Capítulo 12
—Considero que la rebeldía y celos de su hermana son su mayor encanto. A ella no le quedaría bien ser una dama simple y sonriente. No tiene el porte de una esposa convencional.
—¿Qué se puede hacer para salvar a alguien que quiere sufrir? No hay mucho, solo asentir. ¿Quiere jugar al ajedrez, al menos una partida? Es solo para que el tiempo pase mientras esperamos.
—No se burle de mi juego, no soy bueno.
—Algunos dicen ser malos solo para presumir con una victoria. No me atrevo a creer que sea de esa manera.
—Es la verdad, no estoy presumiendo.
—Lo veremos jugando, pase por aquí. —Ella le señaló un rincón del salón frente a la chimenea apagada.
Los dos fueron a sentarse frente a la mesa que estaba ahí y la joven abrió la caja del juego de ajedrez.
Decidieron quién usaría qué color. Comenzaron a mover las fichas y la joven tampoco era una experta, solo una aficionada que estaba en el mismo nivel que ese hombre.
No podría ganarle porque tampoco tenía tanta capacidad.
Mientras movían sus fichas, Wulfric pensaba en que estaban tardando demasiado para dar un diagnóstico de lo que le ocurría a lady Beatrice. Con lady Stella solo estaban dando círculos dentro del tablero.
—Me rindo —masculló el marqués, cansado. Había quemado hasta su última idea.
—Es un empate. Ninguno ha ganado ni perdido, no somos genios ni tontos.
—Me temo que milady bajó su nivel para medirse conmigo.
—No, no es así, solo es cuestión del estratega de la otra parte. Una vez que se entra en su juego, es difícil ganar. Me tuvo retenida todo el tiempo dentro de su arte de ajedrez.
—No es arte, es un desastre.
—Como usted quiera verlo, su señoría. ¿No quiere salir al jardín un momento para despejar nuestras mentes?
—La verdad es que quiero saber cómo se encuentra su hermana. Al parecer, milady debe estar muerta por lo que tarda el médico.
—Su señoría, el médico es amigo de mi padre, debe estar conversando con él. Este asunto tardará mucho. Tenga paciencia. El jardín le ayudará a calmarse.
Wulfric suspiró, resignado. No le desagradaba la presencia de lady Stella, pero no fue hasta ahí para verla a ella, sino para estar en compañía de la que estaba enferma. Por curiosidad se había quedado, pero esto lo estaba desgastando y poniéndolo de malhumor.
Los dos salieron al jardín que estaba al costado de la residencia. Era un lugar con abundante aroma floral. Era agradable percibir eso en primavera.
—Estas son las flores favoritas de Beatrice.
Las cuida mucho en cada invierno. Cubre la planta tan perfectamente que apenas le llega un poco de humedad —comentó la joven para animarlo.
Sabía que se estaba impacientando y ella se estaba quedando sin ideas.
En cualquier momento tendría que pensar en algún truco para hacer temblar su voluntad.
—¿Estas peonias? Sí que tienen su estilo.
—¿Sabe de flores? Creí que esto era un asunto meramente femenino.
—Pues escuchaba al ama de llaves de la casa cuando iba al jardín y a todo le daba nombre. No conozco de sus cuidados, pero sí puedo distinguirlas. También me sorprende un poco saber sobre eso.
—Un caballero que al menos sabe sobre flores es encantador. Mi hermana debería estar agradecida con un candidato como usted. No todas tenemos la misma suerte.
El marqués se sonrojó al ver la mirada de la joven que se dirigía a él mientras le decía esas palabras. Se rascó el cuello, un poco incómodo por la atención. Estaba acostumbrado a dar cumplidos y no a recibirlos. Se sentía como una damisela.
—Ya llegará su momento. Apenas empezó a ir a los salones.
—Sí, es cierto, es solo que me gustaría ser tan afortunada como mi hermana de tener a alguien cómo usted… Venga, vamos a sentarnos en el banco bajo aquel árbol.
