Capítulo 6
Después de salir del negocio del duque, Wulfric siguió su camino a casa con la mente en paz.
En un par de días recibiría el esperado resultado de su pedido a Harold.
Lo único que podía hacer por ese tiempo era esperar a que lo invitaran a una velada en la que coincidiera con lady Beatrice, aunque no pudiese bailar con ella.
Verla y conversar era suficiente para saciar su obsesión.
—¿Cómo le fue, su señoría? —preguntó el ayuda de cámara del abuelo de Wulfric.
—Como le puede ir a cualquiera con suerte como yo. El duque conseguirá información —respondió Wulfric dándole su sombrero al sirviente.
—Su abuelo dice que tenga cuidado con hacer tratos con esa familia, que no se fíe de ellos, pues existe un conflicto de familias.
—No me dejo llevar por rencores de dos ancianos que no se toleran. Dime la verdad, ¿ellos dos estuvieron enamorados, no es así?
—No me corresponde a mí decirle nada del pasado de su abuelo, su señoría, pero sería bueno que se lo pregunte, también quiero conocer un poco más sobre esa historia que tienen. Todos piensan que esa enemistad no es algo común.
—Es una lástima que todas las personas que podían tener una información certera estén muertas.
No solo mis parientes, sino los de ellos, pero en mi mente retorcida imagino que fue algo romántico y estoy seguro de que mi abuelo es gran culpable, si no, ¿por qué me educa para ser un sinvergüenza?
Eso no tiene sentido, solo quiere llevarme por su mismo mal camino.
—No lo sé, porque él se casó joven, pero no conocemos el resto de la historia y para eso sería de suma importancia que indague.
—Sí, porque tú tienes miedo de morir y me arrojas bajo las ruedas del carruaje. Qué cómodo.
—No me culpe, cada uno salva su vida como puede, ¿no le parece?
—Lo que me parece es que viste suficiente. Eres tan antiguo como mi abuelo. ¿Qué hay de las oportunidades para los jóvenes?
—Puedo dejar a su abuelo a su absoluto cuidado mientras me muero.
—No, no. Tampoco exageremos. Es un viejo quisquilloso que me llamará por cualquier cosa que se le antoje. No, no podría vivir así.
—Entonces puede preguntarle usted lo que desea, ya que las dudas vienen de su persona. Yo estoy conforme ignorando todo y conservando mi vida.
—¿Qué está haciendo mi abuelo?
—Se quedó dormido en el sillón. Usted sabe que disfruta dormir cuando lo espera.
—Entonces no lo despertaré, no quisiera enfurecerlo y que después me persiga para hablar de tonterías. Lo único que siempre quise saber es sobre su enemistad.
—Entonces apresúrese, porque está cerca de despertar. Cuando huele su aroma, ya es difícil decirle que usted está ocupado.
—Ciertamente, eso tampoco yo me lo creo. Iré a leer a mi habitación. Hoy no quiero ir a mi despacho, siento que si miro algún libro contable tendré un desmayo.
El sirviente lo dejó pasar para que hiciera lo que quisiera, mientras que este se ocupaba del anciano que dormía.
Siempre colocaba su dedo frente a su nariz para saber si aún seguía con vida.
Sabía que a esa edad en cualquier momento podría dejar de existir, aunque prefería que no ocurriera mientras estuviese despierto, sino cuando el viejo durmiera en su habitación durante la noche.
Unos minutos después, el conde despertó y bostezó.
—¿En dónde está mi nieto? —indagó el hombre.
—En su habitación, milord. ¿Desea que lo llame?
—No, prefiero que venga solo a contarme sus penurias.
Este jovencito es tan tonto como un pájaro.
Me sorprende que su mente todavía siga haciendo que el aire entre a su nariz, pues sus ojos no le sirven de mucho al momento de hacer lecturas de cara.
Ni siquiera vi a la joven y presiento que no es para él.
Tal vez sea mi edad, pero esta idea no se me quita de la cabeza.
—Él no escucha. Está enamorado.
