La cacería equivocada (Los solteros 3)
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Capítulo 1
De nuevo otra noche en un salón. Llevaba muchos años visitando cada casa para bailar con personas que no le interesaban.
Wulfric Howard, marqués de Howard, no era el marqués más adinerado, pero tenía una renta bastante decente y trataba de gastarla con inteligencia, si podía, aprovechaba para que sus amistades pagaran comidas y bebidas.
Era tacaño, aunque nadie alcanzaba a comprender hasta qué punto.
—Estoy cansado de asistir a estos eventos para cobrar a mis deudores y así evitar tener que ensuciarme las manos con sus cuerpitos —se quejó Harold Percy, duque de Manchester, bostezando en medio del salón en compañía de Wulfric.
—Me alegro no ser ese cuerpo que buscas para cobrar con tu sola presencia. Deberías preocuparte por ti, porque tu abuela te está persiguiendo para presentarte a alguien.
—Mi trato con la anciana de la familia del marqués de Cleveland duró solo dos años. Ahora debo ver cómo esquivar todos los dardos envenenados que me tira ese ancestro. La respeto mucho para atacarla de frente, pero si sigue así, tendré que usar un par de artimañas.
—Un par de tus cobradores no estaría mal para asustarla.
—Si la asusto, temo que se muera y termine convirtiéndose en un fantasma que no me dejará tranquilo hasta que contraiga matrimonio. Es mejor tenerla controlada y con vida. Llevamos mucho tiempo aquí, creo que lady Beatrice no vendrá. Te quedarás decepcionado.
—No puede ser, solo vine a verla. Esa es la mujer con la que quiero casarme. Le hablaré sobre este asunto apenas la vea, no quiero que nadie se adelante.
El sirviente del duque de Manchester se acercó a su señor y le susurró algo en el oído.
—Bruce dice que han visto el carruaje de lord Coventry, lo que significa que su hija está aquí —comunicó Harold—.
Mientras tú te enfocas en conseguir su atención, cosa que dudo, aunque bailes un primate frente a ella.
Es una joven demasiado exquisita. Me iré a realizar gestiones varias alrededor del salón, algunos buenos amigos están cerca.
—Nadie te cree eso de buenos amigos, es evidente que cobrarás deudas.
—Nadie tiene que saberlo. Mi nombre es inconfesable. Me despido por si no te vuelvo a ver esta noche.
—Adiós, no te pongas violento.
Harold se fue negando con la cabeza en compañía de su sirviente y Wulfric quedó en un rincón observando como un águila la entrada al salón. Se sobó las manos como un mendigo en un festín.
—¡Ahí está la mujer de mi vida! —declaró entusiasmado al ver entrar a la joven de belleza y presencia imponentes. Su cabello era marrón y sus ojos tenían un brillo almendrado en ellos. Era como un hada encantadora. Junto a ella entraron su padre y su madre. Ambos parecían orgullosos de su retoño.
El marqués no perdió el tiempo y se apresuró a firmar su carnet o se quedaría bajo la mesa en ese banquete.
Esa era su oportunidad para dirigirle más que unas palabras que le había conseguido la abuela de Harold tiempo atrás, pues esa anciana quería que su nieto prestamista se interesara en aquella, pero no lo había logrado.
Debía mantener la calma para no parecer ansioso y desesperado.
—Buenas noches, lord y lady Coventry, lady Beatrice… —Él inclinó la cabeza para saludarlos.
Los condes y la joven lo miraron como si fuese una molestia desconocida. Parecía un poco impaciente.
—¿Quién es usted? —preguntó lord Coventry.
—Disculpe, milord. Soy Wulfric Howard, marqués de Howard.
—Ah… Buenas noches, su señoría —replicó el conde con una inclinación de cabeza.
—Quería saludar a lady Beatrice para pedirle un baile.
—Lo recuerdo, es usted el que me presentó la duquesa a regañadientes… —dijo la joven en tono burlón, pues ella no estaba interesada en el marqués por su reputación y quería espantarlo a toda costa.
—Sí, ella es un poco especial de vez en cuando. Es una persona de edad, no podemos esperar menos.
