La cacería equivocada (Los solteros 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

—Eso no pasará, Stella. Deja de ser dramática. Hay muchos caballeros en los salones. No todos se fijarán en ella, tú también eres hermosa. Mira esa cabellera rubia y esos ojos verdes, no eres cualquier cosa —la alentó su hermano.

—Ay, hermano, qué barbaridad. Esperaré sentada a nuestros padres porque no puede ser que sean tan injustos. Les sacaré los ojos.

—Tú eres la culpable de que no te esperaran. Te dije que debíamos regresar porque la temporada empezaría.

—¿Acaso no pudieron esperar tres semanas?

—No, en tres semanas se acabarán los buenos candidatos.

—¡Te oyes! Me dijiste que había más peces en el mar y ahora dices estas cosas. No tienes compasión y mucho menos coherencia. Si quieres consolarme, solo di algo pequeño, pero no te contradigas.

—Tú haces que me maree. Vete a descansar mientras esperamos algo de comer. No nos vendría mal un baño después de tantos días de viaje. Iré a mi habitación.

—Te haré caso por ahora, pero ni el diablo conseguirá que me duerma sin decirles cuatro cosas a esos ingratos.

Stella subió las escaleras con pasos pesados y alzando su falda hasta las rodillas. Eso solo lo hacía cuando el capricho no la dejaba pensar con claridad.

—Señor Brown, dígale a la señora Payne que le dé más vino a esta niña, está enfadada. Quizá un poco de alcohol disipe su enfado.

—Sí, milord, no se preocupe. La señora Payne sabe todo lo que le agrada a milady. Encontrará algo en su arsenal para ayudarla a calmar su ira.

—Gracias. También pide que nos preparen los baños. Mi hermana es prioridad, yo puedo ser paciente y aguardar un poco en mi habitación, mientras cierro los ojos pensando en que por fin puedo descansar. Ya no siento mi espalda.

—Me pongo a ello, milord. Con permiso.

El joven conde subió a su habitación suspirando cansado.

Una hora después, los dos estaban bañados y menos cansados.

Fueron hasta el comedor, en donde sirvieron una cena deliciosa, uno de los platos favoritos de los hermanos.

Aquellos no tardaron en devorar todo lo que había sobre la mesa, además de unas masas dulces que alimentaban más el ánimo que el estómago.

Esperaron hasta la medianoche entre bostezos y unas copas de vino a que aparecieran sus padres y hermana.

Cuando oyeron que la puerta se abría, los pasos de personas que parecían muertos vivientes pasaban por el umbral.

Aquellos arrastraban sus pies, en especial Beatrice, que nunca podía ocultar su forma de ser tan directa.

—No volveré a dejar que nadie más llene mi carnet. Desde ahora tendrá un límite de cinco caballeros, no más que eso, y si en una noche no les alcanzó turno, quedaremos en vernos para otra oportunidad —declaró casi arrastrándose hasta el salón.

—Eso te pasa por no esperar a tu hermana —masculló Stella al verlos.

Los tres abrieron los ojos con sorpresa al escuchar la voz de la joven.

—¡Stella! ¡Stella! —exclamó Beatrice con un ánimo renovado—. ¡Te extrañé tanto!

Ella corrió para abrazar a su hermana recién llegada.

—Me extrañaste tanto que no pudiste esperar un poco para empezar juntas —reprochó Stella con una ceja levantada—. Querías quedarte con toda la atención.

—¡Por supuesto que no! ¡Madre, padre, defiéndanme! —pidió abrazada a Stella.

—Ciertamente no llegaste para la fecha en la que te dijimos que lo hicieras, jovencita.

¿Crees que esperaré a que las dos pierdan las mejores oportunidades?

No, al menos una de ustedes debe ir bien casada, en especial Beatrice que no tiene un hermano de sangre que herede el título de su padre.

Ustedes dos al menos se tienen mutuamente —alegó lady Coventry.

—Madre, le ruego que no haga distinción entre nosotros. Sé que mi hermano no dejaría que me quedara desamparada en este mundo si a mi padre le pasa algo —alegó Beatrice mirando a Rodney justo antes de ir a coger su mano para saludarlo.

