Capítulo 5
—Abuelo, eso es buscarse un problema innecesario. Créame, no necesitamos enemistarnos con la familia de un prestamista. Son peligrosos.
—No son más peligrosos que un anciano enfadado. Tú no estás en edad de casarte aún. Debes disfrutar de la vida. Me casé joven, enviudé joven y mi hija murió joven. Espera a los treinta para ponerte serio con este asunto.
—Pero aún no le dije que encontré a la mujer de mi vida.
—Tú ni siquiera encuentras el buen camino y crees que encontrarás la mujer de tu vida. No nací ayer, jovencito.
—Es la verdad, solo que es un poco reacia a mi reputación.
—Entonces no sirve ni para trancar la puerta.
Escucha, si una mujer desea estar contigo, ni tu reputación, ni la pobreza, ni las prostitutas que dejaste atrás le importarán.
Si ella cuestiona lo que eres, quiere que seas lo que desea, no lo que de verdad eres.
Imagina toda tu juventud y parte de tu vejez fingiendo ser alguien que no eres para agradar a otra persona. Es cansado, querrás morir cada día.
—Entiendo las preocupaciones de la joven, pero juro que he mejorado por ella.
—No lo merece. Te dejará por otro. En otras palabras, simplemente no te quiere. Pierdes el tiempo pensando en alguien que desde el principio te ha dado señales de no ser correspondido.
—No es así, abuelo. Se ha puesto celosa al saber que bailaría con otras damas. Eso me da certeza de que tengo mucha esperanza, aunque necesito apartar de mi camino a cierto prodigio que mencionó milady. Uno que pronto será consejero de su majestad.
—No te metas en problemas. ¿Qué es eso de sacar del camino? Si piensas matar a la competencia, prepárate para morir. Si eres capaz de matar, eres capaz de morir. Eres mi único descendiente, Wulfric, si haces una tontería, tendré que casarme para volver a tener hijos.
—Abuelo, su pistola ya no tiene balas. Debería descansar y dejar la reproducción a los jóvenes. ¿Cuándo se ha visto a un tigre cazar sin dientes? Usted sí que es gracioso.
—Todavía soy capaz de levantar pasiones, tonto.
—Levantar pasiones en médicos y funerarios que lo ven como una mina de oro. Están colocados detrás de usted para cuando caiga al suelo. No soy tan inteligente, pero sí bastante audaz.
—Ferdinand, trae el atizador, lo mataré de un golpe.
El susodicho se acercó al atizador del salón y se lo entregó al conde.
—¿Tiene un atizador de oro? ¡Abuelo! Es un desperdicio flagrante.
—No me iré a la tumba con todo mi dinero. Haré lo que quiera con él. Tú te llevarás todo lo que convierta en oro. No le dejaré nada a mi supuesto pariente lejano. Lo que no es del título lo tendrás tú.
—Quiero vender ese atizador. El dinero será bueno para pagar a alguien que investigue lo que quiero saber.
—Ferdinand, esconde el oro. No dejaremos que este jovencito haga una tontería mayúscula que lo lleve a la horca o la prisión.
—No mataré a nadie, abuelo. Solo quiero saber quién es para dejarlo de lado. Quizá conversar amistosamente sobre lady Beatrice.
—Lo próximo de oro que tendrás serán los barrotes de una celda. No te metas en tonterías. Eres joven para casarte. Sigue con tu vida de libertino y, cuando estés seguro, lucha por la jovencita.
—Ninguna mujer que me guste hoy me esperará hasta los treinta. Sea razonable. Encontré a alguien con quien quiero casarme. La mayoría de las familias luchan para que sus herederos se casen, mientras que usted intenta persuadirme para que no lo haga. Nací en la familia equivocada.
—Qué tontería. Recuerda mis palabras: no te casarás con ella y no porque yo te lo impida, sino porque lo sabes, no es para ti y te ha dado más señales que una tormenta.
—Haré como si no hubiese escuchado su mal presagio, abuelo. Ya sé lo que tengo que hacer para conseguir lo que deseo.