Este la siguió, pero cuando caminaban, él pisó el dobladillo de la joven y esta se tropezó. Tuvo que hacer malabares para que ella no cayera al suelo. La atrajo hacia su cuerpo y la sostuvo con fuerza.
Stella se asustó porque todo había pasado tan rápido que no pudo maniobrar por su cuenta; sin embargo, encontró una oportunidad para doblegar su voluntad.
Ese acercamiento tenía que hacerlo dudar de sus sentimientos hacia su hermana.
Esa era la esperanza que todos tenían para que él cambiara su interés, además, eso demostraría qué tan profundos eran sus sentimientos.
Ella cruzó su mirada con la de él y lo cogió de su casaca con fuerza. Debía coger valor como las chicas francesas cuando querían algo. Lo acercó a su rostro y respiró con dificultad cerca de su boca.
El marqués sintió la cercanía de lady Stella y su cuerpo apenas podía resistir la tentación de esa dama.
Su respiración hacía que cada fibra de su cuerpo reaccionara como si estuviese lujurioso.
El ser masculino primitivo quería salir y hacer alguna tontería, pero como era una mujer de familia y estaban en su jardín, no podía mover un músculo en falso o terminaría muy mal.
—Lady Stella, lamento haberle pisado el vestido, espero que me disculpe —dijo queriendo alejarse, pero la joven se pegó más a su cuerpo.
—Creo que me torcí el tobillo, no puedo mantenerme de pie —repuso con un tono lastimero. No podía dejarlo escapar.
Esa era una situación complicada para una dama. No podía dejarla en el suelo y llevarla en brazos significaba aún más contacto físico del que ya tenían. Estaba condenado de cualquier forma a ser un caballero. Optó por la idea de llevarla al banco para que se sentaran.
La joven quería sonreír al conseguir que él cediera y la llevara en brazos hasta el banco.
—Creo que también necesitará un médico, milady.
—Primero veré qué tan grave es… —La joven levantó un poco su vestido, dejando ver su media del lado derecho—. Esta media no me deja comprobarlo, ¿podría ayudarme con ella?
¿Ayudarla? ¿Acaso esta joven había perdido la compostura?
¿Cómo osaría mirar su pierna? Si quería que lo mataran, podía hacerlo, pero era demasiado joven para morir de una forma tan absurda.
Si quería ver pantorrillas, podía ir a un burdel y pedir que alguien se las enseñara.
No pagaría un precio tan alto como su vida.
Él se apresuró a evitar que ella lo levantara.
—Me parece que no es correcto, milady.
—¿Está seguro? Si no quiere ver, solo desvíe el rostro, yo necesito verlo y tocarlo para saber si estoy muy herida. Recuerde que fue por un descuido suyo.
—Me siento tan miserable y culpable, milady. Espero que no me guarde rencor por este desafortunado episodio.
—Por supuesto que no…
La joven siguió con su plan, quería intentar por el lado de la seducción, el beso había fallado porque él tenía una voluntad de acero, entonces debía probar otras formas.
Levantó un poco la falda y con una mano recorrió su pantorrilla y tobillo otra vez.
Esto lo aprendió en su visita a otro país, su hermano no fue muy consciente cuando la llevaba cerca de lugares poco recomendables para familias decentes.
Cada vez que se acariciaba la pierna, miraba hacia el marqués esperando que este tuviera alguna reacción, pero no parecía demasiado interesado en eso.
Su idea parecía demasiado inocente para un hombre con tanta experiencia con mujeres.
Mientras que lady Stella seguía probando en dónde le dolía, a Wulfric le costaba no mirar. Era absurdo, había visto mucho más en una mujer cualquiera, un tobillo inflamado no debería ser un objeto de deseo y menos si era el tobillo de su futura cuñada.
Ella estaba dispuesta a subir su apuesta, tendría que ser un poco más atrevida, una mirada debería bastar para que se fijara en su escote.