—Es cierto, madre, jamás dejaría que le ocurriera algo a Beatrice, es mi hermana y si se quedara soltera, yo la respaldaría al igual que a Stella.

—Estos hombres se creen inmortales, pero no lo son.

Lo mejor para una mujer es tener un esposo que la respalde.

Es hermoso tener un buen hermano como tú, pero cuando llegue tu esposa será complicado, ¿cuándo se ha visto una aldea con tres caciques y un solo indio?

Eso no funciona, querido —advirtió su madre—.

Hacerte cargo de una de ellas es mucha responsabilidad y una probable fuente de problemas para el futuro.

—No pensé que esta sería la bienvenida que le daríamos a nuestros hijos al regresar, querida —musitó el conde de Coventry acercándose a Stella para darle un abrazo—. Estás delgada, ¿no te gustó la comida de Francia?

—No era tan buena como la de la señora Payne. Además, tampoco me gustaron los franceses. Mi plan de creerme experta en francés fracasó, prefiero un esposo con el que me pueda comunicar con tranquilidad.

—Oh, pobre mi niña. No te preocupes, tu padre te conseguirá un buen esposo.

—¡Yo tengo uno que te agradará, Stella! —Beatrice empujó a su padre—. Es un marqués…

—¡Jovencita! Lo que tú desechas no puedes dárselo a tu hermana como si fuera basura. No es ninguna mendiga.

—Madre, para lo que algunos es basura, para otros puede ser un tesoro, ¿no es así, Stella?

—Es cierto. Siempre me ha gustado dar una segunda oportunidad a las cosas. Un caballero también podría encajar en esa categoría. Dime, ¿qué defectos tiene para que te ofendiera tanto?

—Es un libertino y no me agrada, me persigue como si fuese su cena. No es aburrido, pero habla demasiado, me duelen los oídos de escucharlo y es sarcástico.

Stelle cruzó los brazos por un momento y después puso su mano en el mentón para considerar lo que decía su hermana.

—No es tan grave. Según tengo entendido, los libertinos son los mejores esposos, quisiera conocerlo.

—Sabía que tú tendrías interés en él. No es de mi agrado, pero eso no significa que no pueda ser del agrado de las demás, solo debemos mostrarle el camino a otras faldas.

—Primero lo veré desde lejos en un próximo baile.

—¿Me dejarás soportarlo una vez más? Menos mal que le hice prometer que no volveríamos a bailar.

Si no lo hacía no podría regresar a los salones en paz, pero eso no significa que no se acercará.

Es un hombre muy intenso que tal vez enloqueció por mí.

Juro que no le hice nada, solo se ha pegado a mí desde la primera vez gracias a la anciana duquesa viuda.

Si no lo alejo, ese hombre será mi ruina, nadie más se acercará a mí.

El hombre decente de mi vida está en algún lugar y yo lo esperaré con paciencia.

—No hace falta que te sacrifiques conviviendo con él, huye. No debería ser difícil. Busca personas desagradables, tal vez a sus enemigos y júntate con ellos. ¿No es la mejor manera de librarse de una persona indeseable?

—Ay, hermana, te necesitaba desde un principio… —lloriqueó Beatrice exagerando—. Si tú hubieses estado a mi lado, serías la obsesión de ese hombre. Necesitaba un consejo como este, pero nuestros padres lo único que me aconsejaron fue sonreír y saludar como si fuese un perro moviendo la cola.

—Ese es un carácter rebelde, lo hemos conversado.

Cuando te atacan los demonios, lo mejor es respirar, calmarse y seguir.

Es parte de la vida de una dama en edad casadera.

Ahora me toca poner en práctica todas esas habilidades aprendidas a lo largo de estos…

¿quince años? Llevo tantos años sin saber desde qué edad nos han hecho estudiar.

Las personas normales siempre tuvieron niñeras, pero nosotras solo una institutriz que de cuidar no sabía mucho, aunque sí de criticar todo lo que no le agradaba de nosotras.

