Capítulo 17
—Tienes razón, querida, no hay muchas oportunidades para los demás hijos de familias ilustres.
—Sigues siendo tonto, todas las familias que llamas ilustres tienen un lugar en la corte o el parlamento, solo aquellos que decidieron dedicarse al comercio o a la agricultura.
Creo que estar encerrado con problemas todo el día no parece muy apetecible para muchos de nosotros, por eso no estamos metidos en la política.
No podemos ni siquiera envidiarlos. Es mejor vivir esta vida sin preocupaciones —alegó la esposa del conde.
—Es cierto, madre. De no ser así, ni siquiera podríamos viajar en paz cada vez que lo deseamos —apoyó Rodney.
—¿Qué tiene de especial la casa del conde Rushford que de ahí salen tantos altos cargos? —curioseó Stella.
—Pues son estudiosos y leales. En ser perros, no hay nadie como ellos. Solo tienen un amo. Durante la última rebelión se mantuvieron firmes y ahora han elegido a otro miembro. Al parecer, esa familia durará más que la propia monarquía —respondió su padre.
—Entonces ellos son del tipo de persona que yo quiero… —dijo Beatrice dejando su bordado por un instante.
—Pese a ser una familia poderosa, no son un clan muy grande, acostumbran a casarse a edad avanzada.
Siempre están ocupados con el Estado. Si te gustan un poco jóvenes, puedes preguntar por el abuelo —siguió lord Coventry para desalentar a su hija.
Emparentar con esa clase de gente podría ser problemático a la larga, por eso prefería que su hija no anduviera pensando en meterse en ese problema.
—Ay, padre. Qué difícil es conseguir al hombre ideal.
—Ese hombre no es el que tú anheles, sino el que menos defectos tenga. Tú quieres a alguien perfecto y los de esa casa lo parecían, pero te das cuenta de que son un poco viejitos. No todo lo que brilla es oro —musitó Stella.
—Tú te conformas con cualquier candidato razonable, yo tengo metas en esta vida y es ser feliz con un hombre inteligente y puro.
—Con que no coma sus propios mocos es mucho pedir. Son varones, ellos no son tan preocupados por esos aspectos que tú buscas. Si bajaras tus requerimientos, tendrías más opciones.
—¿Quieres que los baje al nivel humillación en donde está el marqués?
—Él es lo más normal que encontrarás por ahí, te lo repito. Es una buena persona, enfocado, decidido y fiel a sus convicciones. Eso es lo que tú necesitas.
Beatrice movió la mano, restándole importancia a lo que decía Stella.
Ella siempre estaba del lado del marqués, por eso no podía ser imparcial.
Lo tenía en alta estima porque ese hombre, con su atractivo, la atropelló como si fuese una carreta.
Qué cosa desafortunada era tener a una gran defensora diciéndole todo el día que se conformara con él.
—No intentes convencer a Beatrice. Ella ya dijo que no le interesa ese hombre.
Lo mejor es respetar las elecciones de cada uno.
Si a ti te gusta, trata de conquistarlo por tus propios medios —recomendó su madre, pues siempre discutían por lo mismo.
Es inútil intentar convencer a otros de que compartan tus gustos. Deberías respetarlos, Stella.
—Por supuesto que los respeto, solo me molesta su ceguera.
—Podríamos discutir quién de las dos está ciega…
Ambas no podían llegar a un acuerdo respecto al marqués. Una lo tenía en alta estima y veía valor en él; sin embargo, la otra solo le encontraba defectos insalvables.
En los días siguientes, habían terminado el supuesto reposo y toda la familia estaba lista para regresar a los salones para recuperar el tiempo perdido.
Tenían a dos mujeres a las cuales casar.
Stella no quería encerrarse en pensar que solo el marqués era un candidato para ella, pese a que le gustaba y pensaba en él con mucha frecuencia y hasta hizo cosas atrevidas para llamar su atención, mas sabía que este gustaba de su hermana, lo que hizo antes fue para ayudar a su familia y de paso probar una oportunidad, pero nada de eso parecía surtir efecto.
Lo mejor era seguir adelante y que Beatrice se las apañara.
