La cacería de las bestias salvajes Capítulo 23.
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Capítulo 23.

El calor proveniente de su espalda proporcionaba la temperatura ideal. Cuando Abi recuperó alguno de sus demás sentidos mientras despertaba reconoció el brazo de Kelsey sobre su cintura. Se giró lentamente hasta mirarla de frente. Kelsey abría los párpados con esfuerzo.

—Buenos días —saludó Abi en voz baja admirando sus ojos azules.

—Hola, princesa —respondió Kelsey medio dormida.

—Sobre eso… Quizá pueda cambiar tu concepción sobre mí y devolverte el favor —dijo acariciando su abdomen bajo la camiseta.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál es tu propuesta? —Kelsey preguntó completamente espabilada.

Abi cambió de dirección y se detuvo antes de colarse entre sus pantalones cortos.

—Estaba pensando que… —deslizó la mano lentamente— puedo demostrarte mi destreza con…

—¡Guardabosques! —gritó Tim enérgicamente desde el exterior.

Abi retiró la mano rápidamente y Kelsey se incorporó sobresaltada.

—¿¡Qué quieres, Timothy!? —replicó malhumorada.

—Uy, parece que alguien se ha despertado con el pie izquierdo. He preparado café descafeinado. El normal me da taquicardia. Me gustaría recoger las cámaras pronto para poder salir con buena hora de Beaumont.

—La osadía de Timothy es… —Abi dejó el comentario en el aire. Kelsey la miró fijamente, con evidencias de su frustración en el rostro— Terminaremos en otro momento, guardabosques —la intentó consolar.

* * *

—¿Solo habéis recuperado uno? —Abi preguntó mientras observaba la pequeña cámara con cubierta de camuflaje.

Kelsey se cruzó de brazos.

—Este peda… Nuestro amigo Timothy no recuerda dónde instaló la otra cámara.

—Es un equipo de fototrampeo, ¡están diseñados para ocultarse a simple vista! —protestó él.

—Vamos a volver por un camino diferente —explicó Kelsey tras acabar con media cantimplora de agua—. Si puedes recoger la tienda para ir ahorrando tiempo, te lo agradeceré.

—¿Vas a dejarme sola de nuevo? ¿Por qué no puedo acompañaros? —Abi reclamó saber.

—Es una tontería que gastes tus energías por culpa de est… un descuido.

—¡Y para vigilar mi material! —Tim espetó— ¿Tienes una idea de lo que vale el micrófono que llevo?

Kelsey y Abi se intercambiaron miradas antes de ponerse en marcha.

Las quejas de Tim sonaban desde la distancia.

Abi no necesitó de entretenimiento mientras desmontaba la tienda.

Las piquetas estaban incrustadas con demasiada energía y, en un intento de extraer la más resistente, Abi se cayó clavándose algo rígido en la mano izquierda.

Comprobó la palma de su mano ligeramente enrojecida y movió con cuidado la muñeca.

Era una simple magulladura. Observó la piedra oscura sobre la que había caído.

Sacudió la arena de encima y reconoció las teclas de una antigua Blackberry.

La desenterró hasta hacerse con ella. Era un modelo obsoleto que llevaba demasiado tiempo en la tierra para pertenecer a Erin.

Abrió la carcasa y verificó que la tarjeta SIM seguía intacta.

Guardó el móvil y terminó de levantar el campamento. No podía ser una casualidad. Con algo de suerte, en comisaría podrían sustraer los mensajes de texto almacenados en la tarjeta.

Tim y Kelsey seguían sin aparecer. Abi había almorzado su escueto sándwich con pocas ganas y decidió dar un paseo tratando de conjurar un nuevo golpe de suerte. Mantuvo la línea recta hacia lo que recordaba era la dirección hacia el sendero que comenzaba en la carretera principal.

Con energías renovadas y sin el peso de la mochila sobre los hombros el camino era agradable. Las ardillas subían a los árboles evitando sobresaltarla y un pájaro carpintero se afanaba en su trabajo.

Entre las copas apreció un claro y apretó el paso. Al acercarse observó que no era un espacio despejado de forma natural, una estructura de madera sobresalía sobre el nivel de los arbustos. Abi permaneció oculta tras un roble estudiando la cabaña.

Tras asegurarse de que estaba deshabitada se aproximó a analizarla con detenimiento.

La puerta principal disponía de un escueto porche y una ventana pequeña cubierta por cortinas oscuras.

Abi recorrió el lateral hasta dar con la puerta trasera.

Probó el picaporte. Al igual que en la anterior, fue un intento en vano, pero constató que las cerraduras eran modernas en comparación con la construcción.

La parte de atrás contaba con un pozo para el fuego de grandes dimensiones, con una parrilla de hierro forjado de igual tamaño.

Abi se acercó para examinar las cenizas con un mal presentimiento.

