La cacería de las bestias salvajes Capítulo 24.
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Capítulo 24.

Las edificaciones perduran en el tiempo.

Si los cimientos no han resistido, son sus huellas en el espacio lo que subsiste una vez que la estructura ha desaparecido.

Son el orgullo de una familia que vivió en ella y la incorporó a sus historias e imágenes o el del constructor que realizó un gran trabajo y presumió de ella a nuevos clientes.

Quizá fue el refugio de un célebre ciudadano o el resultado de una herencia inesperada.

Una propiedad no desaparece de los mapas, simplemente deja de aparecer.

Con esa idea, Abi condujo treinta kilómetros hasta Trenton Sound bajo una ligera lluvia para visitar el Registro de la Propiedad del condado.

Uno de esos captó su atención al afectar a Osprey Mining & Co, la mina que patrocinaba la totalidad de Beaumont, desde el equipo de baloncesto del instituto que originalmente se llamaba Copper Miners en honor a la extracción del cobre al Festival de Costillas, que cerraba el verano en la región y cuyos carteles lucían por cada pared y negocio del municipio.

Buck Terrance había sido forzado a ceder buena parte del terreno original de la mina de Beaumont.

No obstante, su compensación en metálico había sido altamente generosa y su concesión de la mina extendida sin necesidad de renovación en cuarenta y dos años, el doble de lo habitual.

Abi realizó fotos del documento con euforia y envió copias a Daniel como ya era habitual.

La respuesta del detective sobre los acontecimientos del día anterior en el Parque y la prueba irrefutable de que Erin estaba en Wawasayg aún no había llegado.

Echó un rápido vistazo a las noticias nacionales, que hablaban de la liberación de las rehenes en el puerto sin mencionar el nombre del principal sospechoso y recogían declaraciones de las autoridades provinciales.

El detective Daniel Park era alabado por su labor y las imágenes lo mostraban visitando a las víctimas en el hospital.

Su agenda estaba bastante apretada en estos días y, a pesar de todos sus esfuerzos, Stewart Lederman seguía en libertad.

* * *

La siguiente parada de Abi fue en la hemeroteca del Estándar de Trenton. La infructuosa búsqueda online de Alexander Weston en Beaumont aportaba más dudas que respuestas sobre la vida de un hombre anterior a la tecnología moderna.

Mientras buceaba por los archivos periodísticos descubrió el grave accidente que paralizó la mina de Beaumont y vertió grandes cantidades de químicos en el río Omagakiins, causando la muerte de cuatro trabajadores y un desastre natural minimizado en las noticias.

Omitían detalles sobre las repercusiones para la población nativa de la Reserva y se centraban en destacar el gran papel del director técnico y los equipos de rescate.

También visualizó varias ediciones del Festival de Costillas, evento del año en la región, y comprobó que la mayoría de los ganadores del concurso de recetas era, ni más ni menos, la familia Landry, sonriendo en grupo con el trofeo para la fotografía oficial.

En un pequeño recuadro bajo el artículo de 1989, aparecía la foto de una mujer nativa canadiense.

Con escasas palabras, la familia de Beatrice Monague pedía colaboración ciudadana para encontrarla tras su desaparición en las afueras de Little Frog. Era un anuncio particular.

La hora del almuerzo pasó en un abrir y cerrar de ojos frente a la pantalla de un antiguo ordenador.

Afortunadamente, la década de los 70 y 80 habían sido digitalizadas.

Tras múltiples combinaciones, el explorador encontró dos referencias con ‘A.We sto n’.

Una era un editorial contra el cierre de la Escuela Residencial en Kaswick y otra en el pie de una fotografía en la que una mujer otorgaba a un hombre una placa con un pez como ganador de un campeonato de pesca.

La mujer en imagen era M. Sylar y no cabía lugar a dudas de dónde encontrar a Maureen: la comisaría de Beaumont.

* * *

En el trayecto de vuelta, Abi llamó impulsivamente a su hermana. Era mejor informarla personalmente en anticipo de cualquier noticia que pudiese surgir en los próximos días y ofrecer su versión de los hechos.

—¿Eres tú de verdad o van a pedir tu rescate? —Lavindeep saludó.

—Soy yo. Te dije que iba a estar un par días desconectada.

—Mamá ha llamado a Daniel y lo ha amenazado con hacer una protesta frente a su casa si no le daba noticias tuyas. ¿Por qué tu compañero de trabajo sabe más de tu vida que yo?

—Es mi mejor amigo, no es una competición.

—¿Dónde has estado?

—Estuve de travesía, disfrutando de la naturaleza —mintió con naturalidad.

—¿De la naturaleza o de Kelsey?

—¿Quién? ¿Cómo lo…?

—Así que de eso se trataba. Sacar un clavo con otro.

—No es lo que imaginas. A decir verdad…

—Me alegro por ti, Abi —interrumpió su hermana—. La última vez que hablamos tenía miedo de contarte que vimos a Candace en el centro comercial.

—¿Candace? ¿En un centro comercial? Imposible.

—Yo intenté esquivarla, pero mamá se acercó hasta ellas en un descuido.

—¿Ellas?

—Candace iba de la mano de… ¿Cómo se llamaba la diseñadora de origen libanés?

—¿Aisha? —Confirmó en voz baja.

—¡Esa! Pasé un bochorno tremendo. Mamá les recomendó tejidos de sábanas…

Abi había esperado recibir una noticia similar en el futuro, no obstante, lo consideraba algo posible y a la vez improbable.

Confiaba en las palabras de Candace en que su separación no era causada por una tercera persona.

El acuerdo al que llegaron tras innumerables discusiones era conocer gente nueva.

