La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Wulfric regresó temprano a su residencia.

Supo por los anfitriones que toda la familia del conde de Coventry se retiró porque lady Beatrice se sintió mal.

Eso no le hizo sentir mejor a él, únicamente lo alertó sobre el comportamiento de esas personas y estaba preocupado por ella, sentía temor de que estuviese siendo maltratada no solo por lady Stella, sino también por su propia familia, lo que intensificaba sus preocupaciones.

Ellos le parecían amables, incluso lady Stella, pero después de sacar sus propias conclusiones, no la tenía en un buen lugar ante sus ojos.

Lady Beatrice casi podía beatificar a su hermana y la otra hacía lo mismo.

Las dos parecían quererse, pero para él la bruja era Stella.

No podía creer que su hermana no estuviese interesada en su persona, no creía que hubiese malinterpretado nada.

—He terminado con el encargo —anunció Ming, colgada desde la ventana abierta del marqués.

Al oír la voz de la doncella de la casa de Reginald, este casi sucumbe ante el susto por creer algo paranormal.

—¡Usa la puerta, por un demonio! —masculló con ambas manos sobre el pecho.

—Disculpe, su señoría, pero solo he venido a informar y no a quedarme. Todavía debo acostar a mi señora.

—¿Cómo hiciste para dejar la carta?

—A ese hombre le gustan las ventanas abiertas tanto como a usted. Apenas se dio vuelta para acomodarse y le puse la carta al lado. Todavía debe estar preguntándose cómo llegó eso hasta ahí.

—Qué eficiencia, Ming. Gracias…

—¿Solo gracias?

—Ah, sí, es cierto…

El marqués buscó la bolsa de dinero que había apartado para ella.

—Ten, espero que esto te complazca.

—Cuando tenga otro encargo, no dude en avisar. Es un placer hacer negocios con usted.

—Me saliste cara.

—Lo que hago no es para gente pobre o tacaña. Buenas noches, su señoría.

Antes de que él pudiera replicar, la joven se había desvanecido de su ventana.

Sí que valía la pena cada guinea que le dio.

A partir de ese instante solo le quedaba esperar que el consejero se abstuviera de perseguir a lady Beatrice.

Quería ser el mosquito que zumbaba en esa casa para saber lo que pasaba con ese hombre.

Tendría que enviar a su sirviente al día siguiente para que averiguara sobre la nota recibida. Alguna repercusión debería causar.

Para Wulfric todo estaba marchando sobre ruedas en cierta parte, pero no podía dejar de pensar en las palabras que cruzó con esas dos mujeres y que ellas también le dijeron a él.

Por un lado, se sentía culpable, aunque por el otro también fue engañado.

Se sintió burlado y eso no era agradable.

Todo parecía malo; sin embargo, ser deseado por una dama y que hiciera cosas malas por él parecía un halago.

Lady Stella era bella e inteligente, sabía ocultar su malicia con astucia y en ningún momento parecía la villana, si no supiera el trasfondo de todo, creería ciegamente en ella por cómo era. Daba la imagen de una dama confiable.

Suponía que no estaba siendo injusto con nadie, solo ponía las cosas sobre la mesa y las dejaba claras, no quería que existieran malentendidos, por eso pudo parecer desagradable ante esas dos hermanas, mas la verdad debía imponerse.

Pudo ser rudo y no controlar su malicia, pero necesitaba decir lo que pensaba para que no le siguieran viendo la cara de tonto.

Al día siguiente, él se levantó con una sonrisa y fue a desayunar. Su abuelo lo ignoró al verlo entrar al comedor y siguió comiendo.

—Buen día, abuelo… —saludó.

—Llegas tarde, como siempre. ¿Nunca te reúnes con gente importante? ¿No tienes administradores? ¿Qué haces todo el día encerrada entre estas cuatro paredes? Te falta mundo, jovencito.

—Tan temprano y comienza a acusarme de lo que le place, abuelo. Hoy estoy de buen humor porque ayer cumplí con dos cosas importantes. Su amargura de anciano no hará que lo bueno se desvanezca.

