La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

—No lo subestimes, recuerda que tú dijiste que era un hombre normal y yo ya he dicho que no es tan normal —la reprendió Beatrice.

—Es cierto, tiendo a subestimar las tonterías que hace este hombre. Es que las apariencias me engañaron, creí que por ser atractivo y tener buena conversación sería un buen partido.

—Quizá lo sea, pero para alguien capaz de tolerar sus delirios. Alguna vez se casará, pero no será conmigo, porque yo me casaré con el consejero, no importan los años que pasen, lo esperaré a que decida hacerlo.

—Tonterías. Ellos no se casan hasta después de los cuarenta. Siempre están ocupados y, como todos sabemos, las damas e hijas solo causan problemas —alegó el padre—. La paz falta en donde se encuentran las faldas.

—No puedo contradecir a nuestro padre. Aquí es así, estamos lidiando con alguien que no está en sus cabales y nosotras somos las que parecemos dementes. Parece que nunca podrá solucionarse este asunto.

—Por supuesto que puede solucionarse, Beatrice. Solo debemos superar esta etapa difícil. Será la última vez que hago un esfuerzo por ti. Si esto sale mal, no podré salvarte para que él no te lleve.

—Eres un verdadero ángel, hermana mía. Prometo que te daré dinero y joyas si sobrevivimos a este tramo en que el marqués quiere venir por mí.

Ahora que mis peores miedos se han cumplido, no hay mucho que hacer, solo queda refugiarse en el cariño familiar.

Volver a desmayarme y depender de este tónico amargo no es una solución permanente, solo si afronto este problema podré estar tranquila.

—Primero debemos esperar a que el consejero nos diga algo después de que converse con el marqués.

No sabemos cuánto puede tardar este asunto, lo que sí tenemos claro es que en cuatro días vendrá este loquito a querer llevarse a Beatrice.

La carta diciéndole que no lo quiere es lo más importante, porque si resulta, lo persuade de seguir con esto y, si no, entonces hace las cosas más fáciles para que lo agarremos entre todos y le demos una lección apenas lo veamos.

Con eso entenderá que no puede obsesionarse con alguien que nunca lo quiso —musitó Stella.

El plan siempre seguía el mismo ritmo, usar el nombre de Beatrice como carnada, pero colocarla a ella para que la otra no se dañara.

Quizá pareciera una solución egoísta de la familia, pero en realidad estaban cuidando a la persona más débil.

Stella se sentía cuidada y amada, era en todos los aspectos más fuerte que su hermana y por eso estaba dispuesta a todo.

Ella no distinguía parentesco sanguíneo de verdadero afecto de hermanas.

Desde que tenía memoria era su amiga y compañera inseparable.

Podría recibir una espada o una bala por su afecto hacia aquella.

Tratar con un joven desorientado era pan comido comparado con lo otro.

Tarde o temprano, el marqués comprendería que la intención de ellos era que todos fueran felices.

Lo único que podía lamentar Stella era que él no se sintiera atraído por ella y que persistiera en su error.

***

La carta de Beatrice llegó a la residencia del marqués. Cuando este lo cogió, creyó que encontraría la respuesta que deseaba, pero no era lo que esperaba, para nada estaba cerca de serlo.

Su señoría,

Con el respeto que merece, su carta solo hizo que me sorprendiera aún más su falta de entendimiento sobre los sentimientos ajenos.

De mil maneras le he comunicado que no me interesa como futuro esposo.

Con todas las advertencias, tuvo la osadía de enviarme una carta para decirme que huya con usted, si quiere saber cuál es mi habitación, adivínelo.

Por su bien y por el mío, deshágase de esa idea absurda e inadecuada.

Para colmo, me ha metido en problemas con el consejero, esto ya sobrepasa los límites tolerables para cualquier persona.

Espero que sepa comprender estas palabras. No me interesa como hombre, lo mejor es que busque a otra dama que lo admire y que quiera estar a su lado.

Atentamente,

Lady Beatrice.

Wulfric arrugó la carta y la bajó sobre su escritorio.

Esas palabras fueron dolorosas, pero no sabían si realmente salían del corazón de lady Beatrice.

