Capítulo 16
Tras considerar diferentes opciones para resolver los asuntos que le impedían la consecución de sus fines, ordenó cada punto de acuerdo con la importancia.
Primero debía deshacerse del consejero y después de la hermana de lady Beatrice, esa arpía que quería monopolizarlo y alejarlo de la mujer que quería.
Su amigo Reginald había llegado a Londres, solo le faltaba hacerle una visita amistosa para que pudieran conversar sobre cosas importantes.
Lo malo es que debía hacer esas visitas al palacio.
Lo mejor sería enviarle una carta para invitarlo a algún lugar más privado y ofrecer pagar la cuenta.
Caería de forma inmediata en su ofrecimiento.
Se puso manos a la obra para escribir la carta y enviársela a Reginald. Se esforzaría mucho por conseguir a esas dos personas para que hicieran lo que deseaba, persuadir con un poco de violencia era lo más sencillo, la letra con sangre era la mejor forma de que se quedara bien grabada en la mente.
Una vez que la terminó, se la entregó a un sirviente para que pudiese llegar hasta su amigo y pronto recibir una respuesta favorable.
Por la noche, un mensajero del palacio se presentó con una respuesta que Wulfric no perdió el tiempo para leer.
Estimado Wulfric,
Me alegra que me saludes, aunque sea para pedirme favores. Sé que no ofrecerías pagar la cuenta porque eres una buena persona, sino porque quieres algo que ese facineroso no puede hacer por ti. Te veré mañana en la taberna de siempre.
Reginald.
—Qué desconfiado y parcial, pero siempre inteligente. Por algo seremos amigos para siempre. Debemos sacarnos beneficios, alguna vez tendré algo que ofrecerte para que quedemos a mano…
Esperar un día más no sería problema, tenía todo el tiempo del mundo, porque tenía a sus atractivos mozos haciendo de las suyas en los dos lugares importantes para conocer los movimientos de todos.
El más aburrido era el consejero, se la pasaba el día en libros.
Estaba seguro de que lady Beatrice terminaría demasiado aburrida si se casara con alguien como él.
Siendo tan perfecto, debía tener un defecto terrible, podría ser violento y agresivo u ocultar deudas o algo parecido.
Nadie podía escapar a los defectos, la imperfección era humana, mientras la perfección ni siquiera era de este mundo.
Al día siguiente, antes de ir a su cita con Reginald, el marqués fue al despacho de su abuelo a buscar dinero, por supuesto, todo ese oro sería de él en algún momento, por eso suponía que podía tocarlo sin permiso. No sería como el pisapapeles, pero buscaría algo valioso.
—¿Qué es esto? Un libro con tapa de oro… Mi abuelo está perdiendo el juicio —dijo corriendo hacia otro rincón del despacho—. Pero… un cenicero de oro… por el amor de Dios… No puedo llevarme esto, porque el viejo fuma como una chimenea, lo echará en falta al instante.
Wulfric siguió buscando entre todo lo que había, solo quería algo que no pudiese notar, pero no consiguió nada. Al final solo cogió una bolsa con muchas monedas. Esperaba que eso sirviera para compensar a un príncipe. No estaba hablando de cualquier persona.
En la taberna, Reginald bostezaba con una copa de brandy en su mano, hacía girar el líquido en círculos mientras esperaba.
—Beberé mucho porque Wulfric pagará.
—¿En verdad cree que ese tacaño lo hará, su majestad? —preguntó Andrew, su sirviente.
—Milord, dime, milord, no quiero pelear contigo por un simple tratamiento.
Ya sabes que estoy alejado de esa vida, me gusta la indigencia.
Él dijo que pagaría, entonces comeré y beberé a mis anchas.
Sé que me pedirá algo, entonces ambos nos aprovecharemos.
También soy consciente de que con él no conseguiré demasiado.
Con suerte salgo con la misma cantidad de dinero con la que entré.
—Al menos ya no es con mi sueldo. Puede hacer lo que quiera.
—Ay, te quejas como si fueras una abuela… Ahí viene…
El marqués se acercó para saludar a su amigo y no lo hizo con un gesto de cabeza, sino con un abrazo.
