La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

En casa del marqués, este esperaba noticias de su lacayo.

Estuvo sentado en el jardín después del almuerzo, pues había comido demasiado y le pareció contraproducente ir a tomar una siesta en esas condiciones, después se levantaría con el estómago revuelto y dolor de cabeza.

Odiaba esa sensación, por eso evitaba dormir luego de las comidas.

—¡Su señoría! ¡Su señoría! —vociferó el sirviente que fue a espiar en la residencia del conde de Rushford.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto escándalo?

—El conde y su hijo fueron a la residencia de lord Coventry a hablar con lady Beatrice. Eso es lo que me dijo la doncella, aún no habían regresado el tiempo que estuve ahí, quizá fueron a hacer otras cosas después de esa visita.

—¿Qué? Eso no debería ser así… ¡Ay, qué mal! Las cosas me salen tan mal. Ahora este hombre arruinará mis planes, porque tal vez alguien diga que fui yo quien escribió la carta pidiéndole que se alejara de milady.

—¿Qué hará ahora, su señoría?

—Necesito saber qué ocurre en el otro frente. El otro debe ir a casa de lord Coventry y traer noticias.

—Yo le pedí que lo hiciera apenas llegué, es probable que esté llegando a esa residencia ahora que todos deben estar descansando después del almuerzo.

—Está bien, esperaré. Creo que este asunto requiere que me apresuré con esto de ir a Gretna Green. Le escribiré la carta a lady Beatrice para que esté lista. Retírate.

—Sí, señoría.

Una vez que su sirviente desapareció, el marqués dejó el jardín para entrar a su residencia.

Comenzaba a sentirse nervioso por lo que ocurriría más adelante.

Si alguien en la residencia del conde daba su nombre, este asunto iría un poco más lejos de lo calculado.

No creyó que el consejero tuviera las agallas suficientes para ir y pedir explicaciones a la persona que se mencionaba en la carta como la afectada por sus atenciones.

Las advertencias que había recibido le daban vueltas en la cabeza, condenándolo, pero debía hacer caso omiso a eso y poner en marcha el plan de retirada. Para eso necesitaba que el duque le echara una mano y así poder conseguir gente que le ayudara.

—Le está pesando la conciencia, su señoría. No estaría tan nervioso si hubiera seguido los consejos que se le dio —pronunció el sirviente de su abuelo.

—No, por favor, no quiero oír esto ahora. Me temo que debo preparar mi plan de retirada estratégica. Al menos todavía tengo más monedas para pagarle a mi gran amigo prestamista un par de sus hombres para que me haga un favor si las cosas se ponen difíciles.

—Se meterá en otro problema, su señoría. ¿Por qué se empeña en el error?

—No estoy empeñado, es solo que quiero liberar a lady Beatrice de esas personas que le hacen daño.

El sirviente movió ambas manos para despedirse. Asintió un par de veces y desapareció por el pasillo. Él no le escucharía cuando lo llamara ciego.

Wulfric fue a su despacho para escribir una corta misiva.

Enviaría a cualquier sirviente a llevar esa carta a lady Beatrice para que estuviese atenta.

En cuatro días se daría la huida de la ciudad y ella debía estar lista para irse con él si estaba dispuesta a casarse. Si no lo estaba, sería un problema.

Pasaron un par de horas y su sirviente regresó con novedades desde la residencia de lord Coventry.

—Dime que son buenas noticias. No pude dormir la siesta pensando en que el consejero fue a casa de lady Beatrice.

—La doncella confirmó que el conde de Rushford y su hijo estuvieron durante la mañana, se quedaron alrededor de media hora conversando.

Estuvieron las dos jóvenes de la casa y el conde de Coventry.

Dice que lady Beatrice lo arrojó a usted bajo las ruedas del carruaje, no dudó en señalarlo como el autor principal, ya que este caballero iba para culpar a la joven de querer agradarlo con medios tan bajos.

—Estoy al descubierto, maldición. ¿Qué más?

