Capítulo 30.
Kelsey respiró profundamente, relajando las manos que se aferraban agarrotadas al volante al exhalar.
Estiró los dedos tratando de controlar los temblores y bajó de la camioneta decidida, dando un sonoro portazo.
En el bolsillo acarició la pulsera de cuentas, pasando el pulgar por cada una de ellas a modo de oración.
La rabia la había mantenido despierta toda la noche.
A pesar del confort del cuerpo de Abi enroscado en ella, en su cabeza rememoraba una y otra vez la fiesta del campeonato, cada frase y cada gesto de Annie.
La escena final era siempre la misma, discutían por enésima vez por culpa de Mary Jane, alzaban la voz, se enfurecía y dejaba atrás a Annie metiéndose en el coche con un Jeremy ebrio balbuceando en el asiento del copiloto.
En cuanto el teléfono había marcado una hora aceptable para contactar con su padre se había puesto en pie.
Necesitaba correr y despejarse. Cuando los músculos de las piernas no aguantaron más la tensión y sus pulmones reclamaron un descanso, estaba en lo alto de la torre de vigilancia, observando el lago Manitowabi y la extensión del Parque en toda su plenitud.
Las frondosas copas de los árboles cubrían la mayor parte del terreno.
Solo un ojo experto podía diferenciar robles de cedros desde esa distancia.
La amenaza del otoño se respiraba en el aire y dibujaba trazos anaranjados en los arces de la orilla norte.
Las nubes aportaban un marco descolorido para tal paisaje, aunque los rayos del sol que conseguían atravesar ese tapiz grisáceo causaban un efecto deslumbrante sobre la superficie del agua.
Bien por la falta de oxígeno tras el ejercicio excesivo al que se había sometido voluntariamente o por los destellos parpadeantes del juego de luces en el lago, un dolor de cabeza germinaba en la sien.
Al diablo la precaución y el perfil bajo. Había una persona más importante que Mike con la que Kelsey debía hablar de una vez por todas.
Kelsey había conducido en silencio, concentrada en lo que debía decir.
Había aparcado frente al taller con demasiada antelación tras saltarse la hora de comer.
Aguardó impaciente hasta que la puerta del garaje se abrió y la luz en la oficina anunció la presencia de la persona que buscaba.
Tenía una conversación pendiente desde hacía doce años y era hora de conocer la verdad.
Abrió de un tirón la puerta de la oficina y, dando dos pasos, lanzó la pulsera sobre el escritorio. Jeremy observó cómo se deslizaba y chocaba contra él. Después miró con desdén a Kelsey, preparándose para la pelea.
—¿Qué cojones, Harvey? ¿Qué haces aquí?
—¿Qué pasó en la fiesta?
—¿Qué fiesta? ¿A qué vienes, desgraciada? Llévate tus mierdas de aquí —le lanzó la pulsera al pecho.
—Increíble… No tengo palabras, Jeremy. Es que ni siquiera reconoces su pulsera —Kelsey la exhibió en alto—. Annie la llevaba puesta siempre.
—Y, ¿cómo me iba a acordar de eso? Estaba todo el tiempo haciendo mierdas de esas de bisutería nativa.
—¡Pues a lo mejor deberías, porque era tu novia y te hizo una igual por tu cumpleaños!
—No… no me acuerdo —vaciló desprevenido por la acusación de algo tan irrelevante.
—¿Cómo ibas a acordarte? Nunca le prestaste atención.
—Esa sí que es buena —dijo con ironía cerrando un cajón bruscamente y poniéndose en pie—.
¿Yo no le prestaba atención? A lo mejor es que tú la seguías como un perrito faldero y no dejabas tiempo para los demás.
A diferencia de ti, yo era su novio, pero siempre estaba con su amiguita Key.
Key esto. Key lo otro. ¡Probablemente se marchó para no tener que decirte a la cara el asco que le dabas!
¿Por qué quería irse de la fiesta? ¿Eh? Ahora que mencionas esa noche.
