La cacería de las bestias salvajes Capítulo 20.
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Capítulo 20.

El resplandor anaranjado del atardecer se derramaba sobre la superficie del lago Manitouwabi.

Las ondas del agua devolvían el reflejo aportando tintes azulados y negros, anticipando la oscuridad creciente desde las profundidades.

Una bandada de somorgujos aterrizó con un quejumbroso sonido más al norte.

Una ráfaga de viento escapó entre los árboles de la otra orilla y golpeó la proa de la canoa. Kelsey mantuvo el remo inmóvil en el agua, observando cómo Abi se removía en su asiento, agitando la embarcación con sus movimientos.

—Sigo sin entender por qué tenemos que atravesar el lago remando —protestó Abi, haciendo una pausa para masajearse el hombro.

—La distancia es más corta, ahorramos en picaduras de mosquitos y, ¿por qué no? Es la mejor parte. No podías irte de Beaumont sin montar en una canoa —explicó Kelsey remando gentilmente por las dos.

—De alguna forma, siento que es una experiencia que podía haberme ahorrado.

—No digas eso —hizo una pausa—. ¿Lo escuchas?

—¿Qué?

—Exacto. Solo el rumor del remo en el agua. Apuesto a que en la ciudad no hay momentos así.

—También hay patos. Con un parpeo muy inquietante, a decir verdad.

—No son patos. Son somorgujos. Pensaba que los reconocerías de las monedas de un dólar —corrigió bromeando.

Abi observó a su izquierda a los pájaros emprendiendo el vuelo y volviendo al agua a su derecha.

Los juncos de la orilla a la que se dirigían se mecían con el viento.

El calor de los últimos rayos del sol era reconfortante en la piel.

Hipnotizada por el paisaje, volvió en sí con un choque suave.

La canoa había arribado a su destino y Kelsey le ofrecía una mano para salir.

—Hemos llegado más rápido de lo que esperaba —comentó Abi.

—Eso es porque no seguías mis indicaciones para remar y nos hacías hacer eses. En cuanto has parado hemos continuado en línea recta, que es mucho más rápido —respondió Kelsey con una sonrisa mientras aseguraba la canoa.

—Guardabosques, ¿está usted criticando mi colaboración? —preguntó Abi con una falsa indignación retomando su mochila.

—¿Qué colaboración? —Se burló Kelsey indicando el camino a seguir bordeando el lago.

Entre los árboles, la luz se tamizaba y la temperatura descendía.

Kelsey volvía la cabeza cada pocos metros para comprobar que Abi se mantenía a una distancia prudencial.

En varias ocasiones la descubrió detenida estudiando lo que encontraba a su paso: orquídeas, setas, la rugosidad del tronco de un olmo…

Un grito agudo de Abi la alertó con tiempo suficiente para apreciar la ardilla listada que se alejaba entre la hojarasca. Kelsey lanzó una carcajada.

—¡Eres como una niña pequeña! —exclamó.

—¡Ha saltado de repente! —Se defendió Abi.

—Ya casi hemos llegado, vamos.

El lugar para acampar se escondía en un pequeño claro en la orilla.

El espacio para la tienda se encontraba en un trozo de tierra firme resguardado entre árboles y matorrales.

Frente al lago, un gran tronco derribado hacía las veces de banco al lado del pozo para hacer fuego, que conseguía su forma redondeada gracias a una hilera de piedras planas.

Abi contemplaba el atardecer sobre el lago. Las pinceladas rosadas se intercalaban entre las nubes y las copas de los árboles. Leves destellos de luz aún se mecían en el agua.

El ruido seco de madera golpeando el suelo la hizo voltearse. Kelsey se sacudió las manos y se agachó para preparar la hoguera. En un abrir y cerrar de ojos, una llama se escapaba de una pirámide de ramas de distinto grosor.

—¿Me echas una mano con la tienda? — Kelsey preguntó vacilante.

—Disculpa. Esto es nuevo para mí, no pretendía ser…

—¿Una princesa de almohada? —interrumpió Kelsey.

El rostro de Abi pasó de la indignación a la vergüenza, sus mejillas encendidas sin necesidad de arrimarse al fuego mientras montaban la tienda de campaña— Es broma, Abi —Kelsey la intentó calmar en su balbuceo ininteligible—.

Puede que me haya colado. Solo es una broma, de verdad.

—Yo… No suelo ser así para tu información —añadió aclarándose la garganta.

—Ah, ¿no? —Los ojos de Abi volvieron a abrirse como platos— Lo siento, es demasiado fácil bromear con eso. Perdón. No me importa. De hecho, me gustó más así…

De todo el tiempo del que habían dispuesto a solas para hablar sobre su noche juntas, Kelsey eligió justo el momento en el que Abi se adentraba a gatas en la tienda para extender su saco de dormir al lado del de Kelsey.

