La cacería de las bestias salvajes Capítulo 22.
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Capítulo 22.

Un alarido de dolor se oyó no muy lejos. Los ladridos de Nick se alternaban con gruñidos de rabia. Alguien los había seguido y Erin sospechaba que reconocería a quien se aproximaba lentamente hacia ella. Giró la cabeza, esperando su aparición en cualquier instante.

Un sonido diferente llegó bisbiseando hasta clavarse a un palmo de su hombro. Una flecha corta oscilaba en el tronco. La muchacha miró con temor hacia delante donde una figura oscura se movía entre las sombras.

Erin se levantó a toda prisa y corrió con desesperación. Una nueva flecha pasó por encima de su cabeza y continuó su huida con la cabeza gacha.

—¡Puto perro! ¡Voy matar a este puto animal! —gritó una voz masculina.

La muchacha trató de localizar a su mascota con angustia, zigzagueando entre los árboles como podía y devolviendo la vista atrás para controlar los avances de su perseguidor.

—¡Nick! —Erin silbó para atraer su atención— ¡Corre, Nick!

Volvió a mirar para comprobar que el can seguía sus instrucciones y se ponía a salvo cuando unas manos se abalanzaron sobre ella.

—¡Ya es mía! —exclamó el hombre rechoncho de esa mañana, derribándola.

Los dos rodaron por el suelo y, antes de que el extraño pudiese echarse sobre Erin, esta se defendió con la navaja.

El hombre se protegió la cara instintivamente y la hoja terminó perforando la mano derecha.

Tras un berrido y con pulso tembloroso, retiró la navaja y se cubrió la herida en un intento de parar la hemorragia, taponándola torpemente con la manga de su camisa a la vez que trataba de ponerse de rodillas, cayendo una y otra vez al suelo.

—¡Hija de puta! ¡Me ha clavado un cuchillo!

Erin le devolvió la mirada con desdén y repulsión mientras se ponía en pie. Comprobó que el otro desconocido no había acudido aún a la llamada de auxilio de su compañero y corrió con decisión.

El terreno empezó a inclinarse levemente.

El ascenso era más duro y el avance más laborioso.

Erin se apoyó en el tronco de un árbol para descansar unos segundos.

Las voces de los extraños seguían tras ella.

De repente, la parte inferior del tronco se astilló y sintió un dolor punzante y abrasador en el muslo.

—¡Por aquí! ¡Está subiendo la colina! —gritó una nueva voz en su cercanía.

Erin presionó la herida estudiando los pasos que quedaban hasta llegar a la cima. Había varios árboles, con troncos más finos que los de la ladera. Un nuevo proyectil impactó en la madera a sus espaldas. Tomó impulso y continuó la subida con desesperación y valentía.

Escuchó cómo una, dos, tres balas estallaban en los árboles mientras corría. Cuando alcanzó el final de la subida se lanzó hacia la tierra y se dejó rodar hasta alejarse del punto de mira de su atacante.

Recuperando el aire, comprobó que la herida era superficial y avanzó sin detenerse, ignorando una sed repentina, el dolor en todo su cuerpo y su leve cojera.

* * *

Cada varios minutos, el revuelo de voces volvía a escucharse. Un poco más alejadas cada vez. Erin continuó durante horas con miedo a perder una preciada ventaja. La claridad del cielo se desvanecía y la tenue visibilidad en esta zona de espesura disminuía por momentos.

Al coronar una nueva colina sus piernas no pudieron más y Erin se rindió.

Llevaba horas, según su parecer, sin oír a nadie.

Tampoco había encontrado el rastro hasta la carretera principal.

La noche caía inexorablemente sobre ella y Nick seguía sin aparecer.

Necesitaba descansar y las ramas superiores de un abedul le ofrecieron un refugio en las alturas, oculto a la vista de ojos furtivos.

* * *

Perdía el equilibrio. Estaba a punto de caerse.

Erin se despertó sobresaltada, agitándose sobre la rama.

Algo la zarandeaba con fuerza por la espalda.

La mochila amortiguaba los golpes mientras la chica se aferraba a la madera e intentaba alejarse a tientas por el tronco.

Un gruñido le heló la sangre. Erin miró hacia atrás lentamente.

A pesar de la negrura, apreció la figura del animal sobre ella.

Sus zarpas se clavaron esta vez en su hombro y reprimió el grito de dolor y rabia que necesitaba liberar.

Trepó un poco más. No obstante, el oso continuaba su ataque a la mochila con insistencia, provocando una nueva marca sangrienta con cada embiste.

Erin siguió avanzando sin secar las lágrimas de sus ojos hasta conseguir separarse de la bestia que gruñía con frustración. Descolgó la mochila y la sacudió frente al oso.

—¿La quieres? ¿Es esto lo que quieres? —preguntó con rabia. El animal se detuvo y siguió el movimiento con la vista— Muy bien. Toda tuya —dijo lanzando la mochila al suelo lo más alejado que pudo.

El oso perdió su interés en la muchacha y descendió rápidamente en busca de su preciado tesoro. Erin alzó la cabeza, recuperando el aire y soltando las lágrimas que había conseguido mantener a raya hasta ahora.

En algún momento de la noche, sin darse cuenta, se quedó dormida.

* * *

Lo primero que Erin notó antes de abrir los ojos fue el frío húmedo que se apoderaba de su cuerpo.

Le costó hacer reaccionar sus músculos agarrotados y exhaustos.

El frescor de la noche que alivió las heridas de su espalda en un comienzo había calado hasta sus pulmones y la escasa luz de la mañana no aportaba suficiente calor.

El ruido de fondo que la había despertado volvió a sonar en la distancia. Eran ladridos.

«¿Nick?» pensó esperanzada por unos segundos.

Había más de un perro en el bosque, y ninguno de ellos era su amigo.

La jauría se aproximaba a ella. El entumecimiento que sentía desapareció con el reconocimiento de que sus perseguidores seguían su rastro.

Nadie sabía dónde estaba excepto los hombres de la carretera.

Nadie la echaría de menos aquí, no venían a su rescate.

Descendió con rapidez y prosiguió su camino a lo desconocido.