Capítulo 2
El marqués estuvo de pie junto a la joven, a la que eventualmente le preguntaba cosas para mantener una conversación, aquella rara vez iniciaba una conversación por iniciativa propia y comprendía que era porque las damas deseaban que los caballeros las atendieran para saber el nivel de interés que tenían en ellas.
Aunque no recordaba que eso estuviese en sus libros de estudio en el pasado, observando las actitudes ajenas, pudo darse cuenta de eso.
Sus amistades le servían de aprendizaje, para no cometer los mismos errores.
Cuando llegó el momento de avanzar con la joven hacia el centro del salón para comenzar su baile, él extendió su brazo para que esta pudiese cogerlo e ir a causar envidia de estar en compañía de una de las damas más bellas de Londres.
Los primeros acordes señalaban que sería un minué, un baile elegante, de pasos pequeños y delicados, lo que significaba que no sería tan divertido, aunque sí un poco apto para conversar un poco más si los curiosos no los criticaban.
—Lady Beatrice, ¿usted tiene alguien que ha pedido su mano este año? —curioseó el marqués para romper el hielo.
Beatrice sintió que su rostro se tensaba, a punto de replicarle que cualquier hombre estaba más calificado que él para ser esposo; además, apenas se iniciaban las averiguaciones sobre su dote y ni un perro le había ladrado, por lo que de momento solo dependía de su belleza.
Mentirle no le pareció mal, sino una forma rápida de dejarlo fuera de juego para que no espantara a los buenos candidatos.
—Hay un caballero que me agrada, pero aún no ha ido a mi casa… —respondió.
La locura de Wulfric era tanta que él creía que ella lo estaba llamando con eso que decía. Él estaba dispuesto a presentarse en su casa sin ningún problema, aquella era la mujer que deseaba.
—Ajá. Estoy seguro de que ese caballero pronto se presentará a rendirle sus respetos. Nadie podría resistirse a su encanto…
La mente de Beatrice era ágil para captar algunas cosas y, según las palabras de este hombre, él iría a presentarse en su casa o quizá simplemente estaba poniendo a prueba sus dotes de libertino. Para la mala fortuna de él, era inmune a cualquier encanto.
—Así lo espero. Él es un hombre respetable que jamás ha pisado un burdel. Es un prodigio en la filosofía y política, pronto se convertirá en uno de los consejeros de su majestad…
Al oír esas últimas palabras, supo que no era él quien iría a su casa, sino que era otro, y no sabía quién era la persona que le estaba robando la atención de su dama.
—Es alguien tan culto. A ese tipo de personas no les funcionan sus atributos masculinos porque siempre piensan en problemas ajenos —comentó sin pensar que estaba siendo bocazas.
—¿Qué atributos no le podrían funcionar? Lo más importante es su cabeza.
—No es bueno que hable mal de otros caballeros, pero si quiere darle hijos, esa será una tarea difícil. Se preocupan tanto que necesitan opio para olvidar y vivir la vida por un momento.
—¿Qué está diciendo? —cuestionó Beatrice sorprendida por lo que oía, pues su «invento de hombre ideal» estaba siendo acribillado con hipótesis absurdas y cuestionables.
—Es así como lo oye. Algo parecido escuché tiempo atrás en una taberna.
Era una situación lamentable. Un hombre tan joven, incapaz de cumplir con su esposa…
—El marqués estaba inventando cosas para hacerle desconfiar a esa mujer sobre sus propios gustos.
Si lo lograba, sacaría a la competencia que se dedicaba a la política y ella solo buscaría nobles con fortuna y tierras productivas, era ahí en donde entraba él.
—Dejemos de hablar de eso, no es algo de lo que una dama pueda conversar con propiedad. Solo los caballeros que han estado en cosas turbias podrían decir algo semejante.
—Ciertamente no está lejos de la realidad si dice eso, milady. Aún no he conocido a alguien que no fuese a un burdel o una taberna, puedo señalarle a muchas personas que lo han hecho, incluso a su padre, y puedo recordar con propiedad la última vez que lo vi.