—Pues oyó que el consejero lo enfrentaría, pues consideraba este asunto como una afrenta personal y una conducta irresponsable de su parte.

—Estoy jodido. Mi abuelo me lo dijo, Reginald me aconsejó y Harold me lo advirtió. ¿Por qué soy tan caprichoso?

—Su señoría, debería pensar en una manera de disculparse con este caballero. Quizá la verdad le sirva como excusa.

—Pues es probable que tenga que enfrentar este asunto de esa forma. Pasaré gran vergüenza, pero quizá sobreviva. Mi abuelo estará conforme con eso, supongo.

—No me atrevo a especular sobre lo que milord pueda decirle, su señoría. Él no es tan comprensivo como piensa.

—Tendrá que conformarse con lo que me ocurra. Cuando venga el consejero, estaré preparado para persuadirlo. Ahora me iré a donde Harold suele estar. No sé a qué hora volveré.

—Sí, su señoría.

El marqués se preparó para salir de su residencia casi al anochecer.

Esperaba que el duque aún se encontrara en su negocio, aunque también podría ir a su casa.

Ese día no tenía muchas ganas de salir, debido a que no encontraría a su dama en ningún lugar porque se encontraba descansando después de lo que le ocurrió la noche pasada.

No podía creer que ella lo hubiera llamado demente al igual que lady Stella.

Las dos no se contuvieron al decirlo, y pese a no ser hermanas de sangre, casi tenían la misma reacción para con él.

No quería pensar que todos tenían razón al decirle que era ciego en su percepción con lady Beatrice, no quería creerlo, era la primera mujer que le gustaba y por la que creía tener sentimientos.

La hermana solo lo distrajo por unos días con sus juegos, le gustaron porque era un hombre, pero la diferencia entre varón y caballero radicaba en lo que podía hacer contra una dama al ser sometido a tal prueba.

Ver una pierna hermosa, un escote tentador y a una mujer bella, no era fácil de soportar, mas Wulfric lo hizo porque tenía códigos morales.

***

Cuando Harold salía de la residencia que usaba para su negocio de los préstamos, Wulfric llegó en su carruaje. Al verlo, Bruce le dijo algo en el oído al duque y este se giró a ver a su amigo, que, sin duda alguna, iba a pedirle algún favor desesperado.

—No me digas, Wulfric. Estás metido en tonterías hasta la oreja —dijo Harold al ver que este se acercaba.

—Pues no estás muy lejos de tener razón. Necesito a dos personas que me prestes.

—No son cosas, son mi personal. No van a golpear a nadie que no me deba dinero.

—No quiero golpear a nadie, lo único que deseo es que me ayuden en mi trayecto a Gretna Green.

—¿Por qué no usas a tus sirvientes?

—Porque son torpes. Los tuyos son profesionales. En cuatro días quiero escapar con lady Beatrice.

—¿Le consultaste si quiere huir contigo? Este asunto parece bastante unilateral.

—No es así, créeme. Lo que pasa es que ella no puede decidir por sí misma.

—Me parece que ella sí tiene potestad sobre su vida y quien no quiere darse cuenta de eso eres tú.

—¿Me los prestas o no? Tengo dinero para pagar por ellos y no por tus consejos.

—Mis consejos que no sirven más que para limpiar tus oídos de un lado hacia el otro. Me preocupo por ti y por lo que haces. Ya sé que le pediste ayuda al príncipe para llevar una carta. Te hice seguir por tu bien, eres tonto y necesitas que te cuide.

—¿Me has estado siguiendo? Eso no es de gente normal, querido amigo.

—Estás en un lío y te meterás en otro peor. Tú no quieres llevarte a tu querida prometida a ningún lugar, lo que quieres es secuestrarla. Eso te puede llevar a la cárcel o a un matrimonio obligado.

—Espero que sea a lo segundo. Pongo mi fe en este asunto.

