La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

No sabía cuánto tiempo demoraría su sirviente en llevarle buenas nuevas sobre lo que ocurría en la casa de lord Coventry, ya que este se negó a seducir a la doncella de la casa de lord Rushford, tuvo que buscar a otro para que hiciera el trabajo.

En sus caballerizas había muchos hombres atractivos al parecer, nunca se había fijado porque a él le gustaban las mujeres, pero según podía mirarlos mejor, algunos incluso lo superaban en atractivo.

No era raro que muchos nobles criaran a hijos de sus mozos como sus verdaderos herederos.

Este asunto de la sucesión era a ciegas, una cuestión de confianza.

Al día siguiente, el marqués fue a desayunar y encontró a su abuelo en el comedor, comiendo con lentitud.

—No me esperó, abuelo —le reprochó.

—No puedo depender de tu humor para que pueda comer. Como estoy viejo, tengo mis propias mañas.

—Está bien, es comprensible. Ayer fui a ver a Harold y me dijo lo que quería.

—¿Te halagó?

—No, él jamás lo haría, más bien me insultó casi llamándome ciego.

—No me sorprende. Pese a ser el nieto de la duquesa viuda, es inteligente, no como tú.

—También soy muy inteligente. Que no sea perfecto en todo no me hace menos deseable que un duque. Soy un marqués encantador.

—Dime qué averiguaste.

—Pues mi rival es el hijo del conde de Rushford.

—¿Quieres meterte en un gran problema? Métete con ellos. Desde que era joven ya llevaban como cinco generaciones de políticos y tú pretendes alguna tontería. Si queremos hablar de influencias, ellos lo son.

—Abuelo, quiere robarme a la mujer que quiero.

—Mujeres sobran. ¿Acaso te meterás en problemas por una a la que ni siquiera le has tocado la mano desnuda?

Según escuché de mi sirviente, tú has visto mucho más de la hermana.

Ese es un premio. ¿Qué te parece si conservas la vida y consideras tomar a esa joven como esposa el año que viene?

Sé que no es algo bueno ir a por una hermana y salir con la otra. Es mejor tener paciencia.

—No, no lo haré. Llegué a esa casa por lady Beatrice y me iré con ella.

—No puedo persuadirte, entonces, ¿cómo piensas tratar con los poderosos?

—Hablando se entiende la gente, abuelo. Lo importante es persuadir a este joven para que no persiga a milady y que me deje el camino libre, si se niega, tendré que usar la fuerza.

—La única fuerza que se usará en este asunto es cuando claven los clavos en tu ataúd, tonto. No mereces tener mi sangre si vas a buscar problemas a quien no te los ha buscado.

—Este asunto es importante para mi hombría.

—Para tu hombría… Tonterías. La hombría no se cuida así, se sobrevive con inteligencia. ¿Cómo mi hija pudo dar a luz a un tonto como tú? La sangre de tu padre debe estar llena de estúpidos, de al menos ocho generaciones, para que tú no seas inteligente.

—No hace falta que me ofenda ni se exalte, abuelo.

—No me exalto, me preocupa que mi sangre se extinga con alguien como tú, no hay nada más humillante que eso. Ni alcanzaré a tener bisnietos por tu culpa. Mi vida ha sido en vano, fue malvivida.

—Abuelo, se está victimizando. No creo que sea para tanto. Su nieto le promete descendencia, ¿eso lo deja conforme?

—¿En dónde dejarás esa descendencia? Dudo que lo hagas con esta joven a la que persigues. Mejor buscamos a una solterona, le haces un hijo y después te mueres.

—¡Abuelo!

—Era una idea. Tengo más de donde viene esa, si te interesan otras. Al terminar el desayuno, irás a mi despacho para que podamos intercambiar conocimientos, por ejemplo: los nombres de tu letrado y tus administradores para poder ver qué ocurrirá con tus bienes. Debemos estar preparados.

—Si le digo que no amenazaré a nadie, ¿dejaría de mandarme al ataúd? Ya son incontables las veces que me ha matado.

