La cacería de las bestias salvajes Capítulo 26.
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Capítulo 26.

La taza de café se balanceaba peligrosamente sobre el periódico.

La ola final terminó por caer sobre la página de anuncios y Abi se preguntó por un instante si el café sabría mejor mezclado con tinta.

Había dormido pasada la hora del desayuno en el motel y lo único que quedaba disponible era un termo de café que, con algo de suerte, habrían preparado esa misma mañana.

Abi estudió su reflejo en el espejo del salón-cafetería.

Incluso en la distancia, era capaz de reconocer las ojeras que el corto descanso que había conseguido durante la noche había provocado.

Sabía que era más que una simple noche sin reposo.

Apenas había probado bocado desde el día anterior y, aunque rechazase la idea, era la situación con Kelsey lo que había desencadenado la migraña y el insomnio.

¿Se había equivocado al juzgarla y enfadarse por algo que Daniel había originado?

Abi prefirió ignorar su confusión interna y el malestar que se desprendía de ello y se centró en los mensajes apelotonados en su teléfono.

Como era de esperar, los mensajes de texto de su hermana se acumulaban en decenas.

La culpabilidad de haber sido incapaz de detener a su madre más el hecho de anunciar las novedades de Candace y su anterior amiga habían pesado en su conciencia.

Las notificaciones del nuevo curso seguían su posición en número.

Había perdido dos entregas que tendría que recuperar con excusas de trabajo en el mejor de los casos, o volver a matricularse en el mismo curso en el siguiente semestre.

El aviso del banco solo informaba del abono de la noche de motel y su cuenta ya se acercaba al límite de tres cifras.

Si no cobraba pronto tendría que aprovecharse de los remordimientos de Lavindeep para llenar el depósito de gasolina.

Las llamadas perdidas y mensajes de Daniel los pasó por alto.

Varios mensajes de Kelsey llamaron su atención.

La decepción llegó cuando comprobó que los había enviado antes de salir disparada de su casa.

Abi tampoco había intentado comunicarse con ella, probablemente era mejor dejar pasar el tiempo.

Si alguna vez Kelsey visitaba a Bill y Daniel en Toronto se disculparía a ella en persona cuando todo hubiese pasado.

No tenía sentido echar sal en la herida por alguien que acababa de conocer.

Su autoconvencimiento entraría en acción en cualquier momento.

Kelsey comentaba en su primer mensaje que iba camino de la Reserva a informar sobre las trampas y sus sospechas de que los furtivos que rondaban la zona sur estaban más interesados en otro tipo de presa.

En el segundo informaba que habían oído motores a las claras del día y habían encontrado huellas recientes de quads aquella misma mañana.

El tercero contenía buenas noticias, Tim Brennan había salido de la Unidad de Ciudadanos Intensivos y estaba preparando un episodio especial desde la cama del hospital.

El cuarto y último mensaje le recordaba la hora para verse en el bar para la cena y las ganas que tenía de cerrar ‘sus asuntos pendientes’, seguido de un guiño y un beso.

Abi releyó el mensaje varias veces hasta dejar el teléfono apoyado contra su frente, arrepintiéndose de haber abierto las notificaciones para olvidar que la verdadera mortificación provenía de su discusión con ella.

Con las manos en el volante, observó el vaivén del limpiaparabrisas y revisó la ruta del navegador GPS.

Cuando atravesó el aparcamiento recordó los mensajes de Kelsey: después de sacar a Tim del bosque y haber abandonado el material de acampada, habían encontrado rodaduras de neumáticos.

Lo que quería decir que había movimiento reciente y que, si estaba en lo cierto, las cámaras escondidas en la cabaña habrían captado a los conductores de quads.

Abi solo necesitaba un poco de suerte, un ápice, para desvelar la identidad de los furtivos.

Haciendo caso omiso de las instrucciones del navegador, arrancó en dirección a la misteriosa cabaña.

* * *

El inicio del antiguo sendero se ocultaba entre la oscuridad del día. Bajo la lluvia, el saliente del arcén era un inmenso charco. Abi retrocedió un par de veces en su camino hasta dar con la entrada adecuada.

Su coche quedó entre los arces y abedules, por lo que Abi tuvo que bajar por el lado del copiloto en el hueco que las ramas bajas permitían.

La cobertura de los árboles protegía de buena parte de la lluvia.

No obstante, ríos de barro fluían por la tierra, ralentizando el paso de Abi.

Cada paso requería el doble de esfuerzo de extraer la bota del fango para poder avanzar y, a pesar de que el chubasquero que llevaba mantenía las gotas de lluvia alejadas de su ropa, provocaba un gran efecto invernadero.

Abi sentía la humedad del sudor recorriendo su espalda mientras sus manos se arrugaban.

