Capítulo 9
Con ese trato todos creyeron haber conseguido lo que deseaban. El marqués estaba convencido de que ganarse a la hermana de lady Beatrice terminaría jugando a su favor al momento de conquistarla.
El conde creía que no solo le estaba consiguiendo un esposo decente a Stella, sino que también estaba ayudando a Beatrice a liberar un poco de sus inconvenientes con el marqués.
—Es perfecto. Iré a vuestra casa en dos días, ustedes decidirán si es mejor una visita o un paseo.
Estaré pendiente —alegó el joven marqués cogiendo el carnet de Stella para firmar con su nombre y comprometer una pieza.
Al menos se había recuperado del dolor de pies que le dejó haber seguido los planes maquiavélicos de la duquesa viuda.
Stella entendía que el marqués estaba interesado en Beatrice, pero el problema era ella.
Si intentaba quedárselo, no tendría ningún reparo en su contra, pues esta no correspondía a sus sentimientos y eso le daba un buen margen de maniobra para al menos intentar que se interesara.
Le parecía atractivo, aunque este caballero no parecía comprender que su hermana no tenía interés alguno en su persona.
Eso denotaba cierta inocencia en su forma de proceder.
Debía estudiarlo bien para saber cómo abordar la situación.
—Gracias, su señoría. Es el cuarto en mi carnet, le pido un poco de paciencia —musitó Stella con suavidad.
A Wulfric le sorprendía que esa joven fuese tan amable con él, pero no comprendía sus razones. Tal vez su hermana le dijo que estaba enamorada y que lo tratara bien por respeto a ella.
—Por supuesto que seré paciente. La hermana de lady Beatrice será la dama envidiada de esta velada al bailar conmigo.
—Espero que así sea…
—Con permiso, me retiro para saludar a unos conocidos…
La verdad era que iría a esconderse en algún rincón alejado o buscar a alguien que le sirviera como escudo para evitar que, si la duquesa viuda estuviera por ahí, lo cogiera de nuevo dentro de la trampa, puesto que, si se negaba frente a los demás, sería criticado por ser cruel con un vejestorio.
Para su desgracia, su abuelo prefería beber y fumar antes que salir a defender el honor de la familia.
Una vez que el marqués se retiró, el conde hizo un gesto para que los miembros de su familia se juntaran y pudieran conversar.
—Padre, ¿qué hizo? ¡Me arrojó directamente a las garras del marqués! No debería ser de esa manera… —gruñó Beatrice, enfadada.
—Baja la voz, niña tonta. El plan está en marcha. Tú estás enferma… —declaró lord Coventry con una ceja levantada.
—Nunca he sido más sana en esta vida, padre. No me siento enferma.
Su hermana rodó los ojos y le tocó el brazo a Beatrice.
—Lo que nuestro querido e inteligente padre quiere decir es que estarás enferma cuando toque esta salida… ¿entiendes?
Al escuchar eso, el cielo lleno de nubes de tormenta que representaba ese compromiso se despejó para Beatrice. Comprendió el plan.
—¡Oh, entonces no tendré que verlo! Ay, padre, perdón por dudar de usted. No pensé que pudiese pensar en algo semejante.
—Pero ¿eso no sería engañarlo? ¿Qué ocurrirá cuando vaya a buscar a Beatrice? —indagó Rodney.
—Hijo mío… —dijo su madre en un suspiro—. Estoy segura de que la única persona que entendió el plan es Stella.
—En efecto, lo comprendí. La idea es que Beatrice finja enfermedad, entonces yo tomaré su lugar para intentar conseguir una oportunidad. Si eso no funciona, tendremos que pensar en otras tretas o simplemente pasar a otros candidatos a los que no tenga que tenderles trampas.
—¿Qué te ha parecido el marqués? —inquirió el conde.
—Me ha gustado, aunque parece que su lámpara de entendimiento romántico está apagada. Parece ser el único que no es capaz de notar que mi hermana huye de él como si se tratara de una peste.
