La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

—No se preocupe, intercederé por usted siempre que pueda y ella me lo permita. Como sabe, por su carácter rebelde, en ocasiones es difícil de tratar.

El joven asintió y ella elevó la mirada hacia una de las ventanas de la planta alta de la mansión y vio a su familia pegados al cristal como moscas atraídas por la miel.

Incluso su hermana estaba ahí. Dio un pequeño grito que alertó al marqués, que estuvo a punto de mirar hacia donde ella observaba, pero esta la detuvo con una mano sobre la suya.

—Ay, qué susto. Creí haber visto una abeja gigante.

¿No le parece mejor ir al salón? A veces el jardín también tiene sus peligros…

—alegó la joven para evitar que este viera a su familia e incluso al médico.

Pensó que nadie la vería haciendo el ridículo, solo Dios sabía cuánto habían alcanzado a ver.

—Es lo mejor… Una vez una abeja picó a mi perro durante una cacería…

El marqués le siguió la corriente para hablar de la abeja y meterse en la residencia, así tendría más probabilidades de saber sobre lady Beatrice.

—Creo que nos excedimos al mirar por la ventana… —dijo el padre de Stella.

—No podíamos mirar desde las escaleras —murmuró Beatrice—. Me descubrirían.

—Hemos tardado demasiado y nuestra hija ha hecho de todo para distraer al marqués —siguió la condesa.

—Sí, debo decir que su hija hizo demasiado para distraerlo. Le enseñó las piernas y el escote, deberían considerar casarlos. Esta situación pone en duda la honra de la familia de lord Coventry —dijo el médico un poco molesto.

—Tome una bolsa de dinero para fingir que no ha visto nada —masculló lord Coventry dándole otra bolsa de dinero al médico.

—¿Qué he visto? Solo a una niña enferma… —replicó el hombre con una sonrisa cómplice en el rostro—. Quisiera ayudarlos más, pero tengo otro paciente que me espera a diez calles de aquí. Tendrán que valorar todo el esfuerzo de lady Stella.

—Gracias, doctor. Esperemos que pronto pueda asistir a algún banquete de matrimonio en esta casa… —habló lady Coventry, que le mostró al médico el camino hacia la escalera para acompañarlo a la salida—. Beatrice, ve y acuéstate. Si por algún motivo quiere recibirte, tose y hazte mocos, ¿entiendes?

—Sí, madre.

Mientras que Stella y Wulfric estaban en el salón, el médico bajó las escaleras en compañía de los padres de lady Beatrice. Al verlos, el marqués dirigió su mirada hacia ellos para indagar.

—¿Cómo está milady? ¿Lo que tiene es contagioso? —indagó Wulfric.

Stella quería reír, pero no debía hacerlo.

Ese hombre estuvo esperando todo ese tiempo solo para que le dijeran algo sobre su hermana.

No sería nada fácil romper con la obsesión o quizá los sentimientos que había cultivado por ella en su mente.

No había nada peor que alguien que se enamoró sin ningún motivo, era incapaz de ver la realidad y de leer a las personas como eran en realidad.

—Milady no podrá salir en un par de días y toda la casa debería mantenerse aislada, al igual que usted, marqués. Lo que ella tiene podría estar en el aire…

—¿Eso quiere decir que es contagioso? —curioseó.

—Sí, tal vez pronto se propague, pero si no han tenido mucho contacto, dudo que se contagie; sin embargo, lo mejor siempre será la prevención. Me despido de ustedes, tengo otro paciente que atender.

El marqués se puso de pie y Stella lo siguió.

—Milord, supongo que es mejor que pase la próxima semana a ver a su hija. Agradezco su hospitalidad y la compañía de lady Stella…

—Disculpe este inconveniente. Lo mejor es que se vaya pronto para que la exposición sea menor. Nosotros tal vez no tengamos salvación, nos quedaremos encerrados esta semana por si acaso —musitó el conde negando con la cabeza y fingiendo tristeza.

—No se preocupen, escribiré para saber si puedo visitar a milady la próxima semana… Lady Stella, le agradezco su tiempo, sus consejos y consuelo. Espero volver a saludarla pronto.