Se apoyó contra un tronco a descansar. Entre la lluvia y la oscuridad era fácil desorientarse.

La cabaña debía estar cerca, recordaba el montículo a su izquierda y la roca en la que dejaron a Tim reposar unos segundos.

Pronto apreciaría el claro que buscaba. Se fijó en las tres marcas del tronco del olmo para recordar el camino de vuelta, las tres lascas sacadas de la madera recientemente debían ser una señal. Estaba a punto de llegar, lo intuía.

La tormenta le dio el respiro que necesitaba y la lluvia amainó lo suficiente para reconocer las copas de los pinos por encima de la cabaña.

Lentamente se aproximó al claro y se mantuvo entre los matorrales más lejanos.

El interior estaba a oscuras y frente al porche un doble charco confirmaba la anterior presencia de rodaduras.

La cámara frente a la entrada principal se había desplazado un par de metros y hundido entre el fango.

Abi suspiró aliviada. A pesar de lo evidente de su posición, nadie había reparado en su presencia.

No obstante, las probabilidades de haber captado alguna imagen clave desde el barro eran ínfimas.

El temor de haber perdido su única oportunidad se contagió rápidamente del pecho a las extremidades.

Contuvo la respiración hasta dar con el siguiente dispositivo.

La cámara trasera seguía intacta en el árbol, la recogió y se detuvo en el lateral de la cabaña para apaciguar el frenesí de sus latidos.

Ojeó la ventana con precaución. La cajetilla de tabaco había desaparecido, sin embargo, lo más llamativo no era la colilla apagada en el alféizar, sino la fina ranura en la parte inferior de la ventana.

Abi tomó aire y tiró hacia arriba, pero la ventana se atascó a la mitad del recorrido.

Estudiando las dimensiones del hueco, se deshizo de la mochila y el chubasquero, se desató las botas y trepó al interior.

Con las manos en el borde del fregadero hizo fuerza y se dejó caer al suelo.

Examinó su alrededor mientras se masajeaba el hombro con el que había aterrizado.

La cabaña era tan austera en su decoración por dentro como por fuera, construida en madera de arriba abajo con lo estrictamente necesario.

El sobrio salón-comedor unía la zona de cocina con una sala con apenas muebles: varios aparadores, uno de los cuales estaba cerrando con un candado de combinación, un sofá y sillón rodeando una antigua alfombra con motivos de caza frente a una enorme chimenea coronada por la cabeza de un alce.

Haciendo juego al trofeo, de los troncos de las paredes colgaban cabezas disecadas de ciervos, ninguno de los cuales era capaz de competir con el tamaño de las astas del alce.

La única habitación de la cabaña tenía la puerta entreabierta.

Los listones del suelo crujieron bajo Abi al aproximarse.

La lúgubre negrura de ese espacio se esparcía hacia el exterior como un hilo de humo tóxico.

El olor a polvo y leña ahumada se desvanecía al llegar al umbral de la estancia.

Un potente olor a químico sobresalía, ocultando el aroma pútrido y ferroso impregnado en la madera.

Abi presionó la palma de la mano sobre la superficie de la puerta ligeramente y la bisagra chirrió al ceder.

Una fina línea de luz captó su atención, provenía del suelo junto a la pared.

La puerta trasera separaba esta habitación de la parrilla en el pozo de fuego.

Extrajo el teléfono del bolsillo y encendió la linterna.

Una enorme mesa de madera se alzaba inquietante en el medio.

El haz de luz tembló y Abi se dio cuenta de que sus manos eran las causantes.

Cuatro cepos de hierro y correas de cuero se anclaban a cada esquina.

Al rodearla, Abi percibió que la mesa estaba ligeramente inclinada.

Siguió la pendiente con la linterna y reparó en la perfecta alineación con la puerta al exterior.

En la pared lateral, unos destellos metálicos resplandecieron con la ráfaga de luz del móvil. Abi se cubrió la boca con la mano para silenciar un grito y trató de mantener el pulso mientras iluminaba la zona de nuevo y presionaba el botón de grabar.

Cuchillos de diferentes tamaños y formas se disponían en escrupuloso orden sobre una cubierta de cuero.

Dos sierras de mano finalizaban el desfile de cuchillas.

Abi dirigió entonces la luz hacia la superficie de la mesa, las hojas dentadas de las sierras habían perforado la madera suavemente en una indicación de movimientos viciados.

El hedor de la lejía se había incrustado en el cedro.

Se aproximó al mueble y descubrió dos cajones bajo el muestrario de armas.

Tiró de ambos inútilmente, estaban cerrados con llave.

Localizó un bisturí y forzó el cerrojo del primero con cuidado.

Al abrir el cajón descubrió objetos insustanciales: llaveros, brazaletes, broches...

Desconcertada, sacó una pulsera de cuentas y la examinó de cerca.