Capítulo 25
Una hora después, unos golpes en la puerta de la casa de lord Coventry rompieron la tensión del salón en el que esperaban noticias.
La doncella abrió la puerta y recibió una carta.
—¡Es una carta de lady Stella! —exclamó la sirvienta corriendo hacia la condesa.
—¡Stella!
Todos se pusieron de pie para escuchar lo que decía la carta.
Estimada familia,
Quiero decirles que estoy bien. El marqués no me ha tratado mal ni ha intentado nada malo.
Él ha decidido que nos casaremos en Gretna Green.
Me dijo que asumirá su culpa por haberse equivocado de persona.
Lo bueno de todo esto no es el matrimonio, sino que ha comprendido lo que estaba mal en su cabeza, ya se ha dado cuenta de que Beatrice no lo quiere y que ha vivido equivocado estos meses.
No sé cómo resultará todo, pero lo que sí sé es que regresaré casada.
No quiero que se preocupen por mí. Pese a la cantidad descomunal de defectos del marqués, me trata con respeto y me da un nombre respetable.
Espero que no estén enfadados con esta decisión, es lo mejor después de todo.
No podría regresar a Londres después de ser secuestrada.
Mi reputación estaría manchada y la de Beatrice se vería salpicada por esto.
Un abrazo para todos.
Stella.
—¡Casada! —exclamó la condesa, dejando caer la carta.
Rodney cogió el papel del suelo para leerlo. Quería saber si lo que leyó su madre era real o no.
—Vaya, no me lo esperaba. El marqués es un hombre de honor.
Rodney, debemos preparar la dote para entregarla apenas regresen.
Se casarán en Gretna Green, pero necesitamos tapar esto de alguna manera.
Apenas pisen esta ciudad, pondremos fecha para el anuncio.
Diremos que se casaron en una propiedad rural.
Todos debemos movernos al menos por una semana, ¿entienden?
Creo que la residencia del marqués tendrá el mismo aviso que nosotros recibimos.
Lo mejor es hacerle saber el plan a la familia del marqués —anunció el conde de Coventry.
—Sí, así no quedará como si huyeran porque el matrimonio no fue aprobado por la familia. Este marqués debió quedarse y pedir nuestra aprobación en lugar de ir a Gretna Green. Si duda, le daríamos la mano de Stella —gruñó la condesa.
—Será mi cuñado, es una lástima, pero debo aprender a verlo. Espero que esto no sea un error y que después comience a buscarme, sería un desastre. Disculpen la desconfianza, pero creo que me sobran argumentos para eso.
—Sí, definitivamente sobran argumentos, Beatrice, pero solo veremos a Stella algunas veces, quizá en fiestas familiares y nada más —alegó Rodney—. No deberías pensar que el marqués te molestará.
—Pues esperemos que así sea. Preparemos todo para partir. Yo enviaré una carta a la familia del marqués y la doncella lo llevará para que estemos en sintonía —ordenó lord Coventry.
Por un lado, estaban aliviados al saber que Stella no había sido silenciada y también el marqués había entendido que Beatrice no era la mujer para él; sin embargo, estaban preocupados por el trato que recibiría siendo la esposa no deseada.
No era lo mismo cumplir con la responsabilidad que querer a alguien de verdad.
Stella tendría que resignarse tal vez a un cariño de convivencia por el resto de su vida, no era malo, pero tampoco era lo esperado por ella.
Ellos recordaban que desde pequeña quiso ser la esposa perfecta y, aunque nunca entró a detallar qué sentimientos esperaba de un esposo, suponían que deseaba ser querida y no un premio de consuelo de alguien que persiguió a su hermana.
***
Wulfric cumplió con comprarle ropa a Stella.
Le compró cuatro conjuntos de la mejor tela que encontró en ese pequeño pueblo de paso.
No podía ser muy exigente, pero ella necesitaba algo para vestirse lo más pronto posible.
También se surtió con pan, queso y vino para el camino, ya que dormirían en el campo.
Todos necesitaban descansar al menos hasta entrada la noche y seguir un trayecto más.
Stella se puso la ropa nueva y le quedaba bien, no era lo mejor que tenía para vestir, pero tampoco podía ser exigente. Sus prendas, accesorios y perfumes caros estaban en su casa. Comenzaba a extrañarlas al verse tan sencilla.
—Se ve bien, milady —habló el marqués al verla.
—Veo que sabe medir pies. Los zapatos me han quedado bien.
—Era un gran riesgo, pero lo importante es que tiene algo para vestir. Ahora continuaremos. Tengo comida en el carruaje en caso de que tengamos un antojillo en el camino. Suba para irnos. Nos queda mucho trayecto por recorrer.