—¿Qué maldades has hecho? Vamos, cuéntale a tu abuelo que no tiene chismes jugosos de los cuales alimentarse entre estas cuatro paredes.

—No tengo nada nuevo de la duquesa viuda. Desde que encerró al duque y este se escapó, no he vuelto a saber de sus hazañas.

—¿Qué me importa esa señora? Si ella muere antes que yo, estaré feliz.

—A estas alturas todavía se preocupa por competir por quién morirá primero, qué espectáculo tan bochornoso...

pero en fin, allá cada cual con su deshonra.

Si quiere saber sobre mi asunto, escuche con atención.

Ayer en el baile, encaré a lady Beatrice y lady Stella por separado, por supuesto que fui comprensivo con milady, porque ella es una víctima de toda esa familia que la rodea, en cambio, con la que intentó seducirme fui más duro.

El abuelo se golpeó la frente con una mano y luego negó con la cabeza. Ni siquiera se pondría a discutir con su nieto, porque no tenía sentido. Tenía la habilidad de ser despistado para el amor.

—Una tontería más en tu haber. Todo un ganador, Wulfric.

Si tu padre y el resto de nuestros familiares no se están revolcando en la tumba, es porque no saben lo que hiciste, ya que esto es indigno hasta para la familia de tu padre.

La gente creerá que existen gusanos gigantes en los cementerios, pero son solo tus antepasados queriendo salir a partirte la cabeza.

—No es para tanto. Solo dejé las cosas claras. En una semana pienso enviarle una carta a lady Beatrice para planear nuestra huida a Gretna Green, si eso no funciona, veré otras formas. Del consejero me encargué anoche.

El anciano que estaba masticando su desayuno lo escupió al oír lo que aquel ingrato estaba diciendo. Sin dudarlo, cogió su bastón y lo golpeó en la cabeza al menos cinco veces.

—¡Qué crees que estás haciendo! ¡Tonto! Te metes en un hoyo con aceite para que te quemen. Si hubiese vivido menos, esto no me estaría pasando. ¿Por qué sobreviví a todos? Debí casarme con otra mujer y no con tu abuela para que no existieras.

—No se preocupe, abuelo, no he dicho nada de mí en la carta. ¿Usted pensaba que lo mandé matar? Para mi suerte, me persuadió el príncipe.

—Al menos ha servido de algo ese jovencito que solo quiere holgazanear todo el tiempo.

—Sí. Debo confesar que me lo advirtieron mucho hasta convencerme de que sería un error firmar esa nota con mi nombre.

Solo le pedí que se alejara de lady Beatrice.

Alguien como él no debería inmiscuirse en líos de faldas, son una familia respetable.

Apelando a esa idea es que decidí escribir y esperar lo mejor en este caso.

—Si nadie más que la familia del conde sabe que tú eres el pretendiente demente que le escribió, todo estará bien; sin embargo, si quiere ponerse quisquilloso, puede llegar hasta ti, para eso únicamente se necesita entrevistar a los de la casa y nada más, te delatarán sin falta.

Eres el candidato más insufrible que cualquier dama podría tener.

—Lo dudo. Si todo lo que dicen ustedes es cierto, ese hombre está demasiado ocupado para perseguir a un insufrible como yo. Y sí, el supuesto de que milady y él no se conocen también es verdad, el consejero lo tomará como una broma. No creo que llegue a evolucionar demasiado este asunto.

—Reza de rodillas para que así sea. Algunas personas se toman las afrentas muy en serio. No te confíes.

—Estoy bastante confiado en que será como pienso. Creo que tengo una estrella de la suerte.

El hombre mayor no quería seguir oyendo las tonterías del marqués.

Era demasiado tonto para entender las cosas.

Él no tenía ninguna estrella de la fortuna, sino más bien tenía exceso de confianza en sí mismo, lo que, al final de cuentas, no le traería nada bueno, porque eso no reemplazaba la inteligencia real.

Después del desayuno, el marqués fue a la biblioteca y mandó llamar al mozo que debía encargarse de la doncella de la casa del conde de Rushford.

