Capítulo 35.
El ruido de la motocicleta rasgaba el silencio de la noche en el bosque.
No obstante, Abi era incapaz de notar el sonido del tubo de escape, el martilleo de sus latidos golpeaba enérgicamente sus tímpanos.
Aferrada a Mike, Abi mitigaba el dolor de su codo clavando las uñas en los antebrazos. Estaban muy cerca.
El cuerpo de Mike se relajó de repente y se inclinó hacia un lado.
Abi tomó el manillar en un acto reflejo.
La moto perdió velocidad y se detuvo encallada en el barro.
Abi sostuvo el peso de Mike para evitar que cayese y descubrió el apéndice de carbono clavado en su hombro derecho.
Gritó al comprobar que Mike tenía los ojos cerrados y lo depositó en el suelo con el mayor cuidado que podía.
Al tocar la zona cercana a la flecha, el joven dio un respingo y emitió un quejido.
—Cielo santo, pensaba que te había perdido —Abi dejó escapar con el aire que había contenido involuntariamente.
—¿Qué ha pasado? —Mike se incorporó con la ayuda de Abi.
—Alguien te ha disparado.
Mike miró incrédulo a la flecha que asomaba en su hombro.
—¡No me digas! —masculló con ironía— Solo conozco a una persona con una ballesta en este pueblo. ¿Dónde está Junior?
—No… —Abi miró a su alrededor, había olvidado que el peligro continuaba— Vino de allí —señaló hacia el frente.
Mike apretó la mandíbula y tiró de la flecha.
Abi intentó detenerlo y se movió con celeridad para taponar la herida con una mano.
Afortunadamente, Mike había retirado con precisión el astil de la flecha desacoplándolo de la punta, que continuaba en su hombro.
Las hojas de acero habían perforado el tejido de la sudadera antes de atravesar la piel y este actuaba como tapón provisional.
Poniéndose de cuclillas con torpeza, Mike extrajo su machete de la funda en su espalda.
—Yo me encargo de Junior —dijo tomando una piedra del suelo—. Tú, ve a por Key.
—¡No! Tenemos que ir juntos —espetó apuntando al cuchillo—. No sabemos con qué vamos a enfrentarnos en la cabaña y tú tienes un arma
—Abi, déjame decirte una cosa. La gente del pueblo y mi clan se han dejado llevar por las supersticiones, pero han olvidado las historias más importantes sobre el Wendigo. No tiene superpoderes, no es inmortal. Mi favorita trata sobre la niña que lo mató. En ella…
—Mike, aprecio las historias del folklore Ojibwa, pero ya hemos establecido que son los Landry quienes están detrás de…
—Abi —soltó manteniendo la voz baja—, lo que intento decirte es que puedes valerte por ti misma para vencer al monstruo en su propio terreno.
La bestia es engreída y confía en su ventaja.
Es su gran error. Sabrás lo que hacer para rescatar a Key.
El valor para hacerlo ya está en ti. Es en lo único en lo que tienes que creer.
—¿Yo? Mike…
—A mi señal —el joven se giró súbitamente.
Abi iba a preguntar qué indicación estaba a punto de recibir cuando Mike lanzó la roca en diagonal y se precipitó agazapado hacia el frente.
Abi corrió en la oscuridad con las manos sobre la cabeza, manteniéndose al nivel de los arbustos que encontraba en su avance.
Tropezó con una raíz y cayó de bruces sobre unos helechos.
Unas pisadas sobre la hojarasca se detuvieron cerca de ella.
Abi se quedó inmóvil, reprimiendo sus ansias de chillar.
Una fría brisa acarició las hojas superiores.
Una sombra asomaba por encima de su cabeza.
Abi se tapó la boca con las manos para silenciar su respiración agitada. Una rama crujió a su lado.
—¡Vas a recibir tu merecido, Junior! —Mike gritó entre la espesura.
Los pasos se alejaron de ella siguiendo la voz.
Mike aullaba y silbaba en una inquietante mezcla de sonidos para atraer a Junior hacia él y Abi aprovechó para gatear entre la maleza en dirección contraria.
Esperó hasta distanciarse de los sonidos para recuperar el móvil de su bolsillo y utilizarlo como linterna.
* * *
—Estás pisando la tierra de mis ancestros —Mike vociferaba escondido tras un roble—. No tienes derecho a estar aquí.
El silbido rápido de una saeta anticipó su llegada. Mike se echó al suelo y rodó hasta el siguiente matorral aullando con frenesí en un tono agudo y perturbador. Una nueva lluvia de flechas se estrelló en los troncos que lo ocultaban a su paso. Mike se hizo con una piedra y la arrojó con puntería.
—¡Te voy a reventar la cabeza, puto indígena de mierda! —exclamó Junior al recibir el impacto en la sien.
Mike se apresuró a rodear a Junior en la dirección contraria mientras este rebuscaba con la ballesta entre los arbustos, iluminando su camino con la luz rojiza de su frontal.
Mike retiró su cinturón sigilosamente y lo enganchó al machete.