Esa misma noche, Wulfric también sabía a qué lugar iría la familia del conde de Coventry.
No los encararía por el engaño de la enfermedad, pero sí quería dejarle claro algo a lady Stella para que no molestara a su hermana e intentara alejarlos como una verdadera villana.
Eso no lo podía pasar por alto. Incluso había pensado en proponerle a lady Beatrice que huyeran juntos.
Su mente cada día era más prodigiosa, pensando en mil maneras de ser fiel a sus sentimientos, aunque en ocasiones, su demonio interior, que tenía la forma de la hermana de la joven, se colaba en sus pensamientos y hacía estragos.
Su escote se convirtió en algo inolvidable, pese a que intentaba repelerla con sus pensamientos más lógicos.
Una persona que quería robarle el pretendiente a su hermana no era alguien que pudiese considerarse fiel o buena.
Lo único que podía hacer era dejarle claro que nunca serían nada y ahí terminaría todo.
Al llegar al baile, avanzó hacia donde se encontraba la familia de lady Beatrice. Todos estaban juntos, bebiendo una copa de vino, aunque ninguno de ellos se había puesto a bailar, por más que los carnets de las jóvenes fueron llenados y el hermano también firmó un par.
—Buenas noches. Al parecer, toda la familia ya se encuentra saludable… —saludó el marqués con una inclinación de cabeza para todos.
Al oír la voz de Wulfric, Stella le sonrió, pero este no le devolvió el gesto. No parecía muy contento de verla. Ni siquiera era educado como la primera vez que lo vio. ¿Qué le estaba ocurriendo?
—Sí, nos encontramos mucho mejor, su señoría —replicó el conde con amabilidad.
—Disculpen que no pueda acompañarlos mucho tiempo, pero me gustaría conversar primero con lady Beatrice y después bailaré con lady Stella… ¿Sería posible que me concedieran ese trato?
Beatrice sabía que ese era su castigo por hacerse la enferma. No podía escapar de su destino, pero solo tenía que seguir siendo fría y cortante con él para que corriera a los brazos de su hermana.
—Claro, su señoría —concedió la condesa.
—Entonces firmaré el carnet de lady Stella, ¿me permite, milady? —preguntó Wulfric sin mirar a Stella a los ojos.
—Sí, por supuesto —afirmó, entregándole aquello para que estampara su firma.
No le gustaba la actitud que estaba teniendo con ella.
Tenía un mal presentimiento. Quizá no se creyó el asunto de la enfermedad por más que contrataron un médico para hacerlo más creíble.
Una persona tan amable como él no podía haber cambiado de la noche a la mañana solo porque sí, debía existir una razón.
Tal vez que quisiera conversar con Beatrice fuese la clave.
—¿Me acompaña a la mesa del tentempié, milady? —indagó el marqués para que él y Beatrice pudiesen estar a solas, aunque a la vista de todos.
—Sí, su señoría —respondió la joven, aunque quería decirle otras palabras que no quedarían bien para una dama de su estatus.
Este le ofreció el brazo y ella lo cogió. Los dos se alejaron de la familia ante la atenta mirada de ellos.
—¿A qué se debe que quiera conversar conmigo, su señoría? Creo que no nos debemos nada… —Beatrice empezó la conversación con una hostilidad medida, aunque hostilidad al fin.
—La vez que fui a su casa… ¿Usted fue coaccionada para no recibirme? —inquirió cogiendo una copa de whisky.
La sorpresa real inundó el rostro de Beatrice. ¿De dónde sacaba semejante idea?
—No. Estaba enferma.
—No me mienta. Ese médico es conocido por engañar a muchos nobles. Lo hizo con mi amigo el mismo día que la atendió a usted, es por lo que creo que alguien de su familia ha obrado mal para que nosotros nos separemos…
—Pero… ¿cuándo estuvimos juntos, su señoría? Usted me asusta.
—Si ellos la intimidan, solo dígalo. Tengo mis sospechas de quién puede ser.
—No, nadie quiere intimidarme bajo mi propio techo… Deje la bebida ahora mismo, su señoría. Me está asustando en serio.