—Gracias por su compañía. Espero que pronto nos volvamos a ver, su señoría.

Wulfric hizo un gesto de despedida para los presentes y se retiró con presteza, tal vez un poco asustado por lo que dijo el médico.

—Por fin se ha ido… —espetó Beatrice bajando en camisón. Me cansa este papel de enferma, hasta siento que es real. ¿Puede una persona actuar tan bien?

—Eso se llama sugestión… —la corrigió Stella.

—Ah, sí. Dinos dónde aprendiste esos trucos de suripanta, hermana —inquirió Beatrice, insinuante.

—Vieron demasiado. Lo siento, pero la conversación iba decayendo y necesitaba recuperar su atención, pero para suerte de mi hermana, él no se fijó en mí, de hecho, no resultó.

Es un poco decepcionante, mas lo que puedo rescatar es que se trata de un futuro esposo fiel a la mujer que quiera tener a su lado.

Beatrice, reconsidera un poco este asunto.

—Stella, hasta con un perro te acostumbras en una hora. Dije que no. En ningún momento te detuvo, lo que significa que no insististe suficiente.

—Madre, hable con ella. El marqués la aprecia con sinceridad. No encuentro en él ningún defecto insalvable, más bien es el hombre perfecto.

—Ese no era el punto al que debíamos llegar hoy, Stella. Quisiera decir que no hiciste lo suficiente, pero en verdad hiciste muchos más de lo esperado. El médico también lo vio, pero le pagamos mucho dinero para que se callara —comentó su madre.

—Qué vergüenza. En fin, fue una buena conversación, pero fracasé como cazadora de un esposo. Lo mejor es que esta agua la deje correr hacia mi hermana.

—¡No me hagas esto! ¡No te rindas! Sé que te gusta. Si no fuese así no hubieras enseñado las artes prohibidas de una dama. Lucha por él con todo tu corazón.

—Siento que esto va en círculos. Él te persigue y yo lo persigo, no tiene sentido vivir de esa manera. Quiero un esposo que solo piense en mí. Este hombre solo quiere contigo.

***

Cuando el marqués salió de la residencia, suspiró y echó un último vistazo antes de darse unos golpecitos en el pecho como si se sintiera aliviado.

Ese tiempo que estuvo ahí fue muy raro. La imagen de lady Stella quizá no se borrara de su mente en un buen tiempo.

Tal vez le enseñó más que las mujerzuelas en varias noches, de hecho, a algunas ni siquiera tuvo tiempo de mirarlas, solo fue al asunto importante.

Subió a su carruaje y volvió a mirar hacia la residencia.

—¿Regresamos a la casa, su señoría? —indagó el cochero.

—No, iremos a donde se encuentra el prestamista, ya lo sabes.

—Sí, señoría.

Se pusieron en marcha hacia la residencia que solía ocupar Harold para sus asuntos y que su abuela no se enterara de las cosas que hacía, pero conociendo a esa anciana, ella debía estar al tanto y, detrás de bastidores, manejar más cosas de las que su propio nieto ni estaba enterado.

Esa mujer daba miedo, por eso su abuelo se mantenía lejos, pese a que siempre hablaba mal de esta, no se animaba a enfrentarla con sus palabras, solo una guerra de miradas en la que él salía pateado como un perro.

No sabía qué sería de su abuelo si su acérrima enemiga muriera antes, no tendría más motivos para vivir, porque él solo quería odiarla.

Al llegar a la morada de Harold, golpeó la puerta y Bruce le abrió.

—¿No dijo que vendría de tarde? —preguntó el sirviente.

—Estaba cerca y creí que podría adelantar la cita.

—Lamento decirle que mi señor fue retenido en contra de su voluntad en casa de su abuela. Si usted quiere saber algo, es mejor que vaya hasta ahí.

—¿Estás demente? Me encerrará con él y nos sacará de noche para exponernos en una vitrina para que nos anotemos en todos los carnets de un salón. Lo lamento por Harold, pero que enfrente solo a esa fiera, yo tengo mis problemas con mi abuelo.

—¿No le urge la información que tiene?

