Capítulo 10
Cuando llegó el turno de ellos para comenzar el baile, lo hicieron con mucha gracia.
Se complementaban con los pasos y estaban sincronizados con las otras parejas.
Stella era hábil para bailar, era mejor en eso que su hermana, que tenía los pasos más pesados y el cuerpo rígido, a ella le gustaba sentir la música recorriendo sus pies.
El marqués también contaba con mucho talento, no había exagerado antes cuando lo mencionó.
—Resultó que usted sí sabe bailar, su señoría —lo halagó la joven.
—Es resultado de mi infortunio la última vez. Antes no era tan experimentado, pero la duquesa viuda fue bastante insistente con que llenara varios carnets y terminé de esta manera.
—¿La duquesa viuda?
—Sí, es la abuela del duque de Manchester. No lo encontró a él, pero sí a mí, entonces decidió torturarme por la rivalidad que tiene con mi abuelo.
—¿Abuelos rivales? Eso suena interesante. Si no se toleran, deben tener una razón de peso.
—He considerado que se querían en el pasado y que no pudo ser por culpa de uno de los dos. Aún no logro descifrarlo.
—Muchos dicen que del odio al amor solo hay un paso. Tal vez ellos sean el ejemplo perfecto para tal dicho.
—Si estuviese seguro, le diría que ellos lo inventaron. Lady Stella, siento que usted y yo podríamos ser excelentes amigos.
—Eso suena interesante, aunque sea por poco tiempo, aprovecharé su amistad.
Después de estar un año en Francia y de no haber convivido con más personas que mis hermanos y padres, usted es más que bienvenido.
Cuando tenga esposo, no sé si querrá que siga siendo su amiga, salvo que nos convirtamos en familia.
—Eso pasará tarde o temprano. Está en mis planes ser familia, solo que me gustaría que lady Beatrice fuese un poco menos celosa. La última vez fue por bailar demasiado. Espero que en esta ocasión no le caigan a usted un par de malas palabras de su parte.
—No se preocupe, como le dije antes, siempre compartimos todo.
De nuevo esa frase que le daba escalofrío.
No parecía nada malo, pero como él era sucio, veía todo bastante contaminado.
Su futura cuñada era como el sol naciente asomándose en la pradera: cálida y agradable.
Totalmente contraria a su hermana, que parecía un murciélago de día: poniendo mala cara y con frecuencia tratando de esconderse.
Pese a que parecía que pensaba mal de ella, quizá fuera eso lo que en realidad le gustaba.
Su personalidad no parecía ser suelta como la de lady Stella que no parecía temor de nada.
Así como la veía, sería capaz hasta de comandar un ejército con una sonrisa.
—Para las damas es fácil compartir ropa y otros objetos.
—Lo único que no podemos compartir son las joyas, cada una tiene la joya de su familia que fue heredada de mi lado paterno, no todas, claro, porque mi hermano se quedaría sin nada que ofrecerle a mi cuñada.
—Me alegra que al menos algo se salve del todo.
—Tampoco compartimos caballeros, así que hay más cosas que decir. Al ser distintas, tal vez lo que más podemos compartir es el aire que respiramos.
—Vaya, eso es interesante. Jamás pensé que compartirían a un hombre… —mintió el marqués sabiendo que sí lo había hecho.
Cuando terminó el baile, el marqués la llevó hacia donde se encontraban solo sus padres, pues sus hermanos fueron con sus respectivas parejas a esperar el turno.
—¿Cómo les fue? —indagó la condesa.
—Muy bien, madre. El marqués es hábil para bailar. Tiene mucha práctica.
—Qué labia tiene lady Stella. Fue solo un comentario y ella lo ha realzado.
—Con nuestra hija ningún caballero podría decir que no es adorable, ¿no es así, marqués? —curioseó el conde.
—Por supuesto. Milady es muy agradable y con excelente conversación. Se nota que ha sido bien educada.