Todas las tácticas de seducción conocidas debía llevarlas a cabo o sería un día más perdido para la joven y otro de sufrimiento para Beatrice.
Encorvó un poco su cuerpo hacia su rodilla, apretándola para que sus pechos se vieran un poco más grandes de lo que eran en realidad.
La idea era atraer la atención a esa parte de su figura y que eso se le quedara en la mente como un aliciente para buscarla en el futuro.
No estaba jugando para conseguir todo en un día, sino para que más adelante este caballero cambiara de parecer y se decantara hacia ella y no hacia su hermana.
—Me parece que no alcanzó la zona lo suficientemente bien… —declaró la joven.
Al oírla pronunciar esas palabras, el marqués la miró y notó la curvatura de su cuerpo.
Sus senos estaban estrujados, pidiendo respirar.
Sin darse cuenta, aflojó su pañuelo para después desviar la vista.
Mirar eso era uno de los pecados mortales de máximo castigo.
La tentación de mirar al menos por curiosidad corroía su mente, pero intentaba no caer en lo carnal, o no podría distinguirse de un animal en celo.
Él era capaz de controlar sus pasiones, no podía ser controlado por ellas.
Pese a que el marqués no le había dedicado mucho tiempo a observar la zona de su cuerpo, se notaba sonrojado e incómodo.
Era momento de parar y esperar resultados.
No sabía si se pasó al ser sugerente o no, pero era lo que podía hacer con su inexperiencia, guardando la vergüenza en un lugar recóndito de su ser.
—Parece ser una falsa alarma, su señoría. En unos minutos quizá me recupere o tendrá que llevarme en brazos al salón —dijo Stella bajando la pierna del banco.
—Qué bueno que no será otra paciente del médico, lo malo es que no podrá cobrar doble por atender a dos personas de una misma casa.
—Sí, es una lástima para el médico. Leí unos libros médicos cuando era más joven, no entendí mucho, pero aprendí lo más sencillo sobre los problemas más convencionales de las personas.
—¿Por ejemplo, los resfriados?
—Sí, pero no sé reconocer uno grave de uno leve. Ya sabré que fue grave cuando la persona esté muerta, de lo contrario, hubiera tratado a mi hermana con un par de jarabes e infusiones.
—Es mejor no arriesgarse con los parientes. A veces uno cree que le agradecerán, pero si las cosas salen mal, lo único que se consigue es culpa.
—¿Lo dice por alguna experiencia personal?
—No, lo digo por un dicho: el infierno está lleno de buenas intenciones.
Lo mejor que uno puede hacer es evitar los problemas y más cuando estos pueden ser terribles, como ayudar a una dama caída.
Eso dentro de un salón sería un matrimonio asegurado.
Un hombre que se respeta dejaría a la mujer ahí y esperaría que algún pariente o persona mayor la ayudara.
—Eso no suena propio de un caballero y menos de usted, que me ayudó recién.
—Esto fue algo fortuito; aparte, no estamos en un salón en donde los ojos están buscando defectos, sino que estamos en su patio sin más vistas que nosotros o, de lo contrario, estaría conversando con su padre sobre la dote y tendría que darle muchas explicaciones y disculpas a su hermana.
Sería tan vergonzoso que lo mejor es colgarse de un poste antes que sufrir semejante humillación.
—¿Considera que casarse conmigo sería una gran humillación?
—¡No, no, por supuesto que no, milady! Para cualquier caballero sería hasta un honor inmerecido. Por favor, no malinterprete mis palabras.
—Solo hice una pregunta. Entonces, ¿usted quiere proponerle matrimonio a Beatrice?
—Sí. Esa es mi intención y espero que me ayude. He hablado más con usted que con ella, lo que hace que conozca mi carácter con una dama. Si le habla bien de mí, se lo agradecería.
Stella le dedicó una sonrisa suave que solo decía que sentía compasión por ese tonto. No importaban las florituras que le pusiera a ese hombre, su hermana jamás lo toleraría.