Su madre se acercó a la joven para murmurarle algo al oído.
—La diplomacia sobre todas las cosas, Beatrice, no olvides que tu hermana debe casarse alguna vez, no puedes llevarte mal con nadie. Sé amable.
Beatrice asintió y le dedicó una sonrisa practicada al marqués.
—Por favor, su señoría, puede firmar mi carnet, estaré encantada con su presencia en el baile —afirmó la joven.
Había practicado la cortesía durante años y ese día debía poner en la tarima lo que aprendió.
Sus horas frente al espejo no fueron en vano, al igual que las conversaciones triviales que la institutriz le había enseñado para salvar su pellejo y evitar silencios largos e incómodos.
Él colocó su nombre, encantado de la vida.
Había esperado eso por días, acudiendo a cualquier lugar en donde supiera que tendrían un baile.
Desde que la vio, no pudo sacarla de su cabeza.
Le recordaba las historias de sus conocidos que, aunque no eran tan idílicas al principio, terminaron siendo un verdadero sueño hecho realidad para aquellos.
Wulfric también quería vivir lo suyo y creía que esa dama era la correcta; confiaba en que con eso evitaría un comienzo desastroso con la que sería su futura esposa.
—La buscaré cuando llegue el momento. Gracias por su generosidad, milady.
Milord, milady, me despido por ahora. —El marqués se retiró hacia un rincón para seguir observando a la muchacha y no entorpecer su despliegue de belleza por el salón.
Además, no podía aislarla, puesto que aún no era su prometida y no solo aquel estaba compitiendo por la atención de la joven, sino que también estaban otros caballeros pendientes.
Apenas la dejó y los demás se acercaron como un verdadero enjambre.
Consideraba que ser marqués le daría una pequeña ventaja sobre el resto.
Además, poseía gran atractivo. Su abuelo le dijo que un caballero necesitaba experiencia para atender a su esposa correctamente, aunque de un tiempo a esta parte, consideraba que el viejo solo lo había incitado a destruir su reputación, pues, pese a que sí era buscado por las damas, muchas de ellas tenían dudas sobre su lealtad futura.
—Oye tú, jovencito. Te arrancaré una oreja si no me dices en dónde está mi nieto —gruñó lady Adeleine, la abuela de Harold—. Habla, rufián de poca monta con un título.
—Su gracia, sea más cortés. Su nieto salió con Bruce, es todo lo que sé —confesó adolorido. Su oreja pronto dejaría de ser parte de su cuerpo si seguía así.
—Se volvió a escapar. Un día lo ataré a una silla y lo haré firmar los carnets de todas las jóvenes en edad casadera. Ese malcriado no podrá huir para siempre.
—La apoyo, la apoyo, solo suelte mi oreja. Cuando mi abuelo me ve llegando sin una parte de mi cuerpo, le irá mal, su gracia.
—¿Tu abuelo? Ese viejo decrépito que a lo largo de su desdichada existencia no aprendió nada. No siempre los años dan sabiduría, sino que aportan tonterías que viajan por la sangre hasta el nieto.
—Se conocen de toda la vida y sigue siendo mala con él, su gracia.
—Por supuesto. Morirá sin sepultura si de mí dependiera.
—¿Qué rencor tiene con él? ¿Por eso lo odia?
—Es un cobarde sin honor. Espero que no se cruce por mi camino o cogeré mi bastón y se lo partiré en la cabeza. Me voy, no tiene sentido que me esté asfixiando en este salón si mi nieto se fue. Si lo ves, dile que se refugie bien, porque cuando lo encuentre lo despellejaré sin falta.
—Sí, su gracia.
La mujer se fue dejándolo adolorido. Su oreja tenía un color tan rojo como la sangre, o al menos eso era lo que él creía, ya que sentía el ardor recorriendo esa parte de su cuerpo.
Quería saber qué conflictos tenía la duquesa viuda con su abuelo.
No sabía de qué se trataba, pero eran enemigos acérrimos.
Ninguno desaprovechaba la oportunidad para insultar al otro.