A Stella no le interesaban esos halagos superficiales que solo servían para reforzar que sus padres habían contratado a una buena institutriz, pero existía la casualidad de que ella y Beatrice fueron educadas por la misma persona, pero con resultados diferentes.
La gestión emocional de Beatrice era deficiente, mientras que la suya era sencilla como respirar.
Su hermana era más explosiva y menos tolerante, no lo veía como un defecto de carácter, sino a su personalidad, que no era complaciente.
Nunca le había gustado ceder, en cambio, ella se centró en la negociación desde el primer día para repeler el sistema tiránico de Beatrice y eso funcionó para que se equilibraran y llevaran bien.
Lo que a la joven le importaba era recibir algo más que esas palabras dedicadas a los padres y no a lo que era ella. Era simple zalamería.
—Sí, siempre se ha destacado. Sabemos que será la esposa ideal para cualquier noble que esté en condiciones de mantenerla.
—No debe entregársela a cualquiera, le aseguro que ella podría ser la esposa perfecta para un duque o un marqués. No busque menos que eso al momento de darla en matrimonio.
—Pensamos igual, su señoría —prosiguió lord Coventry con una sonrisa que otros no llegaban a distinguir que era con toda la intención de darle a su hija para que se casaran.
—Me despido, lady Stella. Tal vez la salude cuando vaya a ver a su hermana en dos días, si tenemos suerte, hablaremos un poco.
Con permiso… —se despidió el marqués con una inclinación de cabeza.
Esa noche no conseguiría nada más con la familia de lady Beatrice, ella estaba ocupada y no se quedaría quieta, lo mejor era irse y conformarse con lo que había obtenido en esa jornada.
Ella hizo una reverencia para despedirlo y después les sonrió a sus padres.
—Es un poco despistado, pero tiene potencial para esposo.
—Lo hemos notado. Todavía sigue un poco empecinado con tu hermana, pero espero que con el tiempo comprenda cómo son las cosas.
—Lo hará, pero cuando abra los ojos, nosotros no podemos forzarlo, debe darse cuenta solo —replicó la joven que había decidido ir hasta el final con ese caballero.
***
Durante el camino de regreso a casa, Beatrice contó con emoción que había bailado con caballeros que parecían ser buenas personas, pero siguiendo la lógica convencional, Stella no creía que aquellos fueran blancas palomas y solo faltaba preguntarle al marqués si los había visto antes, eso lo convertía en un excelente informante.
—¿Por qué defiendes a todos esos y demonizas al marqués?
¿Es solo porque su vida fue más pública?
Recuerda que aquel que come en silencio come doble.
Lo más probable es que tengan más pecados que tu pequeño demonio personal —aseguró Stella con los ojos cerrados y los brazos cruzados bajo el brazo debido al cansancio y el sueño.
—Resulta que lo defiendes demasiado. Sabía que él sería de tu agrado. Escucha, Stella, no pensé que fueras de la visión del vaso medio vacío. Encuentro a probables candidatos y tú dices: son peores que el peor.
—No estoy diciendo eso, es solo que el marqués está dispuesto a todo contigo. Antes de que yo decida hincarle el diente, quiero que te decidas si lo querrás o no, no vale arrepentirse una vez que logre tenerlo en mi mano.
—Créeme, no me arrepentiré. Estoy feliz de que encuentre a alguien que lo comprenda. Esto no es un asunto de atractivo, ante mis ojos, él está un poco usado y eso no es algo que a mí me agrade, si a ti te gusta considerar tesoro a lo que no lo es, te comprendo, pero a mí no me atrae.
—Qué tonta. Es tan adorable que a mí sí me gusta, tiene el potencial perfecto para ser un esposo ideal, de esos que la gente recordará para la posteridad.
—Niñas, no discutan por sus gustos, ya sabemos que no les gusta lo mismo y que no piensan igual. Intentar convencer a la otra es un verdadero absurdo. Cada una vaya a lo suyo. Stella, aprende a respetar los gustos de tu hermana —pidió su madre.
