La cacería de las bestias salvajes Capítulo 25.
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Capítulo 25.

La comisaría estaba cerrada. Era un suceso impensable para Abi y el universo, una vez más, le demostraba cuán equivocada estaba. Observaba el cartel en la puerta resguardándose de la lluvia cuando un vehículo se detuvo a su lado.

—¿Necesitas ayuda? —La dependienta de la tienda de muebles, Jaclyn Cooper, preguntaba bajando la ventanilla del copiloto.

Abi se acercó hasta el coche, mojándose irremediablemente.

—No exactamente. Estoy buscando a Maureen —explicó apartándose un mechón húmedo de la cara.

—Debe estar con August en el ayuntamiento. Su marido se encarga del mantenimiento y suele hacerle compañía las tardes tranquilas. ¿Es urgente? Puedo llamar a Cory, es el policía local.

—¡No es necesario, gracias! Tengo una pregunta sobre un antiguo residente de Beaumont y sé que Maureen coincidió con él.

—¿A quién estás buscando?

—Alexander Weston.

—¿Padre o hijo? —Abi se encogió de hombros— En cualquier caso, poco te va a decir. Alexander murió en los ochenta y su hija Miranda hace unos años. Su familia puso una placa conmemorativa de bronce en el banco frente a la iglesia. Perdona, corazón, ¡te estás empapando!

—Es solo un poco de lluvia —comentó sonriente a pesar de que el frío calaba la ropa mojada.

—El ayuntamiento está ahí al lado —señaló la mujer—. No tiene pérdida.

—¡Gracias! —Abi se despidió en dirección al edificio.

El teléfono vibró con ímpetu y la imagen de Daniel apareció en pantalla. Con la lluvia goteando sobre el móvil, Abi aceptó la llamada con dificultad.

—¡Abi! ¡Gracias a Dios que puedo dar contigo! —exclamó aliviado.

—¿Has recibido mi paquete?

—Sí, sí. Acabo de dejarlo en comisaría. He visto las imágenes de las cámaras. ¿Tienes los originales?

—Acabo de mandártelos. Encontré algo más en el bosque, Daniel. Podría no ser nada, pero… Es una SIM. Quizá aún tenga datos que nos sirvan. El teléfono está a salvo aquí.

Un relámpago iluminó la plaza, proyectando la sombra imponente del pináculo de la iglesia. Abi se fijó en los bancos de la entrada. El trueno retumbó en el espacio vacío y Abi se apretó contra la fachada sobresaltada.

—¡Menuda tormenta tienes ahí! Has hecho bien, Abi. Escúchame, he formalizado la desaparición de Erin…

Antes de alcanzar la puerta del ayuntamiento, Abi miró nuevamente hacia la iglesia, la curiosidad por la familia de Alexander Weston se antepuso a Maureen y decidió atravesar la plaza ignorando el temporal.

—¡Eso es genial, Daniel! ¡Gracias! Necesitaba oír una buena noticia hoy. Estoy investigando la cabaña que encontré. Sobre el papel pertenece a la Reserva, pero hay algo… Lo sabrás cuando la veas. No creo que sea una simple cabaña.

Una camioneta pasó a toda velocidad por la calle principal, forzándola a echarse atrás antes de cruzar y se detuvo en la puerta de ‘El oso y el castor’. Una pareja bajó del vehículo mientras Abi cruzaba.

Un rayo impactó sobre la iglesia. Abi se cubrió el rostro, sin tiempo a reaccionar para protegerse los oídos del subsecuente trueno.

Unos gritos llamaron su atención desde la calle.

Un hombre insultaba a una mujer, cuya voz era demasiado familiar para Abi e, inconscientemente se, dejó guiar por la voz de Kelsey, alejándose de la plaza.

—¡Es solo una cría, Jeremy! —Kelsey señalaba hacia la joven en la puerta del bar con gesto preocupado.

—Abi, sea lo que sea que estás investigando, para, por favor —Daniel suplicó en el teléfono—. Ya has hecho suficiente. Según la información que me ha enviado Kelsey, estás removiendo la basura de gente muy turbia

—¡Metete en tus asuntos, Harvey! —Sentenció Jeremy con un empujón.

—Acaba de cumplir los dieciocho —Kelsey continuaba—. ¿De dónde veníais? ¿Eh? ¡Terminó su turno hace horas!

—¡He dicho que te apartes! —exclamó Jeremy furioso.

—¿Quién…? —Abi estaba muy confusa de repente, no debía haber oído bien— ¿Qué gente? ¿Conoces a Kelsey?

Abi estaba a pocos metros de la discusión en la puerta del bar.

—Lorna, voy a llamar a tu padre para que te recoja —Kelsey indicaba a la chica.

—Kelsey Harvey, la hermana pequeña de Bill —aclaró Daniel—. La guardabosques buenorra con la que duermes. Me confirmó lo del coche y el perro de Erin.

