Capítulo 34.
El desnivel del terreno era mayor de lo que Abi hubiese imaginado.
Se agarró con fuerza a la cintura de Mike tratando de mantener la distancia con la pequeña Makwa, viajando impasible en la sudadera de su dueño a pesar del movimiento y el ruido endemoniado del tubo de escape.
En un bache repentino, Abi se encorvó y su casco rebotó contra el de Mike.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado mientras esquivaba la rama de un árbol.
—Eso creo —gritó Abi para hacerse oír—. Recuérdame por qué vamos en moto y no en coche.
—Es más rápido atravesar por el Parque —exclamó Mike.
No tenían tiempo que perder, menos aún para protestar por el transporte.
Abi era consciente de ello. Si su preocupación ya era alta al conocer que Kelsey había estado en el taller a solas con Jeremy, había crecido exponencialmente hasta límites desorbitados al comprobar que el móvil de Kelsey llevaba horas sin moverse de la residencia de Armand Landry.
Un emplazamiento remoto, sin testigos ni vecinos en kilómetros a la redonda.
La motocicleta derrapó hasta detenerse en seco sobre la grava.
Abi deseó con todas sus fuerzas haber estado agarrada al cuerpo de su propietaria en lugar de Mike e instintivamente cerró los ojos hasta que el pequeño animal comenzó a ladrar.
Estaban frente a la mansión y, a su lado, se encontraba la camioneta de Kelsey.
Abi bajó de la motocicleta a toda prisa y se asomó a la ventanilla del conductor.
El GPS del móvil de Kelsey marcaba esa ubicación, sin embargo, no había rastro de la guardabosques. Se dio media vuelta alarmada.
Mike señaló hacia la casa. Una luz encendida en el vestíbulo era la única indicación de que la vivienda estaba habitada.
Las lámparas solares del jardín proporcionaban una escasa y lúgubre iluminación a la enorme edificación de dos plantas y patio frontal con capacidad para varios vehículos.
Makwa olisqueaba con presteza el camino hasta la entrada principal.
Mike extendió el brazo para recoger el casco.
—La casa de invitados está al otro lado, junto a la orilla del lago. Voy a mirar allí. Puedes encargarte de vigilar o buscar aquí —dijo apuntando a la puerta de doble hoja y corriendo tras el can.
Los pasos de Mike sobre la grava se perdieron al girar en la esquina de la casa y alcanzar la hierba.
Abi se adelantó lentamente hacia la puerta.
Su primer instinto fue llamar con los nudillos.
Se paró a tiempo de tocar la madera. Giró el pomo y la puerta cedió.
El pasillo se encontraba a oscuras, pero, al fondo, una tenue luz ámbar ofrecía suficiente visibilidad para divisar los obstáculos a su paso.
El residual olor de tabaco en el ambiente llamó su atención hacia el cenicero en el aparador del recibidor.
La colilla recién apagada emitía un lánguido hilo de humo.
Identificó el paquete de cigarrillos a su lado con la misma marca que había encontrado en la cabaña.
Abi miró a su alrededor hasta localizar un bastón en el paragüero.
Lo extrajo con sumo cuidado y continuó con sigilo hacia la estancia iluminada.
Conteniendo la respiración oculta en la negrura del pasillo, esperó bajo el umbral hasta cerciorarse de que estaba a solas. Aun así, entró en la habitación blandiendo el bastón delante de ella.
Los enormes ventanales del estudio y la puerta francesa hacia el jardín trasero dejaban entrever la oscuridad abismal del exterior.
Una chimenea desmesurada presidía la estancia.
Los rescoldos aún centelleaban ardientes.
Restos de papel yacían bajo los leños quemados y las cenizas.
Las paredes estaban repletas de trofeos de caza, astas y cabezas de animales disecados que asomaban tétricamente sobre ella.
Se dirigió hacia el escritorio al fondo.
La cálida luz de la lámpara creaba un efecto tentador y, mientras avanzaba, Abi recorría con la mirada el resto de la decoración.
Tras pasar la vitrina del armero y el minibar, aparecía una grandiosa estantería anclada a la pared.
Dos urnas se apostaban entre marcos de fotografías en la balda a su nivel.
Múltiples imágenes de perros eran seguidas de fotos de reuniones familiares en el campo y en la casa, otras se habían realizado en un barco o en la playa y algunas estampas de caza llenaban varios marcos.
Abi reparó en la última. Dejó el bastón contra la pared y agarró el marco dorado para estudiarla con detenimiento. Reconocía las figuras en ella.
El jefe de policía, al margen del grupo de cazadores, sonreía abrazado a quien debía ser Armand Landry.
A su lado, más joven y sin barba, se mostraba el hombre que la sorprendió en el bosque, Buck Terrance, y cerrando la imagen junto a este, sosteniendo un rifle con orgullo aparecía Stewart Lederman, el escurridizo empresario de Toronto al que Daniel había puesto contra las cuerdas.
El vínculo que el detective Donovan había buscado desesperadamente años atrás estaba justo delante de sus ojos.
