Capítulo 20
El conde de Rushford y su hijo salieron de la residencia para ir rumbo a la de lord Coventry.
Ellos querían aclarar cualquier malentendido entre ambas familias.
Querían saber la verdad sobre el asunto y esperaban que no tuvieran nada que ver y que fuera una triste coincidencia o confusión, aunque la precisión con la que se entregó la carta no podía ser un error.
Solo algún tipo de espía podía hacerlo. Por un rato se le cruzó por la mente la idea de que en realidad los enemigos del país estaban pendientes de lo que un consejero podía manejar de información privada y sensible para la seguridad nacional.
Cuando llegaron a la casa del conde, el sirviente que acompañaba a padre e hijo tocó la puerta para anunciar su llegada.
—Buen día, ¿en qué puedo servirles? —preguntó el mayordomo de la residencia de lord Coventry.
El criado de lord Rushford le entregó la tarjeta de presentación de ambos para que no hubiese duda. Los ojos del mayordomo se abrieron de par en par y los miró.
—Veré si lord Coventry está disponible en este momento. Por favor, acompáñenme a la recepción.
Los dos entraron y entregaron sus sombreros al hombre de servicio para esperar respuesta.
—En esta casa el aroma del perfume es bastante fuerte. Se nota que hay damas aquí —comentó Wilbert observando a su alrededor. No estaba acostumbrado a salir demasiado y por eso cuando llegaba a cualquier sitio los aromas le parecían más fuertes.
—Sí, el conde tiene dos hijas, una real y la otra es de su esposa que enviudó. Es una familia interesante.
El mayordomo fue a buscar al conde de Coventry, que estaba en el salón lateral con Beatrice y Stella. Le habían conseguido el tónico a la joven y esta lo tomaba en compañía de ellos, mientras su madre estaba en la cocina haciendo el menú de la semana y su hermano mayor estaba en el despacho.
—Disculpe la interrupción, milord. Han venido dos visitas importantes —anunció el sirviente.
—¿Visitas importantes? —indagó y el mayordomo no perdió tiempo para entregarle las tarjetas.
Al leer los nombres, él casi se desmaya de la impresión.
Las tonterías del marqués tenían ramificaciones profundas.
Esto no era fácil de afrontar. No tenía idea de qué había ocurrido para que estuviesen ahí.
—Iré a verlos en un minuto. Que pasen al salón grande, ofrece té o whisky, lo que sea…
—Sí, milord.
—¿Qué pasa, padre? —inquirió Beatrice con su taza de tónico en la mano.
—Tengo visitas…
Stella miró al conde con lástima. Él no quería que su hija reviviera la crisis nerviosa de la noche anterior. Deseaba protegerla, pero no había forma, ya sabían que esto pasaría.
—Padre, dígale quiénes son. Sabíamos que algo así pasaría tarde o temprano, fuimos advertidos…
—¿Qué quiere decir Stella, padre? No me diga que es… el consejero…
—Sí, él y su padre están aquí. Los recibiré, no te preocupes, Beatrice. Que Stella te cuide aquí.
—No, padre. Esto es mi culpa. Si le hicieron daño, me sentiré tan culpable. Me mataré si algo malo le pasó. Necesito escuchar de sus labios lo que le ha hecho ese malvado.
—Beatrice…
—Padre, deje que lo haga, si no lo hace, Beatrice no tendrá paz. La arreglaré un poco para que no vaya impresentable. Lo alcanzaremos en un rato.
—Está bien…
El conde se retiró de ese salón y fue a recibir a los recién llegados.
—Bien, te hace falta un poco de color en la cara, Beatrice. No tengas miedo, el consejero no está muerto, sino que está vivo y tal vez buscando una explicación. No te atormentes por nada.
—Ese marqués es mi ruina. Por su culpa no solo me pasan cosas malas, sino también a otros. Es un gafe.
—Tal vez lo sea, pero ya lo hemos conocido.
Si lo vuelves a ver, solo dile lo que sientes de verdad, no seas amable.
Todo esto pasa porque sigues convencionalismos que no llevan a nada.