—Quiero que vayas a hacer una visita a la residencia. Toma estas dos monedas y cómprale algo a la doncella para que sea más colaborativa… —dijo Wulfric.

—Sí, su señoría. ¿Qué necesita que averigüe?

—Pregunta qué hay de nuevo en la residencia, pero no lo hagas evidente, dale uno o dos besos o muéstrale un poco de ese torso peludo que tienes. No creo que no cuente nada.

—Su señoría, solo soy un informante, no vendo mi cuerpo.

—No te dije que te ofrecieras, solo que insinúes. Las doncellas son un poco libertinas. Tú eres atractivo, ¿qué tiene de malo usar tus dotes para conseguir lo que quieres? Si estuviese prohibido hacerlo, el infierno sería solo para mujeres.

—Lo intentaré, pero si me toca, correré.

—Si no consigues información del amo, ni te molestes en volver si llegas a correr.

Una vez que terminó de darle las instrucciones, aquel hombre se retiró para cumplir con su cometido, debía averiguar para su patrón lo que este había pedido y regresar a su lugar seguro con techo y comida.

Para el marqués, ese día sería difícil, puesto que debía sobrevivir a la ansiedad de saber lo que ocurriría con el único obstáculo que podía tapar su sol.

***

En casa del conde de Rushford, Wilbert Bellamy comunicó a su padre sobre la amenaza recibida recién por la mañana, pues su padre se había acostado a dormir temprano porque no se sintió bien.

Tenía algunos problemas de salud propios de la edad y no quería fatigarse demasiado para vivir más, al menos esa era la excusa que siempre daba.

—¿Quién osa escribir semejante tontería? —preguntó lord Rushford, que arrojó la carta sobre el escritorio.

—Alguien que tiene mucho tiempo libre y a quien le falta un libro —respondió Wilbert.

—¿Qué clase de encanto debe tener esta tal lady Beatrice?

—No lo sé, padre, y tampoco me interesa saberlo.

—Este tonto debió equivocarse de persona. Tú no conoces a esa mujer, ¿cómo podrías cortejarla?

—Es absurdo. Es un tipo cobarde que tiró la piedra y escondió la mano, pero bueno, no le daremos cuerda para molestar. Dejemos este asunto.

—¿Dejar este asunto? Nadie ofende a mi familia intentando amedrentar y sigue vivo.

—Padre, no se meta en esto, está enfermo.

—No estoy enfermo para cobrar las ofensas familiares.

—No se lo tome en serio. Escuche, también he pensado que puede ser la misma lady Beatrice. No será la primera que intenta llamar mi atención desde que me designaron consejero. Hacen de todo. ¿No recuerda a la última que se arrojó frente a mi caballo?

—Sí, fuiste amable al no pisarla, pero lo merecía.

—Y la otra que se metió a uno de los probadores de la tienda de ropa.

—Estuviste a punto de ser incriminado por esa. De verdad que esa fue la peor de todas.

—Sí, pero ellas han recibido su castigo, esta no me ha hecho daño, por eso es mejor no prestarle atención.

—No. Estás equivocado, debemos usar como ejemplo a esta mujercita. Si está haciendo este tipo de cosas, no debe ser una buena persona. Debemos detenerla antes de que vaya a los extremos.

—Una visita a su residencia servirá como advertencia de que no debe jugar con esas cosas si no está dispuesta a sufrir las consecuencias, pero si no fue ella, llegaremos al verdadero culpable por su vía.

—Es cierto. Lo importante es desalentar estas actitudes absurdas en las jóvenes. Algunas buscan un buen matrimonio de esta manera, pero no es la correcta. Esta es una de las razones por las que me casé tarde.

—Lo mejor hubiera sido conseguir esposa antes de ser consejero, sin embargo, estas cosas son así. Dudo que consiga una dama pronto, tal vez en unos diez años sea una buena idea, cuando el trabajo sea un mero trámite diario.

—El tiempo pasa rápido, pero no esperes diez años, con cinco es suficiente. No he podido acompañarte bien a lo largo de este tiempo. Es mejor tener a los hijos jóvenes.

—Es cierto, no obstante, será lo que el destino me depare.