—Persuadir no es parte de mi trabajo como abuelo, solo advertirte.

Si eso ha funcionado, no hay dudas de que voy por el camino correcto.

Lo importante es dejar descendencia. Si yo hubiese podido, tendrías muchos tíos, pero la vida no siempre es justa.

Lo único que queda como mi legado eres tú, pues no heredarás mi título por ser hijo de mi hija.

Parece que las mil maldiciones de la duquesa viuda se cumplen en mí.

Si tú te metes con la familia del conde de Rushford, puedo asegurar que será tu final, no me queda duda de eso.

—Seré un caballero al momento de tratar este asunto, abuelo. No quiero causarle más disgustos.

El abuelo dudaba de la seriedad de su nieto. Era evidente que tenía un gusano mordiéndole el trasero para hacer tonterías. No se las dejaría pasar por su bien. No podía ver que el último miembro de su familia se metiera con las personas equivocadas.

Después de terminar el desayuno, abuelo y nieto se dirigieron al despacho del viejo. Cuando Wulfric entró, vio el pisapapeles de oro.

—Abuelo, usted ni siquiera podrá ver los papeles que están debajo de eso. No tiene fuerzas para levantar semejante cosa —dijo el marqués acercándose al pisapapeles. Sus ojos brillaban al ver tanto oro en un solo lugar.

—Por supuesto que puedo. Mira mi pluma de oro, también puedo levantarla sin inconvenientes.

Wulfric se fijó mejor en ese lugar y se dio cuenta de que todo brillaba mucho.

Su abuelo era un verdadero rey Midas. Sí que estaba dispuesto a no dejarle nada a su sucesor.

Solo las tierras del título y esas rentas, pero todo lo que había conseguido aparte de eso lo estaba vendiendo.

Ni siquiera dejaría un caballo que él hubiese comprado.

—Es que no se mide, abuelo. Tanta riqueza aquí es un imán para los delincuentes.

—El único delincuente aquí podrías ser tú, pero como todo esto será tuyo cuando me muera, me resigno si me robas.

—Y yo que pensaba que el atizador ya era valioso…

—Ese instrumento es solo uno más del montón. Los lingotes están guardados en otro lugar. Esto es solo excentricidad. Al menos en mis últimos años presumiré de gran fortuna.

—Creo que seré más rico que la realeza. No puedo fallarle a mi queridísimo abuelo.

—No me adules. No me gusta. Si eres inteligente, sabrás aprovechar esta riqueza, pero si no, todo esto se perderá en las garras de un tonto.

—Sea más suave con su amado nietecito. Ya dije que no contrataré asesinos o cobradores, aunque con el atizador podría pagar como cien de ellos para resolver mis problemas.

—Lo que harás será duplicarlos. Lo mejor es que te quedes como un mero observador de la vida de esas personas antes de meterte en un aprieto. Ni si vendes todo el oro de aquí podrás salvar tu vida.

—Qué fe, abuelo. Ni siquiera un gramo de confianza tienes en este joven inteligente.

—Eres joven, pero dudo que en realidad puedas ser inteligente.

El marqués siguió conversando con su abuelo y a la vez encontraba más tesoros en un solo lugar. El despacho de ese hombre parecía la isla del tesoro.

***

Por la tarde, el sirviente que fue a la residencia de lord Coventry para seguir cortejando a la doncella regresó para contarle lo que le habían dicho.

—Dime, ¿qué has logrado averiguar? —preguntó el marqués.

—Milady no está enferma. Ha sido algo orquestado por la familia para que usted no se juntara con la joven… El médico fue contratado para dar un falso diagnóstico.

—¿Qué? ¿Por qué razón? —inquirió con verdadera sorpresa.

—Según dijo la doncella, quieren que usted se fije en lady Stella, porque a ella le gusta usted.

—¿Y lady Beatrice no ha dicho nada? ¿No se ha preocupado por mí?

—Ella está dispuesta a cederlo para que su hermana lo tenga.