—Este nieto mío tiene el cerebro más pequeño que una nuez, pero es mi sangre, ¿qué puedo hacer? Ferdinand, dale dinero para que se ate la soga al cuello.
Wulfric frotó sus manos al saber que podría pagar a Harold para que moviera sus contactos y conseguir el nombre de la persona que era un ejemplo según lady Beatrice, así no le debería y no enfrentaría la muerte.
—Gracias, abuelo. Usted siempre es comprensivo conmigo.
El anciano hizo un ademán y evitó mirar al marqués para no caer en el vicio de reprenderlo o terminaría en un ataúd antes de la media tarde.
Después de almorzar con su abuelo, Wulfric se dirigió a la exclusiva morada de Harold, esa que usaba para sus pequeños negocios. Bruce, el sirviente, lo hizo pasar.
—¿Qué lo trae por aquí, su señoría? No me diga que tiene algún asunto pendiente con mi señor —murmuró el sirviente señalando la bolsa que llevaba en un lado de su frac.
—Gracias a Dios, ninguna deuda, pago al contado. Mi abuelo se mostró generoso esta mañana y me entregó dinero para que lo dejara en paz.
—¿Qué negocios piensa hacer con mi señor? Aquí cobramos deudas…
—Soy ignorante, pero no tanto. Sé que tienen una red de contactos que están por toda la ciudad, en los lugares más bajos y altos. Tú me entiendes, Bruce.
—Ah, quiere información. Eso cuesta mucho dinero.
—¿Acaso piensas que este marqués no tiene?
—No quiero decir algo que se sabe a voces. Usted lo repite cada vez que le toca pagar los tragos en la taberna.
—Infamia… Calumnia… Nunca dije que no tuviese dinero, solo no lo llevaba. Suele ocurrir. No puedes creer lo que la gente murmura.
—Sus otros dos amigos no tienen en dónde caerse muertos y usted siempre anda con austeridad…
—Solo soy ahorrativo. Tal vez un poco tacaño, pero como este no es mi dinero, lo usaré para algo que quiero saber.
—Aquí no miramos los dientes del caballo, su señoría. Pase junto a mi señor, él estará encantado de atenderlo.
—Oye, Bruce, ¿por qué a Harold le gusta dirigir este negocio? Él no lo necesita.
—Es un pasatiempo. Ser un noble con mucho dinero no es suficiente, le gusta meterse en problemas.
—Sí, eso pensé. Está demasiado aburrido para arriesgarse.
—También se aprovecha de su título para ganar confianza o causar temor.
—El temor lo causa la duquesa viuda, ¿no es así? Dudo que otra persona lo haga.
—Ciertamente, la gran viuda es un personaje interesante que utiliza el duque como último recurso.
—Es una vida interesante, pero muy peligrosa para un holgazán como yo, no podría sobrevivir a un ritmo tan anómalo, entre pistolas y cuchillos.
—Cada persona es un mundo, su señoría. Entre, por favor… —pidió el sirviente abriendo la puerta en donde se encontraba el duque.
Cuando entraron, el duque sonrió con sorpresa al ver al marqués.
—Esto es extraño. Las personas me buscan por tres motivos: para prestar dinero, para devolverlo o para cualquier cosa que no sea ninguna de las anteriores. ¿A qué vienes tú? ¿Qué podrías querer de mí? Sé que dinero no es.
—Adivinaste que quiero algo, eres muy perspicaz.
—Si no lo fuera, ¿cómo dirigiría este negocio?
—Es cierto.
—Pasa y siéntate, quiero escucharte.
El marqués hizo caso y sonrió al sentarse.
—Quiero información…
—Información… ¿De qué tipo?
—Un joven que pronto será consejero de su majestad, es erudito en la política y filosofía. Quiero saber quién distrae a lady Beatrice.
—No sabía que ella tenía los ojos puestos en alguien de la corte. Eso es bastante complicado. Deberías considerar olvidarte de este asunto.
—¿Así es como das información? No te pagaré nada.
—Solo intentaba evitar que hicieras una tontería, pero como insistes en el error, te ayudaré.