—Te prestaré a dos, pero no los involucres en cosas peores, no matarán por ti, si las cosas se complican, te dejarán solo.

—Lo comprendo, te juro que lo comprendo. Nadie quiere meterse en problemas, pero necesito intentar esto, en cualquier momento el consejero vendrá a la carga.

—Te dije que no hicieras tonterías, pero tú no haces caso de ninguna manera. La prudencia es una virtud, mientras la obsesión es la perdición.

—Lo importante es que conseguí a esas personas. Mándalas a mi casa para conversar sobre una forma de hacerlo todo.

—Si todo sale mal, es la última vez que te ayudo, porque quizá será la última vez que te veré. Evita hacer más cosas que te perjudiquen.

—Sí, sí, claro… —El marqués le golpeó en el hombro y se dirigió a su carruaje.

—No debería seguir dándole alas a este loco.

—Mmm… le ofreceré a mi abuela, ella es capaz de hablar con quien sea para salvar su pellejo. Pese a que es el nieto de su enemigo, sabe que él es mi amigo.

—¿Se sacrificará por él?

—Solo es una visita para mi abuela desde la vereda. No pienso entrar y quedar atrapado. Quién sabe si me mostrará otro listado de damas que no me interesan.

—Su abuela no pierde la esperanza de que se case pronto.

—Si lo hago, no podré tener esta vida tranquila. Tendré que compartir mi tiempo y espacio con una desconocida. Eso no suena muy bien.

***

La carta llegó a la morada de lord Coventry. Iba dirigida a Beatrice y todos sabían lo que eso significaba, solo podía provenir de una persona: el marqués de Howard.

—Si no fuera por ese tónico y los litros de té que he bebido a lo largo del día para los nervios, estaría temblando —expresó Beatrice con la carta en la mano.

—Léelo, queremos leer su nuevo delirio —pidió su hermano.

—Es probable que me diga que pronto huiremos; al menos yo no lo haré, se irá solo a donde le dé la gana.

—No saquemos conclusiones. Quiero saber qué locura se le ocurrió a este ciego —pronunció Stella con una sonrisa socarrona.

No le quedaba más que burlarse del marqués.

Entre ellos era evidente que no podía existir nada y ella tenía que continuar con su búsqueda de esposo al igual que su hermana.

Tenía que ser más exigente con sus gustos para no volver a fijarse en alguien como Wulfric.

La joven abrió la carta y leyó en voz alta el contenido.

Estimada lady Beatrice.

Espero que se encuentre bien de salud, también deseo no haber sido el causante de su caída.

Tal vez mis palabras fueron duras, pero se debieron a mi impaciencia por tenerla.

Por eso, he considerado prudente que la busque en cuatro días a la medianoche para que huyamos juntos para casarnos.

Agradecería que me dijera cuál es su ventana para agilizar las cosas. Enviaré a unas personas a buscarla.

Atentamente,

Wulfric.

—Bien, él está rematadamente loco —musitó el conde negando con la cabeza. Nunca había oído de alguien con tanta locura en su interior.

—En cuatro días quizá este consejero lo acabe de alguna manera. Debemos tener paciencia —sopesó la madre.

—Lo mejor es tenderle una trampa, hacer que venga y que se vaya con las manos vacías. Podemos golpear a esos hombres para que nunca se les ocurra regresar —habló Stella envalentonada.

—Sí, entonces, ¿qué les parece si pongo la habitación de Stella como referencia?

Primero me negaré y le diré que no estoy interesada en él, con lo tonto que es estoy segura de que esas palabras caerán en saco roto y vendrá de todas formas.

Ahí golpeamos a sus compinches y solucionamos esto.

No volverá a intentar nada. Si todo esto falla, un francés no será una mala opción —razonó Beatrice.

—¿No será peligroso para Stella? —indagó Rodney, preocupado.

—No, no es alguien tan peligroso. Con una lección aprenderá. Este es el fin de su recorrido hacia Beatrice. Necesitamos librarnos de él —declaró Stella con determinación.