La cacería de las bestias salvajes Capítulo 27. #2
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Capítulo 27. #2

Giró a la izquierda apenas levantando el pie del acelerador, la rueda trasera derrapó saliéndose del pavimento y provocando una ola con el agua encharcada.

Kelsey retomó el control de la camioneta y apretó el pedal.

La lluvia en este lado del Parque azotaba con mayor intensidad y los rayos centelleaban con una alarmante frecuencia.

Kelsey encendió los faros de la parte superior de la cabina para proporcionar algo más de luz.

Kilómetro quince, dieciséis… El inicio del sendero estaba cerca.

A pesar de disminuir la velocidad, pasó de largo sin divisar la miniván de Abi al otro lado de la carretera.

Contando nuevamente los kilómetros recorridos desde el cruce se detuvo y, dando un volantazo, cambió de sentido.

Reconoció el coche cuando la luz de sus faros rebotó contra los reflectores de seguridad y detuvo la camioneta con un frenazo.

—¡Abi! —Salió corriendo hacia el vehículo.

Estaba cargado con todo el equipaje de Abi, pero no había rastro de ella.

La llamó a gritos insistentemente, aunque quedaban silenciados entre los truenos.

La sudadera que llevaba se empapó en un instante.

Se retiró el pelo mojado de la cara y gritó de nuevo con las manos en la boca para amplificar el sonido.

Se adentró unos metros en el camino para buscarla.

Si Abi había vuelto al lugar donde acamparon debía prepararse mejor, con lo cual regresó a la camioneta a por su equipo.

Cerró la puerta entre los ladridos protesta de Nick y encendió la linterna.

Cuando apuntó el haz de luz hacia el sendero, algo se movió entre los árboles.

—¡Abi! —Llamó una vez más. Alguien avanzaba a trompicones hacia la carretera— ¡Abi! —Kelsey se apresuró hacia la figura tambaleante.

Un violento trueno resonó en lo alto. Era un crujido diferente al rugir de la tormenta.

Kelsey divisó la silueta de Abi dirigiéndose al coche y apretó el paso a su encuentro.

Agarró su mochila y la volteó a tiempo de esquivar el árbol que se desmoronaba sobre ella.

Cayeron al suelo, separadas por un metro, a distinta profundidad del charco formado en el desnivel del arcén.

El metal vencido por el peso del tronco chirrió hasta que los asientos delanteros fueron finalmente aplastados con un estruendo.

Kelsey respiraba con agitación apoyada con las manos en el suelo contemplando la destrozada carrocería.

Abi tosía y escupía barro. Había caído de bruces e intentaba levantarse torpemente.

Kelsey se recompuso y la ayudó a ponerse en pie.

Abi la observó sin mediar palabra, recuperando el aliento mientras Kelsey le recolocaba un mechón de pelo detrás de la oreja y limpiaba sus mejillas cubiertas de barro con el agua de la lluvia.

Cuando terminó, apoyó su frente contra la suya y exhaló aliviada cerrando los ojos.

Pasó un brazo por su cintura y la acompañó hasta sentarla junto a ella en la camioneta.

En el camino a casa, incluso Nick permaneció en silencio.

* * *

La camioneta atravesó el centro del pueblo con lentitud. Abi apoyaba la cabeza contra el cristal escuchando el inquietante golpeteo de la lluvia. El vehículo se detuvo en el paso de peatones de la plaza. Una mujer corría hacia los soportales del ayuntamiento. Kelsey reanudó la marcha con suavidad.

—¡Para el coche! —exclamó Abi de repente.

Nick se irguió y ladró desde el asiento de atrás. Kelsey la miró confusa, esperando una explicación. Sin embargo, Abi abrió la puerta y salió despavorida hacia la iglesia, chapoteando sobre los charcos hasta alcanzar los bancos frente a la puerta.

La placa de bronce sobre el respaldo del banco que buscaba era ostentosa y desmesurada, fácil de localizar incluso con apenas visibilidad.

Abi se aproximó despacio, con el pulso acelerándose a cada paso.

Finalmente, ignorando el jarreo y las rachas de viento que agitaban las flores del jardín de la plaza, pudo leer la dedicatoria.

La inscripción en letras doradas rezaba: «Tu recuerdo estará siempre unido a tu lugar en esta comunidad con amor y gratitud.

Donación en nombre de Miranda Weston- Landry por parte de su hija, Mary Jane E. , y su marido Armand.».