—Lo que quieres debe ser demasiado valioso para darme un abrazo —musitó Reginald.
—Abrazar a un príncipe es una bendición en todas partes. ¿Quién tiene tantos privilegios como yo?
—Con tu labia no conseguirás que pague la cuenta. Tú invitas, tú pagas.
—Jamás se me ocurriría dejarte la cuenta. Me juzgas a la ligera.
—Quiero ver con qué vas a pagar.
—Pagaré la cuenta y a ti por prestar a algunas personas de tu casa.
—¿En qué te metiste?
—En nada malo.
—¿Quieres a un par de doncellas de mi casa para tus boberías? ¿Acaso no tienes sirvientas propias?
—No, no. No tengo malas intenciones con tu servidumbre. Quiero que me prestes a Andrew…
El sirviente abrió los ojos con sorpresa al oír su nombre y negó con la cabeza.
—Su señoría, a mí me gustan las mujeres. No hago esa clase de favores, pida por otro.
—¡Qué mente tan sucia y pervertida! Lo único que quiero es que me acompañen a darle un escarmiento a alguien. Quiero a Andrew y a Ming para esto. Son expertos en parecer sombras y encargarse de los malhechores.
Andrew se golpeó el pecho con la palma, sintiendo el alivio.
—¿Quieres que ellos maten a alguien?
—No, Reginald. Qué radical eres. Lo que quiero es que lo golpeen un poco, solo un par de puñetazos y patadas, quizá dos de cada uno…
—Espera, ¿a quién quieres golpear? ¿Por qué el duque no te presta ese servicio?
—Lo que pasa es que no quiere meterse en un lío.
—Eso me suena a que es alguien difícil de tocar. ¿Quién es?
—Es el hijo de lord Rushford.
—A Wilbert… A esa persona la recomendé yo.
Al oír eso, entendió que no era una persona sencilla. Era un intocable, casi un discípulo de la realeza.
—Es que él está interesado en la mujer que me gusta. Quiero persuadirlo para que se haga a un lado. Es solo eso.
—Su familia es leal y uno de los grandes pilares de este país y tú quieres golpearlo por un monte de Venus… ¿Estás demente?
—Amigo mío, solo lo asustaremos, no le daremos ningún golpe, ¿qué te parece?
—Me parece que estás pensando con la cabeza equivocada. Una mujer no vale tanto para golpear al consejero que yo mismo escogí para mi primo.
El marqués quería que se lo tragara la tierra. ¿Qué posibilidades había de que este asunto resultara tan mal?
—Mira, lo asustaremos con unas palabras persuasivas…
—No usarás a mis sirvientes. Él conoce a Andrew y también a Ming.
En este país no existen más personas con las habilidades de ellos dos.
Puede pensar que yo lo traicioné. Como mucho te ofrezco usar a Ming para dejar una carta discreta y amenazante sin delatarte ni comprometerme a mí o a mi gente.
Aseguramos que no tocaremos a alguien tan importante.
¿No podías meterte con otra persona o buscar a otra mujer?
Otra dama es la solución más acertada. Las féminas, como las uvas: dulces, abundantes y están en racimos.
—Lo sé. Eres la cuarta o quinta persona que sugiere que cambie de mujer.
—Si solo una persona te lo decía, podrías tener dudas, pero si los demás también lo dicen, no hay mucho que dudar. Es lógico.
—Está bien. Tomaré la idea de que Ming le lleve una carta amenazante.
—Bien, escogiste el camino de las lágrimas.
Ming es sigilosa y dejará que le dejes lo que sea hasta en su almohada mientras él está despierto.
Ponte a escribir algo, pero no lo hagas con tu propia letra, cámbiala un poco, porque es probable que con toda la influencia de su familia se pongan a revisar carta por carta de cualquier persona buscando al desgraciado.
—No me asustes, me pondré a ello. Lo importante es que me ayudas. Te daré buen dinero para Ming.
—¿A quién le robaste el dinero?
—¿Por qué tengo que robarlo?
—Porque eres tacaño y nunca tienes una sola moneda contigo. Llevo veinte años conociéndote.