—Pues me alegro. No estuvo mal —murmuró desde el interior de la tienda.

—¿No estuvo mal? Mujer, ¿qué más necesitas? —Bromeó Kelsey.

—Okay. Estuvo muy bien. ¿Necesitas una medalla de conmemoración? —Extendió la mano pidiendo ayuda para levantarse.

—La guardaré con la condecoración de las fuerzas de paz —dijo tirando de Abi.

—¿Has formado parte de las Fuerzas Armadas? —Su asombro se reflejó en su tono de voz.

—Misiones de paz con la ONU. Sudán.

—Gracias por tu servicio.

—No tienes que hacer eso.

—¿A qué te refieres?

—Agradecer mi trabajo, ya no pertenezco al cuerpo.

—Aun así, es loable que lo hicieras. ¿Por qué lo dejaste? Si puedo preguntar...

Kelsey vaciló, se sentó frente al fuego con su mochila.

—Mi madre enfermó muy rápido, mi padre necesitaba ayuda y era la mejor elección.

—¿Por qué no volviste al ejército? Podrías haber solicitado un puesto en Canadá —Abi tomó asiento a su lado.

—Cuando murió no tuvo sentido irme del pueblo. Alguien tenía que echar una mano en la tienda y estar pendiente de mi padre.

—Lo siento. Si sirve de algo, mereces una medalla por ese sacrificio tanto o más que por tu servicio.

—No es gran cosa. Siempre me gustó el bosque y pensaba volver en algún momento. Era una cuestión de tiempo.

Una pequeña olla con agua se calentaba sobre las brasas en un lateral de la hoguera.

—Es curioso, yo no me imagino volviendo a Vancouver. Es algo inconcebible para mí.

—¿Por qué no?

—Demasiados recuerdos y demasiada presión familiar. En Toronto ya tengo más que suficiente con mi hermana.

—¿Tu ex?

El borboteo del agua hirviendo anunció la hora de separar la olla del fuego. Kelsey preparó dos boles con el contenido de un sobre de guiso de lentejas rojas y los tapó.

—La familia de mi madre. Candace vive en la ciudad.

—Es mejor quedarse en la provincia en ese caso. Puedes escapar en coche en cualquier momento y en pocas horas se te habrá olvidado qué significa el estrés. Además, hay más zonas naturales por descubrir que este Parque. Podría ser tu guía profesional.

—¿Tan evidente es que necesito servicios profesionales?

—Aún me pregunto cómo llegaste tan lejos en un sendero en desuso —le pasó un bol y cuchara a Abi—. Cualquier persona en su sano juicio habría dado marcha atrás.

Abi tomó una cucharada y gimió en aprobación. Kelsey devoraba su plato con la mirada puesta en ella.

—No estamos de excursión. Mi objetivo es dar con Erin. Su última ubicación es la única pista de su paradero. Atravesar el bosque esquivando troncos caídos y ramas de helechos es nimio en comparación con salvar una vida humana.

—¿Y si encuentras más pistas? ¿Qué pasará entonces? No eres policía…

—Soy muy consciente de ello. Mi mejor amigo es detective, conoce todos los detalles del caso. Si concluye que hay indicios suficientes abrirá una investigación oficial y las autoridades podrán intervenir.

Kelsey dejó su bol vacío en el suelo lentamente, pensando en cómo formular las siguientes preguntas con delicadeza.

—Hay más consideraciones que debes tener en cuenta. ¿Y si las pistas indican que hay alguien detrás de su desaparición? Estamos en medio del bosque, podríamos ser las siguientes víctimas, o podríamos haber alterado evidencias para la unidad forense.

«¿Quién era el hombre con el que hablabas a la salida del instituto?». La pregunta rondaba la cabeza de Abi con persistencia.

—¿Crees que alguien de Beaumont podría estar involucrado? —preguntó en su lugar.

—Creo que no me sorprendería. La crueldad humana no tiene límite.

—La violencia, el poder y la crueldad son las capacidades supremas de los hombres que han perdido definitivamente su lugar en el universo —recitó Abi. Kelsey la miró con curiosidad—. Es de un libro…

—¿Qué hay del peligro? Has ignorado la parte de tu teoría de asesinos en serie en la que das el perfil que buscan.

Esa idea había sobrevolado levemente, pero nunca aterrizado hasta ese momento.

—Para eso tengo a mi caballero de brillante armadura —trató de bromear.

Un silencio extraño se instaló entre ellas.

