Capítulo 18
—¿Salvar mi dignidad perdiendo la suya? Es absurdo. Es tan diabólica para usar una causa noble para tergiversar cualquier hecho. No puedo creer que sea tan malvada.
—Se atreve a cuestionarme… Entonces, no me contendré al cuestionarlo también. No se da cuenta de lo que pasa. Mi hermana no lo quiere y se lo ha dicho y ha dado señales de todas las formas educadas y no educadas.
—No le creeré absolutamente nada. Ella no me ha dicho que no le interese. Ha sido celosa al verme bailar con otras y a usted la respeta porque la tiene intimidada con alguna cosa.
—¿Yo la tengo intimidada? ¡El único que la intimida es usted, que no la deja tranquila!
Desde que llegué de Francia habla de cuán intolerable es.
Y yo, como una tonta, lo he defendido, diciéndole que no encontraría un mejor candidato que usted, pero resulta que no está bien de la cabeza.
Beatrice siempre tuvo razón. Hoy me río de mí porque me he jactado de saber más y de tratarla de loca por huir de su persona. No sabía que la tonta era yo.
El marqués la miraba con burla. Aquella mujer se defendía con lo que podía, pero él no se dejaría convencer por nada. Estaba interpretando el papel de víctima como lo hacían los verdaderos villanos.
—No arruinará lo que quiero construir con ella.
—Ah, ¿quiere construir un castillo en las nubes o una torre de naipes que se le caerá en la cabeza? De verdad creí que tenía un poco de inteligencia, pero está ciego y es incapaz de ver lo que es evidente. Puedo dar mi vida al decirle que no soy la única persona que le ha dicho que está errado.
—Pues eso no le incumbe. Lo que yo haga o deje de hacer con mi vida no es asunto suyo y menos lo que dicen los demás. Me pueden aconsejar todo lo que quieran; de mí dependerá aceptarlo o no.
—Parece hasta razonable, hasta que se conoce su terquedad al no querer aceptar la realidad de las cosas. No seguiré peleando con usted. Me resultó agradable hasta que conocí esta faceta de usted que es irracional.
—A mí también me pareció agradable hasta que supe que era una víbora ponzoñosa y egoísta.
—No tenemos nada más que hablar, su señoría. Espero que no vuelva a acercarse a mi familia, porque después de esto, nadie será amable.
—No necesito que lo sean. Pronto me llevaré a su hermana para que se libere de una banda de crápulas como ustedes.
Stella, enfadada, alzó el pie y, con la furia destilando en sus ojos, pisó al marqués en el pie izquierdo y después se retiró. El grito ahogado del hombre llamó la atención de las personas que estaban alrededor. Merecía sufrir un rato por ser un imbécil.
La joven fue a buscar a su familia. Todos ellos estaban en el jardín abanicando a Beatrice.
—¿Cómo está Beatrice? —interrogó Stella, preocupada.
—Se ha desvanecido dos veces. No ha podido contarnos nada. La llevaremos a casa y buscaremos a un médico. No sé qué le dijo ese hombre, pero no ha sido algo agradable —masculló Rodney.
—Es lo mejor. En casa yo puedo contarles algo de lo que pasa y lo hablaremos con Beatrice —dijo la joven que dio un suspiro largo.
Estaba tan decepcionada del marqués que le dolía el corazón.
Nunca nadie la había tratado de esa manera.
Ella lo había defendido contra lo que su hermana con tanta razón le había dicho.
Fue ciega y caprichosa al no comprender las vicisitudes de la pobre Beatrice que a gritos pedían que la alejaran de él.
Tenía tanta razón que se sentía estúpida al recordar que dijo que el marqués parecía el más normal del mundo y que ella era una tonta al no aprovechar la oportunidad.
Su cara de bufón era digna de que la apreciara todo el país por haber creído que alguien malo fuese bueno.
Incluso la acusó de ser malvada y urdir planes contra su querida hermana y amiga del alma.
