La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

—No me parece bien que una dama mantenga a su esposo, eso significa que es incapaz de sostener un hogar. ¿Qué autoridad podría tener alguien tan pusilánime?

—No saldrás a conseguir el dinero, él lo administrará, mientras que te quedas en casa. Es solo un impulso económico. Mi dote servirá bastante, porque mi hermano sí sabe colocar valor a una dama.

—Sí, a él le sobra mucho dinero, es inteligente para todo.

—Eso se debe a nuestro padre, que se ha encargado de enseñarle todos estos años a cómo ser un hombre de principios. Espero que cuando tenga que casarse le toque una dama de mucho dinero para recompensar que es un verdadero caballero.

—Sí, él es mi ejemplo de hombre ideal. Estoy segura de que no voltea a ver a nadie.

—Te equivocas, Beatrice, le encanta mirar los escotes. En Francia vivía de un escote a otro. A nosotras jamás nos miraría porque somos sus hermanas, pero otras damas no se salvan de ser observadas, solo que es muy sutil.

—¿Entonces me dices que no es el hombre perfecto que creí?

—No existen los hombres ni las mujeres perfectos, todo es un mito inventado por alguien que tenía mucho tiempo libre. La libertad, si no se usa adecuadamente, tiene un resultado similar a andar inventando tonterías.

—Se me ha caído un ídolo. Ahora tendré que pensar en cómo ajustar mi rechazo hacia el marqués. Lo único que sé es que te lo dejaré para que lo observes y decidas si es para ti. Si te agrada, quedará en tus manos que te lo metas al bolsillo.

—Ya quiero conocer a ese marqués. ¿Será tan malo como dices? No creo que sea peor que todos los demás, debe ser uno más del montón de caballeros que no puede mantener el pantalón en la cintura. Es tan simple como eso.

Después de seguir conversando un rato más, las dos se quedaron dormidas.

A la mañana siguiente, los jóvenes de la residencia de lord Coventry se despertaron después del mediodía, el cansancio del día anterior los había consumido casi por completo.

El primero en espabilar fue Rodney que se levantó para conversar con el conde de Coventry sobre las oportunidades que había visto en Francia para agrandar sus bolsillos.

Al joven conde solo le gustaba amasar fortuna, las mujeres aún no eran un objeto de su interés a sus veintidós años, quizá las miraba de vez en cuando, pero prefería la cautela ante cada tipo de trampa que las damas podrían tenderle.

Stella le había llenado la cabeza con múltiples maneras de que terminara casado con alguna mujer indeseable.

Como era del sexo femenino, sabía cada trampa posible y, de hecho, más de las que solían acostumbrarse y para las que él creía estar preparado para sortear, mas la malicia de una joven en edad casadera no era algo que debiera pasar por alto.

—Tuviste un excelente viaje, Rodney. Eres mucho más talentoso que yo para ver verdaderas oportunidades —habló el conde de Coventry.

—Usted me enseñó lo que sé. De no ser por ello, tal vez sería un irresponsable que viviría derrochando el dinero.

—Lo dudo, eso no está en tu forma de ser. Eres demasiado íntegro para pensar en algo semejante. En ocasiones pienso que Stella tiene más posibilidades de derrochar una gran fortuna en tonterías.

—No lo crea. Ella es muy inteligente, tanto que a veces logra perturbarme. No sé de dónde saca tantas ideas.

—¿No vio a algún noble francés que le gustara?

—No, padre. Creo que mordió más de lo que podía masticar con este asunto del idioma. No es tan buena para comunicarse, se irrita con facilidad.

—Eso es bueno, así tendré un yerno inglés.

—¿Y qué hay del caballero a quien Beatrice no tolera?

—Es un simple libertino, no tiene nada de especial.

Es como cualquier otro que encuentras en un burdel o en una taberna.

Es atractivo, no puedo negarlo, y cuenta con un título con historia, pero a Beatrice no le gusta.

No me queda más que aceptar los deseos de ella.

Podría obligarla, pero sería muy infeliz y terminaría haciéndome infeliz a mí con el tiempo.

