La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Los dos días llegaron rápido, y el marqués estaba listo para partir hacia la residencia del conde de Coventry, pero antes recibió la visita de Bruce, el sirviente de Harold.

—Parece que llego en mal momento, su señoría —se excusó Bruce con diligencia.

—Por supuesto que no. ¿Hay alguna noticia de mi pedido?

—Sí, mi señor lo espera para conversar sobre eso.

—¿Tu señor puede esperarme para la hora del té? Tengo que hacer una visita a la casa de la hija de lord Coventry. Con mucho esfuerzo he conseguido que me dieran esta oportunidad.

—Le diré a mi señor que usted lo verá esta tarde. Acomodaré las visitas previstas de él.

—Gracias, Bruce. Hoy es un excelente día para mí, al parecer, conseguiré el nombre de quien quiere robarme el afecto de lady Beatrice y también daré a entender mis intenciones con la familia. Todo dependerá de cómo se den las cosas hoy, pero tengo confianza en que esa dama no se me escapará.

—Qué así sea, su señoría. Me retiro, con su permiso.

El sirviente se retiró y de nuevo el marqués se dispuso a retirarse.

—¿Por fin has conseguido que alguien se suba a tu barco del delirio? —indagó el abuelo del joven.

—No es el barco del delirio. Harold ha conseguido información crucial para mí y yo, por mi cuenta, con mucho esfuerzo y sacrificio, logré una cita.

—¿Cuál era el sacrificio? Oh, sí, bailar con la hermana bella, inteligente y educada de la familia del conde de Coventry.

Definitivamente diría que no eres mi nieto, pero esa nariz es igual a la mía y no puedo decir mucho, lo que sí te diré es que estás en el nido perfecto, aunque persiguiendo al pájaro equivocado.

El marqués miró hacia el ayuda de cámara de su abuelo y suspiró.

—¿Qué le dijiste para que tergiversara todo? Ella es mi adorable futura cuñada, justo el medio perfecto para llegar a lady Beatrice.

—No le dije nada que usted no dijera. No puedo mandar en los pensamientos de milord. Él lo imagina como mejor quiera —respondió el sirviente.

—No lo acuses sin fundamento. Si él no me cuenta lo que haces, ¿cómo podría enterarme de tus tonterías?

Al menos esta vez fuiste inteligente y no dejaste que la vieja bruja te atrapara para cobrar viejas cuentas y convertirlas en nuevas deudas.

Estuve a punto de creer que te estabas haciendo más inteligente, pero veo que buscas problemas, Wulfric.

—Abuelo, ¿no puede apoyarme en esto?

—¿Quieres que te apoye para perder tu dignidad? Haz lo que quieras, pero después no vengas a lamentarte aquí sobre que todo te sale mal. Lo mejor que puedes hacer es quedarte soltero al menos por tres años más. Esta hija de lord Coventry no te conviene, salvo la otra, que parece más accesible.

—Lady Stella es diferente, cierto, pero ya me fijé en la hermana. No puedo ser desleal a estas alturas. Llevo al menos cuatro noches tras lady Beatrice. ¿Qué pensarían de mí si me desvío hacia la otra?

—Ya piensan que eres un sinvergüenza, ¿qué importa el resto? Tu reputación no sirve para nada y todavía quieres hablar de decencia. Vete e ignórame como siempre.

—No me ponga difícil este asunto, abuelo. Me iré por ahora, pero regresaré.

El viejo agitó la mano para despedirlo con desánimo. Su nieto no estaría feliz hasta romperse la cabeza con una pared. Lo dejaría que lo hiciera, ya que aprender de los demás no se le daba bien.

***

En casa del conde de Coventry, el plan para que Stella tomara el lugar de la joven estaba en marcha. La tos que fingía Beatrice era perfecta y, para que todo fuese más realista, había mandado llamar a un médico, eso echaría por tierra cualquier sospecha. El plan era a prueba de tontos.

La doncella arregló a Stella con cuidado para que se viera casi inmaculada, aunque demostraría un tono de preocupación, por eso propondría que se quedaran en el jardín de la residencia para conversar. Forzar al hombre no era la mejor decisión y debían pensar en lo más conveniente.