—No tanto para arriesgar mi pellejo. Envíame una carta cuando esté aquí y vendré. No importa si es de aquí a unas semanas, si en un mes no aparece, yo lo buscaré por el compañerismo de tantos años.

—Así lo haré. ¿Cómo le fue en su visita?

—Fue un fracaso parcial.

—¿Cómo es un fracaso parcial? ¿Los fracasos no son solo fracasos?

—No, mi buen Bruce. No pude ver a lady Beatrice, pero su hermana me hizo compañía, bebimos un poco de té, jugamos ajedrez y fuimos al jardín, en donde ella me enseñó un poco de su piel de abajo y de arriba —dijo en un tono sugerente.

Bruce se alejó un poco para mirarlo con atención.

—¿A eso le llama fracaso parcial? Su señoría, sin desearlo, fue todo un ganador.

—¿Ganador? Tenía el Jesús en la boca para no mirarla más de lo debido. Estaba en casa de la mujer que estaba cortejando y la hermana se me quería meter por los ojos. Era una situación desesperada.

—Esas situaciones son las más excitantes. La próxima visita debe hacerla a su cuñada, su señoría.

—¿Qué clase de consejo es ese? Te veía muy decente, resulta que no lo eres tanto.

—Pues son de esas oportunidades que no se pueden desperdiciar, puede arrepentirse si no lo hace. Es mejor que persiga a la cuñada. Es mi consejo saludable.

—¿Qué ella tuviese esa actitud no se le hace sospechoso?

—Por supuesto, sospecho que a usted le gusta. Para que una dama se atreva a enseñar ciertas partes de su cuerpo, el hombre debe estar a punto de volverla loca.

—Me iré antes de que me metas ideas en la cabeza. No debes pensar así, es indecente e inmoral.

—Soy oportunista, su señoría. Regrese con cuidado.

El joven casi salió escandalizado de ese lugar. Él podría ser considerado el más indecente de la capital, pero era evidente que Bruce tampoco era un santo. Los pervertidos abundaban en todo Londres, solo que, como era menos cuidadoso que el resto, tenía su nombre en cada letrina.

Regresó a su residencia y, para su buena fortuna, no encontró a su abuelo cerca o querría saber algo. Este debería estar tomando su décima siesta del día. A su edad no andaba tan despierto como antes.

Fue a su habitación y se sentó en el sillón, cogió el libro que estaba en la mesa, lo miró y después lo dejó a un lado.

No tenía mucha mente para pensar en leer, solo quería distraerse, pero cada vez que quería concentrarse en algo, la imagen de Stella invadía su mente, invadiendo sus pensamientos.

No podía que lo carnal pudiese ganarle a los sentimientos que había cultivado por semanas.

A esa casa no podía regresar de ninguna manera y no porque hubiese algún riesgo de contagio de algo, sino porque el peligro lo acechaba.

Si se descuidaba, lady Stella terminaría convirtiéndose en una tentación ambulante cerca de la mujer que quería como su futura prometida.

Necesitaba información para encontrarse con lady Beatrice fuera de su casa, encontrarla por supuesta casualidad en la calle o alguna tienda, lejos de la influencia de su hermana.

Se le hacía inmoral llegar por una joven a la casa y quedarse con la otra.

Podía ser un libertino, pero sentía la importancia de tener códigos.

Jamás se casaría con su cuñada en caso de que su hermano muriera o cosas semejantes, tal vez la apoyaría de otra manera o quizá con la esposa de algún amigo.

Podía acostarse con muchas, mas con las mujeres que conocía, ni hablar.

Lo despertaron para la hora del almuerzo y lo hizo solo. Su abuelo tampoco bajó, pues debió picotear alguna cosa antes. La edad era cruel con alguien como él, que estaba acostumbrado a que se hiciera su voluntad.

—¿En verdad el abuelo está bien?

—Sí, su señoría. Hoy recibió un nuevo pisapapeles de oro para su despacho… Estaba muy contento, tanto que gastó sus energías en eso —respondió el sirviente.

—¿Me estás tomando el pelo con eso? No puede ser. Si es cierto, no sé qué haré con este abuelo mío.