La cacería de las bestias salvajes Capítulo 21.
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Capítulo 21.

El terrible colchón era peor de lo que recordaba.

Abi se giró para encontrar una postura cómoda inútilmente, su espalda protestaba por reposar sobre una superficie rígida.

En un instante de lucidez recordó que estaba en una tienda de campaña.

En algún momento de la noche debía haberse quedado dormida por culpa del cansancio extremo de sus músculos a causa del frío.

Mientras rehacía su coleta y se adecentaba, escuchó revoloteo en el exterior. La lona de la puerta se alzó y la cremallera de la tienda se abrió.

—A alguien se le han pegado las sábanas, ¿eh? ¡Vamos, dormilona! El desayuno está listo y he preparado café —anunció Kelsey sonriente.

Abi salió a trompicones de la tienda.

—¿Café? Podría darte un beso. ¡Gracias! —dejó su respuesta automática al ofrecimiento en el aire, lanzándose a por una taza.

—Podrías hacerlo, ¿sabes? Si quisieras…

—Oh, es una forma de… —Abi observó la mirada tímida de Kelsey y dio un sorbo— Lo tendré en cuenta —añadió con una sonrisa.

—Bien, pues —titubeó—, las tortitas con sirope y arándanos están en ese plato —señaló acercándose a la orilla.

—¿No vas a desayunar? —Abi preguntó escéptica.

—¡Hace ya una hora desde que desayuné! —exclamó de espaldas quitándose la ropa.

Abi siguió fascinada los movimientos de Kelsey lanzándose al agua.

Mantener la concentración suficiente para no atragantarse con el desayuno supuso una mayor dificultad cuando Kelsey salió del lago.

La mirada de Abi se detuvo inconscientemente en el abdomen de la guardabosques.

Las gotas brillaban en su piel hasta que la superficie de la toalla ocultó su visión.

Escuchó una risa en voz baja y las puntas de sus orejas comenzaron a arder.

El calor se traspasó a sus mejillas y continuó bajando.

—El agua está buena si te apetece darte un baño —sugirió Kelsey con una mirada pícara.

—Sí. Genial. Creo… Voy a hacerlo.

* * *

Avanzar entre la espesura al ritmo de Kelsey era una tarea agotadora a pesar de cargar con su mochila ligera, a diferencia de su guía que, transportando todo el material de acampada, desfilaba vivaracha metros por delante.

Abi sospechaba que Kelsey marchaba con menor velocidad para adaptarse a ella y, aun así, era extenuante.

La inexorable batalla contra los mosquitos era una causa perdida de antemano.

Los zumbidos en su oído anunciaban nuevas picaduras y evitar rascarse se convertía en una tortura aún mayor.

El sudor cubría cada centímetro de piel al descubierto y se escurría insolente hasta empapar y marcar su ropa.

Las zonas cubiertas se calaron igualmente.

El olor fresco del bosque y las flores silvestres se disipó ante la intensidad de su propia transpiración.

Las ramas que Kelsey apartaba en su camino terminaban en la mayoría de las ocasiones chocando contra ella.

A veces en el pecho, otras en la mejilla.

Una vez como golpe de látigo en el lóbulo derecho.

Sus botas habían aumentado de peso con el barro acumulado y ralentizaban sus pasos, lentos y torpes.

Agradeció silenciosamente el momento en el que Kelsey dudaba cómo cruzar una zona fangosa.

La agilidad de Kelsey era admirable. La longitud de sus piernas ayudaba en su capacidad para cruzar en las raíces y rocas salientes, algo imposible para Abi.

Buscando una ruta alternativa llegó hasta ella al otro lado.

—¡No, Abi! No pises… ahí.

Demasiado tarde, Abi miró hacia abajo. Una pequeña montaña de cuadrados parduzcos se apilaba alrededor de su bota.

—Mierda. Quiero decir, esto es una cantidad considerable de… caca —reconoció Abi con resignación.

—Has dado con el rastro de un alce. Míralo por el lado bueno, si fuera de oso sería mucho peor —dijo Kelsey aguantando la risa.

Abi extrajo con cuidado el pie y restregó la planta sobre una roca. El resto de la bota necesitaba de una acción más eficaz para deshacerse de los excrementos. Abi alargó la mano para arrancar unas hojas de un matorral. Una palmada en el antebrazo la detuvo.

—¡No! —exclamó Kelsey— Es hiedra venenosa. Créeme, no quieres tener un sarpullido por tocarla.

—Gracias —murmuró Abi.

—Es mejor con esto —arrancó varias hojas de un matorral y limpió el calzado de Abi—. Es arce de Pensilvania, inofensivo y refrescante. Por favor, no intentes comer ninguna baya silvestre o seta. Son indicaciones que también añadimos a folletos y carteles —bromeó.

—Estupendo. La guardabosques piensa que está haciendo de canguro. Si lo llego a saber te hubiese pedido que me llevases en brazos.

—Sería un buen entrenamiento, pero no es necesario. Ya casi hemos llegado —agitó su GPS—. ¿Quieres descansar? No tienes buena cara.

—No me digas —farfulló—. Apenas he dormido, estaba helada.

—¿Por qué no dijiste nada? Ya me pareció que el saco que llevas no está preparado para las noches que refresca.

—Es… No importa —dijo Abi retomando el paso.

Un poco más adelante dieron con un arroyo. Kelsey indicó hacia un saliente en el margen.

—Es aquí —anunció soltando su mochila en el suelo —. Y, ¿ahora qué?