Unos golpes en la puerta alertaron a la familia.

Cada uno de ellos fue a ocupar sus posiciones.

Rodney no se metería, fingiría estar ocupado en la biblioteca, mientras que su padre y su madre estarían disculpándose por estar pendientes de la salud de Beatrice y Stella sería la persona educada que le haría compañía.

Todo encajaba a la perfección, no había forma de que las cosas salieran tan mal, no sería perfecto, pero se suponía que debía ser un avance para que el marqués se fijara más en Stella y liberara a Beatrice de su mente.

La doncella abrió la puerta y dejó entrar al marqués. Cogió su bastón y sombrero para guardarlos.

—Buen día… —saludó Wulfric al ver al conde y la condesa en el salón. Los dos estaban sentados en el sillón con rostros desolados. Al parecer, decir «buen día» no era lo mejor en ese momento.

—Buen día, su señoría. Disculpe que lo recibamos de esta manera, pero nuestra querida Beatrice no ha dormido en toda la noche por la tos y nos hemos desvelado buscando a un médico para atenderla.

Esa noticia hizo que el corazón del marqués terminara en el suelo, no podía ser posible que enfermara cuando por fin había conseguido un acercamiento.

—Sí, es una lástima —secundó la condesa.

—¿Podría ver a milady? Tal vez conversar le haga bien.

—No es una buena idea. Le duele tanto la garganta que solo estarían mirándose como si fueran mendigos en un banquete —alegó lord Coventry. No pensó que el marqués en realidad quisiera ver a la joven—. Además, no sabemos si pueda ser contagioso.

—Si es contagioso, mi abuelo me matará. No quiere que muera sin antes darle un descendiente al título, pero me arriesgaré si es por ella.

—No nos atrevemos a enfermar a un marqués sin herederos, su señoría, no nos ponga en un aprieto —rogó el conde fingiendo preocupación.

—Es cierto, no se preocupe, nosotros cuidaremos a Beatrice, mientras tanto, Stella puede hacerle compañía un momento. El médico está por venir a ver cómo sigue… —habló lady Coventry.

—Busca a Stella —ordenó la dama a la doncella para que esta fuese a por ella. Era el momento de que entrara en acción.

La doncella subió hasta la habitación de Stella y golpeó la puerta con suavidad. La joven abrió y salió.

—Es hora, ¿no es así? ¿Cómo se ve el marqués?

—Devastado, milady. No parece muy entusiasmado al no poder ver a lady Beatrice.

—Era de esperar. No se puede curar una obsesión de una vez. Será un día difícil porque no sé si a él le agrade mi compañía sabiendo que Beatrice supuestamente está sufriendo.

—Tranquila, milady, todo saldrá bien.

—Recuerda no mencionar nada de esto a tu mozo o nos pondrías en un aprieto del que no podremos salir, ¿entiendes?

—Sí, milady.

Stella bajó las escaleras con tranquilidad. Reverenció a sus padres y después a Wulfric.

—Su señoría, ¿cómo está? —inquirió la joven al verlo con el rostro serio.

—Bien, milady, ¿cómo está usted? ¿No se ha contagiado con la tos de su hermana?

—No, aún no tengo síntomas…

Un golpe en la puerta hizo que todos miraran hacia allí. El médico había llegado para hacer que la farsa pareciera más real.

—Ha llegado el médico… —anunció la doncella, sonriente.

—Oh, lo estábamos esperando, por favor, pase para ver a nuestra hija, nos preocupa mucho su situación. Es tan delicada… —dijo el conde, que casi sube al hombre a rastras por las escaleras.

—Stella, atiende al marqués mientras nosotros vemos a tu hermana —mandó su madre.

—Sí, madre, me encargaré de él.

Después de decir eso, ella le señaló un sillón para que se sentara.

—Lamento que su cita se viera afectada por la enfermedad de Beatrice, su señoría. ¿Le interesa beber un poco de té mientras esperamos noticias de mi hermana?