—¡No soy una moneda que cualquiera puede tener! ¿Qué está pasando aquí? Debe ser obra de esa mujer seductora. Por supuesto que no iba a mostrarme el cuerpo de manera gratuita. Buscaba seducirme y alejarme de su hermana, que es la mujer que quiero. Es una verdadera víbora.

—Por favor, no le diga a nadie que yo se lo dije. No quiero que la doncella se enfade y no me vuelva a hablar.

—Claro que no se lo diré a nadie. Ella es nuestra informante, no podemos delatarla, pero sí tomaré acción contra lady Stella. Esa mujer a la que creí amable y centrada no era más que una serpiente agazapada en un rincón buscando morder a su propia hermana para quedarse con la presa.

—La doncella habla muy bien de lady Stella. Dice que lo ha defendido en incontables ocasiones frente a lady Beatrice para que ella abra los ojos y se convierta en su esposa.

—Puras tretas. Es una campeona de intrigas. Sabía que una mujer de dieciocho años no podía ser tan inteligente solo porque sí, llevaba tiempo tramando cosas. Como gran participante del mundo de las intrigas de salón, es la que cree que ganará, pero para tenerme tiene que hacer mucho más que eso.

—¿Qué piensa hacer, su señoría?

—Pues por el momento, pensar en cómo tratar primero con el hijo de lord Rushford y después resolver este asunto de la familia del conde de Coventry.

Si ellos no quieren que me case con lady Beatrice, lo conseguiré a como dé lugar.

Para eso está Gretna Green, la llevaré tan lejos como sea posible para que logremos estar juntos.

Lo más probable es que me trate mal porque está bajo presión, pero yo la salvaré.

El mozo frunció el ceño y negó con la cabeza para decirle al marqués que las cosas no eran como él las estaba pensando, pero el hombre hizo un gesto para despedirlo y no pudo decir nada más.

Estaba convencido de que lady Beatrice lo quería, cuando ella misma era quien quería deshacerse de él.

Parece que metió a lady Stella en un embrollo.

Unas horas después, el otro mozo se acercó a Wulfric para contarle lo que había averiguado sobre la mansión del conde.

—¿Qué información tienes para mí?

—El hijo del conde no es alguien que salga con frecuencia, no habla de mujeres que no sean de su familia.

Tiene muchas primas y primos con los que tiene buena relación.

Nadie está intentando buscarle esposa y él tampoco lo hace porque, según dijo la doncella, lo más importante es su cargo de consejero.

No tiene interés en las mujeres porque son un problema.

—¿Un problema? El único problema es él. ¿Qué más? ¿A dónde irá en estos días?

—Según tengo entendido, tiene una cena de estado, pero ahí no puede ir usted, no tiene ningún puesto o cargo.

—Lo sé. ¿No irá a algún baile?

—No, la doncella no dijo nada de un baile, no está acostumbrada a hacer apariciones públicas con frecuencia, solo va a casa de uno de sus primos todos los jueves por la noche para practicar esgrima.

—Jueves por la noche… Es un buen día para darle una pequeña advertencia, ya que no tengo gente para que me acompañe, tendré que buscar a los mejores para que me ayuden con este asunto.

—¿Quiénes?

—Creo que mi buen amigo Reginald estará llegando a Londres en unos días para esa misma cena de estado.

Sin duda traerá a su esposa y a sus dos sirvientes.

Ming y Andrew, ellos son como fantasmas, excelentes protectores.

Harold no me quiere dar a nadie, ni por más que le pague mucho dinero, pero a Reginald le encantará ver todo el oro de mi abuelo.

Siempre anda corto de dinero, pero estoy seguro de que no podrá resistir la tentación de querer guardar un poco por si lo necesita, además, es un príncipe, un casi rey.

Si él lo hubiese querido, sería el soberano, mas es un tonto y prefiere vivir como un noble despreocupado en medio del campo.

Tampoco eso suena tan mal, quizá en algún momento me mude cerca de él.