Asegurándose de que estaba bien sujeto, anudó la correa en una mano y se preparó para atacar.
—Los Anishinaabe damos gracias al tomar la vida de un animal —clamaba Mike vigilando a su atacante—.
Su sacrificio significa alimento para nuestras familias.
Todo tiene un sentido en el círculo de la vida —Junior percibió movimiento en los arbustos frente a él y disparó una flecha.
Mike se aproximó aún más a él, oculto entre el follaje—.
¿Cuál es tu lugar en esta tierra, Chris?
El Wendigo no es más que una abominación.
Un hombre de carne y hueso que ha cometido crímenes imperdonables.
Junior se volvió sobresaltado tratando de localizar su voz. Mike lanzó el cuchillo y le hirió en el brazo, huyendo rápidamente antes de que se diese la vuelta hacia él. Junior gritó de rabia y corrió enfurecido hacia la dirección en la que había recibido el corte.
Mike lo observaba con calma, agazapado, aguardando al momento exacto.
Junior se acercó desorientando, disparando a su alrededor con desesperación.
Al darle la espalda inadvertidamente, Mike arrojó el machete.
Esta vez, perforó el costado de Junior, que comenzó a sangrar al recoger la correa y abrir la herida.
Junior se tambaleó furioso y apuntó nuevamente, sin embargo, solo un proyectil salió disparado.
Se paró para cargar nuevas flechas apresuradamente, pero sus manos reaccionaron torpes y lentas.
Mike se abalanzó sobre él por la espalda, pasando el cinturón por su cabeza hasta encajarlo en su cuello.
En un violento tirón ayudado por su propio peso, levantó a Junior del suelo, quien soltó la ballesta para intentar aflojar la presión en su garganta y pataleaba rabioso en el aire.
El alarido de Mike retumbó en el bosque hasta que las piernas de Junior dejaron de agitarse y su cuerpo se relajó inerte.
* * *
La cabaña asomaba entre los árboles, Abi apagó la linterna al divisarla y guardó el móvil.
Avanzó hasta la parte trasera agazapada entre los arbustos.
El aire se había humedecido y una ligera brisa agitaba las ramas superiores.
El olor de las gotas de lluvia fundiéndose con la tierra seca y el apacible golpeteo ocultaban los estremecimientos de Abi y su respiración temblorosa.
Por la ranura de la puerta trasera se filtraba una luz.
La macabra habitación estaba en uso y un escalofrío paralizó a Abi.
¿Estaba Kelsey ahí dentro? ¿Quién la había secuestrado?
¿Quién más pertenecía al club de caníbales de los Landry?
Claramente, la guardabosques podía ofrecer resistencia a más de un atacante.
Y lo más importante, ¿seguía Kelsey con vida?
Abi solo podía contemplar una respuesta afirmativa a esa pregunta.
Recorrió el lateral de la cabaña hasta la ventana de la cocina y se asomó ligeramente.
Una sombra se proyectaba en los árboles revelando la presencia de uno de los cazadores deambulando con inquietud en su interior.
Abi no logró reconocer de quién se trataba y pegó el oído a la pared.
El ruido de pasos sobre la madera era lo único que lograba discernir con claridad.
Se adelantó entonces hasta la esquina del porche de la entrada.
Dos quads estaban cruzados en el camino, uno de ellos con las luces aún encendidas.
Abi regresó a la parte de atrás hasta la pérfida puerta y posó la mano sobre el picaporte con incertidumbre.
Giró lentamente. El sutil clic de la cerradura desveló que estaba abierta y Abi empujó con cuidado hasta dejarse una rendija lo suficientemente amplia para espiar el interior.
Kelsey se agitaba sobre la mesa, tirando de las ligaduras que la mantenían atrapada.
La figura que paseaba frenética por el salón murmuraba algo ininteligible y ahora sí identificó la melena rubia ondeante y el tono grave y cortante de la voz de Mary Jane.
Abi se centró en salvar a Kelsey y decidió ignorar el hecho de que la hija del alcalde, otrora novia en secreto de Kelsey estuviese allí.
Todo concordaba. La mujer que atraía a las chicas a Beaumont a través de las redes con un nombre falso, la “J” de aquel mensaje de texto olvidado no era Jeremy, sino Jane, Mary Jane E.
Landry. ¿Desde cuándo llevaba involucrada en las perversas actividades de su familia?
¿Había sido la responsable de la desaparición de la mejor amiga de Kelsey?
Abi volvió a su prioridad, la guardabosques que se sacudía violentamente dejando escapar desgarradores sollozos en voz baja.
Abi no podría soportar volver a escuchar ese desolador sonido y su cuerpo reaccionó instintivamente.
Entrecerró la puerta y volvió a la entrada principal sorteando los pequeños charcos que comenzaban a formarse por la lluvia.
La puerta principal de la cabaña estaba ligeramente abierta, pero Mary Jane continuaba distraída en su llamada con su paseo nervioso.
Las llaves del quad encendido estaban puestas.
Abi calculó las maniobras necesarias para huir de allí por el camino abandonado hacia la carretera.