Debes ser clara y decirle que no quieres nada con él.
Este hombre interpreta hasta tus eructos como símbolos de amor.
Es un caso perdido, es probable que, sabiendo la verdad, deje de ser un demente enamorado de la nada.
—Lo sabía, pero no me atreví a ser más malvada. Fui grosera para alejarlo, pero no conseguí nada, y ahora tengo las consecuencias. Debo hablar con la verdad, por más que esta duela.
—Lo entendiste tarde, pero al final es así. Te arreglaré un poco para poder ir a escuchar un poco. Quizá estas personas no estén enfadadas y quieran conversar con tranquilidad.
Beatrice asintió ante las palabras de su hermana que lograban calmarla. Ella mantenía la calma pese a haber sido calumniada por el marqués. Se mantenía íntegra y perfecta ante las peores situaciones. Era digna en todos los aspectos.
Lord Coventry llegó al salón en donde se encontraban padre e hijo. Los tres se saludaron y al poco tiempo llegaron Beatrice y Stella para escuchar lo que tenían que decir. Sabían que la pobre Beatrice estaba implicada en esa tontería sin querer y deseaban solucionar el malentendido.
—Disculpen que no conozco el motivo de la visita y tampoco me atrevo a especular sobre ello —pronunció el conde de Coventry con cautela.
Wilbert observó a las jóvenes que estaban cerca y las dos le parecieron hermosas. En mucho tiempo no había estado expuesta a mujeres que no fueran de su familia, pero esas eran excepcionalmente bellas, hasta lo llevaron a sonrojarse.
A Beatrice también le pareció atractivo el joven que debía ser el consejero. No quería decir nada, solo esperaba que su padre las presentara con los visitantes y saber si existía hostilidad de ellos hacia la familia o no.
—Milord, venimos por un asunto que puede parecer insignificante para cualquiera, pero en nuestro caso, tomamos las cosas con cautela. Ellas deben ser sus hijas… —habló el padre de Wilbert observándolas de cierta manera con aprobación, eran más bonitas que las damas promedio.
—Sí, ellas son Beatrice y Stella.
—Es un placer conocer a tan distinguidas damas. Él es mi hijo, Wilbert Bellamy.
Las dos hicieron sus reverencias estudiadas desde que tenían memoria. A Stella el joven hijo del conde le parecía agradable a la vista, no estaba deslumbrada como sí parecía estarlo su hermana, que al parecer olvidó que tuvo una crisis hacía poco tiempo.
—Es un gusto saludarlas —replicó Wilbert reconociendo a la mujer mencionada en la carta. Si ella había enviado aquel papel, podría decir que fue una jugada magistral, tenía confianza en que podía atraerlo de alguna manera, pero si no era todavía, le quedaban dos opciones: un interesado o un espía.
—Siéntense, por favor. Así conversaremos mejor —pidió el conde al ver que todos estaban de pie.
—Gracias, milord. Mi hijo y yo venimos porque él recibió una carta ayer por la noche. Alguien la dejó sobre la cama estando Wilbert en el lugar, no se sabe cómo lo hizo, solo que tenía una gran agilidad.
—¿Una carta? —curioseó lord Coventry.
—Sí, una en la que mencionaba que me alejara de lady Beatrice por mi bien…
—declaró Wilbert—. Cabe destacar que no conocí a su hija hasta el día de hoy.
No soy una persona asidua a las salidas y desconozco la razón por la que alguien enviaría semejante cosa a mi residencia y se burlaría en mi nariz.
Cuando la familia de Beatrice oyó eso, sabían quién lo había hecho, no tenían ninguna duda al respecto.
—Queremos saber quién es esta persona o si es su propia hija intentando llamar la atención de mi hijo.
No quiero acusar a nadie, pero no es la primera mujer que intenta meterse por los ojos de Wilbert usando todo tipo de tácticas.
Desde que se supo que es consejero, las damas se han vuelto un poco locas y nos cuesta mantenerlas a raya.