Un teléfono sonó de repente sobre el escritorio. Abi se giró sobresaltada. La atronadora llamada continuaba persistente haciendo vibrar la madera. El despacho se iluminó súbitamente y el marco se escurrió entre los dedos de Abi hasta estrellarse en el suelo.
—¿¡Qué haces tú aquí!? —Armand gritó sorprendido desde la puerta, limpiándose las manos en un trapo.
Abi se quedó inmóvil, incapaz de reaccionar al ver el delantal blanco con manchas de sangre que el alcalde llevaba— ¡No creáis más que problemas!
Debería haber dejado que Junior se encargase de vosotras —exclamó buscando el armero de reojo.
Abi siguió aterrada su mirada. Armand se percató de que había intuido su siguiente movimiento y se apresuró a la vitrina.
Abi entró en pánico y buscó algo con que defenderse.
Sus manos alcanzaron inadvertidamente una urna y la lanzó hacia Armand, haciendo añicos el cristal de la vitrina.
La urna de bronce cayó impasible al suelo.
Armand protestó, pero consiguió hacerse con una escopeta.
Abi agarró la segunda urna, esta de cerámica, y apuntó antes de arrojarla.
Armand disparó en su dirección y la urna estalló en el aire esparciendo una nube de polvo.
Abi aprovechó la confusión de Armand, que tosía enérgicamente cubierto de ceniza, y atravesó corriendo la puerta al jardín a la vez que un disparo reventaba las cristaleras tras ella.
Las luces de la casa de invitados indicaron su destino.
Entró acelerada y con la respiración agitada, intentando recuperar el aire para poder hablar.
Mike se volvió hacia ella preocupado, en su mano sostenía una tira de fotografías arrugada.
La mirada de Abi se dirigió automáticamente hacia las imágenes.
Era el comienzo de la serie del fotomatón de Erin.
—Alcalde. Arma. Erin —trató de explicar con la voz entrecortada. Mike abrió el puño de la otra mano, desvelando la pulsera de Annie. Abi consiguió tragar saliva—. Tienen a Kelsey. Estuvo aquí.
—Esta pulsera es de mi hermana, ¿qué hace aquí? —El joven seguía paralizado.
—Los Landry y los Terrance llevan años atrayendo a chicas desfavorecidas a Beaumont y cazándolas como intentaron con Erin. Se han servido del mito del Wendigo para mantener a todos alejados de su particular coto de caza. No hay tiempo que perder, Mike, tenemos que…
—¿Es eso lo que pasó con Annie?
—Escúchame —Abi le agarró por los brazos—, tienen a Kelsey. Solo hay un lugar al que pueden habérsela llevado. Al mismo sitio al que se llevaron a Annie. El alcalde ha intentado matarme, tenemos que…
El estruendo de un disparo fue seguido de una lluvia de astillas. Parte del marco de la puerta había estallado. Abi y Mike se echaron al suelo y se cubrieron la cabeza con las manos. Otro disparo atravesó la madera exterior descolgando el marco de una fotografía con perros de caza.
—Yo iré por el lado izquierdo y lo distraeré —Mike recuperó la calma pese al peligro—. Espérame aquí.
Abi no tuvo tiempo de responder antes de que Mike se lanzará al exterior, esquivando otro balazo en su carrera hacia la motocicleta.
Mientras el ruido de los impactos se alejaba, otro murmullo violento se aproximaba hacia ella.
Los ladridos de la jauría se acercaban con rapidez.
Makwa gruñó nerviosa y desapareció veloz en el jardín.
Agazapada tras una silla, Abi guardó las imágenes de Erin. Un frenazo resonó frente a la puerta.
—¡Abi, vamos!
* * *
El todoterreno esperaba con el motor encendido en la entrada.
Las luces de la casa estaban apagadas con excepción del pasillo, suficiente para realizar la última tarea que Buck había planeado antes de marcharse.
Arrodillado en su despacho, abrió la caja fuerte escondida bajo el minibar y traspasó los fajos de billetes hasta la bolsa de mano.
Comprobó la fecha de su pasaporte y el de su nieto y los echó al fondo de la bolsa.
Se puso en pie con dificultad, apoyándose con una mano en el mueble para levantarse.
Vio los destellos rojiazules del coche de policía a través de la ventana en ese momento y se agachó de nuevo para reabrir la caja fuerte y extraer su revólver.
—¿Señor Terrance? ¿Está usted bien? —Una voz masculina preguntaba adentrándose en la casa.
—Señor Terrance, somos detectives de la policía montada. Queremos hablar un momento con usted —anunciaba una segunda persona.
Buck se apresuró por los pasillos esquivando a los intrusos hasta llegar a la puerta interior del garaje y montarse en la camioneta.
Encendió el motor y accionó la puerta automática del garaje, aferrándose al volante con decisión con una mano y la otra al revólver.
Lentamente, el mecanismo de la puerta dejó el hueco suficiente para salir, momento en el que Buck apretó el acelerador.