* * *

El fuego prendía con viveza, proporcionando un aroma de abedul y humo reconfortante.

Kelsey se secaba el pelo frente a la chimenea mirando las llamas cuando Abi salió de la ducha envuelta en una toalla.

Sus mechones caían mojados sobre sus hombros.

Se quedó inmóvil observando a Kelsey allí de pie, contemplándola.

—Volviste a por mí —dijo Abi en voz baja.

—Eso hice.

—¿Por qué?

Gotas de agua recorrían sus piernas y Kelsey siguió sus avances con atención.

—Estaba preocupada por ti.

—¿Por qué? —Abi insistió.

—No puedo dejar que te pase nada, Abi —al fin la miró a los ojos.

—¿Por…?

—Para —interrumpió Kelsey. Abi se calló desconcertada—. Para de sobreanalizar y tratar de encontrar una excusa para no intentarlo.

—¿A qué te refieres? —preguntó tentativamente, a pesar de que conocía la respuesta.

—Nosotras. Esto —Kelsey señaló entre ellas dos.

Abi dejó la boca entreabierta, buscando una contestación. Su pecho se elevaba en cada respiración. Kelsey seguía mirándola fijamente.

—Okay —Abi dejó escapar en un murmullo.

Kelsey asintió, esbozando una luminosa sonrisa se retiró el pelo húmedo de la cara.

Abi continuaba paralizada por la anticipación, aguardando una palabra de Kelsey.

Respirando profundamente, decidió dejar de esperar y tomar las riendas.

Soltó la toalla y la dejó caer al suelo, ignorando su vergüenza inicial y estudiando la reacción de Kelsey, quien apreciaba su cuerpo con detenimiento.

Su respiración agitándose al igual que la suya.

El calor de la chimenea se volvió demasiado intenso.

—Ven —la contundente voz de Abi sonó extraña en su garganta.

Kelsey avanzó hasta quedar a escasos centímetros de Abi, observándola con la misma pasión que recibía en la mirada de Abi.

Esta extendió las manos hasta dar con el borde de la camiseta, levantándola hasta que Kelsey prosiguió la tarea por sí misma y la lanzó fuera de su vista.

Lo siguiente fue el sujetador, acariciando su hombro para deslizar las tiras.

Kelsey alzó los brazos para permitirle acceder al cierre y deshacerlo.

El pantalón del chándal vino después. Abi enganchó la cinturilla elástica con la ropa interior y tiró lentamente, acompañando el movimiento con su cuerpo hasta quedar de cuclillas frente a Kelsey.

Abi tomó la mano de Kelsey y la apoyó en su cabeza mientras Kelsey sacaba los pies del pantalón.

Alzó los ojos y percibió las pupilas dilatadas de Kelsey, el sonido de su respiración acelerada llenaba el espacio entre las dos y una ligera presión del pelo la mantenía en la misma posición. Acercó entonces los labios al muslo de Kelsey.

—Abi… —Kelsey la llamó tímidamente, retirando la mano de su pelo.

Abi se reincorporó despacio, manteniendo una ínfima distancia entre sus labios y la piel de Kelsey hasta estar de nuevo cara a cara. El brillo de sus pupilas danzaba con la intensidad de las llamas. Kelsey tomó su barbilla con una mano y la alzó levemente.

—Déjame mostrarte por qué volví a por ti —soltándola suavemente, posó los labios sobre los suyos.

Abi apretó los párpados preparándose para dejarse llevar, pero el beso fue corto e inocente.

Sintió un escalofrió al presentir el susurro en su oído—.

Solo puedo pensar en ti. Me gusta verte sonreír, cómo se te arruga la frente cuando te concentras, ese mechón de pelo que siempre se te escapa, cómo pronuncias mi nombre…

Me gusta quién soy cuando estoy contigo, Abi.

Y si me lo permites, te demostraré lo que siento.

Esta noche. Mañana. Cada día que me des.

—Kelsey…

Cuando Abi abrió los ojos encontró el rostro anhelante de Kelsey buscando una respuesta con esperanza.

Por un instante, pensó que era irreal. Debía haber sucumbido aplastada entre el amasijo de metal de su coche y esto era un placebo producto de su mente como última indulgencia.

Sin embargo, percibía el calor del fuego, el cansancio en los músculos, el aroma confortable de Kelsey, la adrenalina que manaba en su interior por su simple presencia…

Pasó las manos por el cuello de Kelsey y la estrechó contra sí.

¿Dónde había estado Kelsey Harvey todo este tiempo?