No quiero obligarlos a algo que no desean.

—Beatrice es un poco exigente. Me temo que deberíamos prepararnos para mantenerla el resto de nuestras vidas. Si cree que alguien la esperará siendo un hombre honorable, lo dudo. Esto tardará demasiado. Terminaremos encaneciendo antes de ver a un caballero que sea perfecto.

—Como joven, podrías conversar con ella para que sea razonable y salte ese pequeño requisito que se está convirtiendo en un gran problema para todos en esta casa. Si fuese un poco como Stella estaría tranquilo.

—No se pueden comparar. Stella es demasiado astuta y Beatrice demasiado impulsiva, son un poco contrarias pese a haber crecido juntas como verdaderas gemelas. Si no tuviesen diferencias en el color de cabello y de ojos, cualquiera creería que sí lo son.

—Escuché teorías de que hasta por comer la misma comida la gente comienza a parecerse.

—No sé qué tan probable sea eso, pero no suena tan descabellado después de considerarlo unos minutos.

—¿De qué están conversando? ¿Han decidido excluir a los encantos de la casa? —curioseó Beatrice que bajaba del brazo de Stella para reunirse con la familia.

—Por supuesto que no. Lo que pasa es que me estaba adelantando con nuestro padre para contarle las novedades. No quería aburrirlas con negocios mientras almorzamos —alegó Rodney.

—Esas son cosas de caballeros. Las damas no conversan sobre dinero, solo sobre gastos. Cualquiera lo sabe. Las mujeres no se meten en política, dinero, filosofía, guerra y demás —agregó Stella, despreocupada.

—¿Y si no escuchamos eso, no sería aburrida nuestra vida? —indagó Beatrice alzando una ceja.

—Las damas solo debemos preocuparnos por conseguir esposo y uno que, de preferencia, cuente con dinero, aunque si no lo tiene, una buena dote puede solucionar los problemas. Eso lo hablamos ayer, Beatrice. Me preocupa tu falta de atención.

—Estás equivocada, Stella. Lo que dices es limitante para una dama —repuso Beatrice.

—No, no me parece. Hablar frente a otros de temas que no requieren opinión femenina solo hace que los ojos estén fijados en una.

¿Para qué requerir tanta atención? ¿No sabes que el que come en silencio come doble?

Una dama de su casa goza de paz y salud sin meterse en asuntos ajenos.

Opinar de política y filosofía con extraños solo hará que una sea despreciada; sin embargo, se puede dar una opinión sincera o un consejo necesario al esposo en la intimidad del hogar.

Eso según los consejos de la institutriz tan prudente.

—¡En qué libro leíste eso? ¿Acaso no tomamos clases con la misma institutriz? Si sigo así, enloqueceré. Se supone que deberíamos tener los mismos conocimientos —se quejó Beatrice golpeando el suelo con sus pies.

—Parece que alguien no prestó suficiente atención. Algunos años del sueldo de la institutriz se desperdiciaron. Beatrice, ¿qué hacías en las clases? —cuestionó Rodney con humor.

—¡Juro que estaba junto a Stella! Las dos leímos el mismo libro. Puedo probarlo.

—No te desesperes, Beatrice, no tiene sentido sufrir por tonterías.

Te dije que con el mismo material podemos pensar de manera distinta.

Tú tienes ideas más liberales en algunos aspectos y yo en otros.

Soy más flexible con un prometido libertino, en cambio, tú jamás lo aceptarías.

Me considero bastante normal para mi edad.

Ser una dama correcta de su casa y buscar un esposo que quiera reformarse es mi objetivo.

El tuyo quizá sea conseguir a alguien que no requiera de tanto trabajo.

Es cuestión de gustos y de correr o no muchos riesgos.

—Intentaré pensar como tú a ver si todo me sale mejor. Hasta el momento soy un imán para la calamidad. Que se me pegue un marqués mujeriego debe ser un castigo divino por algún pecado de otra vida.

—Si el marqués supiera que lo tratas como si fuese un castigo se ofendería. No hay nadie más convencional que ese hombre —musitó lord Coventry.