—Tonterías. Si se casa con esa mujer, echará por tierra su futuro.
No debería apresurarse, al menos no hasta que encuentre una de verdad.
Algunas mujeres enloquecen a los caballeros solo por los escotes llamativos, es solo lujuria, una vez que se le pase, no sentirá lo mismo por la joven.
Ahí es donde empieza el arrepentimiento.
Casarse con la persona equivocada es malo, pero dejar ir a la que quieres es aún peor.
—¿Lo dice por usted y la duquesa viuda?
—¿Por qué esa bruja tiene que ser como un condimento en todas las comidas? Me tiene cansado saber que existe. Cuando se muera, orinaré en su tumba y en la de su esposo. Ni la hierba volverá a crecer después de que lo haga.
—No diga esas cosas tan sucias, milord. Usted es un caballero.
—La edad a uno le quita lo caballero. Tal vez me hubiese referido a ella con respeto unos cuarenta años atrás, pero es una vieja arpía, mentirosa, ponzoñosa y engreída.
—Para decirlo debe conocerla bien.
—A esa es mejor no conocerla. ¿No ves que ha torturado a mi nieto por pura malicia? Su odio hacia mí no se ha desvanecido en todos estos años. Mientras ella me siga odiando, seguiré vivo para devolverle el favor.
El ayuda de cámara negó con la cabeza. A ese hombre solo la muerte le arrebataría ese rencor que sentía por la duquesa viuda. Definitivamente, se trataba de un amor del pasado, pero algo los separó y los dos se odiaron desde ese día.
Para la hora de la cena, el marqués bajó para acompañar a su abuelo después de dormirse sentado cuando debería haber leído. Era peor que su abuelo, al menos comprobaba que la sangre no era agua.
—Un pájaro me contó que saliste de la casa con rumbo desconocido… —comentó el viejo lord.
—Abuelo, ¿ese pájaro es tan viejo como usted? Mi paradero no era desconocido, fui a ver a un amigo.
—Ya sé qué amigo, uno que me disgusta que tengas.
—Ese es un detalle que podríamos omitir, abuelo. Lo bueno es que aún no aceptó cobrarme, todavía conservo el dinero que me dio.
—No te ha cobrado porque inventará algo para poder darte. Con la poca información que das, ni un adivino sería capaz de llevarte a la persona correcta.
—Abuelo, ¿cuántos consejeros nuevos puede tener su majestad? Soy yo quien comienza a dudar de las capacidades de las personas a mi alrededor. Es obvio que solo hay que buscar en el palacio; sin embargo, mis ganas no llegan a ese nivel. El único con mayor influencia es el duque.
—En eso tienes razón. Me sorprende que tengas esa clase de pensamientos tan claros para estos asuntos, pero para otros no das una, querido nieto. En ver que una mujer no se interesa en ti, no puedes ni sospecharlo.
—Insiste en eso, abuelo. Entiendo que lo único que usted desea es sembrar cizaña. No es feliz ni quiere que yo lo sea con la mujer que escogí.
—No hay peor ciego que el que no quiere ver.
No hace falta que yo vea a esa mujer, con el hecho de pedirte que no volvieras a bailar con ella es suficiente para sacar mis propias conclusiones.
No es necesario ser feliz o infeliz para ser inteligente.
Las damas dan hasta dos bailes a los caballeros que llaman su atención, pero a ti te han sacado el único que tenías, ¿qué quieres que piense?
—Lo hizo porque la ofendí en un momento de debilidad. Admito que fue mi culpa. Dije tantas estupideces como el contenido de un cubo de bazofia.
—Excusas, Wulfric. Espero que pronto cambies de opinión sobre este asunto del matrimonio. Lo mejor es esperar y estar seguro. No tires en saco roto mis palabras, jovencito, es importante aprender de las experiencias ajenas.
—Fingiré que le haré caso, ¿está bien? Mientras tanto, seguiré con lo mío, pendiente de lady Beatrice. No hay nada que un par de monedas no consigan. Necesito saber a qué próximo evento asistirá. Solo es necesario sobornar a alguna doncella de su casa.