—Es lo que dije. Este hombre no tiene inteligencia, solo es un noble engreído con un título. No tiene mucho que aportar.
—Lo considero inteligente y amable, aunque en el aspecto de lectura de otras personas, o al menos con las féminas, falla. No es algo grave. Es inocente.
—¿Un libertino es inocente, Stella? No quieras jugar conmigo.
—En una suripanta sabe lo que encontrará, no le hace falta pensar con el corazón, solo tiene que hacerlo con la cabeza equivocada.
Su inexperiencia con damas de la sociedad es evidente en un aspecto, pero la cortesía y su buen porte no los ha perdido.
Es un candidato con gran potencial para ser mi esposo.
Si mi hermana no lo reclama, me lo quedaré.
—Llévatelo lejos, no me hace falta. Para ti es un cúmulo de virtudes y yo en él solo veo inconvenientes. Quédatelo, te lo obsequio.
—Así quedamos, familia. Haremos que este marqués se case con Stella. Solo debemos tener paciencia, eso va más para ti, Beatrice —aconsejó su padre.
—Lo haré, seré amable. Ahora que sí quieren ayudarme a hacerle un favor de encontrarle a alguien que sí le interese, me quedo tranquila…
Todos asintieron. El plan estaba trazado y el único que no lo sabía era el marqués.
Sabían que intentar meter a Stella sabiendo que él sentía interés por Beatrice sería una tarea difícil, pero era mejor que vivir con alguien que no lo quería, la otra hija de la familia lo apreciaría y serviría como una verdadera esposa debía hacerlo.
Las dos hermanas bailaron con sus respectivas parejas hasta que llegó el turno de Stella y Wulfric.
Este último se encontraba en compañía de uno de los hombres que solía encontrar en la taberna, pues el cobarde de Harold no había asistido, pero su abuela sí.
Ese demonio lo estuvo buscando por cada rincón, pero apenas presentía que sería encontrado, salía con ese conocido a pasear por el jardín, prefería que pensaran que le gustaban los hombres antes de ser torturado por esa anciana malvada.
Al llegar su turno, se disculpó con esa persona que lo había salvado y fue a buscar a lady Stella.
Hacerlo le servía de excusa para volver a ver a lady Beatrice.
Por más que se había enterado unas horas antes de que no eran hermanas de sangre, tenían un lazo inquebrantable de haber crecido juntas y ser criadas por los padres de ambos, todavía se sentía un poco incómodo de estar con la que creía que pronto sería su cuñada.
La joven era amable y hermosa, con una picardía que notó al instante en que le entregó el carnet para firmarlo.
Era contraria a la forma de ser de su hermana y eso la hacía más agradable al trato.
Lady Beatrice no parecía desear que se notara su interés por ella, pero sus celos le decían que solo estaba fingiendo para que no se levantaran habladurías debido a sus antecedentes como libertino.
Por más que ya dejara eso porque lo consideraba aburrido y repetitivo, aún lo condenaban.
No quería morir con el apodo de libertino.
Sentar la cabeza con una mujer de clase como ella era la forma perfecta de limpiarse.
—Lady Stella, he venido a cumplir con mi pieza… —habló Wulfric llegando hasta donde la joven se estaba refrescando con una copa de vino.
—Su señoría, es usted tan responsable. ¿Se le ofrece alguna bebida antes de que vayamos a bailar? —ofreció Stella.
—Debo declinar, milady. Estuve bebiendo con un amigo, ya llevo un par de copas encima, si bebo un poco más, quizá no se note mi talento real y el dobladillo de su vestido sufra las consecuencias de mi torpeza.
—Qué encantador para pensar así. Me iré a bailar con el marqués… —anunció ante sus parientes que la despedían con una sonrisa, en especial, Beatrice.
—Lady Beatrice, espero que no se ponga celosa en esta ocasión, es su hermana… —pronunció aquel creyendo que la tranquilizaría para que no pensara tonterías.
