La cacería de las bestias salvajes Capítulo 26. #2
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Capítulo 26. #2

Un ruido de motores interrumpió su concentración. El estruendo de la tormenta había ocultado su avance hasta tenerlos en proximidad. Abi cerró el cajón con rapidez y se guardó la pulsera. Colocó el bisturí en el orden en que lo encontró y se apresuró hacia la ventana.

Los motores de los quads se detuvieron al frente de la cabaña y dos voces masculinas se daban indicaciones para aparcar.

Abi subió al fregadero y se resbaló. Unas llaves se agitaban en la cerradura de la puerta principal.

Abi estudió frenéticamente el escaso mobiliario de la estancia, cerró la ventana y corrió hacia la chimenea.

La puerta rechinó al abrirse y las voces se hicieron presentes a la vez que Abi terminaba de subir la pierna izquierda para apoyarse en las paredes del interior del tubo.

Las luces del salón se encendieron y alguien se dejó caer en el sofá.

—¿Cuánto más vamos a continuar buscando? Estoy hasta los huevos de salir al campo. Tengo mejores cosas que hacer, ¿sabes? —protestó un joven anónimo.

—¿Como drogarte con esa panda de holgazanes? —Espetó una voz masculina desconocida— No te sorprendas, sé a lo que te dedicas cuando estás con esos inútiles. No creas que ese hobby os va a durar mucho. Haz algo útil ya que estás aquí y revisa que las motos tengan suficiente combustible.

—Estoy aquí porque sois unos vejestorios incapaces de dar una carrera sin tener un ataque al corazón. Si me hubieses llamado a tiempo, esto no habría pasado.

Un mechón de pelo se desprendió de la oreja de Abi y se balanceó siguiendo la gravedad, asomando peligrosamente. Abi contuvo la respiración y, reajustando el brazo, consiguió devolverlo a su sitio con el dedo mientras continuaba haciendo presión contra las paredes de la chimenea.

—La situación es la que es, ahora tenemos que resolverla.

—¡La tuve a tiro! Si me hubieses dejado habría sido super fácil. Pum. Pum. Muerta.

—Vamos a seguir buscando por dónde le perdimos la pista. Hoy deberíamos pasar la noche aquí y empezar temprano. No tenemos mucho tiempo.

Abi se estremeció, temblaba por el cansancio de sus músculos y la conversación privada que estaba presenciando.

Sus indagaciones por el paradero de Erin debían haber intranquilizado a los responsables de su desaparición.

Abi se había convertido en un inconveniente para mantener sus crímenes en secreto.

¿Quién más estaba detrás de todo? Y lo más inquietante e inminente, ¿cómo iba a escapar de allí?

—Uff, me toca la polla dormir en este sofá —el joven protestó—. Es lo puto peor.

Unos pasos se alejaron hasta la cocina, la puerta de la nevera se abrió y sonó un tintineo de cristales. La madera crujió anunciando el regreso del hombre. Los truenos retumbaban en la cercanía y las ventanas se agitaron.

—¡Toma!

—¿¡Por qué tengo que beberme un puto refresco y tú una cerveza!?

—Habrás sobornado a los camareros del condado, pero hasta que no tengas edad de beber alcohol, no lo harás en mi presencia.

—¡Eso es ridículo! He hecho mucho más que beber esa mierda de cerveza.

El sonido efervescente de las burbujas saltó a la vez que la llamada de un móvil.

—¡Mierda! —exclamó el joven, irritado.

El tapón del refresco rebotó en el suelo y se paró en el borde de la chimenea. Abi observó el plástico rojo en pánico. El joven se levantó del sofá.

Abi salió sobresaltada de sus cavilaciones y clavó los dedos contra el ladrillo para evitar caer sobre la leña.

El hombre descolgó el teléfono.

—No la hemos encontrado aún —respondió el hombre con tono cortante—.

No tienes por qué llamar cada hora, te informaré cuando sea preciso…

No creo que eso sea necesario... Sigue controlando sus movimientos, si tiene alguna pista de su paradero nos llevará hasta ella…

¡No me digas lo que tengo que hacer!... Es lo más razonable, sí.

Podemos intentarlo —emitió un quejido de protesta, signo de que la llamada había concluido.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó el joven acercándose hacia el tapón.

—Ha perdido los estribos, está histérica.

La sombra de unas piernas se proyectaba sobre los leños de la chimenea. Abi contuvo la respiración. El polvo del interior de la chimenea caía lentamente.

—¿Y qué? —El joven se detuvo en seco. La puntera de una bota resonó contra el ladrillo embellecedor de la base.

—Recoge tus cosas. Hay un sitio donde aún no hemos buscado y quiere que miremos antes de que anochezca.

El joven gruñó. La sombra sobre la chimenea se agrandó. El vertiginoso ritmo de los latidos de Abi siguió en aumento. Sentía movimiento en la repisa.

—Al menos si no damos con esa zorra ahora, con esta tormenta en el Parque acabará enterrada viva —comentó el joven—. Algún coyote dará con lo que quede de ella.

De repente, la sombra se alejó junto con las pisadas sobre la madera chirriante.

Las luces se apagaron y la puerta se cerró bruscamente.

Abi aguardó hasta asegurarse de que los quads se habían distanciado de la cabaña para bajar de la chimenea.

Cayó al suelo y tomó el aire a bocanadas, tumbada sobre la alfombra bajo la aciaga mirada del alce disecado.

* * *

La intensidad de la lluvia empeoraba el camino de vuelta.

Sus piernas sufrían por el esfuerzo de haberse sostenido en el interior de la chimenea y por cada paso en el barro, hundiendo la pierna hasta mitad de la espinilla en algunos tramos.

Los truenos retumbaban en sus tímpanos y los rayos vertían amenazantes destellos de luz.

Dos veces tuvo que retomar el camino para orientarse hacia la carretera.

Las huellas de los quads que usaba de guía se habían difuminado con rapidez por el agua y el fango.

En un intento de superar un charco en la única trayectoria viable, saltó sobre una roca.

La suela de su bota había perdido el agarre y Abi resbaló hasta caer de bruces sobre el agua sucia.

Escupió y se limpió la cara, dejando marcado el barro en las mejillas y el mechón rebelde del pelo.

La tormenta apretaba y los relámpagos se aproximaban a gran velocidad.

Los árboles contenían la gran parte de las ráfagas de viento y el jarreo.

No obstante, esa misma protección suponían un peligro mayor frente a los rayos.

Su mente se centraba en una sola tarea, llegar hasta el coche.

Avanzó decidida, apoyándose en troncos y ramas para extraer las piernas del lodo.

Cuando sus pies pisaron finalmente grava, no pudo contener las lágrimas. Estaba a punto de conseguirlo.

La carrocería azul de su miniván se iluminó con el resplandor de un relámpago. El rugido de un trueno retumbó sobre ella y, en el estruendo, escuchó su nombre.