Capítulo 32.
Oculta bajo un saliente del terreno, Erin se dejó caer al suelo y apoyó el hombro en el muro de tierra.
La adrenalina de la persecución comenzaba a desvanecerse y tenía que recuperar algo de energía.
Las voces de varias personas y la jauría se mantenían a corta distancia a pesar de sus esfuerzos por dejarlos atrás.
Sacó del bolsillo el móvil que milagrosamente seguía con ella y, con dedos temblorosos, intentó desbloquearlo.
No había señal de cobertura y apenas quedaba batería.
Marcó el único número de su lista rápida sin esperanza.
Era una posibilidad entre un millón y Erin nunca había tenido suerte.
Cerró los ojos antes de mirar la pantalla, la llamada no se había conectado.
Miró a su alrededor con resignación, hasta entonces había avanzado en línea recta.
A su derecha, entre la espesura del bosque, se apreciaba un leve claro.
Decidió tomar esa dirección. Aunando las pocas fuerzas que le quedaban, pronto se encontró con un murmullo familiar que aumentó hasta desvelar un riachuelo en el camino.
El arroyo era estrecho y caudaloso, de no mucha profundidad.
Parecía fácil de atravesar y ofrecía una buena visibilidad de los márgenes si la alcanzaban antes de alejarse de allí.
Sin embargo, serviría para alejar su rastro del olfato de los perros si conseguía mantener la ventaja con sus perseguidores.
Su intuición le decía que cruzar al otro lado era su mejor opción.
Atravesó con decisión, apretando los puños a cada gélida puñalada del agua en sus piernas.
Lentamente y, usando todo el peso de su cuerpo para evitar ser arrastrada corriente abajo, alcanzó la otra orilla.
Los rayos del sol que conseguían filtrarse entre las copas de los árboles proporcionaban un breve confort que no llegaba a secar su ropa.
Continuaba aterida de frío y el barro se acumulaba a cada tropezón, especialmente en las botas y la parte inferior de su pantalón.
Caminar se volvió una tarea ardua y pesada.
Continuaba por la inercia de su instinto de supervivencia, levantándose con dificultad y requiriendo de cada vez mayor esfuerzo.
Los sonidos del bosque se suavizaron en sus oídos.
Dejó de escuchar el canto de las charas o los graznidos de las urracas que revoloteaban en las ramas superiores.
Su mente había dejado atrás el peligro y cualquier señal de funcionamiento cognitivo, su cuerpo estaba al límite.
Tropezó nuevamente con una raíz y se dejó caer sobre un tronco para mantenerse en pie, respirando exhausta.
Divisó entonces algo beige y liso entre los árboles unos metros más adelante.
Continuó despacio, arrastrando los pies hasta encontrarse frente a una antigua caravana con las ruedas desinfladas y cubierta de ramas y hojarasca.
Atónita y a punto de rendirse, giró el picaporte conteniendo la respiración.
Para su sorpresa, la puerta se abrió sin resistencia.
El oscuro interior olía a plástico añejo y a hierbas secas.
Erin perdió el conocimiento al caer sobre el raquítico colchón que encontró al fondo.
* * *
Había un rumor. Algo se removía cerca de Erin.
Poco a poco, forzándose a despertar, recuperó la consciencia.
Recordó dónde estaba, su odisea a través del bosque para llegar hasta allí.
Tanteó lentamente el tobillo con una mano, buscando su navaja en vano mientras sentía el aire cargado sobre ella.
Sus pulsaciones aceleradas le impedían escuchar nada más. Abrió los ojos súbitamente.
Una cara deforme la observaba a un palmo de distancia, con cuencas vacías y una mueca de horror. Gritó aterrorizada, escabulléndose hasta dar con la espalda en la pared.
—¡Shh, calma, calma! —La monstruosidad exclamó. De pie frente a ella, el joven se quitó la máscara y la alzó con una mano lentamente— Es solo una máscara. Lo siento, no era mi intención asustarte.