—Debe haber algún tipo de rastro o señal de que Erin pasó por aquí. Tenemos que peinar la zona en círculos e ir incrementando el radio.

Kelsey aguardó sus instrucciones y la acompañó a su lado, manteniendo un metro de distancia entre ellas. Examinaban minuciosamente cada rama, raíz y roca en su trayecto. Abi perdió la noción del tiempo. Fue Kelsey y su ofrecimiento de un sándwich lo que la obligó a tomar un descanso.

—No lo entiendo. ¿Por qué no hemos encontrado nada? —preguntó con rabia.

—Sabíamos que era una posibilidad, Abi. Si cruzó el río hacia el norte se adentró en tierras de la Reserva. Podemos tomar esa ruta y hablar con la Jefe Holly. Estoy segura de que nos ayudará con la búsqueda.

—¿Cuál sería la ruta más corta para llegar a la carretera?

—Iríamos hacia el este para enlazar con el sendero que tomaste.

—Genial. Hagámoslo —se puso en pie rápidamente y recuperó su mochila.

Kelsey la miró aturdida.

—Pero, si Erin se adentró desde allí, ¿no debemos ir en la dirección contraria para encontrarla?

—No podemos cubrir el Parque nosotras solas en un tiempo razonable. Hay un motivo por el que Erin tomó ese sendero hasta aquí. Si averiguamos cuál, estaremos más cerca de ponerla a salvo.

—Supongo que puedo acercarme mañana a la Reserva y hacer algunas preguntas. Está bien. ¡En marcha! Aprovechemos la luz que queda para hacer la subida que hay de camino.

* * *

La esperanza de hallar una nueva pista se fue desvaneciendo a cada metro recorrido en el bosque. El cuerpo de Abi reaccionaba cual autómata por el cansancio, arrastrando los pies y respondiendo con monosílabos a una conversación con Kelsey que no llegó a registrar en su mente consciente.

Sentada frente al fuego junto a su acompañante horas después, suspiró efusivamente. Kelsey posó una mano en su pierna.

—¿Qué pasa, Abi? —preguntó preocupada.

—Nada. Disculpa. Pensaba que esto iba a servir como celebración —rebuscó en su mochila y sacó una petaca—. Servirá para coronar otro fracaso.

—Beberé por una noche contigo bajo las estrellas —dijo Kelsey con un guiño antes de tomar un sorbo—. Aún no hemos fracasado, Abi.

—Eres demasiado optimista —bebió a su vez.

—Y tú demasiado negativa.

Quedaron en silencio, bebiendo a turnos, apreciando el baile de las llamas y cómo el humo se escabullía entre las copas de los árboles. Habían acampado a mitad de la colina y el cielo nocturno se abría ante ellas.

Abi se puso en pie con timidez.

—Voy a…

—La pala está justo ahí —indicó Kelsey.

Con paso firme durante unos metros, Abi se dirigió hacia la oscuridad con determinación.

Calcular la distancia prudencial entre el miedo a lo desconocido y la vergüenza resultaba ser una tarea compleja.

Mantuvo la linterna apagada y se apresuró a terminar vigilando sus alrededores ante el pavor de descubrir ojos brillantes observándola entre los arbustos. Una luz de lumbre captó su atención.

—Parece que tenemos vecinos —comentó al volver a su hoguera.

—¿Qué vecinos?

—Ahí abajo —señaló con la mano—. Alguien tiene encendido un fuego de campamento.

Kelsey se levantó con celeridad y se colocó la gorra oficial del uniforme. Sacó algo de la mochila y lo ocultó en su espalda.

—¿¡Llevas un arma!? —Abi preguntó alarmada.

—No hay ningún permiso vigente para acampar en esta zona. Sea quien sea, está haciendo algo ilegal. Quédate aquí.

—¡No voy a quedarme sola! —exclamó en voz alta y se tapó la boca al reconocer su equivocación.

—Eres una civil desarmada. Tú te quedas aquí. Puedes esconderte entre esos matorrales si prefieres. Volveré enseguida.

El pánico se apoderó de Abi al percibir la alarma en Kelsey y comprendió que discutir su resolución era inútil. Esperó a que la guardabosques desapareciese entre la negrura para desplazarse hasta los arbustos y aguardar impaciente con el martilleo de sus latidos golpeando sus tímpanos.

Tras unos minutos que parecieron eternos, dos figuras se materializaron frente a la hoguera, seguidas del sonido acolchado de un objeto pesado estrellándose contra el suelo.

—¿Abi? ¡Ya puedes salir! —gritó Kelsey.

Abi gateó hasta alejarse del seto y se acercó quitando las hojas y ramas enredadas en su pelo. Un hombre algo más joven que ellas la esperaba junto a Kelsey. Su mochila y varias bolsas más estaban esparcidas por el fuego.

—¿Quién es este? —soltó Abi con estupor.

—Este es nuestro amigo, Timothy —el tono de Kelsey rezumaba irritación.

—Timothy Brennan —alargó la mano, entusiasmado para saludar a Abi, quien estrechó su mano indiferente—.

¿Tim Brennan? —repitió incrédulo— En serio, ¿no os suena?

—Abi y Kelsey negaron con la cabeza— Brennan de ‘Bestias reales de tus pesadillas’, ¿el podcast?

¡No puedo creerlo! ¡Estamos en el top de descargas nacionales!

Abi ignoró el berrinche del recién llegado y se sentó.

—¿Qué hace aquí? —preguntó a Kelsey.