—Le diré que su hermana es la sospechosa. Siento que está enamorada de mí. Cuando estuve en su casa, ella me acaparó por completo, pero no cedí, mis sentimientos por usted están intactos.
Ella quería llorar con lo que estaba escuchando. No era eso lo que esperaba, deseaba que no tuviese ningún tipo de sentimiento por ella.
—Le juro que no hay nadie haciéndome daño y menos mi hermana.
—Sé que no son hermanas de sangre. Debe ser la envidia que le tiene, pero no se preocupe. Se nota que no es la favorecida en la saca, por eso la sacaré de ahí.
La joven abrió su abanico para evitar desmayarse por lo que estaba oyendo. Nunca había escuchado tantos delirios juntos.
—Escuche, está equivocado…
—No, no. Escuche usted. Tengo pensado buscarla en estos días para huir juntos a Gretna Green, de esa manera nadie jamás podrá separarnos, ni siquiera su hermana obsesionada.
Le escribiré cuando esté todo listo. Tampoco debe preocuparse por ese hombre que la molesta, esta noche estará recibiendo una pequeña misiva para que se aleje de usted.
Para ese punto a Beatrice le faltaba el aire. Estaba a punto de estallar por lo que le decía ese loco. No podía creer que inventara un montón de cosas en tan poco tiempo. Su imaginación no pertenecía a este mundo.
—¿De qué hombre está hablando? Su señoría, debo decirle que…
—Del consejero nuevo. Ese que la está distrayendo. Esta noche lo sacaré del camino.
Eso último explicaba lo loco que podía ser una persona. Ella había inventado el perfil del hombre perfecto que quería y este lo encontró solo para hacerle cualquier cosa.
—Es… —Ella no podía articular palabra.
—Es maravilloso —habló Wulfric con emoción al ver que ella parecía tan emocionada como él.
—Está demente. Déjeme en paz. Necesito aire… Iré a buscar a mi hermano.
Aquella escapó sintiendo que el camino se le hacía eterno para llegar hasta su familia. Cuando estuvo cerca de ellos, cogió a Rodney del brazo.
—Sácame de aquí, necesito respirar o mataré a ese demente… —pidió aferrada a su extremidad.
—¿Qué pasa, hija? —El conde se acercó a ella, preocupado.
—No puedo hablar hasta que me recupere de esto. Debe ser una pesadilla. Ahora sí me siento enferma, creo que necesito un médico.
—Madre, acompáñenos afuera —ordenó Rodney para que ambos pudieran cuidarla.
—Yo iré con ustedes —se ofreció lord Coventry, que los siguió.
Mientras tanto, Stella intentaba encontrar la explicación para la palidez y descomposición de su hermana. ¿Qué debió decirle el marqués para dejarla en ese estado? Ella no podía esperar a que llegara la hora del baile. Fue a largas zancadas hasta donde se encontraba él.
—¿Qué le hizo a mi hermana? —increpó mirándolo directamente a los ojos.
—Le dije lo que creía y ahora se lo diré. Estoy seguro de que usted le pagó al médico charlatán para que le impidiera a su hermana que me recibiera. Debe estar coaccionando a lady Beatrice de alguna manera, pero menos mal que la descubrí en sus maldades.
—¿De qué está hablando? —Estaba más que confundida con las palabras de ese hombre.
—No mienta, se me ofreció de varias maneras la última vez y todavía niega que quiere robarle su pretendiente a su hermana…
—No es esa mi intención, su señoría.
—Ah, ¿sí? No lo parece. Usted quiere que me quede a su lado, pero debo confesarle que su hermana es la persona que me interesa.
Lady Stella es muy bonita, pero no quiero nada con la hermana de la mujer que quiero convertir en mi esposa, me parece sucio que utilice esas tácticas para reprimir los sentimientos entre lady Beatrice y yo.
Stella quería echarse una carcajada sonora, pero no era el momento adecuado. Ese hombre la demonizó de una manera terrible.
—Lo único que quería era salvar su dignidad, su señoría, pero que sea lo que Dios o el diablo quieran.