Seguía negándose a creerlo. De nuevo la idea de que la obligaban pasó por la mente de él.

Lo único que le quedaba era esperar los tres días que quedaban para que los sirvientes de Harold lo ayudaran a huir con ella.

La noche que esperaba había llegado y se encontraba listo para que el plan diera resultados.

—Abuelo, hoy milady huirá conmigo —contó el marqués a su abuelo.

—Eso era lo que ocultabas estos días. Nada bueno puede salir de esto.

—Todo saldrá bien…

—El conde de Rushford te ha buscado, no puedes huir para siempre de esta responsabilidad por lo que hiciste. Pensé que eras más sensato. Quizá para aconsejar a los demás lo seas, pero no para otras cosas.

—Es probable que le diga a la gente cosas que yo no haría, pero eso lo hace cualquiera, ¿o no, abuelo?

—Con esta tontería te arruinarás. Te visitaré en Newgate, no te preocupes, no te faltará el vicio.

—Sea más optimista. Seré feliz porque me casaré con milady.

—No puedo hacer la vista gorda. Es probable que no madures hasta que te pase algo malo. Cuídate. Si viene a buscarte la familia de esa joven, les diré que fuiste a hacer una tontería.

—Estoy seguro de que guardarán silencio por la reputación de la familia, esto no se puede divulgar a la ligera. Adiós, abuelo, volveré en unas semanas.

El viejo ni siquiera hizo un ademán para despedirlo. No había forma de salvar a alguien que quería arruinarse, lo dejaría hacerlo para después reírse de sus quejas. Era lo único que le quedaba para divertirse en la vida.

En el carruaje del marqués, los dos sirvientes del duque entraron y se sentaron para conversar.

—Repasemos el plan, yo estaré en la entrada de la ciudad. Cuando ustedes lleven a la joven hasta ahí, seguiré mi camino a Gretna Green…

—¿Qué ocurre si la joven se resiste, su señoría? Eso no estaba estipulado en las órdenes de mi señor —preguntó uno de los sirvientes.

—Aquí tengo unas monedas adicionales. Si se resiste, déjenla inconsciente, la traen a mi carruaje y asunto solucionado.

—Si algo sale mal, nos retiramos, son las órdenes de nuestro señor —advirtió el otro sirviente.

—Sí, sí. Solo no olviden decírmelo, estaré a las afueras de la ciudad, no lo olviden.

—Sí —dijeron los dos al unísono antes de bajar e ir en otro carruaje rumbo a la residencia del conde de Coventry a esperar la hora pactada.

***

En la habitación de Beatrice, esta se resistía a apagar la luz, estaba nerviosa por su hermana, que parecía completamente segura de lo que iba a hacer.

—Es evidente que ese sinvergüenza no utilizará la puerta, sino que lo hará por la ventana. Lo cogeré con este atizador y lo haré arrodillarse para pedirnos perdón por todas las ofensas —declaró Stella que estaba con su camisón puesto al igual que Beatrice.

—¿No crees que mi carta fue lo suficientemente clara para hacerle entender que no venga? Si así es, estamos aquí esperando a alguien que no vendrá.

—Tu fe es capaz de mover montañas, pero déjame decirte que no creo que esto sea tan bueno, porque lo conocemos, nos ha dado pistas de que no piensa como la gente normal.

A veces siento lástima por él, mas con este atizador lo haré volver al camino del bien.

Debería concentrarse en buscar una mujer que lo aprecie.

—Como tú, ¿verdad?

—No, yo me di por vencida, no perderé mi tiempo con él. Por más que me guste, yo no le gusto y esa es la realidad. ¿Por qué afanarme con alguien así? Terminaría pareciendo una furcia.

—Después de esta noche no lo volveremos a ver.

Estoy confiada en eso. Creo que esa carta tuvo un buen efecto.

Después el consejero hablará con él, nos buscará y yo intentaré entrarle por los ojos.

Enséname esas técnicas francesas que le mostraste al marqués, quizá en esta ocasión me sirvan para atraer a ese hombre antes de que los dos cumplamos los cuarenta.