Sin embargo, no encontró nada. El fondo estaba limpio y la tierra apenas tenía tintes grisáceos.

Una urraca salió volando de entre los árboles hacia el tejado, pasando a escasos centímetros de su cabeza y haciéndola tambalear. Un vaivén metálico comenzó a oírse.

Abi elevó la vista hasta dar con el ave sobre el tejado de la cabaña y se quedó paralizada en ese instante, un frío repentino recorrió su cuerpo dejando perlas de sudor a su paso.

Un gancho de metal bailaba en el último eslabón de una cadena enganchada a un saliente de viga en el frontón.

La cadena continuaba hasta una manivela instalada en el poste central que soportaba el alero del tejado.

Forzándose a seguir investigando, descubrió una ventana de doble hoja en el lateral.

Las cortinas de esta ventana permitían divisar una mesa de madera y lo que debía ser la cocina.

En el alféizar exterior descansaba olvidada una cajetilla de tabaco.

Abi la ojeó con curiosidad por ser la misma marca que solía fumar.

El paquete estaba prácticamente inaugurado.

Superó la tentación de guardarse un cigarrillo y tiró del borde de la ventana tratando de abrirla.

La hoja cedió ligeramente. Probó de nuevo.

—¡Abi! Ya casi llegamos —La voz de Kelsey en el walkie-talkie la asustó. Había un tono de urgencia en su llamada—. Necesito ayuda.

Abi emprendió el camino de vuelta a toda prisa.

—¿Qué ha pasado, Key? ¿Estás bien?

—Tim ha pisado una trampa para animales. Ha dejado de sangrar, pero apenas puede caminar.

—¡Oh, cielos!

—Mi equipo ya viene en camino, pero necesito algo de ayuda para llegar hasta ellos.

—¡Voy hacia vosotros!

* * *

Las sentidas quejas de Tim anunciaron su llegada antes de que Abi pudiese discernir la figura de Kelsey soportando su peso sobre un hombro, limitando la presión sobre su la pierna herida.

Los dientes de hierro de la trampa habían atravesado el tejido del pantalón casi en su totalidad y la pernera colgaba de apenas varios hilos a mitad de la espinilla.

La parte inferior de la camiseta de Kelsey y su cinturón cubrían la herida.

La sangre se había esparcido hasta teñir al completo el algodón blanco.

Abi se apresuró para alcanzarlos y pasar el brazo de Tim por su cuello para aliviar su esfuerzo, quitándole de la mano la cámara a la que se aferraba compulsivamente.

Entre las dos, Tim avanzaba con mayor ritmo.

No obstante, la espesura complicaba el camino y golpeaba involuntariamente la pierna lacerada.

Al poco tiempo, Tim exigió un descanso y lo depositaron sobre un tocón con cuidado.

—¿Por qué hay trampas en el Parque? —preguntó Abi en voz baja.

—No hay. No debería —corrigió Kelsey—. Solo las naciones originarias pueden utilizarlas y los Debwewinni las abolieron hace años.

—Eso significa que alguien más las ha plantado. ¿Los furtivos?

—Esa ha sido mi suposición.

—No estamos lejos de dónde me encontré con aquel hombre.

—No…

—¿Quién vive en esta zona? —Abi conocía la respuesta, pero, ¿lo sabía Kelsey?— ¿Algún refugio en el que puedan ocultarse?

—No. Es zona protegida, tanto Wawasayg como la Reserva. No se permite construir.

—¿Estás segura de eso, Key? —Abi preguntó con recelo.

Kelsey vaciló, el área en el que se movían bordeaba superficie Debwewinni y del Parque Provincial.

Las lindes que demarcaban uno u otro terreno eran borrosas a pie de campo en una zona abandonada por supersticiones.

Kelsey había intentado revitalizar los senderos del noreste en balde.

Ningún ranger se atrevía a aventurarse en ellos y la Reserva anteponía la seguridad de sus miembros a cualquier iniciativa para fomentar el tránsito de turistas entre sus tierras.

—Quién esté cazando ilegalmente va y viene del Parque. He visto huellas de quads —respondió Kelsey convencida.

Abi se alejó unos pasos, meditando. ¿Cómo podía Kelsey desconocer la existencia de una cabaña a unos pocos cientos de metros de allí?

¿Cuánto tiempo llevaba la trampa puesta?

¿Habría más? ¿Estaba relacionado con la huida de Erin por el bosque o con ella?

Las imágenes de Tim debían contener la respuesta.

Las grabaciones de Tim suponían un problema.

—Las tarjetas de memoria —murmuró y se echó a correr.

—¿Abi, a dónde vas? —preguntó Kelsey a voz en grito.

—¡Necesitamos recuperar las tarjetas de memoria antes de que den con ellas!

Tim emitió un quejido lastimero y Kelsey lo atendió con preocupación.