Entre todas las personas del mundo, Beatrice era la mejor, porque jamás la juzgó ni le reclamó por invadir su casa y compartir a su padre, siempre la trató con igualdad y afecto.
El complemento de familias fue perfecto desde el principio, hasta que llegó este hombre para arruinarlo todo.
Se retiraron de la velada al poco tiempo de estar ahí. No alcanzaron a cumplir con ningún compromiso que asumieron, solo les quedó pedir disculpas al administrador y excusarse con el malestar de Beatrice.
En el carruaje, Stella abrazaba a su hermana, que tenía los ojos cerrados.
Ese hombre debió decirle algo que la dejó tan impactada para no poder hablar.
Antes de que ellos llegaran a su casa, el médico ya los esperaba en el salón.
Uno de los lacayos que los acompañaba fue a buscar al profesional mientras ellos se dirigían a su vivienda, por eso aquel llegó antes.
La subieron a la habitación y la recostaron en la cama. Todos estaban pendientes de su salud.
El médico comenzó a examinarla ante la mirada de la familia. Todos ahí se reventaban los dedos de las manos por los nervios. Beatrice estaba despierta, pero parecía no estar ocupando su propio cuerpo.
—Ella tuvo un gran disgusto que la ha desgastado. Se recuperará en las próximas horas. Recomiendo que evite a la persona que le causó este problema o pronto podría recaer en este asunto —describió el médico.
—Lo haremos, doctor. La cuidaremos.
—Le daré la receta de un tónico para que lo compren mañana del boticario. Ahora pueden darle un té tibio, nada que la exalte. Debe evitar el alcohol o podría ponerse violenta. Si no quiere hablar de lo que le ha puesto mal, no insistan.
—No se preocupe, nos encargaremos de que Beatrice esté bien… —declaró lord Coventry un poco más tranquilo.
La joven se tranquilizó un poco con un té. Sabía que su familia estaba pendiente de lo que contaría y, para no exaltarse, esperó a calmarse, porque lo que diría quizá la pusiera enferma otra vez.
—Sé que todos están aquí porque quieren saber lo que pasó con el marqués… —musitó Beatrice acomodándose en la cama para comenzar su relato.
—Si te hace daño, no hace falta que lo cuentes, Beatrice —pronunció su madre.
—Necesito que lo sepan, no quiero que vivan a oscuras en este asunto…
—Tengo una idea de lo que conversaron. Beatrice, te pido disculpas por no haber creído en lo que tú veías. Debo admitir que el ego se me subió a la cabeza al desconfiar de ti y al decir que alguien como él era normal. No, no lo era.
—Por fin lo entiendes. Stella, puedes comer lo que quieras, pero no decir cualquier cosa.
Desde un principio vi que no era normal.
Su mirada demente me acechaba desde la primera noche.
Una admiración desmedida no es algo bueno, porque tampoco he visto maldad en él.
Es peligroso que no admita que una persona que le gusta no necesariamente debe corresponderle.
—Quiero saber qué fue lo que te dijo para que terminaras sin aliento y desmayada —indagó su padre.
—Dijo tantas cosas que olvidé las menos importantes y recordé las peores.
Habló muy mal de Stella, la trató como una mujer mala y envidiosa que me haría daño solo para quedarse con él, porque descubrió que el asunto del doctor era falso por una coincidencia desafortunada.
El mismo día trató a la duquesa viuda, su nieto descubrió todo al ser encerrado en la casa por ella y de ahí el marqués sacó conclusiones absurdas, acusando a mi hermana de villana.
El suspiro de Stella resonó en la habitación. Sus padres y hermanos la miraban con incredulidad porque jamás pensarían algo así de ella.
—El marqués cree que yo intimidé a Beatrice para que no se vieran.
Es lo más irreal del mundo. Solo cumplí con lo que ustedes dijeron que debía hacer.