—Lo sé, madre, y los respeto, solo que no los comparto. No diré nada más, pero no quiero que en poco tiempo se arrepienta de dejar ir a este pez gordo.
—Definitivamente no vemos el mismo pez gordo; para mí no pasa de ser un pececito de estanque… —masculló Beatrice.
—Es suficiente. Las dos no llegarán a buen puerto, ni pez ni pececito, mejor guarden silencio, estoy intentando descansar —gruñó Rodney.
Las dos se quedaron calladas mientras continuaban el camino. El ambiente parecía tenso, pero todos sabían que después irían a dormir juntas como acostumbraban. Lo que no habían debatido frente a los demás, lo harían hasta el amanecer.
Una vez dentro de la casa, Stella cogió del brazo a su hermana y la siguió hasta su habitación. La doncella llevó ropa para la joven hasta el lugar de Beatrice para cambiarla. Cuando se retiró, las dos mantenían sus ojos cerrados en la cama y se daban la espalda.
—Hasta la doncella ha conseguido el amor… —habló Stella recordando a la criada con una sonrisa en el rostro, mientras que ellas dos parecían no tener la misma suerte.
—Estoy a punto de encontrar al amor de mi vida. Quizá hoy bailé con él, no lo sé.
—Yo creo que sí lo encontré. El marqués de Howard es el hombre que quiero para mí.
—Ahora solo debes conseguir que él te quiera de la misma manera. Porque si te das cuenta, quiere que sea su esposa, pero no me interesa. A ti te gusta, pero aún no le interesas. Conseguir ese equilibrio no creo que sea tan sencillo.
—Por supuesto que no lo será, es solo cuestión de estar dispuestos a aceptar la realidad.
Si él no me acepta en el futuro, simplemente me haré a un lado, tengo un par de semanas para probar suerte, no quiero que pase esta temporada sin casarme.
El marqués es mi primera opción, pero si no resulta, siempre hay otra forma de conseguir casarse y lo más rápido es un matrimonio concertado.
—No sé si nuestros padres estarán de acuerdo con eso. Imagina comprometerte con un verdadero desconocido. Me da miedo que no me agrade.
—Es eso o quedarse sola y ser una carga eterna para la familia. Como mujeres no tenemos muchas opciones de salida. El matrimonio y un hijo varón son las únicas cosas que nos pueden asegurar una vida digna y tranquila. En ese punto, no importa quién sea el esposo, solo nuestra seguridad.
—Qué triste. Pensar que muchas no pueden escoger…
Nosotras sí podemos y nos damos el lujo de despreciar a jóvenes adinerados, cuando cualquier otra mataría por ellos.
Eso hace que me sienta mal al tratar con tanta maldad al marqués, no porque me guste, sino porque soy sensible ante las necesidades ajenas.
—No te arrepientas, para hacerlo sentir bien estoy yo. Pronto vendrá a visitarte, no olvides fingir, haz que parezca real.
—Lo intentaré. De hecho, puedo mojarme mañana y permanecer horas en el patio para que sea real.
—No, las posibilidades de que te recuperes no son muchas, ya sabes, la mayoría de las personas con pulmonía mueren al poco tiempo, no importa la edad, ni los recursos, cuando la muerte está empeñada en llevarte, no descansará hasta lograrlo.
—Tienes razón. No vale la pena que me enferme de verdad. Seré paciente y haré una gran actuación para que el marqués se quede contigo. Ese día es tu mejor oportunidad de afianzar algo.
—Sí, lo sé, aquí no hay segundas oportunidades. No podremos poner la misma excusa.
—Es cierto, más vale pensar en alguna nueva. Siempre y cuando no se sienta culpable, todo estará bien. Si lo hace, tendré que confesarle que no lo quiero como candidato a esposo. Estoy haciendo lo posible por no ser grosera, pero si insiste, no me contendré y las palabras saldrán.
—Sé paciente. Él se irá dando cuenta con lentitud, este encuentro solo será el principio.
—Reza para que no quiera quedarse a cuidarme y se eche a perder todo el plan.