Era la primera vez que balbuceaba algo ininteligible.

Llegó a tiempo de evitar que cayese de espaldas al suelo.

Su condición empeoraba por momentos. Kelsey reclamó nuevamente la asistencia del equipo de rescate con urgencia con el walkie-talkie.

Abi alcanzó sin aliento el material de acampada y las pertenencias de Tim.

Rápidamente, guardó lo estrictamente necesario para ocultar sus descubrimientos en su mochila: portátil, micrófono y tarjetas de memoria.

Al agarrar las cámaras de vigilancia, una idea pasó por su mente.

Las echó con lo demás y se apresuró en dirección a la cabaña.

Se acercó con sigilo hasta la parte de atrás.

Todo seguía en silencio como antes. Eligiendo un árbol con cierta distancia, escondió una de las cámaras apuntando hacia la puerta con plena visión de la parrilla.

Agazapada entre los arbustos hasta llegar a la entrada principal, situó la otra cámara entre los matorrales.

Un helicóptero se aproximaba a su posición.

El haz de luz sobrevolaba las copas de los árboles, mejorando la visibilidad en la noche que ya se advertía sobre ella.

Abi aseguró el dispositivo y se marchó a la carrera al encuentro de Kelsey difuminando inadvertidamente las huellas de los vehículos todoterreno frente a la cabaña.

* * *

Un coche patrulla, dos camionetas de los rangers y tres vehículos más esperaban con las luces de emergencia en el arcén de la carretera.

El helicóptero se llevó a Tim al hospital del condado, no sin antes, rogar a Kelsey que tomase videos del momento para integrar en su podcast con sus últimas energías.

Tras prestar declaración a Cory Campbell e informar al superintendente, Kelsey caminó exhausta hacia la camioneta de su padre.

Localizó a Abi entre las jóvenes rangers y le indicó que era hora de marcharse.

Estaba anocheciendo y su único pensamiento era descansar hasta el día siguiente. Su padre bajó para recibirla con un ligero abrazo.

—¿Cómo estás, hija? ¡Buen trabajo salvando a ese muchacho!

—Gracias, papá, pero no es nece… —Unos ladridos agitados desde la camioneta la sobresaltaron. Abi había llegado hasta ellos y otro coche patrulla se detenía más adelante— Papá, esta es Abi, es quien me ha ayudado a transportar al herido. Abi, este es Mac.

—Encantada —Abi extendió la mano prestando atención al perro en el vehículo.

—Un gusto, joven —Mac estrechó su mano con entusiasmo—. No le hagas caso, las sirenas le han puesto muy nervioso —señaló con la cabeza hacia el can.

—Vámonos. Hoy estoy llegando a mi límite —la voz de Kelsey reflejaba su cansancio.

—Será mejor que Abi vaya de copiloto y tú controles a Nick en el asiento de atrás —Mac sugirió.

—¿Nick? —Abi preguntó con descrédito abriendo la puerta del conductor.

El perro se abalanzó sobre ella con efusividad.

Kelsey atrapó el collar y lo obligó a sentarse, disculpándose por su comportamiento.

Abi ignoraba sus palabras porque estaba concentrada en la mancha blanca en el pecho del animal.

Acarició la placa de identificación con el teléfono de Erin e inmediatamente dio un paso atrás. El temor presente en su mirada.

—Esta es la mascota de Erin. ¿Qué…? ¿Por qué está contigo? —exigió saber.

Kelsey titubeó.

—Lo encontré hace unos días. Pensé que se había escapado. Intenté dar con el dueño, pero el teléfono siempre está desconectado. ¡Hasta hice carteles anunciándolo!

—Ayer salió en el periódico. Nick sale muy favorecido en blanco y negro —agregó su padre, confundido.

—No he visto ninguno de esos carteles. ¿Por qué no me dijiste nada? ¡Te conté que Erin viajaba con un perro!

Kelsey era consciente del engaño por omisión, pero continuó la mentira.

—¡Ojalá me hubieses enseñado una foto! No relacioné los dos eventos. Te lo prometo. Cuando lo encontré estaba cubierto de sangre, después de lavarlo me di cuenta de que no era suya. El veterinario comprobó que está en perfecto estado.

—Echando de menos a su dueño —comentó Mac—. El pobre llora todas las noches.

—Dices que tenía manchas de sangre. ¿Guardaste los paños como evidencia? —Abi preguntó a Kelsey.

—No. Lo siento, Abi. Pensaba que se trataba de una herida, no pude imaginarme que podrían considerarse prueba de algo en un futuro.

La decepción de Abi se hizo patente cuando encogió los hombros y dejó la mirada perdida. Durante unos minutos quedó en silencio, con una mano en la cintura y la otra alternándose entre masajear la sien y el entrecejo.

La noche se hacía más oscura por momentos.