Siempre me lo he preguntado. ¿Le confesaste tus sentimientos y te rechazó como todas las demás?
Kelsey Harvey, campeona de baloncesto, el mayor fraude de Beaumont.
No fue capaz ni de terminar su servicio en el ejército.
Kelsey se rio con desgana.
—¿Eso es lo que te daba miedo? ¿Que tu novia te dejase por mí? Si no fuera por lo egocéntrico y creído que eres hasta me daría pena tu inseguridad. Si Janine se plantea un día el divorcio no va a ser cosa mía, sino por cómo la tratas. Para que lo tengas en cuenta y no te cause ningún tipo de duda.
—Si has venido para decirme cómo debo tratar a mi mujer puedes irte por donde venías. Puedes irte igualmente, esta conversación ha terminado —indicó con un ademán hacia la puerta.
—No. Quiero que me digas la verdad de lo que pasó la noche que Annie desapareció.
—Ya sabes lo que pasó. Lo has oído mil veces. Annie me dejó en casa, volvió a la Reserva a por sus cosas y se marchó a la costa oeste —detalló mecánicamente.
—Una mentira repetida mil veces no la convierte en verdad, Jeremy.
—¿A qué viene preguntar por ella después de todo este tiempo? ¿Los remordimientos no te dejan dormir?
—¿Qué coño estás insinuando? —Kelsey se sorprendió ante la pregunta.
Sus remordimientos continuaban en forma de pesadillas que se habían apaciguado con el tiempo.
Sin embargo, la impotencia de no haber detenido a su amiga antes de desaparecer aquella noche seguía tan presente como el día en el que las autoridades anunciaron que dejarían de buscar a Annie cuando irrumpieron su clase de Literatura un jueves por la mañana. Era un golpe bajo hasta para Jeremy.
—No era suficiente tener la atención de todo el instituto —explicó él—.
La Golden Knight, capitana del equipo de baloncesto en su gran celebración, también tuviste que quedarte con mi Annie.
Siempre te eligió a ti y te eligió esa noche antes que a mí.
La policía debería haberte interrogado a ti —la señaló con un dedo acusador—.
Y ahora tienes el valor de venir a echarme en cara que cubriese tus espaldas aquella noche.
—¿Mis espaldas? —Kelsey no salía de su asombro.
—¿Quién discutió con ella? ¿Quién estaba pegando gritos? ¿Eh?
—No sé qué idea distorsionada tienes de lo que hablábamos aquella noche o de mi relación con Annie, pero si alguien tuvo algo que ver en su desaparición fuiste tú. La última persona que la vio con vida fuiste tú. Tú. Te lo recuerdo.
—Que fui yo dices. ¿Cuándo me vas a creer? ¿Tengo que grabarlo en la puta entrada para recordarte que no tengo la culpa de que se fuera?
—La pulsera, Jeremy, ¡la jodida pulsera! —Kelsey estaba a punto de perder los estribos por completo.
—¿¡Qué pasa con la puta pulsera!? —gritó Jeremy con las manos en alto.
Kelsey decidió darse una pausa y bajar la tensión entre ellos. No iba a conseguir una respuesta clara por parte de Jeremy si continuaban así.
—Annie la llevaba puesta cuando salió de la fiesta —respondió con voz calmada.
—¿Y entonces por qué la tienes tú? —La intensidad de su mirada cambió en un instante, la rabia dejó pasó a la preocupación.
—¿Qué pasó aquella noche? —Kelsey insistió, abatida, llena de rabia y frustración— Dime la verdad, Jeremy o juro por lo más sagrado que no voy a parar hasta verte entre rejas o en el cementerio.
Si alguna vez te ha importado Annie lo más mínimo...
Si en algún momento la quisiste, no puedes seguir mintiéndome.
No con esto, Jeremy. Te lo pido. Annie te quería.
Sabes que nunca habría abandonado a su hermano.
Nunca se habría ido por voluntad propia.