—No mandes a mi sirviente. Él no está capacitado para esos trabajos. Manda a un mozo joven y atractivo. Si quieres información por el intermedio de una doncella, no solo es necesario un poco de dinero, sino una motivación para que no se desconfié.
—Usted es un estratega perverso, abuelo.
Imagino que tuvo muchas maniobras en el pasado para averiguar sobre su interés amoroso de turno.
Esto es realmente emocionante. Espero que en algún momento se decida a contarme su historia con la duquesa viuda.
Debe ser algo tan intenso como una novela romántica.
—Quítate esas ideas de la cabeza. Esa mujer no puede levantar ni el interés romántico de un muerto. Los únicos ansiosos por verla son los gusanos que la devorarán cuando se decida a morir. Qué mujer más empeñada en vivir. Debería liberar el aire para otras personas útiles.
Su abuelo no parecía entender que esa mujer podría decir lo mismo de él al momento de querer vengarse, pero tampoco se lo diría, este lo sabía a la perfección, mas no podía llevarle la contraria a un anciano.
***
Pasaron un par de días desde que Stella y su hermano regresaron a la residencia.
Los condes iban y venían a sus anchas cada día haciendo gestiones.
Los dos no parecían poder permanecer quietos en un lugar al menos por un día, mientras que las damas fueron a comprar vestidos nuevos para el próximo baile en el que intentarían que Stella destacara, pues la mayoría ya conocía a Beatrice, era el turno de presentar a la otra hermana.
—Con estas ropas que hemos comprado, dudo que no consiga esposo en poco tiempo. Estoy segura de conseguir un buen partido —dijo Stella, confiada.
—Pues te presentaré al marqués, así ambas huimos juntas de todas las veladas, ¿qué te parece? Siempre tendremos la misma excusa para no separarnos.
—No me enfadaré si me lo presentas, estoy más que dispuesta. A las personas que he preguntado por él no dicen nada nuevo y siento que tú solo exageras la información para demonizar a un hombre común.
—No llegaremos a un punto medio sobre lo que en realidad me gusta evaluar en un candidato, Stella. Él es atractivo, pero no es muy inteligente. Es como un hombre normal.
—¿Qué tiene de malo un hombre así? Eso significa: vida, tranquilidad y problemas normales… ¿Quién no querría tener algo común en lo que no detenerse a pensar demasiado?
—A veces me pareces conformista. Yo quiero un verdadero caballero, no deseo alguien que acaba de salir de hoyo y todavía sigue oliendo a pecado fingiendo ser un redimido. Los libertinos no se redimen, solo cambian de hábitos, son más discretos con sus aventuras.
La condesa de Coventry solo bostezaba al oír a las jóvenes defender su postura todos los días. Lo único que deberían hacer era respetar la voluntad de la otra, pero como cada una defendía su punto como la verdad absoluta, luchar era en vano, lo mejor era entregarse al desastre.
—No tenemos los mismos conceptos. Mi madre se casó con tu padre, que tenía mala reputación cuando era joven.
Además, el mío tampoco era un ejemplo de virtud, pero tú mejor que nadie sabes el comportamiento del conde.
¿Crees que un libertino no puede cambiar?
Ellos son el ejemplo. El amor es el mejor método de cambio.
—Es ridículo. Hace poco me enteré de que mi padre va a una taberna a buscar una bebida ilegal, ¿crees que cambió de hábitos? No, se hizo más discreto. Aparte, tiene el apoyo de su esposa para que sus vicios sigan.
—Pero el vicio es parte de la vida, ¿qué tiene que ver con ser un libertino? —cuestionó la condesa.
—Pues por lo pequeño se empieza para después ir por lo grande, ¿o no? Quién sabe si él en realidad le es fiel a nuestra madre.
—Lo que queda es confiar en la persona que escogimos, ¿no crees? Si piensas de esa manera, enloquecerás, Beatrice —aconsejó Stella con los brazos cruzados bajo el pecho.