Ella obedeció y se sentó. Él se acomodó frente a la joven y miró a todas las direcciones, pasarían horas juntos. Ellos descansaron, por lo que sería difícil que se quedaran dormidos pronto. Alguien debía romper el hielo.
—Se lo ve menos trastornado que siempre —comentó Stella viéndolo directamente al rostro.
—¿Antes parecía un loco?
—¿Apreciará una respuesta sincera o una mentira es mejor?
—La sinceridad siempre será la madre de todos los conflictos, por eso la prefiero.
—Respondo al marqués: sí, lo parecía. Siempre estaba pendiente de Beatrice y sus cosas.
En un momento llegué a envidiar su manera de pensar, pues veía cosas que yo era incapaz de ver, algo que siempre le pasaba a mi hermana conmigo.
Nunca comprendía mis pensamientos, pese a que nos criamos juntos y con la misma educación.
Escucharlo hizo que me diera cuenta de que no todas las cabezas son iguales.
Aceptar eso es difícil, pero como no me gustan los conflictos, siempre opté por asentir ante sus disparates.
—Debí verme como un idiota. No puedo mentirle.
Durante este día estuve pensando en lo que me dijo de su hermana y, hurgando en mi cabeza, llegué a la conclusión de que no fui apreciado, más bien fui ciego al perseguir algo que nunca existió.
Todo era producto de mi imaginación y lo justifiqué hasta lo último.
Cuesta aceptar el error, pero se trata de seguir adelante y con la persona adecuada. Esa es usted…
Él extendió su mano para coger la de Stella. Pese a la poca iluminación dentro del carruaje, Wulfric pudo distinguir que ella se sonrojó.
—Con el tiempo veremos si soy la indicada. Por ahora, todo apunta a solo corregir un error.
—Si pude enamorarme de una ilusión, ¿por qué no podría hacerlo de algo real?
—Entonces esperaré a que eso pueda ser posible.
—¿Qué le parece si no esperamos y probamos una técnica?
—¿Qué técnica?
—Un beso. Si por nada creí estar enamorado, ¿qué podría hacer un beso?
—Interesante teoría; sin embargo, encuentro una falla importante en su lógica: si por el contacto físico se enamorara, usted ya no tendría corazón. ¿Olvida que se acostó con muchas mujeres? Debería estar muerto de amor por ellas.
—Debo decir que no he cruzado palabras con esas mujeres.
Me da vergüenza admitir que fue solo por un poco de placer insulso.
Sé que las damas tienen rangos, algunas solo sirven para un momento y otras para toda la vida.
Usted es de esas que son para toda la vida.
¿Esa explicación le resulta suficiente para perdonar a ese libertino?
—Qué buena labia, su señoría, me hace reír con su incoherencia.
Todas las damas merecen respeto. Algunas no tienen opciones, otras escogen el mal camino creyendo que conseguirán mejores cosas y las demás solo queremos paz en esta vida.
Un esposo fiel y condescendiente es lo único que deseamos algunas como yo.
—Puedo serlo, siempre estuve dispuesto a ser un buen esposo, al menos eso pensaba con su hermana, solo que no era la forma debida de encarar la situación.
—La asustó a tal punto de hacer que se desmayara. Definitivamente, no encaró bien nada desde un principio.
—Ahora estoy haciendo mejor las cosas con usted. Pese a que mi abuelo quiso persuadirme de que no me case pronto, es mi deseo. Creí conocer a la persona perfecta, pero, como me dijeron, ella estaba en el mismo nido.
—No olvidemos que esto es porque usted lo decidió y yo lo acepté.
Es un asunto de responsabilidad, pero no quiero que sea así por siempre.
Soñé con un buen matrimonio y lo conseguiré, daré todo de mí para que podamos ser felices en la medida de nuestras posibilidades.
Usted no olvidará pronto a mi hermana, sé que puede ser difícil…
—No hable de eso, es cuestión de tiempo y de arreglar este malentendido. ¿Qué le parece si empezamos con el beso que propuse antes? Un beso nos acerca más al objetivo de un matrimonio feliz, ¿probamos suerte?
Él instigaba, esperando que pudiera darle una oportunidad de probar sus labios. Eso podría hacer que ella confiara en él y también hacer que Wulfric se sintiera más cercano a Stella.
Sin perder más tiempo, él se acercó a los labios de Stella y se pegó a ellos con lentitud hasta que, al tomar confianza, fue moviendo más su boca para incitarla a abrir la suya y que sus lenguas pudiesen conectarse.