No creí que las cosas se saldrían de control y que quedaría como una descarada, sinvergüenza, oportunista e intrigante.
Me lo dijo en la cara. Debió ser un poco cortés con mi hermana, como no pudo serlo conmigo.
—Qué desafortunada coincidencia. Fuimos expuestos de manera tan descarada. Es una vergüenza, pero eso no es lo que importa —alegó Rodney—. Creo que de cierta manera esto puede ser bueno.
—¿Ser bueno? ¿En dónde? Ese loco me dijo que iba a darle una lección a alguien, al nuevo consejero de su majestad, solo porque yo inventé un par de requisitos que me gustaría en un caballero.
Él se tomó la molestia de buscar y, para mi desgracia, se dio la casualidad de que se tendría un consejero.
Me siento tan culpable al pensar que he dejado a una persona inocente a merced de un demente.
Para ese momento, el conde comenzó a sudar frío.
Si el marqués llegara a mencionarlos al hacerle algo al hijo del conde de Rushford, podían considerarse muertos.
Éste ya entendía lo que ocurría con su hija y la razón de su colapso.
Cualquiera estaría en su misma situación si lo culparan de seducción y usaran su nombre para hacer daño.
Él se sentó en un sillón de la habitación para no desplomarse en el suelo.
—Esto es grave, muy grave. Querido, ¿qué vamos a hacer?
—Familia, eso aún no es todo… —habló Stella que se sentó junto a su hermana.
—¿Todavía hay más? —cuestionó su padre.
—Viniendo de ese hombre, siempre hay más sorpresas…
—comentó Beatrice—. Dime si es lo que me dijo, Stella.
Él afirmó que me llevaría a Gretna Green para que nadie pudiera separarnos…
¡Qué hice mal! ¡Solo salí a una velada! Esto es tan horrible…
¿Por qué salí el día que lo conocí? ¿Acaso el destino es tan miserable conmigo para darme semejante castigo?
—No solo te castiga, sino que nos castiga a los demás y a un inocente. Tengo miedo por el consejero. Si el marqués menciona tu nombre, estaremos perdidos, podríamos ser acusados de atentar contra alguien importante… —lamentó lord Coventry.
—¿Qué podemos hacer para salir de este aprieto? —interrogó Rodney, preocupado.
—Se me ocurre que vayamos de viaje a Francia al menos por un año… —propuso Stella.
—Pero perderían sus oportunidades de un buen matrimonio aquí… —replicó su madre.
—Es eso o que nos pase algo peor. Si raptan a Beatrice, ella es capaz de suicidarse, madre. Perder un año es mejor que perder la vida solo por querer casarse. Es mejor soltera y viva que soltera y muerta. No nos conviene que nos asocien con la demencia del marqués… —declaró Stella.
—Tu lucidez es envidiable, hermana, porque, pese a que te gusta, eres capaz de verlo como es —dijo Beatrice.
—Que alguien nos guste no significa que debemos ser ciegos. Él está equivocado y lo peor es que no deja de hacerlo. Ahora lo importante es cuidar a Beatrice, en cualquier momento puede pasar algo.
—Es cierto, dijo que enviaría una carta cuando todo estuviese listo para huir…
—No saldremos de esta casa en semanas. De aquí no salimos ni con una invitación al palacio. Como cabeza de familia, declaro que debemos cuidar a Beatrice de alguien obsesionado y confundido. Tal vez algún día se dé cuenta de las cosas, pero este no es su tiempo.
Ellos sabían que salir era como colocarse en el mapa del marqués, por eso debían permanecer ocultos en su casa y solo reaccionar cuando se dieran las circunstancias. No podían poner en alerta a nadie porque alguien corría peligro de ser raptada.
Después de contar lo más relevante, Beatrice se durmió, pero Stella no fue a su habitación, se quedó junto a su hermana. Estaba preocupada por toda la situación, no solo por ella, sino también por el marqués y el consejero.