—No puedo esconderte nada. Anticipé mi herencia del abuelo.
—¿Tu herencia? ¿Qué herencia? El lado materno no hereda.
—Pues lo que sea voluntad de mi abuelo, siempre y cuando no esté relacionado con el título, puede ser de mi propiedad. Esta vez me apropié de unas monedas abandonadas en un cajón de su escritorio.
—Espero que no sean para su medicina y termines siendo el asesino de tu abuelo.
—Por supuesto que no. No sería capaz de matarlo y, además, no puede morirse hasta convertir todo lo que le queda en oro para dejármelo.
—Eres un rufián de poca monta. Debería darte vergüenza pensar así.
—Andrew, ve y busca un papel y pluma para este marqués. Me pondré a escribir unas palabras cariñosas para lord Wilbert Bellamy. Así conseguiré persuadirlo para que se aleje de la mujer que quiero.
—Espero que esto no le salga mal. Sea cauteloso, su señoría —recomendó el sirviente siguiendo la orden.
***
Días después de fingir la enfermedad de Beatrice, la residencia del conde de Coventry volvió a su habitual costumbre; sin embargo, para seguir el guion tuvieron que dejar de ir a los salones, perdiendo valiosas oportunidades, todo gracias a no querer ver al marqués.
—Este asunto de salvarte del marqués nos está costando caro —dijo Stella que estaba aburrida en el salón.
—Sí, pero ha valido la pena —replicó Beatrice que estaba bordando un pañuelo.
—Ninguna de las dos ha salido. ¿En qué ha valido la pena? Tú perdiste un candidato y yo no he ganado ninguno.
—Esta pérdida de candidato es solo temporal. Una vez que Beatrice regrese a los salones, él volverá a la carga —dijo su hermano con un libro cubriendo su rostro.
—Sí, es cierto. Esta solución fue como tapar el sol con un dedo. ¿Cuántas veces es capaz de creerte una enfermedad o quieres que la próxima vez te rompamos un brazo o una pierna?
—Stella, no hace falta ser tan extremistas. Solo necesitamos con desesperación que se fije en ti y lo sacamos del camino. Todos seremos felices. Yo podré buscar al caballero de mi vida sin tener que preocuparme por alguien obsesionado conmigo.
—¿Qué hiciste para que perdiera el juicio por ti? —curioseó su hermano.
—Nada, les juro que nada. Ni siquiera le sonreí.
Me comporté como lo haría con cualquier desconocido, pero si sabía que esto pasaría, debí escupirle en la cara y huir despavorida.
En verdad que pensé que no me tocaría alguien así, porque tampoco es tan enamoradizo, pues si lo era, estaría en las manos de Stella después de haber visto su escote.
—Nadie valora el arte que aprendí en Francia. Ni siquiera él. Pero si yo no le agrado, ya habrá otros a quienes les guste y estén encantados de recibir mis atenciones. Quiero ser la mejor esposa.
—Sí, claro, mejor esposa. Sigue esforzándote por tu hermana para conseguir el obstinado corazón del marqués.
En esos días no habían recibido noticias del marqués.
Eso podría significar dos cosas: que se había resignado o que pronto regresaría con los dientes más afilados y la mente lúcida.
Lo último daba más miedo, porque si fuese más inteligente serían presa fácil de él y no podrían sacárselo de encima, terminaría espantando a los otros candidatos en los que Beatrice estuviese interesada.
Lo que quedaba era arriesgarse a salir de la cueva y esperar lo mejor.
Si el marqués volvía a encontrarlos en algún lugar, las cosas serían difíciles, pero lo más probable era que pusieran a Stella al frente para sofocar incendios, aunque al final eso resultara que de alguna manera las dos estuviesen involucradas con él, dificultando un matrimonio para ambas.
—En el periódico dicen que el monarca eligió a un nuevo consejero de la familia de la casa del conde de Rushford… — comentó lord Coventry para evitar pensar en que sus hijas comenzaban a ser un problema.
—Qué sorpresa —alegó la condesa con sarcasmo—. Desde todas las generaciones, los Bellamy siempre han ocupado esa clase de cargos. Cuéntanos algo nuevo, querido.