—¡Él sería incapaz de traicionar a mi madre!
—No dije que lo viera en un burdel, pero sí en la taberna, tiene gustos culposos con un brandy extraño traído de otro lugar…
La joven recordaba que era cierto que este tenía un problema con la bebida.
Cada vez que acababa la botella de ese líquido que era tan valioso como el oro, este salía de la casa varias veces en la semana y, cuando conseguía su nueva botella, permanecía sin hacerlo al menos unos dos meses.
Al menos le aliviaba que no lo hubiese visto en un tugurio lleno de mujerzuelas.
—Una taberna es un lugar pasable para un caballero, ahí no hay mujeres, ¿verdad?
—Sí, por supuesto, ¿o quiénes servirán las bebidas? Esos escotes no se pagan con calentar asiento, se debe consumir algo para poder observar…
—Qué desvergonzado —gruñó Beatrice esperando que el baile terminara. Si ese hombre antes no le caía bien, en ese instante era peor que un dolor de cabeza insoportable. Lo odiaba.
—Estaba bromeando, milady. En ese lugar uno no quiere pensar en nada, solo sirve para despejarse jugando cartas y bebiendo con viejos conocidos.
El que quiera hacer maldades no necesita un burdel o una taberna, lo hará en cualquier sitio.
No crea que huyendo de alguien que va a esos establecimientos, encontrará a un santo inocente que no lo hace.
—Que usted diga que no puede contenerse no significa que otros no puedan hacerlo. Espero que, al terminar esta pieza, no volvamos a vernos pronto.
—¿En verdad la enfadé con lo que dije? Lamento haberlo hecho, ¿podría excusar mi torpeza?
—No, no lo excusaré. De ahora en adelante, si lo veo en la calle, daré la vuelta y, si lo encuentro en un salón, jamás lo dejaré volver a firmar mi carnet.
La pieza terminó y la joven ni siquiera quiso guardar las apariencias. Alzó la barbilla y se retiró sin el marqués, dejándolo en aquel lugar frente a la mirada de algunos de los presentes.
Él no se quedó a ser observado, sino que se apresuró a seguirla para que no se fuera tan rápido sin escucharlo, no podía ser que por tener la boca tan dura perdiera a la dama que le gustaba.
Ella parecía ser demasiado sensible con algunos temas, por eso debía poner más atención al momento de hablar.
—Milady, deténgase, no puede enfadarse por algo tan tonto que dije. Le pido mil disculpas.
Aquella solo quería librarse de él, cualquier excusa era válida, solo pretendía alejarse de alguien que no le agradaba como futuro esposo.
Desde el primer día que lo vio, notó un brillo extraño en su mirada, pero ella, al saber de quién se trataba, ni siquiera lo consideró como alguien para tener en cuenta para casarse.
No tenía que ver con el dinero, sino con el nombre.
La verdad era que no creía en que los libertinos podían cambiar y este estaba señalado como uno de manual.
Era acompañante del príncipe juerguista y del otro marqués adeudado que se casó por interés.
El duque de Manchester era una historia aparte, este tenía un aire tétrico la mayor parte del tiempo, aunque no se le conocía como un hombre metido en lugares indecentes como este marqués.
—Lo disculparé con la promesa de que no volveremos a bailar nunca más. ¿Qué le parece? Es algo mínimo. Eso no significa que no pueda saludarlo en el futuro.
Con eso, Beatrice al menos se aseguraría de que este hombre no ocupara el lugar de algún buen candidato para ella.
Wulfric parecía no tener otra salida, creía que en el futuro ella cambiaría de opinión y terminarían bailando otra vez. En esta ocasión dejó que su tontería le ganara a su pericia. Por este tipo de problemas, los buenos momentos de un matrimonio se retrasaban.
—Acepto, lo importante es siempre estar cerca de usted de cualquier manera. Espero que esto no afecte nuestra amistad.
—Nuestra relación estará limitada a esto. Con permiso, su señoría, tengo muchos nombres a los cuales hacerles honor y usted también. No olvide a todas las jóvenes que ilusionó con un baile.