Tú y yo lo sabemos. Y si tuviste algo que —perdió la fuerza—…
Jeremy, he tratado de culparte desde aquel día, pero no creo que fuese tu culpa.
Ya no. Por favor, dime qué hacia la pulsera de Annie en la cabaña de tu tío.
—¿Qué…? —Jeremy estaba aturdido, debía haber oído mal— ¿Qué cabaña?
—Jeremy…
—¿Qué iba a hacer Annie con él? Eso no tiene sentido.
—¿Qué pasó en el camino de la fiesta a tu casa? La verdad, por favor. Es más importante de lo que te imaginas. Más que tú y que yo.
—Yo… —Jeremy titubeó, la tensión de sus hombros se desvaneció de repente para dejar paso a la confusión— Estaba muy fumado. Ella quería irse. Cuando discutisteis en el aparcamiento Annie fue a buscarte.
—No. No. Nunca volvió a la fiesta.
—Me quedé dormido y me desperté llegando a casa. Jane me dijo que Annie había decidido quedarse contigo esa noche.
—Dijiste que Annie te llevó a casa en su coche.
—¿¡Qué iba a hacer!? ¿Decirle a todo el mundo que mi novia me dejó para acostarse con su mejor amiga?
No quise saber más. Además, mi prima me hizo prometer que guardaría el secreto, ¿vale?
Me amenazó con contarle al Sheriff mis trapicheos con Matthew Brown y ya estaba con un pie en la escuela militar.
Jane me estaba haciendo el favor. Se suponía que ella tenía que estar vigilando a los invitados.
A Armand no le gusta que la gente cotillee la casa.
—¿Y Annie no iba con vosotros? ¿Estás seguro?
—Conducía Jane, le costaba cambiar de marcha en un coche manual. Annie había vuelto a la fiesta por ti.
—Eso no es cierto. Estuve en la fiesta hasta que todos se fueron. Íbamos a volver a casa en su coche, tú prometiste ser el conductor sobrio. Ese era el plan, cuando falló, Annie ya había bebido varias cervezas. Se fue contigo. La vi montarse en el coche.
—No —negó rotundamente con la cabeza—. Salió a buscarte. Me dejó tirado con la puerta abierta.
—No… No volví a verla. Pensé que seguía enfadada conmigo… —Kelsey estaba pasando algo por alto y no conseguía averiguar el qué.
La puerta de la oficina se abrió súbitamente, Kelsey se giró para recibir al visitante y se encontró frente a Chris Mitchell, alias Junior. El joven se sorprendió tanto como ella y tardó varios segundos en reaccionar.
—Jeremy, necesito ayuda con la moto —señaló con la cabeza al exterior.
Kelsey reparó en sus bermudas a media pierna que dejaban al descubierto una herida a la altura del tobillo torpemente cubierta con una gasa.
—Es una mordedura bastante fea, Junior. ¿Con qué animal te has peleado? —preguntó mirándole a los ojos.
—Con la zorra de tu hermano, Harvey. Nadie que a ti te importe.
¡Jeremy, vamos! —Junior mantuvo la puerta abierta hasta que Jeremy salió sin rechistar.
Estaban a punto de marcharse, cuando golpeó el marco con los dedos— ¿Sabes por casualidad dónde está la turista esa que te estás tirando?
La putita morena… Abigail, ¿no? La policía la está buscando.
Sería mejor si colaborase voluntariamente.
—No tengo ni idea. Probablemente en Toronto —Kelsey se mantuvo firme para no parpadear lo más mínimo y no dejarse afectar por sus palabras.
Junior estudió su mirada, valorando su respuesta.
—Le diré al Sheriff que estás aquí. Estoy seguro de que tiene más preguntas que hacerte. No te muevas.
Kelsey sonrió con una mueca mientras Junior soltaba la puerta para hacer una llamada mirándola a través del cristal, echó la mano al bolsillo en busca de su móvil y recordó inquieta que lo había dejado en la camioneta.