La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Ellas no dejaron de discutir durante el camino de regreso a la residencia, les divertía encontrar algo en qué ser contrarias.

Que fuesen iguales le quitaba sentido a vivir sin conflictos familiares.

Con quien Stella no quería tener inconvenientes era con el hombre que sería su esposo, pues este sería un completo extraño, alguien con costumbres y educación diferente, por no decir que no sería para nada parecido a su hermano.

Pelear entre la familia era más divertido, siempre que se conociesen el límite y el perdón.

—Esta noche tendremos una velada, espero que puedan ayudarse en lo que respecta a arreglarse el cabello y el corsé.

Deben verse preciosas. Las joyas ya las tienen bien distribuidas entre ustedes, cada una con las de su madre, aquí no existe distinción ni envidia —pronunció la condesa, que siempre intentaba ser justa con las dos jóvenes.

No quería quitarle su madre a una para dársela a otra, la idea siempre fue encontrar un equilibrio para que no se sintieran diferencias de trato.

Con su esposo llegaron a ese punto, los dos debían dar todo por el o los hijos del otro.

—Por supuesto que sí. Traje algunas revistas con peinados franceses que serán novedosos.

Ustedes saben que la moda francesa es muy popular entre nuestra clase social, la tendencia es rápida.

Dudo que alguien ya hubiese traído tal novedad —habló Stella confiada en que haría lo mejor por el cabello de su hermana y la guiaría para que arreglara el suyo de buena manera, solo necesitaban varias horas para la prueba, error y corrección.

—Me alegra que quieras compartir cosas nuevas con tu hermana. Estudien bien eso, no quiero que las dos parezcan bufones de la corte, ¿entienden?

—Sí, madre. Me encanta experimentar con cosas nuevas. Pondré todo mi empeño en que nos veamos bien las dos —dijo Beatrice cogiendo del brazo a su hermana.

—Le pediré a la doncella que tenga listas las ropas de ustedes. No quiero que se distraigan demasiado. Traten de que la prueba y error dure poco.

La condesa se quedó en la planta baja, mientras las hermanas subían los escalones cuchicheando.

Después de que las dos estuviesen estudiando la revista en cuestión durante un rato, la doncella llegó con las compras que habían hecho durante la mañana. Esta debía guardar la ropa que no usarían y dejar a mano la que llevarían puesta en la noche.

—Ese es mi vestido, ¿por qué lo traes aquí? —cuestionó Beatrice que estaba en la habitación de Stella.

—Disculpe, milady, me confundí… —alegó la doncella, avergonzada.

—Estás muy distraída. Solo me fui un año y ya perdiste el juicio. ¿Acaso conociste a alguien? —curioseó Stella con picardía.

—Hace un par de días conocí a un mozo tan guapo…

—Tonterías, ¿un mozo? Es lo más bajo a lo que puede aspirar una doncella —masculló Beatrice.

—No existe tanto personal masculino dentro de las casas. La mayoría hacen trabajos pesados y se ven muy bien, ¿cuál es el problema de que a ella le guste un hombre que todo el día está cuidando caballos? Su trabajo es importante.

—Ay, Stella, huelen a caballo, orín y estiércol. Eso no puede ser respetable para nada.

—Beatrice, recuerda que el mozo no es para ti, es para ella. Tus gustos tan sofisticados no deberías pasárselos a la doncella. Estoy segura de que ambos serán muy felices si se gustan. ¿Es un mozo nuevo de esta casa?

—No, milady, es de la casa de un marqués, no me dijo de quién, pero debe ser de alguno que no es tan mayor.

—¿Un marqués? Esto es sospechoso —refirió Beatrice con la mano puesta en el mentón.

—No todo puede ser obra de ese marqués tuyo. Es una coincidencia. Si hablamos de probabilidades, sí es posible que existan muchos marqueses en la ciudad.

—No, no, no. La mayoría son condes, la minoría duques y el resto está dividido entre barones, vizcondes y marqueses… Esto es tan sospechoso, ¿por qué el mozo de un marqués buscaría a esta doncella?