—Si ustedes dicen que es un caballero común no soy nadie para juzgarlos. Si en algún momento llegaran a equivocarse, espero que me pidan disculpas. Estoy segura de que yo no me equivoco. Es un prospecto de demente. Tiene la mirada de un loco —siguió Beatrice.

—Estoy que muero de ganas por conocer a la pesadilla que quebranta el corazón de mi hermana —declaró Stella, sonriente.

—Te decepcionarás si esperas mucho, Stella. Beatrice convierte una pequeña bola de nieve en una avalancha —agregó el padre.

Mientras seguían conversando, se anunció que estaban a punto de servir el almuerzo. Ese sería el momento ideal para contar lo más interesante que habían hecho los hermanos fuera de Inglaterra.

***

El marqués regresó a su residencia con los pies destrozados por tanto bailar. La duquesa viuda no tenía compasión por ellos. Si podía los haría sangrar hasta el amanecer. Cuando despertó en la mañana, sus pies todavía seguían pesados, con la sensación de que algo calentaba sus empeines.

—Joven marqués, su abuelo lo espera para desayunar —comunicó el fiel sirviente de su abuelo, un hombre de unos sesenta años de nombre Ferdinand.

—¿Mi abuelo está despierto tan temprano? Dile que su nieto es cadáver ambulante que no tiene ganas de bajar porque los gusanos le devoraron los pies.

—Eso no servirá para compensar a milord, su señoría.

—No es suficiente con el maltrato que sufrí por parte de la duquesa viuda, ahora también mi abuelo quiere torturarme de alguna manera extraña. ¿Es que no tengo paz? Me duelen los pies, dile a mi abuelo que suba a hacerme compañía.

—Al conde no le gusta subir ni bajar escaleras, no lo olvide.

—Está bien, bajaré solo porque es un anciano y yo respeto a las personas de edad.

El sirviente de su abuelo lo ayudó a prepararse para salir de la habitación.

Cuando el marqués llegó a la planta baja, encontró a su abuelo con un cigarro en la mano, echando humo como una chimenea.

—No lo veo por tanto humo, abuelo —dijo Wulfric separando la densa humareda con ambas manos.

—Eso significa que bajaste al infierno, jovencito…

El conde de Ashford, abuelo materno del marqués, lo crio desde que sus padres murieron.

Nunca se habían separado por mucho tiempo, de hecho, el marqués se había mudado hacía poco tiempo a la residencia del hombre para estar más pendiente de su salud después del último susto que le causó la duquesa viuda con solo una carta pestilente.

Esos dos se odiaban a muerte. Lord Ashford era sarcástico y soez.

No le importaban los convencionalismos sociales, era crudo y directo, al punto de parecer un ser cruel, pero que amaba a su nieto sobre todas las cosas.

—Puede ser, usted parece ser más viejo que el mismo demonio, abuelo.

—¿Por qué caminas como si fuera que te patearon en la entrepierna? Ferdinand, lleva este cigarro de aquí y arrójalo en la residencia de esa bruja, a ver si no termina muriendo en un incendio.

—¿En verdad, milord? —cuestionó el sirviente, porque, pese a todos los años que llevaba acompañando al hombre, no sabía distinguir entre sus palabras.

—No, aún no tengo razones para pelear. Ya cobramos la última vuelta con las ratas liberadas en su casa.

—Abuelo, debe ser por eso que la duquesa viuda me torturó en el baile. Hizo que firmara tantos carnets que no solo me duelen los pies, sino también las manos.

—¿Se atrevió a exponerte de esa manera? ¿Tú no tienes pantalones, Wulfric? No pensé que criaría a un nieto cobarde.

—Es una anciana, abuelo. Me vería mal si la contradigo en público.

—Esa no es una vieja cualquiera, es un verdadero demonio. No le debes respeto, pero no te preocupes, tu abuelo tiene los pantalones a tope. Le enviaré un escupitajo por carta para que aprenda a respetar a mis descendientes si no quiere que ataque a los suyos. También tengo mis formas de torturar.