—¿Kelsey es… Rubi, la hermana de Bill? —Abi trataba de asimilar las dos personas en una.

—Claro, rubi, de rubita —respondió Daniel—. Sigue siendo rubia, ¿no? ¿Se ha teñido esta semana?

—¡Lárgate, zorra! —Esta vez, Jeremy empujó a Kelsey con ambas manos, tirándola al suelo. Atravesó hasta la acera, agarró a la chica del brazo y entraron al bar con un portazo.

—No importa, Abi —proseguía Daniel—. Si su suposición es correcta a quien te encontraste en el bosque es…

—¿Abi? —Llamó Kelsey con incertidumbre al reincorporarse.

Abi dejó caer los brazos, observándola con incredulidad, clavada en el mismo sitio. Kelsey se puso en pie lentamente, devolviéndole la mirada con preocupación. La voz de Daniel apenas se escuchaba y Abi cortó irreflexivamente la llamada.

—¿Qué pasa, Abi? —preguntó Kelsey en voz baja extendiendo la mano hacia ella con cuidado.

Abi tragó con dificultad y alzó la barbilla, tensó los músculos y la miró con la mayor templanza que pudo. Consiguió moverse y pasó a Kelsey de largo, ignorándola.

—¿Abi? —La preocupación de Kelsey se convirtió en ansiedad— ¡Abi! —gritó paralizada.

Abi se apresuró hasta su coche, tratando de secar inútilmente las lágrimas que se mezclaban con la lluvia.

* * *

Los neumáticos rechinaron contra la grava protestando por el frenazo.

Abi se bajó del coche dejando el motor encendido y las puertas abiertas a su paso.

Las huellas mojadas de sus botas evidenciaban su trayecto hacia la habitación.

Recogió sus cosas a toda prisa, apretando la ropa y el neceser en la mochila.

Enrollaba el cable del cargador cuando Kelsey apareció y se mantuvo a distancia en el salón, titubeando antes de hablar.

—¿Qué cojones, Abi? ¿Qué ha pasado?

—Me voy a un motel. No te preocupes, no tienes que seguir haciendo de niñera.

—¿Qué dices? ¿Niñera de quién?

Abi la miró con desdén, echándose la mochila al hombro.

—Has cumplido perfectamente. Enhorabuena. Como niñera y como follamiga. Descuida, recomendaré tus servicios —dijo colgando su chaqueta en el brazo.

—¿Qué mierda estás diciendo?

Abi dejó escapar el aire por la boca, desviando la mirada y sonriendo con una mueca.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó volviendo la cara hacia Kelsey.

—¿¡El que!?

—¡Quien soy! ¿Qué más me estás ocultando?

Kelsey titubeó, paralizada por la forma en que Abi la miraba, llena de frustración y rabia.

—No es tan sencillo. Daniel me pidió que no te lo dijese, eso es todo. No hay nada más.

—Ah, ¿no? Aparte de engañarme y que le informarás de todo lo que hablamos.

¿Qué más te pidió? ¿Fue su idea lo de seducirme?

¿Tan patética parezco? ¡Pobre Abigail, necesita un buen polvo para dejar de recordar a su ex!

—gritó al dirigirse a la salida. Kelsey la detuvo agarrando su brazo— ¡No me toques! —Abi exclamó apartándose.

Kelsey retiró la mano como si hubiese rozado una barra de hierro al rojo vivo.

—¿Seducirte? Abi, —Kelsey pasó de la confusión al pánico, pero consiguió mantener la voz en calma— lo que ha pasado entre nosotras no tiene nada que ver con Daniel.

—¡Estupendo! Mucho mejor, me quedo más tranquila, solo soy una más en tu lista de conquistas.

—De mis conquistas… ¿De qué estás hablando, Abi?

Abi, enrocada en su ira, no percibió el dolor en los ojos de Kelsey o cómo comenzaron a brillar con una fluida intensidad.

—No me importa con quien te acuestes, Kelsey. De verdad, no me importa. Pero, esto —señaló entre las dos recuperando el aire—, no es lo que necesito en este momento de mi vida. Ojalá lo hubiese sabido antes de meterme en tu cama.

—¿Hubieses sabido qué? —preguntó con voz entrecortada, apretando la mandíbula para contener las lágrimas.

—Que era todo un juego para ti. Una forma de distraerme para tener contento a Daniel. Supongo que ya dejará de insistir en que tenemos que conocernos y haréis chistes con sus amigos de lo fácil que fue ligarse a la bollera amargada de su trabajo —soltó una risa cínica y lastimera.

Kelsey desvió la mirada y clavó los dedos en la cadera. Tragó saliva y endureció el rostro.

—Sí, claro, como si te hubieses abierto de piernas con disgusto.

