que quedaba de cualquier prueba física.
—Destruyendo evidencias —dijo Sera, la ira fría sustituyendo cualquier vacilación—. No vamos a dejar que eso pase.
El combate que siguió fue rápido y brutal, los dos trabajando en una sincronía casi perfecta —Sera avanzando por el centro, atrayendo atención mientras Malakai flanqueaba por las sombras, cada golpe calculado para maximizar el caos entre los subordinados sin permitir que ninguno escapara a alertar refuerzos.
Sera derribó a dos con movimientos precisos de su hoja de luz, sintiendo la familiar descarga de adrenalina que siempre acompañaba el combate real, mientras Malakai neutralizaba a otros dos con una eficiencia sombría que le recordó, una vez más, exactamente el tipo de poder que él poseía cuando elegía usarlo sin contención.
Pero el último subordinado, más desesperado que los demás, logró activar algún tipo de trampa antes de caer —el techo del túnel empezando a ceder, piedras y tierra desplomándose en cascada que los separó momentáneamente, cada uno luchando por escapar de su propio lado del pasaje que se derrumbaba.
—¡Sera! —La voz de Malakai cargaba un pánico genuino que ella nunca le había oído antes, el sonido cortando a través del caos de la destrucción alrededor.
—¡Estoy bien! —gritó ella de vuelta, esquivando por poco una piedra que le habría aplastado el hombro, el corazón acelerado no solo por la adrenalina del combate, sino por la evidente preocupación en la voz de él.
Cuando finalmente el polvo se asentó, se encontraron en lados opuestos de una pared de escombros, ambos ilesos pero separados físicamente por una barrera que tomaría demasiado tiempo excavar sin riesgo de colapso adicional.
—Hay otro camino —dijo Malakai, la voz todavía tensa, pero recuperando el control—. Un túnel paralelo, a unos cien metros al norte. Te encuentro ahí.
Fueron los minutos más largos que Sera había vivido jamás, cada segundo de separación amplificando una preocupación que no esperaba sentir con tanta intensidad —no miedo por sí misma, sino terror genuino ante la posibilidad de que algo le hubiera pasado a él durante el derrumbe, de que lo último que hubiera oído fuera la incertidumbre en su propia voz gritando que estaba bien.
Mientras avanzaba sola por el túnel oscuro, guiándose solo por la poca luz que lograba generar en su propia palma, Sera repasó mentalmente cada segundo del combate, intentando entender si había cometido algún error táctico que resultara en aquella peligrosa separación.
Encontró, a mitad de camino, otro pequeño altar improvisado, semejante al que había descubierto en el puerto abandonado semanas atrás —prueba adicional de que aquel complejo subterráneo había servido, alguna vez, como refugio para los híbridos que la operación había intentado exterminar.
Se detuvo brevemente frente al altar, sintiendo el familiar peso del luto instalarse en el pecho, pero no permitió que la emoción la distrajera por completo de la urgencia de encontrar a Malakai.
Continuó avanzando, cada paso calculado para maximizar la velocidad sin sacrificar la seguridad, los sentidos aguzados ante cualquier señal de peligro adicional escondido en las sombras alrededor.
El túnel finalmente se estrechó, forzándola a agacharse para pasar por un pasaje bajo, y fue exactamente en ese momento de vulnerabilidad física que oyó, distante pero inconfundible, el sonido de voces intercambiando amenazas —no la voz de Malakai, sino subordinados de Voss, aparentemente reagrupándose después del ataque inicial.
Sera se movió con cautela redoblada, cada sentido en alerta máxima, calculando ángulos de ataque y posibles rutas de escape en caso de que el encuentro se volviera inevitable.
Fue entonces cuando finalmente avistó la abertura del túnel paralelo que Malakai había mencionado, un hilo de luz natural escapando por una fisura estrecha en la roca de arriba, y sintió el alivio empezar a sustituir despacio el pánico que había cargado durante cada segundo de aquella separación forzada.
Antes de emerger por completo, sin embargo, avistó algo que la hizo detenerse por completo: uno de los subordinados de Voss, herido y cojeando, se arrastraba en dirección opuesta, lejos del combate principal, cargando junto al pecho un pequeño cofre metálico que parecía demasiado significativo para ser abandonado así.
Sera vaciló solo un instante antes de decidir —no podía dejar que aquella posible evidencia escapara, no después de tanto esfuerzo por reunir cada fragmento de prueba disponible.
Siguió al subordinado herido a través de una bifurcación estrecha, manteniendo distancia segura, los movimientos silenciosos y calculados a pesar del cansancio acumulado de la batalla anterior.
Cuando finalmente lo alcanzó, acorralándolo contra una pared de piedra en un callejón sin salida dentro del propio túnel, la criatura alzó las manos en rendición inmediata, el miedo genuino sustituyendo cualquier resto de bravata anterior.
—Ese cofre —dijo Sera, la voz fría y controlada—. ¿Qué hay dentro de él?
—No lo sé, lo juro —tartamudeó el subordinado, la voz temblando—. Voss solo mandó recuperarlo antes de que se destruyera algo más. Dijo que era importante, que contenía nombres.
Sera confiscó el cofre con un movimiento rápido, guardándolo junto al resto de sus posesiones recién adquiridas, y dejó que el subordinado herido huyera sin más interferencia —información obtenida, amenaza inmediata neutralizada, ninguna necesidad de violencia adicional que solo complicaría todavía más una situación ya suficientemente peligrosa.
Emergió finalmente del túnel paralelo pocos minutos después, encontrando a Malakai ya esperando, el alivio visible en su rostro transformándose rápidamente en preocupación renovada al notar el cofre que ella cargaba.
—¿Qué es eso?
—Todavía no lo sé. Pero uno de los subordinados de Voss estaba tan desesperado por recuperarlo que arriesgó su propia vida por él, incluso herido, incluso con el combate ya perdido.
—Sera pasó los dedos por la superficie fría del metal, sintiendo un presentimiento que no lograba articular del todo—.
Vamos a necesitar tiempo y privacidad para abrirlo con seguridad. Puede haber trampas.
—Mi territorio —sugirió Malakai, de inmediato—. Es el lugar más seguro que conozco para lidiar con algo así.
Caminaron juntos de vuelta, el cuerpo de ambos todavía cargando el cansancio acumulado del combate, pero la mente ya proyectada hacia adelante, hacia el misterio que aquel pequeño cofre metálico prometía revelar —una pieza más en el rompecabezas cada vez más complejo que seguían, juntos, intentando armar.
En el camino, Malakai insistió en examinar rápidamente el corte en la sien de ella una vez más, a pesar de las protestas de Sera de que estaba perfectamente bien, el gesto revelando una vez más aquella preocupación persistente que él parecía incapaz de contener por completo cada vez que ella se ponía en cualquier tipo de riesgo físico.
—No tienes que hacer esto cada vez —dijo ella, pero sin realmente apartar las manos de él, permitiendo el toque cuidadoso con una facilidad que, semanas atrás, habría sido impensable.
—Sé que no tengo que hacerlo —respondió él, los dedos gentiles contra su piel—. Elijo hacerlo, que es bastante diferente.
La distinción quedó flotando entre ellos mientras caminaban, una pequeña confirmación más de la profundidad creciente de aquello que seguía desarrollándose entre los dos, a pesar de todas las razones que ambos tenían para resistirse.