—No es fea, Beatrice. A cualquier mozo podría gustarle. Estás paranoica. No veo que ese hombre te hiciera nada malo, solo quiere casarse contigo.

—¡Casarse conmigo será en sus sueños y en mis pesadillas! En verdad no me gusta, podría tenerlo como cuñado, tal vez como vecino sería tolerable, pero como esposo… no podría sobrevivir.

—Exageras. Quien es sucio ve todo sucio, Beatrice.

No pasa nada, es una simple coincidencia.

Deja la paranoia. Además, solo se han visto dos veces, no puedes culparlo.

Si se encuentran en una velada, tampoco significará que te esté persiguiendo.

Somos del mismo círculo social, seremos invitados y varias veces coincidiremos con él. Qué malicia le tienes.

—Tienes razón, creo que mi sentido común me está fallando.

—No sueles ser tan lúcida con el asunto del sentido común.

Solo trata de ser más abierta y no creas que todo lo malo te pasará.

En el mundo del matrimonio, lo más seguro es la muerte unos años después del esposo.

El amor es un accesorio y la felicidad, como toda cosa, es efímera, lo importante es vivir lo mejor posible hasta el último aliento.

Como damas, no hay mucho a qué aspirar. El casamiento conveniente es lo más importante.

—Odio tus razones, pero eso no significa que no tengas razón. Debo aceptar que lo que dices es cierto, no gano nada tratando de hacerle quedar mal. Debo pensar como tú o enloqueceré creyendo que soy demasiado importante.

—Lo eres, pero exageras mucho cuando dices que un marqués te persigue. No se lo digas a otras damas o serás envidiada. La envidia no trae nada bueno, te roban la suerte.

—¡De dónde piensas así! No puede ser. ¿Cómo es que no pienso igual? ¿Qué está mal conmigo?

—La gracia de la vida radica en la diferencia.

—Hablas muchas cosas que no entiendo, trata de no hablar de cosas raras.

—Y tú quieres un hombre inteligente a tu lado… como si lo merecieras. No volveré a hacerme la joven prodigio frente a ti, me veo mal abusando de los débiles.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada. Que mejor continuemos pensando en los peinados.

Las dos continuaron con la lectura para seguir las instrucciones que decía la revista francesa sobre el cabello. Tardaron un par de horas para comprender a la perfección la técnica sin perder mechones y poder verse hermosas y sofisticadas. Esperaban ser la sensación de la noche.

Beatrice pensaba que su hermana llamaría la atención.

Era bella; aparte, no había participado antes, por eso tal vez acaparara más a los caballeros.

Las dos buscaban lo mismo en un mercado competitivo, quizá hasta a las dos les interesara el mismo caballero, aunque esperaba que no fuera así, porque sería incapaz de competir con Stella y no solo por el vínculo emocional que las unía, sino también porque ella era mucho más inteligente y adaptable.

No usaba su inteligencia para menospreciar, sino para ayudar a los menos favorecidos por la naturaleza.

Durante la tarde, Stella fue la primera en preparar el cabello de su hermana y le quedó perfecto, parecía una verdadera mujer francesa.

—Tu cabello es precioso, mira esos bucles tan bien formados, Beatrice.

No creo que exista alguien a quien no le robes el corazón esta noche.

Mi cabello no es tan maleable como el tuyo, los bucles duran poco, pero no pierdo la esperanza de encontrar una forma de hacer que queden fijos. Las ataduras no son suficientes.

—Stella, tu cabello es precioso, el mío es encrespado, por eso los bucles duran más tiempo que los tuyos. No sé cuál podría ser el criterio para que un caballero se fije en una dama, pero lo que sí sé es que un peinado favorecedor siempre ayuda.

—Te diré el secreto para tener al hombre que quieras a tus pies…

—¿Cuál es?

—El escote. Ni nuestro correcto hermano ha podido desviar la vista, casi perdió los ojos en varias oportunidades; sin embargo, es mejor ser sutil que mostrar demasiada carne, pues de ser así solo seríamos objetos de deseo y nos perseguirían por simple lujuria.