—No es momento de cuestionar la educación que han recibido. Es hora de que descansemos y sigamos conversando mañana —declaró el padre con un bostezo.

—Sí, a mí me están matando los pies, pero me iré a dormir con Stella, padre. Quiero ponerme al día de lo que han estado haciendo mis hermanos fuera de este país.

—Bien, vayan a dormir, mañana hablaremos todos juntos en el almuerzo. No es obligatorio que bajen a desayunar temprano. Buenas noches… —La condesa se acercó para abrazar a su hijo mayor y después caminó hacia Stella para hacer lo mismo.

—Sé bienvenida a tu hogar. Mañana conversaremos mucho. No tomes en serio la mitad de las cosas que dice tu hermana, las exagera.

—Lo sé, madre, pero es divertido escucharla y darle consejos. La extrañé mucho.

Las jóvenes subieron las escaleras tomadas del brazo, cuchicheando entre ellas. Era evidente que no parecían tener ganas de dormir, sino que querían cotillear hasta que el sol estuviese en lo alto del cielo.

Ambas llegaron a la habitación de Stella y Beatrice cogió uno de los camisones de su hermana para ponérselo. Las dos solían compartir ropa desde pequeñas, eran casi iguales en complexión física.

—Tardaste demasiado en Francia. Me estaba aburriendo aquí sola. Nosotras somos como mellizas que no pueden separarse por mucho tiempo.

—Lo sé, es que me divertí catando vinos. Me volví alcohólica estando en Francia, no había día que no bebiera, pero recorrí bastante en estado de sobriedad.

—Eso suena alentador. Aquí las cosas no han cambiado mucho. Nuestros padres siguen intentando un heredero, pero aún no hay nada. Creo que deberían darse por vencidos, llevan años en lo mismo sin resultado. No hay caso, están malditos.

—No es eso, creo que nuestra madre está un poco vieja y a él ya no le apetece. Sé que nuestro padre va a las tabernas, estoy segura de que no lo hace solo para beber.

—No digas eso. El marqués insinuó lo mismo que tú en este momento. Qué desagradable. Lo sabía, son tal para cual. Mi instinto no me falla.

—Háblame sobre él.

—Si te cuento mucho, tendré pesadillas con solo recordarlo —se quejó Beatrice con el rostro molesto.

—¿Es tan feo?

—No, para nada. Para mí no es un asunto de apariencia, sino algo que va más por el lado de la reputación. No quiero que me señalen las antiguas amantes de mi esposo en un salón de baile.

—¿Te preocupan esas trivialidades? No puedo creer que a alguien como tú esas tonterías le hagan temblar las rodillas.

Una dama jamás se deja influenciar por el chisme, es intrépida, astuta y sorda.

Un esposo con el título de marqués puede hacer que cualquier cosa mala termine en una nimiedad.

Además, con el dinero que tenemos, las bocas más molestas se pueden callar con una paliza o una bala.

Como quiero ser una esposa convencional…

—Espera… ¿Eso que dijiste es algo que diría una esposa convencional? ¿De qué me perdí si estudiamos juntas con la misma institutriz? ¿Cómo es que tú sabes eso y yo ni siquiera lo escuché?

—Es porque no entiendes lo que lees y tampoco interpretas lo que parece estar escrito en parábolas. La educación de una dama es como un abanico. Está el lado que puedes mostrar a los demás; es bonito, pero el otro es el que muestra toda la estructura que nadie nunca se puso a analizar.

—Me haces ver como una tonta, Stella.

—No, no eres tonta, solo eres normal. Aprendiste lo necesario para sobrevivir en un salón con la esperanza de no volver a necesitar tantas normas una vez que estés casada, pero yo no pude evitar pensar un poco más de lo necesario en cosas prácticas.

En este momento tú buscas cómo huir de un buen candidato, mientras yo lo percibo como alguien que es digno de estar casado con una de nosotras por practicidad, estatus y futuro.

Un marqués es prometedor y si no tiene suficientes recursos, nuestras dotes son generosas para aumentar su caudal de dinero.