Beatrice no dijo nada, pero su mente repetía: «¿Quién se pondría celosa? Lo que quiero es que te lleven».
El marqués le enseñó el brazo a la joven para que este lo cogiera y pudieran ir hacia donde se encontraban los danzantes esperando la siguiente pieza.
Mientras caminaban juntos, Stella lo miró de perfil.
Era más alto que ella casi por una cabeza.
Tenía toda la elegancia de un caballero y el porte de un adonis.
Creía desde el fondo de su corazón que su hermana estaba siendo tonta al dejar que alguien que la apreciaba se perdiera en los brazos de otra.
Al oírlo decirle a ella que no se pusiera celosa, interpreto que este consideraba que la lejanía de su hermana se debía a los celos hacia otras mujeres, pero lo que este hombre ignoraba era que su rechazo era por ser un libertino.
Estaba muy lejos de ser por cariño, amor o afecto de otro tipo.
Beatrice era decidida y, cuando estaba dispuesta a sacar a alguien de su camino, no se daba por vencida.
Él estaba en la lista negra. Con suerte, no había recibido una patada que lo dejara inconsciente. Ella fue muy amable.
Él se giró para mirar hacia su compañera y la sorprendió observándolo con detenimiento. Era algo incómodo, pero ella ni siquiera se inmutó al saberse descubierta, por eso Wulfric tuvo que desviar la mirada.
—¿Le molesta que lo observen, su señoría? No debería, sus rasgos son finos, dignos de su estatus. No todos tienen su gracia.
Lo que esta dama le decía le dio mucha vergüenza, pues él no le había dedicado palabras semejantes. Esas cosas que ella dijo debieron salir de su boca para apreciarla, pero el atrevimiento de lady Stella era capaz de dejarlo sin palabras.
—No debería decirle eso a un caballero. El ego podría subirse a mi cabeza y creerme más que los demás. Además, a su hermana no le gusta que les agrade a otras damas.
—No sabía que mi hermana fuese tan egoísta. Siempre hemos compartido todo, incluso padre y madre…
Eso de compartir todo hizo que Wulfric le diese una sonrisa nerviosa a la joven. ¿No estaban pensando en compartirlo a él o sí?
—Eso es algo admirable. Lo que he notado es que no son muy parecidas en cuanto a comportamiento.
—Ciertamente no lo somos. Tenemos diferencias de pensamiento como cualquier persona, si pensáramos siempre igual, no sería justo ni razonable para este mundo al tener a dos personas que podrían hacer sangrar oídos.
—Debo decir que he cruzado más palabras con usted de las que he cruzado con su hermana.
—A ella no le gusta hablar demasiado con algunas personas de su estilo.
—¿De mi estilo?
—Sí, de su estilo liberal.
Las palabras de la joven le arrancaron una sonrisa; no porque le parecieran absurdas, sino por ese tono peculiar, teñido de burla e insinuación.
Aun así, aquello también le devolvió la esperanza de ganarse los sentimientos de lady Beatrice, ahora comprendía qué le desagradaba de él, motivo por el cual había dejado atrás esa vida con más razón aún.
—Para la suerte de lady Beatrice no sigo ese camino liberal, solo acostumbro a beber en tabernas. Mis amistades se han casado y a mí solo me queda buscar a personas que puedan salir. No voy a burdeles.
Ella rio al oírlo. Era más inocente de lo que pensaba. Este no entendía lo que le quiso decir. Ni si se cambiaba la piel de lobo por la de cordero, su hermana no lo aceptaría. Le resultaba adorable.
—Sí, es una suerte para ella.
—Dígame, ¿le habló de mí?
—Sí, lo mencionó en un par de ocasiones esta semana… —contó, aunque no le dijo de qué forma Beatrice le habló sobre él.
—Me alegra, tal vez pronto seamos familia…
—Al parecer así será.
Ella no podía decirle más que eso. Seguirle la corriente era la única forma de que él no se enterara de que Beatrice lo había dado como presente y estaba demasiado entusiasmada al entregarlo.