Stella no sabía por qué cedió ante el marqués, solo algo dentro de ella quería cobrar ese beso que en un primer momento no se había dado.
Ya que se iban a casar, no había nada de ilegal en probar un poco el uno del otro.
Cooperó sin problemas sabiendo que esto le gustaba.
Desde que le echó el ojo a ese hombre, no pudo sacarlo de su mente por más que sus maldades fueran graves.
Ya no representaba un peligro para nadie, no había nada malo en darse un pequeño gusto.
Sin embargo, el asunto no quedó ahí. Las manos de él eran inquietas y se paseaban primero por sus brazos, frotándolos, y después bajaron a su cintura hasta ir cerca de sus senos.
Las manos de la joven también se inquietaron y le acarició el pecho. Los dos se acercaron más hasta entrelazarse, intercambiando no solo la saliva, sino también un par de caricias.
—Es una lástima que no exista una posada cerca, porque si la hubiera, la haría mía en ese lecho… —dijo él con la voz agitada, apenas separándose de su boca—. No en vano mi mente se ensañó en torturarme con la imagen de lady Stella enseñando sus atributos. Es la tentación la que me vence…
—¿Ha funcionado mi arte para la tentación? Me alegra saberlo —replicó tan agitada como él. Estaba aprovechando para meter un poco de aire en sus pulmones.
—Lo malo es que es tipo de arte solo hace que me duela no poder culminar el proceso. Para un caballero esto no es nada agradable…
—Ya que le duele y se casará conmigo, no hay nada de malo en darle un descanso al caballero…
Él se alejó de ella con sorpresa. ¿En verdad le estaba ofreciendo eso?
—Estamos un poco ardientes en un carruaje en movimiento, no es apropiado… —alegó tragando saliva. Sabía que rechazar algo así era un pecado mortal, pero quizá ella no sabía de qué se trataba parar su dolor—. Usted debe saber que no es sencillo aplacar la sensación…
—Pues aunque no lo crea, Francia me enseñó muchas cosas. Las damas son más liberales y hablan de cosas íntimas como si se trataran de nimiedades. Sé lo que significa…
—Si paro el carruaje, ¿no se echará atrás?
—Probemos…
El marqués no perdió tiempo y golpeó el techo del carruaje.
—¿Se le ofrece algo, su señoría? —preguntó el cochero.
—Sí, detén el carruaje y aléjate al menos por una hora, ¿entiendes?
El cochero no comprendía la razón, pero solo le quedaba acatar.
—Sí, su señoría…
Aquel se fue con una lámpara, una ración de comida, aprovecharía ese tiempo para descansar y comer.
En el carruaje, el marqués extendió en el suelo su capa que llevaba para taparse y después comenzó a aflojar su ropa.
Ella emuló al hombre para quitarse la ropa. Le daba vergüenza que la viera, pero ese paso lo daría tarde o temprano, ¿por qué no aprovechar el momento para saber lo que se sentía ser carnales?
Él la invitó a acostarse en ese lugar, mientras Wulfric terminaba de quitarse la ropa y enseñar su cuerpo en la penumbra. Su figura era atlética debido a que andaba a caballo con frecuencia. No era alguien que tuviese músculos, sino que se veía bien tonificado y agradable.
Cuando terminaron de desvestirse, Wulfric se abalanzó sobre Stella y besó sus hombros y pechos sin perderse un solo centímetro de piel. Ella solo se dejaba hacer porque no sabía por qué parte del cuerpo del marqués comenzaría su recorrido. Solo sabía acariciar sus pectorales.
Una vez que la pasión fue insoportable, el marqués se arriesgó para introducirse dentro de ella y así calmar su fiebre.
Los gemidos de Stella hacían que su excitación creciera aún más, dejándolo como un novato en el arte del sexo.
Su actividad podía compararse con la de un suspiro por cómo había estado excitado, no pudo contenerse mucho tiempo como hubiera deseado, era entera responsabilidad de Stella y su increíble capacidad para gemir con maestría y llevarlo al cielo.
—Ahora sin duda me casaré contigo. Es la primera vez que lo hago en un carruaje… —habló el marqués que descansaba con los ojos cerrados, apenas cubriéndose la entrepierna con una ropa.
—Es mi primera vez en todo, sin dudarlo, debe casarse conmigo. Ahora ya puedo quedar embarazada.
—¿Embarazada tan pronto? No, no, no. Debemos disfrutar de este matrimonio que todavía no empezó. Los hijos pueden venir más adelante. Todavía queda mucho por experimentar.
—Esperemos que no. Descansemos y continuemos nuestro camino a Gretna Green…