Esperar noticias no sonaba tan mal. Lo malo era que fue a ver a lady Beatrice y no a lady Stella, pero ahí estaba, sentado junto a ella. La joven era amable y no podía rechazarla.

—Un té está bien…

La joven movió una mano para que la doncella fuese a buscar el pedido y servirles.

—¿Acostumbra a jugar al ajedrez? —curioseó Stella para hacer fluir la conversación hacia algún sitio.

—No soy tan bueno en eso, mis amigos siempre me ganan.

—Algunos dicen que es un juego que demuestra la inteligencia de una persona, pero no estoy de acuerdo del todo.

—¿Por qué? No me considero el más lúcido de los caballeros, puede que ese juego sí determine mi inteligencia.

—No es así. Una persona no puede ser inteligente en todo.

El ajedrez solo demuestra que es un estratega, que siempre buscará una salida a cualquier situación, lo que lo hace menos vulnerable, pero no significa que determine su nivel de inteligencia.

Un estratega de guerra no es lo mismo que uno de escritorio, un soldado no es lo mismo que un luchador callejero.

Lo que quiero decir con eso es que la inteligencia se da de diferentes maneras.

—Tiene un pensamiento demasiado extraño para su edad. Para ser sincero, usted no estaría en la lista de solteras elegibles de mis amistades, ¿sabe la razón?

—No con certeza, pero la imagino. A los caballeros no les gusta que una dama les gane en su campo, pero para darles un consuelo, no soy tan imperfecta, podría comprenderlos y no aplastarlos.

El temor de un hombre es que le corten la hombría de cualquier manera.

El control es importante y yo lo comprendo.

Una mujer no debería ser la competencia, sino ser competente al lado de su esposo.

Wulfric la observó con detenimiento. Esa mujer era demasiado perfecta para ser real. Parecía sacada de un cuento para varones.

—¿Eso la diferencia de su hermana?

—Tengo más diferencias con ella que una resta.

Lo primero radica en la cabeza. Recibimos la misma educación, pero la interpretamos de manera diferente.

Créame, siempre me lo reprocha. Ella no quiere ser una esposa convencional, es rebelde.

No es por hablar mal de mi hermana, mas la realidad se asoma y nadie la puede atajar.

El caballero se quedó en silencio un segundo y sopesó lo que lady Stella le decía. Tenía cierta razón en mezclar a lady Beatrice con la palabra rebeldía. La conoció siendo tosca y no había cambiado. Entendía que la mujer que le gustaba solo era rebelde y no sabía cómo expresar lo que pensaba.

—Lo que me cuenta me ayuda a comprender mejor a lady Beatrice. Su rebeldía es atractiva.

Esa conclusión hizo que Stella sonriera nerviosa. ¿Cómo podía pensar así? Debía recordar que no todos eran iguales, pero el cerebro del marqués trabajaba con una rareza inquietante.

—Sí, muchos la consideran atractiva; sin embargo, una cosa es admirar y otra vivirla cada día. ¿Cuánto puede ser tolerada la rebeldía?

—Eso no es fácil de responder. Nadie quiere a un rebelde constante, pero el amor lo comprende todo, ¿o no? Aún no conozco del amor, pero la experiencia ajena dice que es así.

—Es cierto. Usted, como caballero, veo que prefiere a las rebeldes. Tiene buen gusto.

—¿Se burla de mis gustos?

—Por supuesto que no. Esto es un debate para conocer la opinión del otro.

Yo prefiero la obediencia, una dama obediente vale la paz de un caballero.

La guerra casera es bastante tediosa, una mujer rebelde estaría buscando siempre a alguien a quien atacar.

Es belicosa por naturaleza y los defectos del otro desatan su comportamiento.

Nadie sería rebelde si no tuviese un motivo.

—Eso lo comprendo —alegó el marqués con presteza—. Su hermana odia que en el pasado fui un libertino.

—Sí, y lo recuerda. Tal vez lo haga cada vez que usted salga de la residencia, pensará, ¿dónde está metido mi esposo? Cualquier dama que no entienda a uno de su clase será rebelde y le dará muchos dolores de cabeza.