Aisha había sido dama de honor en su boda, las había acompañado de vacaciones con su anterior pareja, había aguantado sus llantos con una botella de whisky en la mano la noche en que descubrió la primera infidelidad de Candace…

La traición de su amiga cayó como jarro de agua fría por encima del engaño de su aún mujer.

—Oh, oh. Me ha oído, está viniendo…

—Lavin, ¿qué está pasando?

—Te quiero, ¡no es culpa mía! —La voz de su hermana se alejó del teléfono.

—¿Lavindeep? —Llamó Abi desconcertada.

—Abigail, ¿has empezado ya las clases? —preguntó su madre.

—Hola, mamá. Estoy de vacaciones —dijo con acritud.

—Ese máster es una inversión en tu futuro y el futuro no se construye evitándolo. ¿Vas a seguir toda la vida siendo una administrativa de bajo nivel?

—Me gusta mi trabajo, mamá.

—¿Te gusta vivir en la habitación de invitados de tu hermana pequeña?

—He alquilado un estudio en el centro. Están terminando las reformas. Lo de Lavin es una solución temporal.

—¿Como la separación?

Abi se mordió la lengua hasta sentir que el colmillo perforaba el músculo.

Un regusto a hierro bajó por su garganta.

El limpiaparabrisas rechinaba contra el cristal, oscilando torpemente.

Iniciar esa conversación con su madre era lo último que deseaba hacer.

Menos aún mientras conducía y sin haberse preparado mentalmente para ello.

—Mamá, tengo que colgar, hay poca cobertura y necesito hablar con Daniel sobre cosas del trabajo.

El sonoro suspiro de su madre puso en evidencia su decepción.

—Dale recuerdos de mi parte.

—Eso haré.

El camino de vuelta a Beaumont fue llenándose de nubes oscuras.

La lluvia apretó, reduciendo la visibilidad, y las ráfagas de viento amenazaron con hacer tambalear el coche.

Los mensajes de texto de Kelsey anunciando novedades por parte de la Jefe Holly quedaron sepultados entre correos basura y avisos de entrega de trabajos pendientes del máster.

* * *

El reloj avanzaba con mayor velocidad que el tráfico en la entrada de Beaumont.

La lluvia había movilizado a todo el parque móvil del condado en el único cruce del pueblo.

El semáforo volvía a ponerse en rojo mientras su miniván continuaba en la misma posición que antes.

Abi miró por la ventana distraídamente, las luces de la oficina postal dejaban ver a Mabel en el mostrador.

Un pitido sonó detrás de ella, pero, al comprobar el semáforo en verde, ninguno de los vehículos se había movido.

Maniobró hasta salir del carril y aparcar.

En una carrera, atravesó la calle para llegar a correos, protegiendo su preciada carga bajo la sudadera.

Una de los rangers hablaba con otra chica en voz baja en el fondo mientras Mabel charlaba con un cliente en el mostrador. Abi pasó directamente hacia los sobres y se mantuvo en un pasillo lateral, preparando el envío de las tarjetas a escondidas.

—¿Eso te dijo? ¡Qué fuerte! —comentaba una de las chicas.

—Ya veremos si el sábado lo cumple, creo que está con Lorna hoy. Y, tú, ¿qué? ¿Has pensado ya con quién vas a ir? —preguntó la otra.

—No…

—Vamos, dímelo.

—No lo sé, Nat.

—¿Vas a pedírselo a la guardabosques? —preguntó con retintín.

Eso captó el interés de Abi, fingiendo continuar con su sobre para prestar atención.

—¡No! ¿Por qué? No… —respondió la chica nerviosa.

—Vamos, Debbie, sé cómo la miras. ¿Qué pasa? ¿No quiere que os vean juntas? Cumpliste dieciocho hace dos meses, no es ilegal.

—¿Por qué dices eso?

—No me mientas. Vi cómo salíais del baño juntas el otro día, dándole el sombrero con esa carita, ese pelo revuelto. Tan amigable con la jefa —imitó el sonido de besos—. ¿Te puso su sombrero mientras te follaba? Seguro que sí —se burló.

—¡Natalie! —exclamó indignada bajando la voz.

Natalie lanzó una carcajada y un temblor agitó ligeramente las manos de Abi.

—¡No pasa nada! ¡No seas remilgada! Pasarse por la piedra a los rangers es el rito de iniciación de Wawasayg.

Y de todas también, no le hace ascos a nadie.

Si eres su favorita tienes jornada intensiva en su cabaña.

Nada de desbrozar las ramas o recoger ceniza.

Todo el día —añadió gemidos para risa de Debbie—.

A ver, está buena, pero le falta una buena polla para ser mi tipo —se rio descarada.

—Yo no… ¿Cómo sabes eso?

—Me lo dijo Zach, por eso ninguno de los tíos de Beaumont la soporta. Por lo visto, el año pasado…

Abi no aguantó más y llegó al mostrador con un par de zancadas, forzó la sonrisa para dejar el nuevo paquete y salió empujando la puerta con rabia. Una última mirada a través del ventanal confirmó que las rangers continuaban cuchicheando en el interior y Abi apretó el paso para poner distancia.

El tráfico se había aligerado y, a pesar de que continuaba lloviendo, Abi caminó en dirección a comisaría para tranquilizarse.

Subió la capucha de la sudadera y aprovechó las cornisas de los negocios para resguardarse como podía.

En su cabeza, los comentarios de Natalie se repetían una y otra vez.

La vida sexual de la guardabosques no era de su incumbencia y, hasta dónde ella conocía, Kelsey no tenía pareja.

Sus relaciones consensuadas con otras personas adultas eran cosa suya.

Aun así, las palabras de esa chica provocaban punzadas en su pecho.