—¿No aprendiste espiándome?

—Un poco, pero no demasiado. ¿Podrías mostrarme un poco? Así te imito.

Stella suspiró y asintió. Todavía les quedaba tiempo hasta la medianoche para conversar de bueyes perdidos mientras esperaban saber si el marqués se atrevería a ir o no esa noche.

Cerca de la medianoche, Beatrice se despidió de Stella. Sus padres y sus hermanos también lo hicieron, quedándose en el pasillo por si acaso ocurría un forcejeo.

La joven se acostó en la cama y abrazó el atizador con el que atacaría al marqués. Esperaba no arruinarle el rostro, solo quería que aprendiera una lección.

La medianoche llegó y pasó, pero el hombre no apareció, por eso Stella se quedó dormida, al igual que la gente en el pasillo. Aquellos que debían cuidarla cayeron en los brazos de Morfeo.

Los dos sirvientes contratados por Wulfric llegaron hasta la casa del conde de Coventry. Durante varios minutos fueron revisando ventana tras ventana hasta encontrar una habitación ocupada por una dama. Las otras estaban vacías.

—Nos demoramos demasiado recorriendo esta casa. Tiene demasiadas ventanas…

—Lo importante es que aquí está la joven que buscamos. Hay que entrar y sacarla.

—Primero debemos hablar con ella…

—A esta hora y con la oscuridad reinante, dudo que nos trate bien. Lo mejor es no perder tiempo, dejarla inconsciente y cumplir con lo que vinimos a hacer. Ganaremos un poco más de dinero de esta manera.

—Tienes razón. Así será.

Los sirvientes entraron a la habitación de la joven y, antes de que ella pudiera reaccionar, la envolvieron con una sábana y la golpearon cerca de la nuca, ni siquiera llegó a pedir ayuda. Llevaban muchos años cobrando deudas y eran profesionales en el secuestro. No andaban con rodeos.

Aquellos bajaron por la ventana, tratando a Stella como si fuese una muñeca de trapo. Cuando subieron al carruaje, supieron que la misión estaba completada. Subirían a la joven al carruaje del marqués, cobrarían el dinero y volverían a sus vidas normales.

A las afueras de Londres, Wulfric se había quedado despierto, esperando a que llegaran con lady Beatrice, pero estaban al menos dos horas atrasados.

—Su señoría, se acerca otro carruaje —dijo el cochero que montaba guardia.

Eso despertó a Wulfric y se preparó para recibir a quien esperaba. No perdió tiempo y abrió la portezuela del carruaje.

—Pensé que les pasó algo —habló el marqués.

—La casa tenía demasiadas ventanas y eran difíciles de alcanzar, pero logramos encontrar a la joven. Estaba dormida, por eso la trajimos en esta sábana —contó uno de los sirvientes.

—Hemos cumplido, ahora nos debe pagar para poder regresar. En unas horas debemos estar cumpliendo con nuestros deberes para nuestro señor.

—Por supuesto. Han sido eficientes… —Wulfric entregó la bolsa de dinero con un poco de reticencia. Le costaba despedirse de cada moneda. Presumía de tener dinero, pero era un gran tacaño.

Ellos colocaron a Stella en el carruaje del marqués, subieron al suyo y se fueron.

Wulfric estaba eufórico. Para su buena fortuna, todo saldría bien. Ahora solo les quedaba seguir el camino a Gretna Green.

—La dejaré dormir, lady Beatrice. Por la mañana, conversaremos sobre lo que haremos después de casarnos. A partir de hoy empieza una verdadera vida de libertad.

***

En casa de la familia de Stella, Rodney se levantó incómodo. Le dolía el cuello por la posición en la que se encontraba en el pasillo. Se levantó y abrió la puerta para ver cómo estaba Stella, pero ella no se encontraba en el sitio.

—¡Stella! —gritó al ver la ventana abierta de par en par.

Cuando nadie respondió, se dio cuenta de que se habían llevado a su hermana.

Los demás miembros de la familia despertaron por su grito y se encontraron con esa escena.

—¡Se llevaron a Stella! —vociferó Rodney, quebrantado.