—¿Qué hay de…? —Kelsey resopló antes de continuar— ¿Estás preparada si lo que encontramos mañana es… el cuerpo de Erin?

Abi vaciló y respiró profundamente. La cena perdió su sabor y abandonó el bol junto al de Kelsey.

—Es una posibilidad. Al menos tendría la certeza de que he hecho todo lo posible.

—Podría ir sola, no tienes por qué acompañarme. Puedes esperar aquí o de vuelta, en el camping o mi casa.

—¡No! —exclamó con más ímpetu de lo esperado— Tengo que hacer esto.

—¿Por qué es tan importante, Abi? No te conozco, pero, por alguna razón, siento que estás fuera de tu zona de confort. Te estoy ofreciendo una alternativa.

—No lo entenderías.

—Inténtalo. ¿Qué puedes perder? Tú, yo y las estrellas. Nadie que vaya a juzgarte —señaló con la mirada hacia el cielo.

La luna mantenía la claridad en el lago. Su refracción imperturbable, excepto por ligeras ondas en la superficie. Abi tomó aire y espiró despacio.

—Necesito hacerlo. Necesito hacer algo bien por una vez. Algo que importe. Sé que es una bobada.

—No. No lo es.

—Siempre he sido una cobarde —se rio con tono lastimero—.

Cambié de carrera para contentar a otra persona, rechacé unirme a la policía por el miedo a decepcionar a mi padrastro, acepté las condiciones estrambóticas de una relación abierta —secó una lágrima con el dorso de la mano—...

Ni siquiera fui capaz de firmar la solicitud de divorcio cuando la recibí.

Preferí salir corriendo, evitar enfrentarme a mi madre, contárselo a mi hermana…

Al final del día, la única verdad absoluta es que soy una fracasada.

Necesito probarme a mí misma que puedo hacer algo bien.

—Abi —pronunció suavemente—, estás a cientos de kilómetros de casa buscando desesperadamente a una chica desamparada.

Has abandonado todo para dar con ella. No te quites mérito.

No creo que conozca a nadie con mayor valor que tú.

Sé que no significa mucho, pero estoy orgullosa de ti, de haberte conocido.

—Eh…

—No digas nada. Deja que la idea cale —bromeó dándole un leve golpe con su hombro.

—Deberíamos descansar —sugirió Abi tras unos minutos de silencio.

—Buena idea —Kelsey se afanó en apagar el fuego y recoger los restos de la cena.

Abi esperó de pie, meciéndose de un pie a otro.

—¿Dónde está el baño? —preguntó finalmente ante la mirada inquisitiva de Kelsey.

Unas carcajadas se expandieron sobre el lago mientras Kelsey se levantaba y se colgaba una bolsa estanca.

—Te acompañaré al retrete. Técnicamente no debo recomendarte que uses la pala, pero algo me dice que mañana me la pedirás.

Kelsey le pasó una linterna y se enganchó un frontal. Guió a Abi a un saliente entre los árboles. Un bloque de madera se alzaba un metro de altura. Kelsey señaló con su haz de luz hasta él y se dio media vuelta.

—¿A dónde vas? —Abi preguntó espantada al ver la oscuridad que la rodeaba sin la linterna extra de Kelsey.

—Voy a colgar esto lejos de nuestra tienda —alzó la bolsa como indicativo.

—¿Por qué?

—Es mejor evitar que algún animal curiosee nuestra comida. Estarás bien, no te preocupes. Eso sí, hagas lo que hagas, ¡no mires abajo! —exclamó marchándose.

La idea de quedarse a solas revolvió su estómago. Los pasos firmes de Kelsey sobre la hojarasca se alejaban. Abi apuntó con la linterna a su alrededor, asegurándose de estar completamente sola. Cuando levantó la tapa deseó haber pedido la pala.

* * *

La humedad atravesaba el fino suelo de la tienda de campaña y penetraba cruelmente en el saco de dormir de Abi. Dio varias vueltas en un intento de entrar en calor y apaciguar el malestar de sus músculos. Sus riñones se habían llevado la peor parte.

A su lado, Kelsey roncaba ligeramente. Uno de sus brazos asomaba desnudo fuera del saco mientras Abi tiritaba encogida.

Entrando finalmente en una apacible duermevela por la extenuación de su cuerpo, un revoloteo entre la hojarasca la sobresaltó.

El ruido se acercaba hasta la tienda. Un tronco crujió, rozando otro árbol en su vaivén.

Abi abrió los ojos. La luz de la luna proporcionaba un atisbo de claridad.

Una sombra presionó contra la lona de la tienda con un leve gruñido.

Abi contuvo la respiración. La tela volvió a su tensión habitual y unas pisadas amortiguadas en el suelo se alejaron lentamente.