Si se veían, solían arrojarse cosas pequeñas que no lastimaban, pero que creaban un ambiente hostil.
Él creía que debía ser algo bastante grave para que se llevaran tan mal.
Después de al menos media hora, se impacientó al ver que su querida dama seguía llenando su carnet de nombres carnet. Le comenzaban a doler los pies de tanto esperar. Su único consuelo era ser el primero de su lista de admiradores de esa noche.
—Todavía no pude irme, jovencito. Te veo aquí muy solitario y por eso conversé con mis amistades para que te presenten a sus nietas. Ven conmigo, pondrás tu nombre en varios carnets. Tú no serás como ese cínico —interrumpió la voz de la duquesa viuda.
—Pero yo… —replicó sorprendido, mas no le dio tiempo a defenderse, la mujer lo cogió en ese mismo instante y se lo llevó hacia un grupo que parecía el consejo de ancianos de una tribu.
Al poco tiempo, su nombre estaba siendo prostituido entre esas personas. Su idea era solo bailar con una, pero la maldad del ancestro de su amigo era demasiado. Él estaba pagando por los pecados ajenos.
***
Mientras tanto, Beatrice, en compañía de sus padres, estaba esperando al marqués para honrar el compromiso de bailar juntos.
—No solo es un mujeriego, sino que también es un vil impuntual.
Lo que debe tolerar una dama para quedar bien ante la sociedad es demasiado —declaró Beatrice que estaba a punto de romper su compostura para cruzar los brazos con molestia, pero como la presencia de su madre se lo impedía, lo soportaba.
—Ten paciencia, es un hombre importante dentro de lo que cabe, no es el marqués más rico, pero su casa aún cuenta con prestigio. Es el nieto de un hombre poderoso, estoy seguro de que le dejará mucho dinero —comentó el conde de Coventry.
—Lo sé, pero sus escándalos no me agradan, para mí no es común que un caballero esté pululando por los burdeles como si fuese una mariposa.
El conde carraspeó su garganta y dejó de opinar, miró a su esposa para que hiciera algo que salvara a su hija de la soltería, no encontraría un solo hombre célibe.
—Querida, si piensas así, acabarás como una anciana solterona.
No encontrarás a un hombre realmente decente, como mucho puede ser un niño hoy en día.
No te aferres a esa idea, no te servirá de nada.
Lo importante es casarse y tener un mejor estatus para una dama.
Sé que tienes ideales, Beatrice, pero debes ver la realidad como lo que es.
Esta es la jungla para una mujer y los caballeros son la comida.
Es cuestión de supervivencia. Tienes mucha competencia y un marqués no está nada mal.
—Esas ideas convencerán a mi hermana, madre, pero a mí no.
Stella piensa como usted y aceptaría cualquier hueso con tal de llevarse algo a la boca.
No estoy interesada en casarme con el primero que vea.
Cuando ella regrese a casa, le presentaré a este hombre.
Podemos hacer una apuesta, estoy segura de que ella se interesará en este hombre y no querrá ver a otro.
Tenemos la mente de diferente manera. Prefiero a un caballero sin tantos recursos si es que su fidelidad es alta, antes que a alguien rico con su lealtad en otra parte.
—Ay, Beatrice, ¿qué tonterías románticas estuviste leyendo que te han quemado la cabeza? —la reprendió su padre.
—Ninguna, padre. Dejemos de hablar, ahí viene el marqués, mi paz ha terminado por ahora…
Wulfric se acercó a Beatrice un poco agitado. Hizo lo posible por escapar de la entusiasta duquesa viuda. Si se quedaba un poco más cerca de ella, terminaría desapareciendo por el solo hecho de sentir cansancio. A su edad, esa mujer era imparable.
—Disculpen la tardanza, la duquesa viuda me cogió desprevenido y anotó mi nombre en todo este salón y en cualquier otro que tenga alguna velada. He sido desafortunado —contó suspirando.
—No se preocupe. Ya conocemos a esta dama tan peculiar, su señoría. Apenas termine esta pieza, seguiremos nosotros —dijo la joven con una sonrisa complaciente.