Erin enmudeció. Permaneció con las rodillas apretadas al pecho, temblando en una mezcla de frío y temor. El joven se dirigió a ella con una voz sosegada, como quien intenta calmar a un animal asustadizo.
—¿Necesitas ayuda? ¿Te has perdido? Nadie hace excursiones por esta zona de la Reserva —la muchacha mantuvo los ojos abiertos, vigilando cada uno de sus movimientos—.
Mi nombre es Mike, aunque mis amigos me llaman Mikom.
Este es mi refugio de caza. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Un ruido en el exterior hizo estremecer a Erin, su mirada quedó fija en la puerta de la caravana.
Mike la observó atentamente— No temas, es mi perra.
No va a hacerte daño. Estamos solos. Lo prometo.
Silbó dos veces y un pequeño chucho cubierto por hojarasca llegó hasta sus pies esperando recibir su recompensa. El joven lo acarició sin perder de vista a Erin.
—¿Ves? Esta es Makwa. Es muy dócil —dijo con una tímida sonrisa—.
He visto que estás herida, ¿qué ha pasado?
—Erin lo miraba fijamente, atendiendo por el rabillo del ojo sus manos sobre el animal— La Reserva está a unos kilómetros, ¿crees que podrías caminar hasta allí?
—La muchacha vaciló, cada músculo de su cuerpo pedía descansar, cerrar los ojos y olvidarse de las últimas horas, días. Había perdido la cuenta.
—Necesitas ayuda —Mike se puso en pie—. Volveré lo más rápido que pueda.
Makwa se quedará contigo —un gemido se escapó de la garganta de Erin.
La idea de quedarse sola de nuevo la aterrorizaba.
Mike se detuvo antes de salir—. Está bien.
Me quedaré. Pero si no salgo a la carretera no podré pedir ayuda.
Tengo un pequeño botiquín aquí. ¿Me dejarías ver las heridas de tu espalda?
Erin asintió ligeramente y se acercó al borde de la cama, girándose para permitir que Mike la examinase. Al rozar los jirones de la camiseta, Erin dio un respingo y soltó un quejido de dolor. Volvió a su posición defensiva en la esquina de la cama.
—No son tan graves como parecen —divisó el desgarrón en la pierna—.
¿Qué pasó? La herida de la pierna no es de un animal, ¿verdad?
—Erin negó con la cabeza— ¿Quieres que avise a la policía?
—Mike tanteó. Erin negó fuertemente esta vez y meditó su siguiente pregunta— No voy a juzgarte, pero necesito saberlo.
¿Estás metida en algún problema? —El cuerpo de Erin se tensó— ¿Te están buscando?
El pánico se reflejó en los ojos de Erin. Mike se apartó de ella, dándole espacio.
—¿Estás aquí escondida porque alguien te está buscando?
—Erin asintió con desconfianza— ¿Sabes quién es?
—La muchacha negó y Mike tragó saliva— Estás a salvo aquí.
Lo prometo. No voy a hacerte daño. Esta caravana es mi refugio, solo en la Reserva conocen su localización.
Nadie vendrá a buscarte. Puedes estar tranquila.
Necesitas descansar… Voy a prepararnos algo de comer y agarrar el botiquín.
No te asustes —Mike levantó una mano mientras se llevaba la otra a la espalda, despacio, extrajo un machete ante la mirada trepidante de Erin y lo puso con cuidado a su lado en el colchón—.
Estás a salvo, confía en mí. Voy a protegerte —dijo alejándose marcha atrás hasta la cocinilla con las manos en alto.
Erin se abalanzó sobre el cuchillo y lo agarró firme delante de ella. Mike aguardó pacientemente hasta que Erin dejó de temblar para abrir un armario.
—Makwa, ¡vigila! —Mike ordenó al animal. El minúsculo perro trotó veloz hasta la puerta y se apostó firme tras ella.
El aroma de las alubias en el fuego inundó apaciblemente la estancia junto con la fragancia reconfortante de la salvia. Tras horas eternas atrapada en un laberinto de árboles, Erin respiró aliviada por primera vez.