Él vio cómo la joven se perdía entre la multitud y sonrió.
Lo que le dijo al final era una pista de lo que realmente le molestaba, no todo estaba perdido.
Los celos eran malos consejeros, pero no imaginó que lady Beatrice estuviese celosa tan pronto, eso significaba que ambos estaban enamorados.
A ella le molestaba que hubiese colocado su nombre en el carnet de tantas damas.
Era justificable que no le agradara, aunque ambos, como solteros, podían hacer lo que quisieran, le gustaba que fuese posesiva.
—La tengo donde quiero. Pronto iré a su casa a pedir su mano.
De esta manera no tendrá que celar a nadie más.
Soy un verdadero genio. Gracias a la duquesa viuda he logrado despertar el interés de esta mujer.
Qué gran fortuna —declaró riendo antes de torturar sus pies con muchas piezas que debía bailar.
***
En otra parte de la ciudad, lady Stella Bridgestone estaba llegando a la residencia de su madre, la condesa de Coventry, en compañía de su hermano mayor, el conde de Steward.
—¿Crees que estarán en casa? —preguntó Stella, aburrida. Solo quería ver su cama y caer rendida ante ella.
—No lo sé. La temporada ya inició. Te dije que debimos regresar de este año sabático al menos un mes antes —la reprendió Rodney.
—Lo que pasa es que Francia me gustó mucho. ¿Viste cuántos caballeros eran tan educados?
—Estaban oliendo tu dinero, Stella.
—No es cierto, parecían buenas personas. Además, si eso les interesara, ¿no sería lo más normal del mundo? No conozco a nadie que no quiera casarse con una dama con buena dote. Si me protegerás, así me quedaré soltera. No te perdonaré si por tu culpa nadie quiere casarse conmigo.
—Con lo que nuestro padre te ha dejado como dote al morir, hasta una mantis religiosa querría casarse contigo; sin embargo, como tu hermano, tengo la obligación de velar por tus intereses.
Nuestros padres están ocupados con Beatrice y no pueden dedicarte más tiempo.
Seríamos injustos al pedir que te den más atención, ya me tienes a mí.
—Es cierto. Nuestra madre ha hecho mucho por nosotros al conseguirnos una familia después de perder a nuestro padre… Debo darte la razón en esto.
Stella y Rodney quedaron huérfanos a los dos y seis años, respectivamente.
Al poco tiempo, la condesa viuda vio la necesidad de conseguir alguien con quien educar a un futuro conde, por lo que se casó con el conde de Coventry, que había perdido a su esposa en el parto de Beatrice.
Él también buscaba una madre para su hija y de ahí ensamblaron esas dos familias y cada uno obtuvo lo que necesitó.
Ellos dos veían al conde como su padre y la hija de este veía a su madre como suya, no conocía a otra.
Cuando llegaron a la residencia, los sirvientes los atendieron de inmediato, lo que significaba que estaban en vigilia esperando a sus padres y hermana a que regresaran de algún lugar.
—¡Milord, milady! —exclamó el mayordomo de la mansión de lord Coventry—. ¡Qué grata sorpresa!
—Al menos alguien nos espera, señor Brown. Estoy tan cansada que solo quiero esa cama y un poco de comida de la señora Payne, por favor, con un pedazo de pan estoy compuesta —alegó Stella sintiendo que el estómago le rugía.
—Claro, claro. Pediré a las doncellas que preparen su ropa, mientras tanto, la señora Payne hará magia para los dos.
—Gracias, señor Brown, ¿y mis padres y Beatrice? —indagó el conde dejando su sombrero en manos del mayordomo.
—Ellos han ido a un baile. Lady Beatrice ha debutado oficialmente y están buscando un buen esposo para ella.
—¡Me han dejado atrás! No puedo creerlo. ¿Creen que todavía encuentre algo si Beatrice se los llevará a todos? Ella es hermosa. No dejará ni las sobras. Qué sufrimiento para mí… —lamentó Stella haciendo un puchero.