—Sí, exacto, ayúdame sin criticarme.
—Lo haré de manera gratuita. No puedo cobrarle dinero a un tonto.
—¿Por qué crees que lo soy?
—La noche pasada te observé, y con suerte eres capaz de sobrevivir en el mundo de los salones. Esa joven no te estima. Vi más cariño en otras damas hacia ti. Te aseguro que lady Beatrice aprecia más a un perro callejero que a ti. Te emocionas por nada.
—Te aseguro que sí le intereso. Tenía celos al ver que firmé tantos carnets.
—Lo único que sintió es lástima; además, se burló de ti al verte de esa manera. Ningún caballero en su sano juicio dejaría que mi abuela lo convirtiera en carne de cañón como te pasó a ti. Es una vergüenza que una anciana te domine.
—Lo dice alguien que se escapa de esa misma anciana. Si tú hubieses mostrado tu cara, ¿crees que me hubiese agarrado a mí? Si te golpeara en el rostro, mi mano se rompería.
—No me culpes por tu falta de inteligencia.
Ella no puede ver a nadie estando tranquilo, por eso huyo de ella.
La tía de tu amigo me consiguió un tiempo de gracia para que esta evitara el asunto del matrimonio, pero para mi mala suerte terminó.
Ahora vivo esquivando sus invitaciones y solo voy cuando cae enferma o la veo en casa de sus amistades de la misma edad donde no existan mujeres que me quiera presentar. Ser su nieto también es agotador.
—Pues sí, pero volviendo a nuestro asunto, a milady le ha disgustado tener que compartirme con otras mujeres. Para ella debe ser humillante que yo, un marqués de tal porte, esté fingiendo cortejar a otras.
—No sé qué bebiste, pero tú y yo no vemos lo mismo. Lady Beatrice solo es amable contigo, como lo sería con cualquiera. Mi sugerencia es que no te busques un problema.
—¿Qué problema puedo tener al querer conocer a mi competencia? Como mucho intentaré persuadirlo para que no la distraiga y me deje el camino libre para estar juntos.
—Razonar contigo es como querer que la luna fuese de queso. Te conseguiré la información que deseas, solo dame una semana. Este asunto que pides es extraño. Siempre estoy informado de todos los nombramientos de consejeros de su majestad y hasta ahora no me enteré.
—Puede que tu red de información sea un poco anticuada o tus informantes están viejos.
—Los burdeles y tabernas nunca fallan con la información. Ten paciencia. Averiguaré y solo te cobraré si el asunto vale la pena, es decir, si encuentro a alguien con esas características. Cometer un error con un consejero de verdad que puede ser una sentencia de muerte.
—Confiaré en ti. No has decepcionado a nadie en el pasado, por eso dudo que me falles o que no encuentres algo sobre el hombre que mencioné.
—La dificultad es mayor cuando tengo que jugar a las adivinanzas con este asunto. Ni siquiera sabes un nombre o un apodo para evitar errar. Las posibilidades de éxito de esta información son pocas por culpa de la escasez de datos.
—No me culpes, es todo lo que pude averiguar, ella no quiso decir mucho más de lo que mencionó antes.
—Puede que se estuviese burlando de ti si te describió a su hombre ideal de esa manera. Siento que no conoces el sarcasmo.
—Claro que lo sé, pero si lo decía para burlarse, hubiese sido más vaga en sus descripciones.
—¿Más vaga que todo eso que me dijiste antes? Te han tomado el pelo y no hay forma de convencerte de lo contrario. Al que quiere morir solo hay que darle un instrumento para que lo haga. Te conseguiré todo.
—Gracias, sabía que podía contar contigo; a pesar de tus críticas, siempre eres así, pero no conozco a alguien que cumpla como lo haces tú.
—Mi negocio puede parecer sucio, pero está basado en un principio fundamental: todo lo que sale, tiene que regresar con un poco de interés. No hay secretos aquí, ni tampoco engaños, aunque admito que soy malvado con el asunto de la usura, aunque acostumbro a perdonar a quienes me caen bien.