Lo esencial es nuestra personalidad. Los caballeros aman que los problemas lleguen a ellos.

Que la casa no sea un gallinero significa tener paz.

—¿Crees que nuestro padre cree que esta casa es un gallinero? A veces creo que sí, porque siempre está con nuestro hermano. Lo consiente demasiado, ¿no crees?

—Eso no es consentir, es enseñar. Él es un conde grande que enseña a un conde pequeño.

Cada día lo está curtiendo para la vida, cuando nuestro hermano tenga sus hijos, hará lo mismo.

Enseñar es parte de la vida de un padre abnegado, al igual que nuestra madre nos enseña muchas cosas. Ese es el deber de una madre.

—Así seremos nosotras en el futuro si todo sale bien. Terminemos de prepararnos. Esta noche irá toda la familia a divertirse.

—Oh no, esto no será una diversión para todos, será un calvario para nuestro hermano. Él es perseguido por esas mujeres malvadas y codiciosas. Parece que nunca vieron a un tonto caminando por un salón. Debo protegerlo de sí mismo o alguna lo llevará a algún rincón para deshonrarlo.

—¿A un hombre se le puede deshonrar?

—Por supuesto. Al menos a los tontos que tienen dinero y son amables.

—Tienes razón, debemos cuidar a nuestro hermano mayor. Que ninguna arpía se atreva a mirarlo ni siquiera de reojo. Si lo hace, se encontrará con las hermanas más protectoras de Inglaterra.

Ellas terminaron de arreglarse y bajaron al salón para poder partir.

El conde se paseaba de un lado a otro, nervioso, pues quería cumplir con el horario de la invitación de su amigo lord Maveric.

Sus hijas estaban retrasadas al menos diez minutos y eso no dejaba de hacerle mella en la cabeza.

El reloj se lo recordaba con cada movimiento de las manecillas y no le daba paz.

—Por fin, no sé si ustedes creen que viven en un palacio o son vecinas del anfitrión —reprendió lord Coventry.

—Padre, no se enfade. Las damas siempre tardamos en arreglarnos, ¿qué hay de malo en eso? —cuestionó Beatrice.

—Es cierto, padre. Déjelas, no hay apuro por ir a hacer amistades —apoyó el hermano.

—No esperaba esto de ti, qué decepción. Apoyas a estas dos que nos retrasan.

—Nunca le importó eso en la casa de otros nobles, es solo porque, al parecer, lord Maveric le prometió algo, padre —insinuó el joven.

—Es cierto, lord Maveric es tu compinche desde la juventud, ¿qué tienes que decir en tu defensa? —inquirió su esposa.

—Cariño, ¿podrías apoyarme?

—Él es quien sustenta tu vicio en secreto, es decir, no es tan secreto como crees.

Debe tener ese brandy que te gusta bien escondido en su bodega, al llegar alguien de su residencia, subirá esas bebidas al carruaje y nadie lo notará, ¿no es así?

Mientras menos invitados lleguen, es mejor para que tú hagas tus maldades.

—Esposa, eso no es cierto. Qué acusación tan infame.

—No insista, padre, mi madre ya tiene pruebas sobre eso desde que recibimos la invitación. El papel adicional era el plan perfecto, lástima que lo descubrí.

El conde se llevó una mano al pecho ante la acusación de su hijo y se dio unos golpecitos como si fuese una verdadera víctima.

—No le hago daño a nadie. Los vende más barato que la taberna. ¿Es un delito buscar un precio competitivo?

—En realidad no nos hace daño a nosotros, pero sí a su cuerpo con esa bebida que no sabemos qué procedencia tiene —afirmó Stella.

—Llevo toda mi vida bebiendo eso y no me ha hecho nada, de hecho, vivo mejor con alcohol que sin él. El vino es insípido ante la gloria del brandy ilegal.

—Haré que no escuché que dijiste eso, querido. Ni siquiera a mí me dedicas esas palabras. El vicio parece merecerlas más que yo… —se quejó la condesa.