Si no recuerdo mal, la única que ha disfrutado aquí eres tú.

Quizá lo que te incomoda tanto es admitir que utilizas a la gente a tu antojo y luego vas de víctima.

Si querías acabar con esto —imitó su movimiento anterior—, solo tenías que habérmelo dicho, podías haberte ahorrado el drama.

Sé muy bien cómo encajar que me rechacen y, tú.

Sí. Tú. No has hecho más que utilizarme desde que llegaste.

—Yo no he… —Abi no supo cómo continuar.

—Eres igual que los demás. Te crees moralmente superior, pero usas las relaciones sexuales como un ataque cuando sabes perfectamente que deseaste cada minuto sin que pasase por tu cabeza la más mínima consideración.

¡No te he mentido! ¡No te he ocultado más de lo necesario por tu seguridad!

Pídele explicaciones a tu amigo, fue idea suya.

¡Has conocido a mi padre, mi casa! Nunca he traído a nadie aquí.

Es mi santuario. ¡Solo yo y la naturaleza!

¿¡Pero tú cómo ibas a saberlo!? ¿Me has preguntado por mis relaciones anteriores?

¿Si tengo hermanos? ¿Qué me gusta de mi trabajo?

No te ha interesado una mierda conocerme.

Así que no vengas de puritana a decirme que yo he estado jugando contigo —Kelsey recuperó el aire y, antes de marcharse, con una mano sobre el quicio de la puerta, anunció—.

El motel está en dirección a la gasolinera. Te la puedes quedar.

Abi se secó las lágrimas en las mejillas con las mangas de la sudadera y cerró despacio al salir.

* * *

El amortiguador realizó un gran esfuerzo para superar el badén en medio del aparcamiento que Abi vislumbró en el último segundo.

La rueda volvió con fuerza a la grava y provocó una ola en el charco que atravesó.

Afortunadamente, no quedaban huéspedes deambulando por las inmediaciones del motel.

Aparcó al lado de la recepción y apagó el motor con resignación.

La migraña que se expandía por su cabeza le impedía continuar hasta regresar a su casa.

La voz de la razón en su cabeza recomendaba descansar y afrontar el día siguiente cuando llegase.

Su bota se hundió por completo en el charco bajo el lado del conductor. Agitó la pierna y se acercó hasta la entrada principal, arrastrando el pie sobre el felpudo en un ridículo intento de secarlo.

—¡Jesús bendito! Te ha pillado bien la tormenta, ¿eh? —Una señora con gafas de pasta comentó desde el mostrador.

—También podría haberme caído en un charco.

La mujer se rio, a pesar de que Abi había intentado manifestar una crítica a las condiciones del aparcamiento, no bromear sobre el tiempo.

—¡Ten, bonita! —La mujer le ofreció amablemente una toalla.

—¡Oh, gracias! —Abi se sorprendió por el gesto y se echó a un lado por la llegada de un huésped para secarse.

En el tablón de anuncios, junto al horario del desayuno, un poster en blanco y negro preguntaba por el paradero de Samantha Norris, una joven de Manitoba vista por última vez en la parada del autobús en Beaumont.

Tapando parte del poster, el cartel del Festival de Costillas lucía con grandes letras y, a su lado, se encontraba un cartel con la foto de Nick.

‘¿Reconoce a este perro?’. Abi lanzó una carcajada. Ella era el chiste.

—Necesitas alojamiento para esta noche, supongo —la recepcionista se dirigió a Abi.

—Sí, en efecto.

—Muy bien. Por suerte, todos los de la convención se han ido y tenemos habitaciones disponibles. Dios me libre de tener que rechazar a otra chiquita en una noche de lluvia por no tener sitio. ¡Pobre muchacha, qué mal me sentí! —comentó mientras tecleaba en el ordenador.

—Perdone, ¿qué muchacha?

—Una chica que pasó por aquí la semana pasada, me ha recordado mucho a ti con la sudadera —Abi miró hacia abajo para estudiar su ropa.

La sudadera que llevaba pertenecía a Kelsey y la había tomado prestada sin darse cuenta. Era roja y negra con el logotipo desgastado del equipo de baloncesto de Toronto. Similar a la que Erin llevaba el día de su desaparición.

—Por casualidad, ¿aquella chica llevaba una sudadera roja y era joven, como unos dieciocho?

—Sí, ¿cómo lo has sabido? —La mujer se volvió hacia ella con curiosidad.

Abi mostró la fotografía en su móvil.

—¿Es esta?

La mujer se ajustó las gafas.

—¡Si! ¡Qué casualidad! ¿La conoces? Oh, repítele mis disculpas de mi parte, si vuelve a Beaumont dile que la invitó a un café.

—Es muy amable por su parte.

El hambre y el cansancio se apaciguaron con la adrenalina de la nueva información. Abi apenas consiguió quedarse dormida cuando el día clareaba.