—Mi hija no ha sido y puedo poner las manos al fuego por ella sin temor a quemarme… ella…
—Padre, deje que yo explique lo que pasa. Esto es por mi culpa y merecen una explicación por ser víctimas colaterales de lo que ocurre —dijo Beatrice que después suspiró—. Sin temor a equivocarme, fue el marqués de Howard.
—¿El marqués de Howard? No tengo ningún problema con él, de hecho, ni siquiera lo conozco.
—No se preocupe, yo tampoco tengo nada con él y este hombre está obsesionado conmigo desde hace un par de semanas —confesó avergonzada.
Stella asintió ante lo que decía su hermana, por fin estaba contando a otros lo que tenía dentro, era como una liberación.
—Pero eso no explica cómo llegó hasta mi hijo —intervino lord Rushford.
—Es algo vergonzoso, pero debo contarlo.
Mientras intentaba librarme de él, inventé el perfil del caballero que me gustaría y lo describí, no tengo idea de cómo llegó hasta milord, pero debe tener todo lo que dije.
Se ha tomado el tiempo de averiguarlo, no tiene nada que hacer, por lo visto.
Pido disculpas por los inconvenientes ocasionados.
Me temo que todos hemos caído en el juego de esta persona.
Esas palabras hicieron que Wilbert se sonrojara.
Él era la persona ideal para lady Beatrice según su relato.
Si se llegaba a comprobar que era cierto, la tendría en cuenta, aunque solo tendría esta temporada si estaba interesado en ella.
Era hermosa y se notaba que pasaba vicisitudes con este marqués.
—Ayer mi pobre hija tuvo un desmayo a causa de este caballero.
Todos los asistentes a la velada de ayer pueden dar fe del problema de Beatrice a causa del marqués de Howard.
Fue este asunto de involucrar a un inocente lo que le llevó a tal situación.
Ese hombre dijo que se encargaría del consejero y vaya que esta fue su forma de hacerlo.
—Entonces no estamos lidiando con una mujer que quiere casarse conmigo y tampoco con un espía, sino con un enamorado. Qué cosa más incómoda —musitó el padre de Wilbert.
—Algunos caballeros no conocen su lugar y quieren forzar las cosas. En este caso, le enviaré una carta a este hombre instándolo a que no siga con sus maquinaciones y que la deje tranquila.
—Prefiero que no lo haga, conociendo a este señor, quizá lo vea como un rival directo. Es mejor esperar un milagro. Lamento tanto esta confusión, milord. Espero que me disculpe.
—De verdad quisiera conversar con él para confirmarlo. No es que no le crea, milady, pero es mejor prevenir que lamentar. Por mi cargo no puedo ser un blanco fácil para nadie. Este marqués será llamado ante mi presencia. Si no hay nada que temer, entonces usted no tendrá inconvenientes.
—Lo dejaremos en sus manos, milord. Usted es el afectado colateral y es importante que aclare los hechos ante él. Espero que lo amenace y desaliente este tipo de acciones. Mi hermana no puede salir tranquila a ningún baile, es un verdadero suplicio —intervino Stella.
—Lo haré. Solo hemos venido por esto. Cuando tenga noticias, lo comunicaré.
Wilbert miró a su padre para que entendiera que debían irse.
Consiguieron lo que buscaban. Todo apuntaba a un enamoradizo que no sabía entender que no era correspondido.
Las explicaciones de la joven parecían descabelladas, pero no irreales.
Como consejero, debía interpretar cada actitud conocida o desconocida de la gente y no solo desecharla por parecer absurda.
—Nosotros nos retiramos. Disculpen las molestias —habló lord Rushford.
—Por favor, no se disculpen, este asunto es por nuestra culpa. Espero que todo se aclare en el futuro próximo —musitó lord Coventry.
Los dos caballeros hicieron una reverencia antes de irse y ellos correspondieron a ese gesto.
—Este marqués sí que ha perdido la cordura. Alguien debe ponerle un límite a su locura —alegó Beatrice.
—Sí, estoy de acuerdo con mi hermana, padre. Qué mejor persona para hacerlo que este daño colateral. Creo que esto hará que el marqués ponga los pies en la tierra y se olvide de una vez de Beatrice. Dejará a nuestra familia en paz.